sábado, 10 de enero de 2015

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Nada más llegar se sorprendió al encontrarse la Placeta de los Carvajales completamente vacía, sin rastro de turista alguno. En todas las ocasiones en las que la había visitado, era la primera vez que se había visto en esta circunstancia, un poco insólita para uno de los rincones más visitados de una ciudad como Granada.

Atravesó la plaza y se dirigió directamente a la barandilla que limita la plaza por el lado que mira hacia la fortaleza nazarí. Su posición, en la parte baja del Albaicín, hacía que desde allí se divisase un skyline que a Norte le gustaba especialmente ya que además, la perspectiva ocultaba el Palacio de Carlos V

La panorámica era especialmente hermosa. De un manto verde de vegetación que trepaba por las laderas de la colina, surgían el conjunto amurallado y el Generalife, todo ello enmarcado en un primer plano por los tejados de las casas de uno de los barrios granadinos más emblemáticos.


Se sentó en uno de los bancos de piedra y encendió un cigarrillo. No podía recordar cuantas veces había visitado aquella ciudad y, sin embargo jamás se sentía decepcionado.

Se había levantado muy temprano, tanto que ahora, al medio día, notaba una agradable sensación de somnolencia al sentir el calor del sol en su rostro. No haber tenido la previsión de reservar la entrada con antelación le había obligado a un buen madrugón y después a hacer cola durante casi dos horas; todo con el único objetivo de hacerse con una de las pocas entradas que se ponen a la venta cada día en las taquillas de la Alhambra.

Pero eso le había proporcionado una visita inolvidable. Ser uno de los primeros en entrar le había permitido disfrutar, casi en solitario, de cada uno de los rincones de aquel bellísimo lugar. A medida que sol comenzaba a iluminar cada una de las estancias, al tiempo que los jardines hispanoárabes iniciaban su despertar diario al recibir los primeros rayos de sol, Norte fue redescubriendo cada uno de los lugares del recinto nazarí.


No encendió la audioguía. Ni siquiera se molestó en intentar comprender las complejas explicaciones sobre épocas constructivas y diferentes estilos que venían descritos en el folleto que le habían proporcionado con la entrada. Norte deambuló por el recinto, sin ningún rumbo fijo; como un viajero errante volvió a descubrir un bellísimo conglomerado de fortificaciones, patios, jardines y estancias fundidos en perfecta armonía con el medio natural que los rodeaba. 

Se imaginó a Washington Irving en 1829, recorriendo aquellas estancias, admirando la belleza compositiva de cada patio y recopilando las fascinantes historias de un lugar cargado de historia. 

Y de pronto, una fuente y una docena de leones. Recordó de inmediato la leyenda de la princesa Zaira enamorada de Granada y su cruel y malvado padre y de cómo la joven y bella princesa, gracias a su talismán, convirtió a éste y a sus once guardias en leones de piedra.


Y los jardines,… un placer para los sentidos. Un lugar donde el sutil juego de las luces y las sombras coquetea con el murmullo del agua y el dulce perfume de las flores, conformando espacios de armonía y belleza únicos.


Le dio la última calada al cigarrillo y sonrió. Y es que para él, volver a un lugar que ya conocía, del que ya había disfrutado con anterioridad, tenía el aliciente de poder recrearse de nuevo con sus calles, sus gentes, sus monumentos, de “saborearlo” con el sosiego de lo ya conocido, sin la ansiedad de tener la obligación de conocer ni el deber de visitar.