domingo, 18 de enero de 2015

Esas cosas sencillas de la vida


Subió a buen ritmo la senda jalonada de árboles que unía el aparcamiento con Santa María del Naranco. Un intenso olor a tierra mojada impregnaba el ambiente después de la tormenta que había descargado sobre Oviedo hacía apenas un par de horas. Respiró profundamente en un intento de empaparse de ese aroma que de inmediato le produjo una enorme sensación de bienestar y que le hizo olvidar la elevada pendiente del camino. No sabría explicar el porqué, pero el caso es que para Norte, esa era una de las cosas sencillas de la vida, esas que dibujaban una sonrisa en su rostro y evocaban recuerdos felices.


Por fin, el camino desembocó en la parte baja de un enorme prado de un intenso color verde. En la parte alta, destacando sobre un cielo, que en ese momento mostraba retazos de un intenso color azul, se levantaban los casi 1.200 años de historia del Aula Regia que el rey Ramiro I mandó construir en el siglo IX. 


Y de nuevo el intenso olor a tierra mojada volvió a invadirle. Y es que la asociación era instantánea. Aroma, cerebro y emoción. Tres variables de una ecuación que se resuelve instantáneamente y que, sin embargo, resulta difícil de explicar.  Norte siempre pensó que era el resultado de una “conexión” con la naturaleza. Porque sensaciones similares se las producían la brisa marina en la cara, el ruido de las olas rompiendo en una playa o el olor a hierba recién segada.

Todavía le quedaban unos minutos hasta el comienzo de la visita guiada que había concertado, así que se dedicó a admirar el bello y armonioso edificio, prácticamente simétrico y con una gran sensación de verticalidad. Pero lo que a Norte le llamó la atención fueron los pequeños detalles. En la fachada oriental tres pequeñas ventanas, en ese momento iluminadas por el sol, destacaban por su sencillez.


Por fin, puntual, el guía los convocó para la visita al interior. Frente a las escaleras de acceso se congregaron los apenas media docena de visitantes que esperaban inquietos a que diese comienzo el pequeño viaje por la historia.

Si el exterior llamaba la atención, el interior superó todas sus expectativas. Fiel a su idea de no contaminar sus viajes con excesiva información, Norte se cuidó de buscar información gráfica en detalle sobre el edificio y, poco a poco, las metódicas y precisas explicaciones del guía dejaron de interesarle, abandonándose a la simple contemplación de la armoniosa estancia que era la planta superior.


Recordó entonces que muchas de esas cosas sencillas que le venían a la mente formaban parte del decálogo vital de Francesca. Y de pronto deseó tenerla allí, a su lado y disfrutar juntos del sol sobre sus rostros, de la brisa en su cara y del olor a tierra mojada. De recrearse con la simple contemplación de aquellas piedras milenarias cargadas de historia, que habían sido capaces de llegar hasta nosotros como testimonio de otras gentes, de otra forma de pensar y que formaban parte del entorno como si fuese un elemento más, como si la naturaleza las hubiese integrado como algo suyo.


Aprovechando la extensa explicación del guía, Norte salió a una de las balconadas exteriores y tomó su teléfono para enviar un wasap a Francesca. Simplemente escribió la última frase de su decálogo personal: “Sonreír al darte cuenta de que no necesitas nada más para ser feliz”.