"Siempre oí que en Nueva York uno nunca conoce a sus vecinos” (Desayuno con diamantes)

sábado, 26 de julio de 2014

La Petrecerea de moţ


Caminaban por la Piața Revoluției, justo frente al antiguo edificio del Comité Central del Partido Comunista. Desde allí, en 1989, Nicolae Ceauşescu, realizó un último  y desesperado intento para calmar a los manifestantes antes de huir precipitadamente de Bucarest en un helicóptero. Una fuga rocambolesca que acabó con su captura y posterior ejecución. Norte no pudo menos que imaginarse aquella gran plaza, ahora vacía, abarrotada de rumanos reclamando libertad y al matrimonio Ceauşescu lanzando proclamas desesperadas desde el balcón de aquel edificio de corte oficialista que, no sabía muy bien porqué, le recordaba a la KGB.

 ̶  ¡Corre, que no llegamos! –exclamó Ionela, arrastrándolo literalmente tras ella.


̶  Calma, todavía faltan diez minutos, tenemos las entradas y prácticamente ya hemos llegado   ̶ le contestó Norte señalándole el edificio del Ateneo Romano que ya se entreveía al fondo ̶ . Vuelve a contarme la historia de la huida de los Ceauşescu.

El gesto de contrariedad de Ionela fue más que evidente. Y le extrañó, ya que desde que la conocía jamás había tenido prisa, es más, el sosiego y serenidad  de los que hacía gala, eran una de las muchas cualidades que Norte más apreciaba en ella… a pesar de que, en muchas ocasiones, había tenido que esperar lo indecible a que acabara de prepararse antes de salir. La cantidad de frascos con cremas, ungüentos y afeites que utilizaba era ingente y Norte estaba convencido que tenía más de un producto para cada parte de su cuerpo. En todo caso, en ella, eso era una virtud que también él estimaba.. 
    
̶  Pero solo un par de minutos. Quiero estar en la sala cuando haga su entrada el director  ̶  le advirtió Ionela.

̶  Está bien, pero favor cuéntame cómo fue la fuga.

̶  Como te podrás imaginar yo no “fui allí”,… era muy pequeña  ̶ precisó a la vez que en su rostro se dibujaba una sonrisa maliciosa ̶   mi tío, que vivía aquí en Bucarest, sí que estuvo y fue él quien nos lo contó infinidad de veces, de hecho creo que en cada una de las comidas familiares que se celebraron desde entonces.

El rumano es una lengua densa y exuberante llena de influencias orientales y oír hablar el español a Ionela, con ese acento y sonidos casi idénticos al italiano, aderezados con influencias eslavas y algún que otro error de léxico conformaban un resultado único que lo tenía absolutamente fascinado.

̶  Pero ¿es cierto que Nicolae y Elena Ceauşescu hablaron desde ese edificio?  ̶  insistió Norte.

̶  Dicen que en esta plaza había unas 100.000 personas. En principio se pensaba en un gran acto de exaltación de Nicolae Ceauşescu y del PCR (Partido Comunista Rumano), sin embargo, poco a poco, los vítores de los seguidores del régimen fueron sofocados por los abucheos y gritos de una multitud furiosa. Mi tío Constantin me contó  ̶ continuó Ionela ̶  que casi desde el principio del discurso comenzaron a increparle de tal manera que impidieron que continuara. Gritos de !Abajo Ceauşescu!, !Timisoara!, ¡Libertad!, !Muerte al comunismo!, así como el lanzamiento de piedras contra el edificio, hicieron que la televisión estatal se viera obligada a cortar la transmisión. Incluso en un momento concreto se escuchó por los altavoces como Elena le decía a su esposo que les prometiera lo que fuera para intentar calmarlos,… sin darse cuenta que el sonido estaba conectado. En fin, después su precipitada huida en un helicóptero que los esperaba en la azotea, el secuestro de un coche a punta de pistola por sus guardaespaldas y la posterior captura en un control de carretera. El final, por favor, no me pidas que te lo cuente.

