"Con las buenas ideas, y a veces también con las malas, pasa lo mismo que con los átomos de Demócrito o con las cerezas de la cesta, vienen enganchadas unas a otras" (José Saramago)

miércoles, 24 de septiembre de 2014

“Calatañazor, donde Almanzor perdió el tambor”


Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Allí, en lo más alto de la peña en la que se encaramaba Calatañazor, un viento frío y seco que recorría todo el páramo le obligó a parapetarse tras uno de los derruidos muros de lo que quedaba de un castillo del siglo XIV.

A sus pies una extensa llanura de campos arados, orlada de viejos sabinares, destacaba  sobre un horizonte gris plomizo en el que, a pesar del frío, dos enormes buitres evolucionaban en el aire sin mover una sola de sus plumas, como si estuviesen suspendidos desde el cielo por invisibles hilos.

Se quedó allí un buen rato, contemplando absorto el hermoso paisaje que le regalaba aquella región soriana en otoño, acompañado solo por el ruido del viento impenitente que se colaba por cada resquicio de su ropa.

Era precisamente por esas tierras dónde, las crónicas y la tradición popular, situaban la supuesta batalla de Calatañazor, catalizadora de la derrota definitiva de Almanzor. Y aunque existen muchas dudas sobre el verdadero desenlace de la batalla, lo cierto es que los reinos cristianos la aprovecharon para espolear y dar ilusión a un pueblo aterrorizado por las incursiones árabes y dar un impulso definitivo a la reconquista. Y una sonrisa se dibujó en el rostro de Norte al pensar que la importancia de los medios de comunicación no era un invento reciente. Y también se dio cuenta del acierto del “lema publicitario” de la época, digno de las mejores agencias de comunicación actuales: “Calatañazor, donde Almanzor perdió el tambor”, en alusión al fin de su estrella de la suerte.


Habían pasado más de quince años desde que había ido a aquel lugar por primera vez y se sentía francamente sorprendido del trabajo de restauración que se estaba realizando. Las numerosas casas semiderruidas que había visto en su primera visita  habían sido reconstruidas, invitando a callejear y perderse por las callejuelas medievales, jalonadas de una arquitectura popular de barro y madera, iglesias románicas y un entorno natural único.


Muchas veces Norte había pensado que ocurriría si le faltase alguno de los cinco sentidos. ¿Qué habría ocurrido si careciese de la vista?,¿cómo podría admirar todo aquello?. La mejor y más precisa descripción sería incapaz de igualar, ni siquiera remotamente a lo que sus retinas captaban a cada instante con sus infinitos matices de color.

¿Cómo podría completar aquel cuadro sin integrar el zumbido del viento?, ¿sin la sensación de tocar aquellas piedras centenarias?, …  Y de pronto se dio cuenta de la importancia de cada uno de ellos y de la inmensa suerte que había tenido al recibir ese regalo. Y no se estrañó que Orson Welles o Julián Marías se dejasen seducir por Calatañazor.