miércoles, 19 de noviembre de 2014

El ensueño del atardecer


Comprobó la hora en su reloj de pulsera y se levantó con cuidado para no despertarla. Francesca dormía profundamente hecha un ovillo bajo el cálido edredón de un blanco inmaculado que cubría la enorme cama. Fuera, a las seis de la tarde, las bajas temperaturas del mes de febrero invitaban a quedarse disfrutando del calor de la habitación del hotel donde se habían alojado.  

Se acercó a la ventana. Las vistas eran realmente espectaculares desde aquel nido de águilas a más de setecientos metros sobre el nivel del mar. Había oído hablar de aquel pequeño país solo por su comercio o por anécdotas curiosas relativas a las goleadas encajadas por su equipo de futbol o al Gran Premio de Fórmula I de San Marino, tristemente conocido por la muerte de Ayrton Senna en 1994.  Sin embargo, ella había insistido en numerosas ocasiones en acercarse para que Norte conociese San Marino, pero nunca se lo había imaginado así.

Desde luego, Italia era especialista en hacer frontera con microestados. Que él recordara: Ciudad del Vaticano, San Marino y la desaparecida Isla de las Rosas, una micronación de existencia breve (1968) que precisamente estuvo ubicada en una plataforma artificial de apenas cuatrocientos metros cuadrados, frente a la Costa Adriática, muy cerca de San Marino.


Había bromeado con ella sobre lo que sería gobernar un país de un poco más de treinta mil habitantes, ironizando sobre la agenda del ministro de sanidad, en la que de seguro figuraba la fecha prevista para el parto de cada una de las sanmarinenses embarazadas con el objeto de reservarle cama en el hospital. A lo que Francesca respondía, haciéndose la ofendida, que la Serenísima República de San Marino, ya que así era su nombre oficial, era con mucho la República más antigua del mundo.

Volvió a observarla y decidió no despertarla. Norte sonrió a la vez que elevaba su ceja izquierda, al recordar a la atrevida Francesca después de disfrutar del  Lambruscode Sorbara durante la comida. Habían acompañado la pasta al “tartufo nero con el magnífico caldo  y, tras la segunda copa, se volvió mucho más locuaz, divertida y, sobre todo, atrevida de lo que habitualmente solía ser.


Después, un corto paseo por el casco antiguo de San Marino, pero enseguida desistieron. Subir hasta las torres construidas en los picos más altos del monte Titano era un paseo exigente. Así que a medida que la temperatura ambiental descendía y la corporal ascendía decidieron refugiarse toda la tarde bajo el grueso y cálido edredón de la cama de su cuarto de hotel.

Volvió a mirar por la ventana justo en el instante que comenzaba la puesta de sol. En ese momento Norte dudó si despertarla, pero no fue necesario.

- ¿Qué haces? –preguntó desperezándose.

- Ven –le susurró Norte, mientras le ayudaba a ponerse el albornoz- no te pierdas esto.


Tras los cristales, en el horizonte, el sol se zambullía en una tenue capa de nubes, tiñéndolas  de tonalidades rojizas y anaranjadas, justo antes de comenzar su precipitada carrera para desaparecer tras las montañas.