La tomó por la cintura y la atrajo hacia sí percibiendo de inmediato la calidez de su cuerpo y el suave olor a perfume a agua de rosas que despedía. Norte sintió haber insistido para que, a pesar de no haberlo vivido directamente, le relatara un pasaje de la historia de su país que a Ionela no le gustaba. Un juicio sumarísimo, sin muchas garantías judiciales, seguido de una ejecución inmediata, todo ello grabado, emitido por la televisión pública rumana y ahora colgado en internet, posiblemente no resulte nada edificante para las generaciones de rumanos y rumanas que no lo vivieron directamente.

̶  Lo siento  ̶ se disculpó, arrepentido.

Continuaron caminando a buen ritmo por la Piața George Enescu y en apenas cinco minutos se encontraban frente al Ateneo Romano, el imponente edificio neoclásico con ciertos toques románticos y  sala de conciertos principal de la ciudad.


̶  ¿No te dije que nos sobraba el tiempo?  ̶  le regañó cariñosamente Norte, comprobando la hora en su reloj ̶   son las siete en punto.

̶  ¡Bien! ¿Sabes que lo que has dicho?

̶  Simplemente la hora, ¿ocurre algo?  ̶  contestó sorprendido.

̶  ¡Pues claro! Cómo es posible que no sepas que si miras el reloj cuando es una hora en punto quiere decir que alguien te quiere; si lo miras un minuto antes de la hora exacta significa que esa persona dejó de quererte pero te quiso mucho; y si lo haces un minuto después significa que alguien te engaña.

Sorprendido, Norte no pudo menos que reírse ante la ocurrencia de Ionela. Todavía no tenía claro si se burlaba de él o, simplemente, como muchos de sus compatriotas, era supersticiosa.

̶  Y eso,  ¿qué quiere decir?

̶  Pues eso, tonto. Que hay una persona que te quiere, … y no puede ser otra que yo, ¿o no?

Entraron celebrando la gracia y, después de atravesar un bellísimo hall, se dirigieron rápidamente hacia la sala de conciertos, antes de que el director de la orquesta hiciese su entrada. 


La sala de conciertos tenía  un aspecto imponente, decorada con un fresco, de unos 3 metros de altura que rodeaba toda la base de la bóveda circular.

̶  ¿Te gustan las pinturas? Su autor es Costin Petrescu. Muestra los momentos más importantes de la historia de Rumanía, creo que comienza con la conquista de Dacia por el emperador romano Trajano hasta la creación de la Gran Rumanía en 1918.


Se sentaron apresuradamente en las butacas que habían reservado, en una de las filas centrales. Verdaderamente la sala se veía fantástica…

̶  Por cierto   ̶ comentó Norte tomándole la mano ̶   ¿no te tomarás en serio esa superstición absurda de la hora y los minutos?

̶  Pero, ¿por quién me tomas?   ̶ respondió un poco enojada ̶  pues claro que no. En mi país estas pequeñas supersticiones están muy extendidas, evidentemente mucho más en el mundo rural y entre los mayores, casi hasta el punto de convertirse en tradiciones.

̶  La verdad es que tenéis muchas. Por ejemplo, ayer mismo leyendo una guía cuando volaba hacia aquí, me encontré un artículo sobre el tema y la verdad recuerdo que citaba unas cuantas, incluso una que me llamó la atención:  la de cortarle a los bebés el pelo por primera vez.

̶  Ah sí, la Petrecerea de moţ, es una tradición muy bonita   ̶ sonrió como si de pronto en su mente se agolparan recuerdos felices de su niñez ̶ . Consiste en que a los bebés se les corta el pelo por primera vez el día que cumplen un año. Todo comienza cuando la madrina toma un mechón de pelo y lo ata con una cinta, lo pasa por un anillo y lo corta. Después lo pega a una moneda de plata con cera de la vela que se empleó en el bautizo del niño y se guarda. Finalmente se le coloca al bebé frente a una fuente con los objetos más dispares como un bolígrafo, una calculadora, dinero, un libro, las llaves de un coche, etc y se deja que el niño escoja según su predilección y según el objeto elegido se prevé su futuro. Por ejemplo, si escoge un libro o un bolígrafo será buen estudiante.

̶  ¿Y tú?, ¿qué elegiste?

