"Siempre oí que en Nueva York uno nunca conoce a sus vecinos” (Desayuno con diamantes)

jueves, 22 de diciembre de 2016

El dedo de Dios


Comprobó inquieto su reloj de pulsera para confirmar por enésima vez que la hora que le marcaba el reloj del coche coincidía e instintivamente, aceleró. Por sus cálculos apenas le faltaban más de cinco minutos para llegar a su destino y, no obstante, en su rostro se reflejaba cierta tensión. Hacía ya un buen rato que había amanecido y, desde entonces, la duda de si llegaría a tiempo se hizo más y más evidente.

Todo había comenzado un año antes, visitando Santa Marta de Tera, en Camarzana de Tera (Zamora), una bella iglesia románica construida a finales del siglo XI, único resto que llegó hasta nosotros de un primitivo monasterio mandado construir por Alfonso VI.

Nada más verla, Norte quedó prendado del conjunto de molduras taqueadas, que recorrían sus muros, en una rítmica y sutil sucesión de arcos, contrafuertes y capiteles que hacen de Santa Marta de Tera un bello ejemplo del románico.   


Recordaba cuando en su primera visita se encontró, en su portada Sur, con una hermosa imagen pétrea, quizás la más antigua, de Santiago peregrino. Nada más verlo, lo reconoció de inmediato. Aunque con una expresión un poco feroz, quizás por sus enormes pupilas excavadas y una boca que dejaba ver sus dientes, la imagen muestra un tratamiento magistral de la barba aguedejada y del morral con la concha de Santiago.


Por fin, un enorme letrero en la autopista, le informó de la próxima salida a Camarzana de Tera. De un rápido vistazo al reloj del coche comprobó la hora y redujo la velocidad  y se incorporó a la carretera local que lo llevaría, en apenas un par de minutos, directamente a la amplia explanada que había frente a la Iglesia.

«Ni automóviles ni peregrinos», pensó Norte sorprendido al no ver a nadie en las inmediaciones, lo que le hizo sospechar que había llegado demasiado tarde.

Mientras se ponía una chaqueta de abrigo y tomaba su cámara de fotos del maletero, dio un rápido vistazo a la cabecera de la iglesia, pero desgraciadamente desde donde él se encontraba no era posible comprobar su sospecha; así que, a la carrerilla, se dirigió hacia el palacio renacentista construido a mediados del siglo XVI como residencia de los obispos de Astorga y que ahora ejercía de museo jacobeo y de entrada a la iglesia románica.


- ¡Celes!,… ¡Celes!,…  -gritó Norte, empujando ligeramente la puerta entreabierta.

Celes, la amable cuidadora del templo, era la persona que unos meses antes le había informado sobre el fenómeno que ocurría en aquel lugar cada año durante los equinoccios de primavera y de otoño y, tras esperar unos instantes, se dirigió a paso rápido hacia la portada occidental situada a los pies de la iglesia.

Y de pronto se paró en seco. Desde donde él se encontraba divisó como un hermoso rayo de luz penetraba a través de un pequeño óculo situado en la cabecera de la iglesia, y comenzaba a iluminar el “Capitel del Alma salvada”.


Todavía asombrado por la oportunidad del momento en el que había llegado, Norte se acercó despacio. Las pequeñas partículas de polvo, provistas de vida propia, se movían a lo largo del intenso del haz de luz, como queriendo señalar el camino hacia el hermoso capitel historiado que en ese momento comenzaba a estar completamente iluminado.

Se quedó allí, inmóvil y en el silencio más absoluto, imaginando como una pequeña comunidad en el siglo XI viviría el milagro de la luz; para ellos, seguramente  expresión máxima de la divinidad. Era como si el dedo de Dios les enseñara desde el cielo y les indicara el camino a seguir.

Y todo ello gracias a la maestría de unos hombres que, con herramientas rudimentarias y con cálculos básicos hubieron de tener en cuenta desde la orientación del ábside hasta la altura del capitel, pasando por la situación del óculo o la incidencia de los rayos del sol en los equinoccios de primavera y otoño.

