"Siempre oí que en Nueva York uno nunca conoce a sus vecinos” (Desayuno con diamantes)

jueves, 25 de diciembre de 2014

El mundo perdido


Nada más comenzar a sonar los primeros compases de música lounge, cerró sobre su regazo el libro que estaba leyendo, se ajustó los auriculares y subió ligeramente el volumen de su reproductor. Se encontraba solo en la pequeña terraza del hotel rural en el que había elegido para alojarse los tres días que había decidido pasar en la isla. En el horizonte, tras un grupo de nubarrones, el sol se precipitaba en el Océano Atlántico tiñendo de tonos amarillentos el cielo y el mar.

En realidad no tenía por qué preocuparse. Nadie vendría a joderle aquel momento. Era el único huésped y los dueños, una joven pareja, tenían muy claro lo que la gente buscaba en su establecimiento. Ni siquiera Naira, su hija de apenas cinco años, le había importunado lo más mínimo.

Dio un sorbo a su cerveza y se arrellanó en el confortable sillón de mimbre con enormes cojines de color blanco, dejando que el cálido sol del atardecer acariciara su rostro. Cerró los ojos y repasó mentalmente las causas que lo habían llevado hasta allí. 


Después de un largo período con una  intensa actividad laboral, de improviso,  se le había presentado una “ventana de oportunidad” para desconectar y descansar. Apenas unos días, antes de comenzar de nuevo con la vorágine del trabajo. Había ido buscando un destino de turismo slow y lo había encontrado: naturaleza y un estilo de vida pausado.

A pesar de las fechas, solo unos imperceptibles adornos en la sala de estar de la casa rural recordaban que se encontraban en plena navidad, y ese distanciamiento de las fiestas le ayudaba a superar su jodido estado emocional.

Escrutó el horizonte con insistencia, tratando de vislumbrar el perfil de la mítica isla de San Borondón, sin ni siquiera conocer con exactitud el lugar donde, según los testigos, situaban una isla que aparece y desaparece desde hace siglos. Norte sonrió al pensar en el entusiasmo de Francesca habría puesto en cuanto le hubiesen contado la leyenda de varios siglos de antigüedad, relatada en las crónicas de antiguos navegantes griegos, españoles, irlandeses o portugueses y que pervive en plena era espacial, con miles de satélites orbitando alrededor de la tierra y fotografiando cada rincón del planeta.

Se había decidido por la Isla de La Gomera fundamentalmente por las buenas referencias que tenía de ella, y ahora que llevaba allí un par de días, sabía que no se había equivocado. Menos turística, más tranquila y con un medio natural envidiable, nada más acercarse a su costa pudo observar la belleza de sus acantilados contrastando con el paisaje rural, transformado por la acción del hombre durante siglos. Un territorio agreste al que fue necesario arrancar centímetro a centímetro cada una de las terrazas donde asentar los cultivos.   


Pero es que además, Norte se encontró con una isla cargada de historia. Esa historia escrita con minúsculas que forma parte indisoluble de la Historia Oficial y que a menudo queda ensombrecida por ella.

El 12 de agosto Cristóbal Colón llegó a La Gomera, la última parada antes de partir hacia las Américas. Allí, a lo largo de casi un mes, se aprovisionó, rezó y se enamoró. Y a Norte se le dibujo una sonrisa al imaginar la opinión de Francesca sobre la algo más que ayuda y apoyo que la gobernadora de la isla, Beatriz de Bobadilla proporcionó al  proyecto del Almirante. 

Pero lo que realmente fascinó a Norte fue el medio natural. El día anterior había dado una buena caminata por una de las numerosas sendas que atravesaban el parque natural de Garajonay y pudo disfrutar de la laurisilva canaria. Las persistentes nieblas que ascienden desde el Océano Atlántico mantenían con vida los últimos vestigios de las selvas subtropicales relictas del Terciario.  


Pero además de que este ecosistema de selvas misteriosas se encontrase a escasa distancia del desierto del Sahara, Norte se sorprendió por la diversidad de las formaciones vegetales, endemismos y la propia geología de la isla.
  
«Seguramente fue este aspecto el que llamó la atención de Darwin»  –pensó Norte– en referencia al interés que un joven Charles R. Darwin mostró por los escritos de Humboldt sobre las islas Canarias. Tanto, que llegó a pensar que algún día podría organizar una expedición a esas islas.


Lamentablemente la sospecha de una epidemia de cólera en Inglaterra impidió, años después, a Darwin desembarcar del HMS Beagle en las islas cuando se disponía a comenzar la circunnavegación del planeta en 1832.

De pronto, el sonido de su teléfono móvil le anunció la entrada de un wasap que  Francesca le enviaba para felicitarle la Navidad: “Pensando a te per Natale. Il ricordo di te occupa sempre un posto speciale nel mio cuore. Auguri e Buon natale !

Durante unos instantes dudó en contestarle, pero desistió pensando que bastaría con que ella comprobase que lo había leído.

Todavía con una sonrisa dibujada en su rostro, Norte volvió a la lectura. No sin antes volver a contemplar la puesta de sol, bajó el volumen de su reproductor de música y abrió el libro en donde lo había dejado. “El mundo perdido“, la  novela del autor escocés Arthur Conan Doyle, había resultado una excelente elección para leer durante sus cortas vacaciones.


sábado, 13 de diciembre de 2014

La noche mágica


Levantó la vista de la pantalla de su ordenador unos instantes mientras el explorador de internet ejecutaba la búsqueda que le había programado. A través de la ventanilla, como si se tratara de fotogramas de una película, discurrían los campos de Castilla; resecos y polvorientos, anhelantes de aplacar su sed con la lluvia vivificadora de la tormenta que se estaba formando en el horizonte.