̶  Yo nada -respondió sonriendo-, era muy presumida y me madre no consintió que me cortasen mis hermosos cabellos y, mucho menos, que me rapasen.

En ese momento la sala estalló en aplausos. El director de orquesta acababa de hacer su aparición y Ionela, tomándolo de la mano, le pidió que guardara silencio.

miércoles, 23 de julio de 2014

Ateneul Român, sala de conciertos de Bucarest...

... y sede de la Filarmónica "George Enescu" compositor, violinista, pedagogo, pianista, director de orquesta y exhiliado en París huyendo de la Rumanía comunista: "Pienso en mi tierra constantemente. Amo a mi pueblo con toda mi alma y en todo momento. En cuanto me recupere de mi enfermedad sólo desearé una cosa: regresar a mi país".

Rapsodia Rumana nº 1: http://www.youtube.com/watch?v=bZ1X8ieSjOM

domingo, 20 de julio de 2014

La ventana indiscreta


Dio un nuevo sorbo a la descomunal jarra de cerveza que le habían servido y se revolvió inquieto en la silla, valorando la posibilidad de levantarse y continuar su paseo o quedarse un rato más, fisgoneando en las vidas ajenas. Finalmente Norte decidió seguir observando a la gente que pasaba por delante de la terraza de la cafetería situada en Staroměstské náměstí y así darse un tiempo extra que le permitiera acabar airoso la cerveza.

Se arrellanó en la cómoda silla de paja y se dispuso a dejar transcurrir el tiempo. A su izquierda, en la línea de mesas inmediatamente anterior a la suya y parapetado tras el seto que separaba la zona de la terraza de la plaza, un joven fotografiaba a los viandantes ayudado por el potente teleobjetivo de su cámara. 

Norte sonrió al pensar que la situación le recordaba a la película “La ventana indiscreta” de Alfred Hitchcock, aunque en este caso ¿quién sería James Stewart?, ¿el fotógrafo o él? 

Observó con detenimiento, intentando vislumbrar alguno de las fotografías que, tras el disparo, se veían en la pantalla de la cámara y comprobó que todas, sin excepción, correspondían a primeros planos de viandantes. Jóvenes, adultos, parejas, grupos,… no parecía haber ningún criterio que no fuese el de fotografiar personas anónimas que pasaban por allí. Era como un francotirador apostado a la espera de una víctima. Vestía un largo abrigo de color azul y sobre la mesa descansaba un sombrero de fieltro de color negro, adornado con una fina cinta de color cuero. Allí, mimetizado, observaba expectante a los viandantes al acecho de su próxima pieza. 

Y es que la verdad, Praga se prestaba a ello. La magia de la Ciudad Vieja, la exuberancia barroca de la Malá Strana o la distinción art nouveau de la Ciudad Nueva, aderezados con miles de turistas de todo el mundo, constituían un entorno perfecto para perderse en una ciudad maravillosa. 

«Será un cazador de tendencias…» ̶ pensó Norte recordando un artículo que había leído hacía tan solo un par de días ̶ «… o seguramente un turista aburrido que se entretiene haciendo fotos mientras descansa tomándose una cerveza». 

Instintivamente tomó su cámara y repasó sus fotos, comprobando que, en efecto, también él había fotografiado multitud de pequeños rincones. Y en muchos de ellos lo había hecho por una situación concreta. Tan solo un instante antes de sentarse en la terraza había presenciado una acalorada discusión de una pareja frente a la Casa de las tres rosas blancas, justo en las hermosas verjas que rodean la fuente gótica. No pudo comprender lo que decían pero, en todo caso, estaban ya en esa fase de una discusión en la que no se disimula. Finalmente Norte desvió su mirada avergonzado cuando la chica se percató de que los estaba observando. 


Levantó la vista y, sorprendido, comprobó que su James Stewart particular había desaparecido. Sobre la mesa una jarra de cerveza vacía y un pequeño plato con la cuenta. Norte observó con detenimiento los alrededores, la plaza, incluso miró hacia el interior de la cafetería. Ni rastro del curioso personaje. 

