jueves, 7 de agosto de 2014

La magia del sonido


Aparcó el coche y se dispuso a subir a pie a la pequeña localidad que lo esperaba, encaramada en aquella roca desde hacía siglos. La enorme nevada que había caído la noche anterior sobre la región no le había impedido llegar hasta allí, pero había dejado una gruesa capa de nieve que le proporcionaba al paisaje ese toque irreal, de apariencia engañosa que, a Norte, le recordaba a la navidad.


Comenzó a caminar por una estrecha senda abierta en la nieve fresca, que discurría paralela a la carretera y que llevaba, en una espiral ascendente, al mismo corazón de la ciudad. A su izquierda, enormes contrafuertes ceñían las murallas que envolvían, como un cucurucho, a un puñado de casas desordenadas construidas con piedra arenisca de color rojizo. En todas aquellas superficies donde la nieve había logrado mantenerse en un precario equilibrio, luchando contra la gravedad, numerosos manchones blancos completaban la bella y fría estampa invernal de Urbino.

De pronto, una empinada calle de ladrillos rojos, lo invitó a ahorrarse parte de la caminata. Por su orientación, se dirigía hacia el corazón de la ciudad y no dudó en tomar el atajo. Con precaución comenzó a ascender, procurando asentar firmemente sus pies a cada paso que daba para evitar un resbalón en alguna de las placas de hielo que comenzaban a formarse con el frío de la mañana. De su boca, el aire calentado en sus pulmones era exhalado en forma de pequeñas nubes de vapor que aumentaban su frecuencia a medida que ascendía. 


Finalmente, tras culminar la precaria ascensión y deambular por estrechas callejuelas flanqueadas por bellos patios renacentistas y antiguas casas centenarias, llegó a una explanada. Enfrente, el Duomo y un poco más allá, a su izquierda, el enorme Palazo Ducal.


No cabía la menor duda que Federico de Montefeltro había logrado dar a su Ducado un enorme prestigio como centro de cultura humanista y desarrollo de las nuevas artes. Por  Urbino pasaron pintores de la talla de Piero della Francesca y Pedro Berruguete o arquitectos como Luciano Laurana y Francesco del Giorgio, creando en la corte de Urbino un clima artístico y cultural único.

Además Urbino contaba entre sus hijos a Raffaello Sanzio y, por si eso no fuese suficiente, había comenzado a tomar cuerpo la teoría que situaba el paisaje de fondo del célebre cuadro de Leonardo da Vinci, La Gioconda, en la región montañosa de Montefeltro. Si eso fuese cierto, quizás se resolvería uno de los más grandes enigmas artísticos de todos los tiempos y la ciudad añadiría un atractivo más para los turistas deseosos de agregar una anécdota con la que sorprender a sus amigos o subir a su Facebook. 


Allí se habían parido pinturas tan archiconocidas como los retratos de Federico de Montefeltro y Battista Sforza, La Flagelación…, pintados por Piero della Francesca o el retrato de Federico de Montefeltro y su hijo Guidobaldo, realizado por Pedro Berruguete.

Pero en realidad Norte se había trasladado hasta allí por otros motivos, aunque no se pudo resistir al encanto de la ciudad. Decidió seguir su paseo a pesar del intenso frío que le obligaba a mantenerse muy abrigado. Se deleitó con la visión de un patio cubierto por una fina capa de nieve, antesala de unas extraordinarias escaleras de acceso al Palacio Ducal, impregnado todo ello en los ideales de un nuevo clasicismo arquitectónico.


La ausencia de turistas, y casi de lugareños, le permitió disfrutar de una ciudad fascinante que lo sedujo desde el primer momento. Ahora estaba convencido de que no se habían equivocado y que Francesca y él disfrutarían en el próximo Festival di Urbino Musica Antica. Porque ese era el motivo de su visita a la ciudad y porque en su último encuentro en Italia se habían prometido disfrutar de la magia de la música de medievo... deleitarse en el cortile del Palazo Ducal de la armonía de la ciudad ideal del Renacimiento italiano y de la música barroca.