domingo, 5 de octubre de 2014

Tierra nueva


Por fin, tras una pronunciada subida, Norte detuvo el coche en una pequeña explanada. Un profundo silencio, solo interrumpido por el viento frío y seco que azotaba sin tregua  la colina sobre la que resistían una parte de los viejos lienzos de la muralla del Castillo Califal de Gormaz, realzaba todavía más la hermosa panorámica que se extendía hasta el horizonte.

Un cielo plomizo y amenazador servía como telón de fondo a campos arados y sabinares hasta donde alcanzaba la vista. Y, en primer plano, el río Duero serpenteaba rodeado de choperas teñidas de otoño, dando una pincelada de color a aquel cuadro.

Era el mismo río, que ahora discurría tranquilo, el que había servido de frontera divisoria entre culturas; formas de ver y sentir la vida diametralmente opuestas.  

Se miraron y, sin cruzar una sola palabra, se pusieron los guantes, ajustaron sus bufandas y con resignación salieron del coche. Allí afuera, la sensación de frío, posiblemente incrementada por el viento, les recordó que la meseta soriana no estaba hecha para gente del Sur.

Antes se habían detenido en la Ermita de San Miguel, a media ladera, y se habían quedado fascinados por sus pinturas. Como en el caso de San Baudelio,  también sus muros fueron recubiertos con frescos románicos, allá por el siglo XI. Escenas de la Natividad, combates entre caballeros, los tres Reyes Magos dirigiéndose al Palacio de Herodes y, sobre todo, el pesado de las Almas con San Miguel  y un diablo.


Francesca se sorprendió, acostumbrada a la riqueza arquitectónica de su país, de la simplicidad del pre-románico o mozárabe, realizado por los cristianos liberados del yugo sarraceno y todavía sin influencias europeas. Era tierra recién reconquistada. Tierra nueva, llena de esperanza pero también repleta de peligros e incertidumbres.


Caminaron a buen paso desde el cálido ambiente del automóvil hasta la puerta de entrada a la fortaleza procurando protegerse el uno al otro del viento helado que soplaba en la meseta.

Una vez en el interior, al amparo de las murallas, se sintieron repentinamente reconfortados y se encontraron ante una amplia explanada rodeada de murallas semiderruidas, erigidas en una atalaya natural desde que se divisaba prácticamente toda la comarca. Resultaba de una belleza sencilla y tosca, pero a la vez fascinante ya que las ruinas de la antigua fortaleza califal  parecían haber sido incorporadas por la naturaleza al cerro, integrándolas en el paisaje.

Solo una bella puerta que denotaba su origen musulmán, la Puerta Califal, parecía revelarse contra aquella tiranía de la naturaleza empeñada en convertir, en un eterno ciclo, la “Tierra vieja” en “Tierra nueva”.