Siguió pasando sus fotos para detenerse en un hermoso primer plano de la Princesa Libuse, fundadora de la dinastía Premysl. Una bella imagen art nouveau que preside el número 22 de Karlova ulice. Recordó que en el momento de fotografiarla, un pequeño grupo de turistas ya entrados en años, atendían un poco aburridos las explicaciones que uno de ellos les daba. Se trataba posiblemente del líder del grupo, el jubilado que había preparado durante semanas el viaje, y que ahora los atormentaba con un torrente de información que apenas despertaba interés ellos, deseosos quizás de sentarse cómodamente frente a un buen codillo asado y una cerveza.


Se detuvo de nuevo cuando en la pantalla de la cámara apareció un bello plano del Cementerio Judío. Una sucesión de antiguas lápidas, distribuidas sin orden aparente, eran el testigo mudo de trescientos años de enterramientos de miles de judíos. Sobre ellas, cientos de pequeños guijarros y deseos escritos en papel, arropadas por un profundo silencio, mantenían viva la esencia del pueblo hebreo.


Por fin, le dio el último trago a su cerveza, se levantó y se dirigió, caminando lentamente hacia Malá Strana, dejando atrás el Palacio de Goltz Kinsky, posiblemente el palacio rococó más bonito de Praga, y durante un tiempo sede de una academia en la que estudió Franz Kafka entre 1893 y 1901.


Tenía su destino muy claro. Era uno de sus rincones favoritos en Praga y aunque su sentido inicial se había desvirtuado en los últimos años seguía, siendo un lugar único que se reinventaba día a día. 

No le llevó demasiado tiempo cruzar el Puente de Carlos y, en unos minutos, estaba frente a él: el Muro de Lennon, clamor de libertad sofocado y vuelto a renacer una y otra vez. Casualmente un guitarrista interpretaba en ese momento Imagine.


Esperó al final del tema, depositó una moneda en la funda de la guitarra y se volvió para continuar su camino. En ese instante se percató que un hombre con abrigo azul y sombrero de fieltro lo fotografiaba con un potente teleobjetivo.

domingo, 13 de julio de 2014

El viejo bereber


El viejo Land Rover venció, no sin dificultad, el enésimo repecho y, renqueante, comenzó a descender en busca del próximo obstáculo. Desde que había partido de Agadir, hacía ya un par de horas, Norte circulaba por una sinuosa y estrecha carretera que se abría paso a través de un terreno seco y polvoriento en el que subsistían, ajenos a la eterna sequedad e impasibles al viento del desierto, algunos matorrales rastreros y los imperecederos árboles del argán.


Con la excepción de algún rebaño de camellos o de cabras, algún que otro vehículo y algunas casas perdidas en la lejanía, viajaba en la soledad más absoluta, disfrutando de un paisaje sobrecogedor. «Es tal como me lo describió Usem»  ̶  pensó Norte, recordando la descripción que, hacía tan solo cuatro semanas,  un joven camarero bereber le había hecho de la zona cuando le contó que estaba a punto de realizar un viaje a Marruecos.

En un par de ocasiones se había detenido a admirar de cerca a alguno de aquellos árboles obstinados en sobrevivir en condiciones extremas y no pudo menos que sorprenderse de la belleza de sus troncos retorcidos y nudosos, modelados por años de sequías y vientos impenitentes. Y le pareció un justo premio para un árbol capaz de resistir semejantes penalidades, el producir unos frutos de los que se extrae un aceite con tantas propiedades medicinales.


A su izquierda, el Atlántico se estrellaba una y otra vez contra la costa, en un incesante intento de conquistar cada centímetro de playa, desgastando aquellos acantilados, meteorizándolos y erosionándolos hasta convertirlos en finos granos de arena.

En las zonas menos abrigadas de la carretera, Norte disfrutaba de la brisa marina cargada de una humedad salina que aliviaba en parte el calor que comenzaba a apretar ya a primeras horas de la mañana. Finalmente, a lo lejos, divisó una pequeña población con humildes casas abigarradas al abrigo de un pequeño promontorio de la costa y sonrió. Sin duda se trataba de  Imsouane, el pequeño pueblo de pescadores en el que podría cerrar el ciclo y cumplir su promesa. Se dio cuenta que, por primera vez en mucho tiempo se sentía bien, orgulloso por corresponder al favor que le había pedido Usem.


