domingo, 22 de febrero de 2015

El Olimpo de Madrid


Vivir en un territorio donde un día llueve y otro también, en una zona donde una enorme y sempiterna nube cubre el cielo, en una tierra en la que los días soleados y secos son tan excepcionales que se celebran como si en décadas no volviesen a repetirse… para alguien que vive en un lugar así, encontrarse con un cielo azul, nítido, intenso y diáfano nada más abrir la ventana de la habitación del hotel donde se hospedaba no dejaba de ser un motivo de alegría. Y una sonrisa se dibujó en su rostro.

Se alojaba en la quinta planta de un hotel de la calle Gran Vía. Desde aquella posición privilegiada, Norte comprobó que a las siete y media de la mañana un gran número de personas caminaban apresuradas por la gran arteria madrileña a pesar de la baja temperatura que, a juzgar por su indumentaria con la que cubrían cada centímetro cuadrado de su piel y los chorros de vapor que salían de sus bocas, reinaba en el exterior. El tráfico comenzaba a aumentar su frecuencia y la perpetua melodía, interpretada a golpe de claxon por cada uno de los automóviles que circulaba por aquella avenida, reiniciaba su concierto diario. 

En el edificio de enfrente, una oficina con una enorme estancia llena de despachos, comenzaba su frenética actividad y, una planta más abajo, una señora daba los últimos toques a una de las aulas de la academia que ocupaba casi todo el entresuelo. Haciendo esquina, un templete con sus columnas de estilo clásico que coronaba el edificio recibía los primeros rayos de sol de la mañana, en una especie de ofrenda diaria al moderno y reciente Dios del dinero y de la especulación, en honor al cual había sido erigido. 


Desafiando las bajas temperaturas, Norte abrió la gruesa ventana que lo aislaba como una burbuja del exterior y una bofetada de aire frío y seco lo hizo retroceder unos instantes. Finalmente se asomó para comprobar que la enorme avenida comenzaba a latir con pulso propio tras el leve descenso de actividad que se había producido durante la madrugada,  después de que los teatros despidieran a los espectadores rezagados de su última función y cerrasen sus puertas.

El sol del amanecer incidía sobre los tejados de los inmuebles de la calle y resaltaba los numerosos remates de las edificaciones que flanqueaban la calle, como si de piedras preciosas de una corona se tratase. Norte comprobó que las cúpulas, estatuas, torreones y pequeños templetes rivalizaban en originalidad y ostentación en una suerte de exhibición, que había comenzado hacía ya más de un siglo con la urbanización de la Gran Vía, y que los ocupados y presurosos viandantes parecían ignorar.

Cuando salió a la calle, el viento frío y seco proveniente de las cumbres nevadas de Navacerrada le recordó que estaba en el mes de enero, así que se ajustó bien el grueso foulard, se enfundó los guantes, se puso las gafas de sol y partió calle arriba, esta vez con la mirada en las azoteas de los edificios, allí donde residen los vigilantes del cielo, mitad dioses, mitad mortales, con alma de hormigón, bronce o piedra.

Apenas caminó unos minutos para encontrarse con uno de los seres mitológicos más emblemáticos que anidan en las alturas de Madrid. Da igual la interpretación que le queramos dar. Mercurio o Ganímedes raptado por Zeus o simplemente emblema de la aseguradora Unión y e Fénix, el Ave Fenix preside el antiguo edificio de las ya casi olvidadas galerías comerciales Madrid-París.


Se perdió por las calles aledañas hasta encontrarse con “Los aurigas” del antiguo Banco de Bilbao, allí arriba, desafiantes a las más elementales leyes de la gravedad, levitando sobre sus carros en una carrera eterna jamás terminada, recortando el cielo de la ciudad, con sus siluetas antaño doradas y oscuras desde la Guerra Civil para evitar ser blanco de los bombardeos. 


En la plaza de Canalejas, Norte se sorprendió. El esfuerzo por ganarse la atención del viandante se acentúa para competir, en un espacio minúsculo. El edificio Meneses, con su eclecticismo monumental rematado por un templete circular coronado por una cúpula y el Torreón de estilo regionalista de la Casa de Allende.


Pero reinando sobre todo el cielo madrileño, sobre una rotonda decorada con columnas corintias, sobresale imponente la Victoria Alada del edificio Metrópolis. Ella, mejor que ninguna otra divinidad, representa el olimpo que levita, a pesar de su enorme peso, sobre los cielos de Madrid.