"Con las buenas ideas, y a veces también con las malas, pasa lo mismo que con los átomos de Demócrito o con las cerezas de la cesta, vienen enganchadas unas a otras" (José Saramago)

domingo, 7 de diciembre de 2014

Nagyvásárcsarnok, el mercado del pueblo


Cruzó el río Danubio por el Szabadság híd. Lo había visto en un cartel y se sorprendió a si mismo intentando reproducir torpemente y a media voz el sonido imposible del Puente de la Libertad en húngaro. Sonrió y agradeció que Francesca no se encontrara con él en ese instante, porque sus carcajadas podrían oírse en toda Budapest. Norte se sentía ridículo intentando chapurrear uno de los idiomas más difíciles del mundo. Reproducir dígrafos como “sz”, “zs” o “ty” le resultaba una tarea imposible y ella lo sabía; así que, sin duda, no habría dejado escapar la ocasión para meterse con él.

A pesar de la intensidad de tráfico de coches y tranvías que soportaba el puente, cruzarlo le resultó agradable. Lo había visto desde lejos, pero ahora que caminaba por la pasarela para peatones pudo observar de cerca la profusa ornamentación de escudos y aves mitológicas que lo decoraban. Sin duda era una soberbia construcción eclipsada por la popularidad del Puente de las Cadenas. 


Nada más atravesar el puente se topó con un hermoso edificio Art Nouveau que se levantaba a su derecha. Su incomprensible e irreproducible nombre, Nagyvásárcsarnok, no le impidió que rápidamente dedujera que se trataba de un mercado. A pesar de un buen grupo de turistas, que cómo él, deambulaban por los alrededores, enseguida reconoció el ajetreo y la animación propias de ese tipo de establecimientos.


Su origen, de una zona rural con muchas vivencias de su juventud en torno al mercado de abastos de su pueblo, indujo a Norte a entrar. Y, nada más hacerlo,  le asaltaron una avalancha de recuerdos.  Lo primero, lo que de inmediato reconoció fue el ruido producido por la gente, los curiosos y los vendedores de los puestos. A pesar de que obviamente nadie había pronunciado una sola palabra en su idioma natal, reconoció ese murmullo típico de los mercados, ese rumor inconfundible que produce el ejercicio de uno de los oficios más viejos de la humanidad: el comercio.


Después el olor le devolvió sensaciones y recuerdos olvidados durante muchos años. El olor inconfundible a verdura fresca,  a fruta, el olor de la carne,… Y finalmente, la vista. Alineados con precisión geométrica las verduras frescas contrastaban con los puestos de embutidos o los del pan. Y por todas partes los puestos de paprika, con sus coloridas ristras colgando por todas partes.


Deambuló sin rumbo, disfrutando absorto de muchos de los puestos, olvidándose por unos instantes de su condición de turista y comprobando como, a pesar de parecerse a todos los mercados, conservaba la singularidad propia del lugar. Esa peculiaridad que diferencia a cada uno de los mercados del mundo y que está impregnada de la personalidad y la esencia del país y de sus gentes.


De pronto, los carteles con los irreproducibles nombres en húngaro de los productos dejaron de parecerle extraños y, por unos instantes, se sintió transportado a otras épocas, cuando todavía visitaba casi a diario el mercado de abastos de su pueblo.