Aparcó en una polvorienta explanada al lado del puerto, justo en el momento en que comenzaban a regresar las pequeñas embarcaciones artesanales. Como en cualquier puerto  pesquero del mundo, independientemente de su tamaño o la tipología de las embarcaciones, el desembarco de las capturas es uno de los momentos más dinámicos y ajetreados ya que, además de realizarse el traslado del pescado al lugar de venta, es donde se contrasta la pesca de unos y otros, es el momento de determinar la valía del patrón y la habilidad de los tripulantes y, sobre todo, da una idea muy aproximada del valor que adquirirá el pescado en la venta.

Un gran número de pequeñas embarcaciones de pesca artesanales de color azul se alineaban, perfectamente ordenadas, a lo largo de la rampa de subida y, en torno a ellas un enjambre de pescadores, compradores y curiosos se movía inquieto, atareados transportando cajas con el pescado capturado, varando las embarcaciones o, simplemente, realizando operaciones de mantenimiento.


Caminó confiado entre aquella muchedumbre, destacando como un faro en medio de la noche, entre un mar de turbantes, taqiyas, capuchas de chilabas y gorras del Real Madrid o del Barcelona. El sombrero de paja, con el que Norte se resguardaba del sol impenitente que lo abrasaba, despertó de inmediato la curiosidad los lugareños, extrañados al verlo vagar por el puerto y no por los lugares de reunión de los surfistas, posiblemente la única razón por la que un occidental visita la localidad de Imsouane. A los oídos de Norte llegaban retazos de conversaciones incomprensibles en árabe y en algún dialecto bereber y, más raramente, algún término en francés se cruzaba, destacando sobre la pronunciación gutural de los idiomas nativos.


Caminó hasta el moderno edificio de la lonja, donde se estaba realizando la subasta del pescado. Un numeroso grupo de compradores, armadores y curiosos se arremolinaba en torno a una cancha central donde se exponía la mercancía. El producto de la pesca, como si de un puzle multicolor se tratara, se exhibía organizado por especies, a la espera de que el subastador comenzara la puja a viva voz.


 Norte observó con detenimiento al hombre de avanzada edad que se movía con cierta dificultad entre el pescado expuesto. Se trataba del ayudante del subastador. «Tiene que ser él»  ̶ pensó Norte. Los rasgos, la edad, el aspecto,…., recordando la descripción que Usem le había hecho.

Había cambiado el programa de su viaje al Atlas durante la larga conversación que mantuvo con el joven camarero bereber.  Todo surgió cuando se estaba tomando un café en Madrid mientras ojeaba la guía sobre Marruecos que acababa de comprar. Una sonrisa franca de Usem se dibujó en su rostro y cada vez que tenía un instante libre se acercaba proporcionándole informaciones, consejos,… hasta que finalmente, al acabar su turno, se sentó con Norte.

Más tarde, durante la cena, Norte escuchó un relato apasionante sobre la familia de Usem.  En la sociedad bereber, el sentido del honor familiar, de difícil comprensión para la mentalidad europea, y la defensa de la integridad del grupo hacen que las relaciones humanas sean consideradas bajo estos dos condicionantes, dando lugar a trances familiares que desembocan en situaciones que obligan, en algunos casos, al repudio de algunos de sus miembros. Y ese era el caso de su nuevo amigo.

Norte se comprometió hacer llegar al padre de Usem una carta y dinero de manera discreta y así fue como decidió comenzar su viaje por las estribaciones de la gran cadena montañosa marroquí, justo por la localidad de Imsouane.

En el interior de la mochila de piel que llevaba colgada al hombro, Norte portaba la misiva para Amestan, padre de Usem. Ahora solo tendría que buscar el momento adecuado para hacérsela llegar.


Tras más de una hora de espera, aprovechando que salía un momento de la cancha de subasta, se acercó discretamente y lo saludó.

̶  Bonjour, êtes-vous M. Amestan?

El rostro cansado del anciano se volvió hacia él y, tras unos instantes de desconcierto, asintió con un leve gesto.

