jueves, 25 de diciembre de 2014

El mundo perdido


Nada más comenzar a sonar los primeros compases de música lounge, cerró sobre su regazo el libro que estaba leyendo, se ajustó los auriculares y subió ligeramente el volumen de su reproductor. Se encontraba solo en la pequeña terraza del hotel rural en el que había elegido para alojarse los tres días que había decidido pasar en la isla. En el horizonte, tras un grupo de nubarrones, el sol se precipitaba en el Océano Atlántico tiñendo de tonos amarillentos el cielo y el mar.

En realidad no tenía por qué preocuparse. Nadie vendría a joderle aquel momento. Era el único huésped y los dueños, una joven pareja, tenían muy claro lo que la gente buscaba en su establecimiento. Ni siquiera Naira, su hija de apenas cinco años, le había importunado lo más mínimo.

Dio un sorbo a su cerveza y se arrellanó en el confortable sillón de mimbre con enormes cojines de color blanco, dejando que el cálido sol del atardecer acariciara su rostro. Cerró los ojos y repasó mentalmente las causas que lo habían llevado hasta allí. 


Después de un largo período con una  intensa actividad laboral, de improviso,  se le había presentado una “ventana de oportunidad” para desconectar y descansar. Apenas unos días, antes de comenzar de nuevo con la vorágine del trabajo. Había ido buscando un destino de turismo slow y lo había encontrado: naturaleza y un estilo de vida pausado.

A pesar de las fechas, solo unos imperceptibles adornos en la sala de estar de la casa rural recordaban que se encontraban en plena navidad, y ese distanciamiento de las fiestas le ayudaba a superar su jodido estado emocional.

Escrutó el horizonte con insistencia, tratando de vislumbrar el perfil de la mítica isla de San Borondón, sin ni siquiera conocer con exactitud el lugar donde, según los testigos, situaban una isla que aparece y desaparece desde hace siglos. Norte sonrió al pensar en el entusiasmo de Francesca habría puesto en cuanto le hubiesen contado la leyenda de varios siglos de antigüedad, relatada en las crónicas de antiguos navegantes griegos, españoles, irlandeses o portugueses y que pervive en plena era espacial, con miles de satélites orbitando alrededor de la tierra y fotografiando cada rincón del planeta.

Se había decidido por la Isla de La Gomera fundamentalmente por las buenas referencias que tenía de ella, y ahora que llevaba allí un par de días, sabía que no se había equivocado. Menos turística, más tranquila y con un medio natural envidiable, nada más acercarse a su costa pudo observar la belleza de sus acantilados contrastando con el paisaje rural, transformado por la acción del hombre durante siglos. Un territorio agreste al que fue necesario arrancar centímetro a centímetro cada una de las terrazas donde asentar los cultivos.   


Pero es que además, Norte se encontró con una isla cargada de historia. Esa historia escrita con minúsculas que forma parte indisoluble de la Historia Oficial y que a menudo queda ensombrecida por ella.

El 12 de agosto Cristóbal Colón llegó a La Gomera, la última parada antes de partir hacia las Américas. Allí, a lo largo de casi un mes, se aprovisionó, rezó y se enamoró. Y a Norte se le dibujo una sonrisa al imaginar la opinión de Francesca sobre la algo más que ayuda y apoyo que la gobernadora de la isla, Beatriz de Bobadilla proporcionó al  proyecto del Almirante. 

Pero lo que realmente fascinó a Norte fue el medio natural. El día anterior había dado una buena caminata por una de las numerosas sendas que atravesaban el parque natural de Garajonay y pudo disfrutar de la laurisilva canaria. Las persistentes nieblas que ascienden desde el Océano Atlántico mantenían con vida los últimos vestigios de las selvas subtropicales relictas del Terciario.  


Pero además de que este ecosistema de selvas misteriosas se encontrase a escasa distancia del desierto del Sahara, Norte se sorprendió por la diversidad de las formaciones vegetales, endemismos y la propia geología de la isla.
  
«Seguramente fue este aspecto el que llamó la atención de Darwin»  –pensó Norte– en referencia al interés que un joven Charles R. Darwin mostró por los escritos de Humboldt sobre las islas Canarias. Tanto, que llegó a pensar que algún día podría organizar una expedición a esas islas.


Lamentablemente la sospecha de una epidemia de cólera en Inglaterra impidió, años después, a Darwin desembarcar del HMS Beagle en las islas cuando se disponía a comenzar la circunnavegación del planeta en 1832.

De pronto, el sonido de su teléfono móvil le anunció la entrada de un wasap que  Francesca le enviaba para felicitarle la Navidad: “Pensando a te per Natale. Il ricordo di te occupa sempre un posto speciale nel mio cuore. Auguri e Buon natale !

Durante unos instantes dudó en contestarle, pero desistió pensando que bastaría con que ella comprobase que lo había leído.

Todavía con una sonrisa dibujada en su rostro, Norte volvió a la lectura. No sin antes volver a contemplar la puesta de sol, bajó el volumen de su reproductor de música y abrió el libro en donde lo había dejado. “El mundo perdido“, la  novela del autor escocés Arthur Conan Doyle, había resultado una excelente elección para leer durante sus cortas vacaciones.