miércoles, 27 de agosto de 2014

Ebora Liberalitas Lulia


A pesar del frio seco de aquella mañana de abril, se quedó un buen rato admirando el monumento megalítico levantado por el hombre hacía más de cinco milenios. La colina sobre la que se asentaba y el enorme alcornocal que lo rodeaba no venían más que a complementar un lugar único que no le había defraudado. Pero Norte había viajado hasta allí por otra razón, así que tras echarle un último vistazo al conjunto de monolitos de los Almendres, volvió a su automóvil dispuesto a recorrer los últimos quilómetros que lo separaban de su destino.

En realidad todo había comenzado hacía tan solo unas semanas cuando, navegando rutinariamente por internet, se topó con un curioso documento que le llamó la atención, en concreto una antigua ilustración de 1836. Leyó con atención el artículo y, desde entonces, el proyecto fue tomando forma en su cabeza, hasta que por fin, estaba a punto de materializarlo.

Se dirigió directamente al hotel y enseguida comprendió que no se había equivocado cuando realizó la reserva. Un acogedor patio interior, bañado por el sol, fue la primera impresión que recibió y, tal y como anunciaba en su página web, la Albergaría do Calvario estaba situada en un antiguo edificio cuyos muros databan de más de cinco siglos atrás y había servido como molino de aceite de un convento cercano.

Nada más instalarse, Norte decidió posponer su visita unas horas. Tenía tiempo suficiente así que tomó su agenda en donde guardaba sus anotaciones y se dispuso a disfrutar del aperitivo que acababan de ofrecerle en la recepción.


Se acomodó en una de las mesas y buscó entre las páginas de su agenda un papel cuidadosamente doblado. Se trataba de una copia de la ilustración que le había traído hasta allí. En ella se representaba, con todo lujo de detalles, un curioso monumento rectangular con columnas corintias en su frente, todo el coronado con unas almenas árabes que le dan aspecto de fortaleza y finalmente una especie de pequeño campanario que a él, le parecía que en algún momento había albergado una campana. El conjunto lo había desconcertado y a Norte le recordaba en cierta medida a un ornitorrinco, ese animal que parece que esta hecho uniendo partes de diferentes especies.


Lo había encontrado en un libro digitalizado, editado por Ackermann en 1836. Su título: El Instructor. O repertorio de historia, bellas letras y artes, volumen 3, cuyo original descansa en la Biblioteca Estatal de Baviera. Tras una introducción sobre la localidad en la que se encontraba el curioso monumento, el autor describía con detalle no solo sus características arquitectónicas del mismo, sino también los avatares sufridos a lo largo de la historia, especialmente el período en que el templo romano fue reconvertido a matadero y carnicería:

“No solo es falta de gusto, mas aun parece una deliberada perversidad, el haber convertido uno de los mas castizos, nobles y delicados templos del siglo de oro, en un matadero. Tal es el templo …, en el que los carniceros ahora son los sacerdotes, vacas y puercos la congregación, inmundicias el incienso, y las blasfemias consiguientes los himnos á la diosa virgen”

Apuró de un trago el vino que quedaba en su copa y se levantó dispuesto a conocer de primera mano el edificio que lo había llevado hasta allí. No tuvo más que caminar unos minutos para, a través de calles de traza medieval, llegar a la parte más alta de la ciudad donde, en una gran plaza central, destacaban los restos de un templo romano.


Llevaba varias semanas recopilando información sobre él y fueron precisamente las circunstancias por las que pasó el templo desde su construcción, las que despertaron la curiosidad de Norte, llevándole a indagar en su historia. Erigido en la época romana de la ciudad (siglo I dC), fue arrasado en el siglo V durante las invasiones bárbaras, sirvió como suministro de piedra para construcciones cercanas, parte de sus columnas formaron parte de los muros de un castillo medieval, fue lugar de ejecución durante la Inquisición, y finalmente matadero municipal y carnicería, hasta 1863.


 Ahora que lo tenía delante no pudo menos que reconocer el valor de la propuesta de Filipe Simões (1863), al defender la recuperación del templo original, conocido como Templo de Diana, y convertirlo en el sello de identidad de una población: Évora, la Ebora Liberalitas Lulia de los romanos.