̶  J'ai une lettre pour vous de Usem  ̶  le dijo, entregándole lo más discretamente posible el sobre.

Con rapidez lo tomó y se lo guardó en uno de los bolsillos de su raída bata azul y continuó su camino, para apenas un instante después, girarse con gesto triste y preguntar.

̶  Merci, Usem est en bonne santé?

̶  Oui, il va bien.

El anciano asintió esbozando una sonrisa y se alejó con paso cansino, con su mano en el bolsillo donde había guardado el sobre.

viernes, 4 de julio de 2014

La cara del santo hace el milagro


Un par de agudos pitidos lo sobresaltaron y, de un brinco, se puso a salvo en la acera. Un “mototortillero” a punto de arrollarlo pasó a su lado a gran velocidad, justo en el paso de peatones.

̶  ¡Cuidado!  ̶  le increpó Norte.

̶ ¡Jódete pendejo!   ̶ Le respondió el joven acelerando, al tiempo que le ponía los cuernos ofensivamente enseñándole sus dedos índice y pulgar.

Acababa de llegar a Campeche y todavía no le había dado tiempo a adaptarse a las normas básicas que todo viandante debe tener muy presentes, así que se propuso ser un poco más cuidadoso y poner los cinco sentidos cada vez que atravesara una calle o se acercara a menos de 20 metros de un lugar por el que pudiese circular un vehículo a motor. Aunque, sonriendo, pensó que también necesitaría una buena dosis de buena suerte y algo de protección divina.


Cruzó la calle, esta vez asegurándose de que no venía ningún vehículo y entró en la diminuta tienda que había visto unos instantes antes desde el otro lado de la calle. “Antojitos el Trébol” ocupaba escasamente una docena de metros cuadrados en el bajo de una de las hermosas casas coloniales que jalonaban la calle Colón, muy cerca del hotel donde se había alojado.

A las siete de la tarde el calor comenzaba a dar una tregua, quizás ayudado por una leve brisa procedente del mar, sin embargo en el interior del diminuto local, la temperatura todavía se mantenía sofocante. Los estantes atiborrados de chucherías, apenas dejaban espacio para un pequeño mostrador tras el cual se parapetaba el tendero que respiraba al rítmico frescor que le proporcionaba cada vuelta de un viejo ventilador situado, en un precario equilibrio, sobre una pila de revistas.

̶  Agua, por favor.  

̶  ¿También viene por lo del Sagrado Corazón?   ̶ preguntó el vendedor al tiempo que ponía sobre el mostrador una botella de agua helada.

̶  Perdone, no le comprendo   ̶  respondió sorprendido Norte mientras pagaba.

̶  Me refiero al milagro, a la imagen del Sagrado Corazón que apareció en el cemento del suelo de una casa, dos cuadras más arriba.  Mucha gente viene hoy a comprar agua para bendecirla.

̶  No, no me había enterado.

̶  No se habla de otra cosa  ̶ continuó, mientras le enseñaba el titular del periódico local ̶ .  Fíjese lo que dice la mujer del afortunado que la descubrió: “Ya lo hemos limpiado y hasta le pasé el trapeador para ver si se quitaba pero nada, sólo se borra por un momento y solito vuelve a aparecer, creo que es un milagro, mi esposo está enfermo y sin trabajo e inclusive la imagen está mirando hacia su cama lo que indica que Jesús está a su lado”.

̶  Pues no, no sabía nada. Espero que ese pobre hombre recupere la salud y encuentre trabajo.  ̶  Respondió sonriente Norte mientras pagaba, pensando que, en apenas una hora, él sí esperaba que se obrara un verdadero milagro.

Se dirigió, caminando lentamente, en dirección al Parque de la Independencia, frente a la Catedral de Nuestra Señora de la Purísima Concepción. La cálida luz del atardecer producía un efecto mágico sobre las fachadas de las casonas coloniales alineadas a ambos lados de la calle, acentuando todavía más su colorido. Sus cornisas, ribeteadas con contrastados diseños geométricos, destacaban sobre el cielo azul, nítido, sin rastro alguno de nubes; ese cielo que invita al optimismo, que hace pensar que ningún nubarrón acecha por el horizonte.


