miércoles, 20 de agosto de 2014

Un año más


Bajó del autobús entumecido tras casi una hora de viaje. A pesar de conocer las incomodidades de ese medio de transporte, una vez más, prefirió realizar el viaje hasta  Antigua en uno de esos coloridos chiken buses.

El traslado desde Ciudad de Guatemala había sido toda una aventura, entretenida pero también llena de sobresaltos. Durante el corto trayecto, además de disfrutar de un paisaje variopinto, había tenido ocasión de presenciar un acalorado altercado entre el acomodador de su autobús con otro de la competencia; el motivo, la disputa de un pasajero que esperaba en la orilla de la carretera y al que casi atropellan en un intento de hacerse con un nuevo cliente. También pudo comprobar la pericia del conductor que, en un derroche de irresponsabilidad continuada, puso al viejo autobús en situaciones límite, tomando las curvas con una temeridad propia de un corredor de fórmula 1.


Aun así, Norte nunca perdía la ocasión de utilizar ese transporte público. Su compañero de viaje, un locuaz y amable chapín de no más de 40 años e incondicional del FC Barcelona, lo puso al corriente de la marcha del equipo de futbol con un detallado relato de sus partidos en la Liga Española y en la Champions.

Tardó unos segundos en orientarse pero, nada más bajar del autobús y tras asegurarse que llevaba consigo todas sus pertenencias, se dirigió a su hotel. En cuanto salió del bullicio del mercado y dejó atrás el polvoriento descampado de la estación de autobuses, ya en las calles empedradas de Antigua, pudo relajarse y disfrutar de la brisa en su cara, respirando el aire fresco. Un cielo azul intenso servía de telón de fondo al penacho de humo que en ese momento salía del Volcán de Fuego. 


Antigua, ciudad destruida y reconstruida varias veces, ha sido devastada por las erupciones de los volcanes y, sobre todo, por los terremotos. Pasear por las calles de esa ciudad colonial, Patrimonio de la Humanidad, era todo un lujo. No recordaba cuantas veces había estado y, en todas ellas sin excepción, había disfrutado el hermoso contraste de la arquitectura renacentista española, trazada con criterios racionalistas, con una variopinta mezcla de población local y, como telón de fondo, un medio natural único. A pesar de la afluencia masiva de turistas que se encontraba cada vez que la visitaba y que desnaturalizaba cada vez más su esencia, para Norte era una de las ciudades más bellas que había visitado nunca y, a pesar del aumento significativo de la delincuencia, nunca se había sentido en peligro.


Nada más llegar al hotel, una bonita sonrisa le recibió tras la mesa del altar que hacía las veces de recepción, suavizando la sobriedad del retablo barroco del siglo XVII que presidía la estancia. Ciertamente, no dejaba de impresionarle a pesar de ser para él sobradamente conocido; además la penumbra que envolvía la recepción, levemente iluminada por velas, le daba a una simple inscripción en un hotel un cierto carácter místico que lo convertía casi en un acto de fe. En realidad cada rincón del hotel era como un pequeño pedazo de historia y, desde su primera estancia, Norte se había mantenido fiel y tan solo en un par de ocasiones se había dejado seducir por otros establecimientos de la ciudad. 


- Buenos días Sr, bienvenido al Hotel Casa Santo Domingo.

En tan solo un par de minutos, con una profesionalidad que contrastaba con el lío que se habían montado con su reserva la primera vez que se alojó en el establecimiento, hace ya algunos años, le asignaron una habitación en la planta baja, tal y como había solicitado.

- Que disfrute de su estancia Sr, y por cierto, le deseo que pase un buen día, ¡feliz cumpleaños!

Sorprendido, se dirigió a su habitación. A través de los hermosos pasillos de suelos encerados, jalonados por muros de piedra centenarios, Norte reparó que en efecto ese día era su cumpleaños.

«Joder» -pensó, un poco sobrecogido por los guarismos que había alcanzado su edad.

Encontró su habitación al final de un largo pasillo. Estaba situada justo al lado de una hermosa fuente en la que flotaban pétalos de rosa y que consumaba la escenografía del hotel que giraba en torno al edificio de uno de los conventos más grandes de América, el que albergó a la Orden de los seguidores de Santo Domingo de Guzmán.


Dejó la maleta y se sentó en el borde la cama king size que presidía la enorme habitación y Norte se sintió solo. Recordó a muchas de las personas que habían pasado por su vida y de las que guardaba un grato recuerdo. Momentos irrepetibles, lugares inolvidables, instantes únicos, … y deseó poder que todas aquellas personas pensaran lo mismo de él.

Dejó transcurrir unos minutos y sin deshacer su maleta, consultó su cuenta de Facebook. De pronto, una sonrisa se dibujó en su rostro. Iluminado en rojo, un número mucho más alto de notificaciones que los años que había cumplido, destacaba en el extremo superior de la pantalla. Apagó el dispositivo y, más animado, salió a pasear por las bellas calles de Antigua.