«Un hermoso nombre para una bellísima obra» -pensó Norte al observar con detenimiento el “Capitel del Alma salvada”, posiblemente una representación alegórica de un alma que asciende a los cielos, en ese momento ya completamente iluminado. 


Y es que todo el universo del hombre en la época medieval se movía en torno a Dios y los templos estaban en armonía con las estaciones del año. La manifestación del espíritu de Dios se manifestaba también con la cuidada planificación de la construcción de las iglesias. La orientación de los ábsides hacia el Este permite que los rayos de sol del amanecer penetren por los ventanales de los ábsides,.. es la representación de la resurrección de Cristo.


sábado, 10 de diciembre de 2016

Sobre el abismo, mejor volar que andar


A medida que su vehículo ascendía por la carretera que serpenteaba a través de los campos nevados, Norte comprendió que había sido un acierto acercarse a San Leo; un pequeño burgo medieval que le habían recomendado visitar en la Emilia Romagna.

Desde la distancia el imponente peñasco rocoso, iluminado por la fría luz de invierno, acentuaba todavía más los muros de la inexpugnable fortaleza que se elevaban en un equilibrio imposible sobre el abismo a más de 500 metros de altitud, dominando el valle del Marecchia, un territorio preñado de acontecimientos históricos que harían enmudecer a la mismísima Rímini.


Nada más atravesar el arco de entrada al burgo, Norte se dio de bruces con una hermosa localidad digna de ser uno de los “borghi piu' belli d'Italia”. Tal como le había adelantado Marchelo, el locuaz recepcionista que le había informado en su hotel de Rímini, la pintoresca comuna, aparte de su calles de trazado medieval, contaba con la Rocca, una impresionante fortaleza, la Catedral, una Iglesia parroquial (pieve) y algunos palacios renacentistas como el Palacio Mediceo, residencia de los Condes Severini-Nardini  o el Palacio Della Rovere. 


Aparcó su automóvil en la plaza presidida por uno de los monumentos más emblemáticos de San Leo. En ese instante, los últimos rayos de sol incidían sobre la fortaleza que la familia Montefeltro mandó reformar en el siglo XV, transformándola en uno de los edificios militares renacentistas más hermosos de toda Italia, y que por conquistarla lucharon Malatesta o César Borgia.

Localizada en lo más alto de una colina rocosa, en 1631 se transformó en prisión hasta principios del siglo XX y fue famosa precisamente porque en ella, Giuseppe Balsamo más conocido como el Conde de Cagliostro, fue encarcelado por la Inquisición hasta su muerte por herejía. Cortesano en las cortes de Luis XV y Luis XVI de Francia este carismático, tramposo y bohemio personaje que tenía fama de alquimista,  rivalizó con Casanova en sus conquistas, con quien dicen competía, y también se le consideraba un sanador de enfermedades incurables además de su capacidad para hacerse invisible.


Caminó por las calles desiertas, disfrutando del bello atardecer que aquel día invernal le había regalado, hasta dar con la Catedral, un admirable ejemplo de templo románico-lombardo y una de las más bellas iglesias románicas que se conservan en Italia.


Junto a ella, una alta torre-campanario de origen bizantino, era el único resto que, junto con el Duomo, permanecía de la antigua ciudad sacra que allá por el siglo XII estaba conformado además por el Palacio Episcopal, la residencia de los Canónicos y posiblemente el Baptisterio.


A pesar del frío intenso, volvió sobre sus pasos,  para admirar la pieve de Nuestra Señora de la Asunción, la iglesia más antigua de San Leo y de toda la región; en ella se daba esa bella fusión entre arte, historia y leyenda que tanto entusiasmaba a Norte.


Porqué según la tradición, Leone, un cortador de piedra de origen dálmata que trabajó en Rímini, fue el constructor de la Iglesia y fundador de la comunidad de San Leo, favoreciendo la difusión del cristianismo por la región que concluiría con la creación de la diócesis de Moltefeltro y  él su primer obispo.


