sábado, 8 de noviembre de 2014

Los caminos de La Alpujarra


‹‹¿Cuánto tiempo hacía que no recorría esos caminos?, ¿cuánto que no respiraba esos aromas?, ¿cuánto hacía que añoraba esos paisajes?›› –se repetía Norte a si mismo una y otra vez, casi obsesivamente, mientras caminaban por la senda que discurría a los pies de Sierra Nevada y que los llevaba de pueblo en pueblo por La Alpujarra Alta.

Y siempre que lo había hecho; cada una de las veces que había visitado aquellas tierras, la ilusión renacía y, de nuevo, la esperanza por conseguirlo volvía a resurgir. Contumaz y reiterado, el deseo jamás cumplido se obstinaba en recordárselo. De alguna manera le habría gustado reunir el valor suficiente para abandonarlo todo y quedarse a vivir en uno de aquellos humildes pueblecitos que, como racimos de casas blancas, se recostaban sobre aquel territorio arrugado y lleno de historia.


Es cierto que esa misma idea la había tenido también, por lo menos, de una docena y media de lugares que había visitado a lo largo de su vida. Pero tampoco era menos cierto que esa comarca ocupaba un lugar especial en su personalísimo ranking de lugares hermosos. La Alpujarra lo reunía todo, rebosaba autenticidad y quizás esa haya sido la razón por la que muchos escritores se hubieran dejado fascinar por aquellas tierras. GeraldBrenan atraído por la espontaneidad y costumbres de sus  gentes, o García Lorca, impresionado después de un corto pero intenso viaje a la Alpujarra.

Pequeños pueblos, latiendo al compás de las estaciones, habitados por una curiosa mezcla de jubilados de nacionalidades lejanas y viudas apegadas a su tierra, que se resisten a abandonar las casas donde nacieron y criaron a sus hijos. Casas encaladas, de un blanco que hiere las retinas de los ojos, balcones en los que florecen los geranios multicolores, calles empedradas que trepan por las laderas y pequeños arroyos de aguas cristalinas alimentados por el deshielo de la nieve de  las montañas.


A dondequiera que mirasen, comprobaban como la cultura andalusí perduraba. Se hacía patente en cada esquina, en cada acequia de agua para el riego, en cada laja de pizarra. La trama urbana o la arquitectura popular evocaban el modo de vida morisco. No podía ocultarse su origen, a pesar de que aquellas tierras habían sido repobladas con cristianos viejos del Norte que habían bautizado esas poblaciones con nombres ajenos a un modo de vida del sur. Como en el caso de los escritores, los nuevos nombres de las localidades enseguida fueron adoptados y Capileira o Pampaneira pasaron a integrarse como una parte más del acerbo cultural del lugar.Como Juviles, Ugíjar, Almegíjar y  tantos otros tantos también acabaron formando parte de su toponimia unos siglos antes.


Hacía ya un buen rato que habían dejado atrás Capileira y caminaban por un sendero que serpenteaba por un terreno abrupto que los llevaría directamente a las alturas de Sierra Nevada con El Veleta, omnipresente, presidiéndolo todo a más de 3.000 metros de altitud.

Unos metros delante de él, Francesca aceleraba el paso cada vez más y, a pesar de llevar recorridos más de una decena de quilómetros, no daba muestras de cansancio, así que Norte hubo de hacer un pequeño esfuerzo para alcanzarla.

Nada más llegar a su altura, ya casi sin resuello, Norte se paró un instante para admirar el paisaje que se abría frente a ellos. Al fondo las cumbres nevadas emergían tras un horizonte nuboso matizado con pinceladas de un intenso azul. Y, entre medias, la vegetación que iba perdiendo presencia a medida que se ganaba altura.

- Te has fijado –advirtió Francesca con un pequeño gesto de preocupación, señalando en dirección opuesta- está entrando niebla.

Norte comprobó que, en efecto, Francesca le llamaba la atención sobre una densa capa de nubes que, aunque lejana, avanzaba desde el mar desbordándose desde los picos más altos hacía el pueblo que habían dejado atrás.

La niebla era uno de los meteoros más aborrecidos por Francesca y a pesar de que ella jamás reconocería ese temor, Norte sabía que su estado de ansiedad iría en aumento conforme las nubes se fuesen acercando.  Así que sin pensárselo dos veces decidió facilitarle la decisión.

-  ¿Qué te parece si volvemos? –le preguntó con cautela- estoy un poco cansado y parece que va entrar la niebla.

En un primer momento Francesca puso un delicioso mohín de contrariedad.

- Ya sabes lo que dicen –continuó insistiendo Norte- la montaña no se moverá y nosotros podremos volver otro día.

 Y juntos emprendieron el camino de regreso. Ante ellos un largo y ondulante camino que los llevaría de nuevo a Capileira.