Sin embargo Norte sentía crecer la opresión en el pecho a cada minuto que pasaba. Se reprochaba haber aceptado la invitación, al fin y al cabo ¿qué había hecho para merecer semejantes atenciones? A pesar de haberse puesto un fresco traje de hilo de color arena, comenzó a sudar ligeramente, quizás producto de la tensión y del malestar que comenzaba a atenazarle.

Todavía recordaba cuando recibió la llamada telefónica de un funcionario del Estado de Campeche. La presentación, el lisonjero resumen que hizo de los supuestos servicios prestados a la comunidad y, por último, la propuesta del reconocimiento en un acto público un mes después. Lo sorprendió hasta tal punto que aceptó el ofrecimiento. Después, las dudas, el arrepentimiento y finalmente la desazón. ¿Cuántas veces, desde entonces, se maldijo así mismo por acceder?

Comenzó a escribir un millar de veces unas palabras de agradecimiento y, en otras tantas ocasiones, desechó cada una de las ideas que se ocurrieron. A medida que el tiempo transcurría, cada día que pasaba, Norte veía como los resultados eran peores. La inmediatez de una fecha, cada vez más cercana lo atenazaba de tal manera que finalmente desistió. El largo viaje de más de diez horas en avión fue la confirmación definitiva de que sería incapaz de escribir esas palabras con sentimiento, ese discurso sentido con el que ,desde hacía días, había soñado ganarse al público.  

Había rechazado el amable ofrecimiento de la organización para recogerlo en el hotel. Quería ir caminando, en un último y desesperado intento de encontrar un soplo de inspiración. Finalmente se había rendido a la evidencia y decidió encomendarse a la improvisación. Eso que él quería ver como si realmente fuese producto de la espontaneidad o de la naturalidad, no trataba más que encubrir su propia incapacidad.

Buscó la sombra que proporcionaban las galerías de la plaza del zócalo y se perdió por las calles de la ciudad, dejándose llevar por el frescor que proporcionaban las zonas más umbrías, en un intento de encontrar la serenidad de espíritu que necesitaría en menos de una hora.


De pronto, al doblar una esquina, Norte se encontró con una pequeña muchedumbre congregada frente a una humilde casa. El murmullo procedente de los rezos se elevaba monótono en cada uno de los misterios del rosario. Mujeres de rodillas sobre la acera sostenían en sus manos velas, imágenes de santos, estampas y rosarios. A la puerta de la casa unas monjas Vicentinas, tocadas con un liviano hábito de color crema, organizaban con precisión monástica, la peregrinación que hacia el interior de la vivienda se había formado.

Sin pensarlo Norte se acercó y, sin saber muy bien porqué, se colocó en la cola de acceso a la vivienda. En apenas diez minutos se hallaba en una sencilla estancia enmarcada por paredes de bloques de cemento. Un camastro en la esquina y una pequeña silla de madera, que hacía las veces de mesilla de noche, atiborrada de velas, imágenes de santos y crucifijos componían el lugar de culto. En el suelo unas manchas de humedad  conformaban una difusa imagen que él ni remotamente podría relacionar con la representación del Sagrado Corazón.

A un lado de la escena, la familia Boo Monilla. Cuatro niñas y un chamaco de entre tres y siete años de edad, miraban sorprendidos para la multitud que había invadido su hogar tras las faldas de su madre, mientras su padre declaraba elocuentemente a unos periodistas: “Me quedé sin trabajo por una semana y pensaba en mi familia y lo de mi enfermedad, pero gracias a Jesús que me visitó sé que todo será diferente, mañana me vienen a ver por un trabajo y tengo mucha fe que se cumplirá mi petición”.

En ese instante Norte salió de la estancia y se alejó convencido de que no podría defraudar a aquellas gentes que le querían agradecer el haber creído en su comunidad.

A lo lejos, frente al Teatro Franciscode Paula Toro, se agolpaba expectante otra pequeña muchedumbre, esta vez con un ánimo más festivo. Norte respiró hondo, se abotonó la chaqueta y se dirigió con paso pausado, sabiendo por fin, lo que diría en sus palabras de agradecimiento.