Y es que lo que realmente le despertó el interés a Norte fueron la historia y las leyendas que rodean este lugar y que, a lo largo de la historia, se vieron enriquecidas por visitantes ilustres como San Francisco de Asís o la mención expresa al lugar que aparece una de las obras maestras de la literatura italiana. Porque Dante Alighieri cita este a este lugar en uno de sus versos del cuarto canto de La Divina Comedia: “Cuando vayas a San Leo, mejor vuela que no andes”… posiblemente en referencia a la situación privilegiada que desde lo alto del Mons Feretrius tiene San Leo.


martes, 22 de noviembre de 2016

Por un pedazo de mar


Juan Francisco Cornejo, era sin duda una persona sencilla y honesta, que destilaba bondad por cada uno de los poros de su piel y Norte se había dado cuenta de ello nada más comenzar a charlar con él. Las arrugas de su rostro no eran más que una muestra de la callada y continuada labor que el sol y el salitre habían obrado pacientemente en su piel durante más de cuarenta años como pescador artesanal en las costas de El Salvador, y esas eran unas condecoraciones difíciles de igualar. Pero su aspecto de viejo lobo de mar, de marino experimentado, no fue lo que llamó la atención de Norte. Lo que realmente le fascinó fue su forma de hablar. La humildad con la expresaba sus opiniones contrastaba con el enorme conocimiento que tenía de las cosas de las que hablaba.

Lo había conocido de casualidad cuando Norte se entretenía observando el ajetreo que en ese momento se vivía en el Puerto de la Libertad con la llegada de las embarcaciones pesqueras. Una curiosa mezcla de pescadores artesanales, vendedoras y turistas conformaban una colorida amalgama de gente que se movía desordenadamente entre cajas de pescado y embarcaciones  a lo largo del muelle que se adentraba como una flecha en el Océano Pacífico.

- Cada día es más pequeño –exclamó de pronto el viejo pescador a la vez que en su rostro se dibujaba un gesto de resignación que ponía en evidencia todavía más las arrugas de su rostro.

Norte esperó pacientemente sin decir nada, observando los minúsculos pescados que se amontonaban en el interior de la embarcación, a sabiendas de que Juan Francisco Cornejo continuaría con su reflexión.

- Los barcos camaroneros cada vez faenan más cerca de la costa y se lo llevan todo, incluidos los ejemplares inmaduros de especies que para ellos no tienen valor –continuó, señalando a un enorme barco que se veía arrastrando no muy lejos de la costa–. Dicen que solo aprovechan una décima parte de lo que pescan, pero yo creo que es mucho menos.


Norte miró hacia donde le indicaba y comprobó que, a menos de 3 millas, un barco de pesca arrastrero faenaba en busca del preciado camarón y recordó la noticia que había leído en la prensa salvadoreña sobre la petición de los pescadores al parlamento nacional para crear una zona de cinco millas a lo largo de la costa para uso exclusivo de los pescadores artesanales.

A medida que las pequeñas embarcaciones iban regresando a puerto y eran izadas al malecón, la actividad aumentaba. Aquí y allá pequeños corros de gente se formaban en torno a las embarcaciones y sus capturas. Era el momento decisivo, cuando los compradores les ponen precio a la pesca del día; un precio que la mayoría de las veces no alcanza para pagarles el esfuerzo, los gastos ni el valor invertidos pero que sirve para seguir engañándose un poco más y continuar a la espera de ese golpe de suerte que casi nunca llega.


- ¿Y usted cree que si su parlamento acuerda modificar la Ley de Pesca y se delimita el área para los pescadores artesanales se podrá revertir la situación? –preguntó por fin Norte, tras un largo silencio de ambos.

- Desconozco si usted lo sabe joven… –contestó mirando a Norte con escepticismo mientras comenzaba a caminar e indicaba a que lo siguiera– pero la mar, ¡la mar… es hembra!

Lo dijo, con énfasis, muy despacio y, sobre todo convencido. Con la sabiduría del tiempo trascurrido a sus espaldas, con la experiencia de un veterano pescador, pero también con el convencimiento de estar en posesión de la verdad absoluta.

- Fíjese en toda esa gente que consigue un sustento gracias a la mar –continuó cuando llegaron a la zona donde los compradores limpiaban parte del pescado con la ayuda, más voluntariosa que práctica, de algunos niños–. Así es y así será en el futuro. Y es que a pesar de la pobreza y de la marginación, los pobres de El Salvador se inventan día a día como salir de esa rueda infernal llenos de esperanza y con una sonrisa en los labios;… y la mar, con sus frutos, mantiene viva esa ilusión.


