sábado, 3 de octubre de 2015

Nostalgia


Llevaba casi media hora sentado a los pies de la estatua ecuestre de D. José I admirando el espectáculo que le proporcionaba la visión del estuario del río Tajo al amanecer. A esas horas apenas unos pocos lisboetas cruzaban con paso apresurado, la Plaza del Comercio para dirigirse a sus trabajos.

Había decidido levantarse temprano para disfrutar de Lisboa antes de que, el todavía ardiente sol de septiembre, comenzase a abrasar las calles en un día más de calor que se anunciaba. A intervalos, una brisa fresca y refrescante le llegaba desde el mar haciéndolo olvidar las calurosas jornadas que estaba viviendo desde que había llegado a aquella ciudad. 
     
Al fondo, apenas difuminada por una delicada y casi imperceptible bruma, Norte observaba fascinado una escena en la que había reparado ya hacía algunos minutos. Frente a él, enmarcado por las escaleras y las dos columnas de mármol, justo en el lugar por donde antaño los embajadores y la realeza hacían su entrada en la ciudad, un hombre observaba con nostalgia hacía las aguas del estuario. A pesar de encontrarse de espaldas a él, Norte no se pudo resistir a imaginar las circunstancias personales que podrían rodear a aquel hombre.

Quizás sentía nostalgia de su tierra, de su hogar o de sus seres queridos, quizás trataba de visualizar los amaneceres  del lugar donde nació. Norte sabía por experiencia que esos sentimientos solían ser poco realistas, un anhelo idealizado. Aun así, se recreaba con demasiada frecuencia en emociones pasadas, rememorándolas una y otra vez.


Y, de pronto, como una pompa de jabón que estalla desvaneciéndose repentinamente en el aire, la magia desapareció. Un rosario de corredores, modernos penitentes del culto al cuerpo, comenzaron a pasar a intervalos y aquel lugar, especial y sorprendente hasta ese momento, se convirtió solo en uno más de los hermosos rincones de Lisboa.