domingo, 28 de septiembre de 2014

La cápsula del tiempo


La puerta se entreabrió y, a medida que sus ojos se acostumbraban a la penumbra, las sombras comenzaron a materializarse; de modo muy tenue al principio, para concretarse en formas conforme transcurría el tiempo.


Primero un conjunto de columnas, austeras, sin ningún ornamentación, en las que se apoyan arcos apenas decorados y, entre los cuales, la luz jugaba a esconderse… ¡como le recordaba a una mezquita! Después una gran pilastra central rematada en un conjunto nervaduras que sustentaban la bóveda… ¡una palmera!


Dentro, un silencio denso, espeso, que perpetuaba el ambiente sellado, casi sepulcral de la estancia, como si de una cápsula del tiempo se tratase. Tanto que Norte se sintió como si, de pronto, fuese teletransportado al siglo XI con solo cruzar aquella pequeña puerta, rematada con un arco de herradura como único ornamento. Pensó que en cualquier momento aparecería uno de aquellos cristianos mozárabes que, huyendo de las persecuciones de Al-Andalus, se asentaron a lo largo de las tierras de frontera, al Norte del Duero y del Ebro.

Después, las pinturas ... o lo que quedaba de ellas. Elefantes, dromedarios, osos, lebreles rampantes, santos y escenas bíblicas. Algunos apenas visibles, otros todavía con colores llenos de fuerza y, sobre todo, cargados de simbolismo, como los “Toros afrontados”, representación de la ira de Dios para los expertos y para Norte la sobriedad de aquellas gentes, enfrentada al derroche cromático y representativo de las tierras del sur.


Y Norte comprendió que San Baudelio de Berlanga, era el resultado de una reacción química entre dos compuestos, la consecuencia del encuentro de dos culturas antagónicas que, a pesar de sus profundas diferencias, habían sabido encontrar un camino de expresión común.