Justo frente a él, a unos pocos metros, el indicador de velocidad que presidía el vagón rozaba los 300 Km por hora y Norte sonrió socarronamente en un acto involuntario muy propio de él. La verdad, no entendía muy bien el porqué de aquel aparato. El jactarse de que el tren en el que viajaban circulaba a altas velocidades le parecía un tanto presuntuoso, más propio de jóvenes quinceañeros que de personas adultas. Es más, pensó que en cierta medida se daba un mensaje contradictorio, desacreditando las campañas informativas de la Dirección General de Tráfico en las cuales se recomendaban prudencia y moderación con la velocidad y se invocaba constantemente a la responsabilidad y el compromiso de los conductores.


Una sintonía familiar le advirtió que en su teléfono acababa de recibir un wasap. De una rápida ojeada  comprobó que se trataba de Francesca, informándolo de que el avión en que viajaba acababa de tomar tierra en Sevilla y que se iba directamente al hotel, que lo esperaría allí.

Después de responderle, Norte se recostó en la butaca y recordó el día que la conoció. Hacía ya más de cinco años, precisamente muy cerca de allí. De hecho el tren en el que viajaba pasaría en apenas cuarenta y cinco minutos por Córdoba. En realidad, para ser estrictos con la verdad, no se habían conocido en esa ciudad pero fue allí donde se rencontraron de nuevo y donde comenzó a fabricarse su especial amistad.

No podría calificar la relación de ningún modo, simplemente estaban a gusto juntos. Las mismas aficiones, parecidos gustos y una enorme compatibilidad intelectual, habían ido forjando un vínculo complejo entre ellos que se mantenía en el tiempo a pesar de la enorme distancia que los separaba.

Recordaba aquel día en Córdoba. El calor asfixiante, que durante todo el día había impedido cualquier actividad que no estuviese respaldada por un aparato de aire acondicionado, dio paso, en cuanto el sol desapareció tras el horizonte, a la noche mágica.

La temperatura descendió al mismo ritmo que la luna ascendía en el horizonte y la ciudad se llenó de gente que disfrutaba, con su caminar lento y apacible, de cada rincón de las calles cordobesas. 


Presidida por la luna, el juego de luces y sombras, acentuada por la luz trémula de los faroles descubría nuevas facetas de aquellas piedras milenarias. Y, de cuando en cuando, una ligera brisa dispersaba de forma caprichosa el aroma a jazmín por cada esquina de la judería.  


Y desde el Puente Romano, el Arcángel San Rafael, arropado por un manto de velas rojas, custodia desde hacía siglos a los habitantes de aquella ciudad y pone bajo su protección a quienes, como Francesca y Norte, disfrutaban al frescor del río Guadalquivir la noche mágica cordobesa. 

  

domingo, 7 de diciembre de 2014

Nagyvásárcsarnok, el mercado del pueblo


Cruzó el río Danubio por el Szabadság híd. Lo había visto en un cartel y se sorprendió a si mismo intentando reproducir torpemente y a media voz el sonido imposible del Puente de la Libertad en húngaro. Sonrió y agradeció que Francesca no se encontrara con él en ese instante, porque sus carcajadas podrían oírse en toda Budapest. Norte se sentía ridículo intentando chapurrear uno de los idiomas más difíciles del mundo. Reproducir dígrafos como “sz”, “zs” o “ty” le resultaba una tarea imposible y ella lo sabía; así que, sin duda, no habría dejado escapar la ocasión para meterse con él.

A pesar de la intensidad de tráfico de coches y tranvías que soportaba el puente, cruzarlo le resultó agradable. Lo había visto desde lejos, pero ahora que caminaba por la pasarela para peatones pudo observar de cerca la profusa ornamentación de escudos y aves mitológicas que lo decoraban. Sin duda era una soberbia construcción eclipsada por la popularidad del Puente de las Cadenas. 


Nada más atravesar el puente se topó con un hermoso edificio Art Nouveau que se levantaba a su derecha. Su incomprensible e irreproducible nombre, Nagyvásárcsarnok, no le impidió que rápidamente dedujera que se trataba de un mercado. A pesar de un buen grupo de turistas, que cómo él, deambulaban por los alrededores, enseguida reconoció el ajetreo y la animación propias de ese tipo de establecimientos.


Su origen, de una zona rural con muchas vivencias de su juventud en torno al mercado de abastos de su pueblo, indujo a Norte a entrar. Y, nada más hacerlo,  le asaltaron una avalancha de recuerdos.  Lo primero, lo que de inmediato reconoció fue el ruido producido por la gente, los curiosos y los vendedores de los puestos. A pesar de que obviamente nadie había pronunciado una sola palabra en su idioma natal, reconoció ese murmullo típico de los mercados, ese rumor inconfundible que produce el ejercicio de uno de los oficios más viejos de la humanidad: el comercio.


Después el olor le devolvió sensaciones y recuerdos olvidados durante muchos años. El olor inconfundible a verdura fresca,  a fruta, el olor de la carne,… Y finalmente, la vista. Alineados con precisión geométrica las verduras frescas contrastaban con los puestos de embutidos o los del pan. Y por todas partes los puestos de paprika, con sus coloridas ristras colgando por todas partes.


Deambuló sin rumbo, disfrutando absorto de muchos de los puestos, olvidándose por unos instantes de su condición de turista y comprobando como, a pesar de parecerse a todos los mercados, conservaba la singularidad propia del lugar. Esa peculiaridad que diferencia a cada uno de los mercados del mundo y que está impregnada de la personalidad y la esencia del país y de sus gentes.


De pronto, los carteles con los irreproducibles nombres en húngaro de los productos dejaron de parecerle extraños y, por unos instantes, se sintió transportado a otras épocas, cuando todavía visitaba casi a diario el mercado de abastos de su pueblo.