"Con las buenas ideas, y a veces también con las malas, pasa lo mismo que con los átomos de Demócrito o con las cerezas de la cesta, vienen enganchadas unas a otras" (José Saramago)

sábado, 7 de febrero de 2015

¡Silencio, se rueda!


Estaba realmente entusiasmada. Pisar aquella ciudad era sin duda uno de sus mayores deseos jamás cumplidos… hasta que, hacía tan solo unas pocas horas, el avión en el que viajaba había tomado tierra en las pistas del aeropuerto JFK de New York. Después, la interminable espera para pasar el control de frontera y finalmente, tras recoger sus maletas, pudieron por fin subirse en un enorme “Lincoln” de color amarillo que los trasladó al centro de Manhattan en poco más de media hora.

Las siete y media de la tarde, cheking en el hotel que habían reservado, ducha rápida y, apenas sin descansar y sin deshacer el equipaje, primer paseo por la ciudad soñada. ¿A dónde?

- ¡Mamma mía! – exclamó Francesca nada más doblar la esquina de la Calle 45 y darse de bruces con el cruce de Broadway con la 7ª Avenida.



Durante un buen rato permanecieron en silencio, abrazados y fascinados por el espectáculo de luz. Ante ellos los enormes edificios con sus fachadas repletas de carteles luminosos con sus anuncios, rápidos y electrizantes que hacían que pareciese de día. A pesar de la lluvia que a ratos caía sobre la ciudad, Times Square rebosaba actividad a aquellas horas de la noche con cientos de personas en sus calles, sorteando los taxis de color amarillo. A ratos, los destellos de los flash de las cámaras de fotos revelaban la presencia de numerosos turistas que, como ellos, trataban de inmortalizar el momento.

- Fíjate, ¿cuántas veces vimos esta plaza en las películas? –Preguntó Norte por fin, sobreponiéndose a la intensidad del momento- ¡Es como un enorme decorado de cine!

- ¡Sí!, ¿no tienes la sensación de haber estado aquí con anterioridad? 
       
- Se rodaron muchas películas pero recuerdo una en especial porque no en muchas ocasiones se puede ver este lugar desierto. ¿Recuerdas a Ton Cruise en “Vanilla Sky”?

- No, no vi esa película –contestó ella tras tratar de recordarla durante algunos segundos sin conseguirlo-. Pero lo que sí recuerdo es la famosísima foto del beso de un marinero a una enfermera publicada en la revista Life cuando el Presidente Truman anunció el final de la II Guerra Mundial. Dice la leyenda que eran dos desconocidos que se besaron de una manera espontánea.

Media hora más tarde un taxi los dejaba junto al parque que se encuentra bajo el puente de Brooklyn. Desde allí, a aquellas horas de la noche, el skyline de Manhattan resultaba deslumbrante. Millones de luces iluminaban de un modo irregular los edificios del sur de la isla, ratificando el dicho de “la ciudad que nunca duerme”.


- ¡Qué frío! –exclamó Francesca, abrazando a Norte para protegerse del viento de la Bahía.  
  
- Cuantas veces he contemplado esta vista. Este es un lugar que todo el mundo debería ver al menos una vez en la vida –le contestó él, rodeándola con sus brazos para tratar de darle algo de calor-. Ahora no sabría decir pero, ¿no fue aquí la escena de Woody Allen y Diane Keaton sentados un banco en “Manhattan”?

- Creo que no. Si no recuerdo mal eso fue en el Puente de Queensboro, un poco más arriba. Me imagino que la vista será muy similar. Creo que vi esa película media docena de veces – le contestó ella abrazándose con mas fuerza en un intento de protegerse del viento-. Por cierto, leí en algún lado que esa vista es de atrezzo, pero aun así no le quita nada de glamour.  

- Sí, creo que tienes razón. La que seguro que se rodó aquí fue “Estado de sitio”, en la que Bruce Willis, que interpretaba a un general, cruzó este puente.

- ¡No aguanto más!, tenemos que irnos –se disculpó Francesca, tras un escalofrío.

Un rato más tarde un taxi los dejaba frente al Flatiron Building, uno de los primeros e icónicos rascacielos de la ciudad.


- ¡Guau! –exclamó Norte nada más bajar del automóvil–. ¡El Flatiron Building! Aquí era la sede del periódico donde trabajaba Peter Parker en “Spiderman”, ¿recuerdas?

- Pues claro que lo recuerdo. Todavía debo tener por casa un poster en blanco y negro que me compré cuando era jovencita –le contestó ella riéndose-. Los neoyorquinos lo apodaron “the flariton” por su parecido a una plancha de la época.

- ¡Pero si casi es la hora! –exclamó de pronto al tiempo que la toma de la mano y literalmente la arrastraba en buscaba un taxi libre.

Pocos minutos más tarde se encontraban en el Rockefeller Center. Frente a ellos se levantaba imponente el rascacielos de General Electric.

- ¡Que pena que falten un par de meses para navidad! –se quejó ella al ver la famosa pista de patinaje.

- Lo siento, no creo que nos pongan un árbol de navidad pero, en compensación, tengo una reserva para el “The Sea Grill”, el restaurante que hay justo en uno de los lugares más famosos y fotografiados del mundo.

Tras la sorpresa de Francesca, se sentaban en una de las mesas con vistas a la pista de hielo bajo la atenta mirada de Prometeo un titán de la mitología griega que traicionó a Zeus, el Padre de los Dioses, por robar el fuego para dárselo a la humanidad.


- ¿Te das cuenta?, es todo un gran escenario cinematográfico. Vayamos adónde vayamos, parece que hemos estado allí un millón de veces. Películas, anuncios publicitarios, fotografías, reportajes de televisión, … fueron realizadas en esta ciudad.

- ¡Y todavía nos falta una semana! –contestó Francesca-. Parece que en cualquier momento vamos a oír: “¡Silencio, se rueda!