- Fíjese –continuó tras un breve saludo a los operadores que realizaban la limpieza de las macarelas para convertirlas en pescado seco- que la mayoría de la gente hace este tipo de cosas hasta que crecen lo suficiente y reúnen el valor para irse para los Yunaís (emigrar a Estados Unidos). Es la única esperanza para muchos de ellos.

- Y usted, ¿por qué no lo hizo?  –preguntó entonces Norte, justo antes de entrar en un toldado bajo el cual varias pescaderas charlaban animadamente mientras espantaban cansinamente las moscas que se posaban sobre el género que ofrecían a la venta: langostas, cangrejos, jaibas, pescados boca colorada, calamares, conchas, camarones, almejas y un sinfín de especies que ningún europeo en su sano juicio se atrevería a comer.

- Cuando era joven  –continuó tras unos segundos de espera- no andaba en la jugada y ahora, fíjese, estoy para colgar los tenis.


Norte sonrió en cuanto logró comprender lo que Juan Francisco Cornejo le había querido decir en aquel lenguaje propio de los salvadoreños de a pie y comprendió que, quizás luchar por ese pedazo de mar era la última oportunidad de aquellos pescadores, ese golpe de suerte que esperaban para cambiar el rumbo de los acontecimientos.

Y de pronto se dieron de bruces con un destartalado edificio que servía para guarnecer a las pequeñas embarcaciones mientras esperaban la jornada de pesca. A su alrededor una pléyade de vendedores ambulantes se habían apropiado del espacio, metro a metro, ofreciendo sus productos a los salvadoreños que llegaban de la capital para pasar un día de asueto al borde del mar, comer un cóctel de camarones y volver al final del día con la sensación de haber disfrutado de un día en un lugar pintoresco, olvidando las preocupaciones por unas horas.


- ¿Qué le parece si nos tomamos unos camarones empanizados?, ¡lo invito! –propuso de pronto Norte en un último y desesperado intento de retenerlo un poco más, cuando comprendió que el viejo pescador ponía rumbo hacia la salida del puerto.

Juan Francisco Cornejo se detuvo y lo observó en silencio durante unos instantes antes de despedirse definitivamente. Sus cansados ojos, castigados por el sol tropical, contrastaban con el blanco de la gorra del Real Madrid.

- Le agradezco su invitación, es ya un poco tarde y tengo que partir. Pero si se va quedar un rato más y quiere entender todo esto, mírele a los ojos a la gente. En el brillo de su mirada apreciará la fuerza que les impulsa a seguir adelante comprenderá porqué cada día se empeñan en salir al mar.

Lo vio partir, caminando lentamente, mientras a su alrededor, los vendedores de “Minutas” ofrecían a los viandantes esas pequeñas delicias hechas de hielo raspado y rociado con jarabe de frutas de intensos colores que se desvanecían con el calor del Pacífico tan rápido como los sueños de los pescadores artesanales de El Salvador.


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El viejo bereber 

jueves, 3 de noviembre de 2016

Existe un lugar, al borde del abismo…


«Existe un lugar en el que los ríos discurren por profundas gargantas creadas por la ira de diosas iracundas y celosas,… porqué según cuenta una leyenda, Júpiter se enamoró de esa tierra y la poseyó atravesándola con el río Miño. Su esposa Juno, furiosa le infligió profundas heridas en un intento de afearla, creando, quizás sin proponérselo, un hermoso lugar único y mágico… ». Norte sonrió al pensar que si tuviera que escribir un relato sobre la Ribeira Sacra quizás lo comenzaría con esa bella leyenda.

Y es que, en ese momento, descendía por un duro, pero hermoso sendero que de cuando en vez, allí donde la frondosidad del bosque le daba un pequeño respiro, se asomaba al borde mismo del abismo. A unos cientos de metros más abajo, el río discurría lento y parsimonioso, adaptándose a las profundas cicatrices dejadas por la ira de la reina del Olimpo. Un paisaje único en el que las fragas de robles, castaños, encinas y abedules trepan por las escarpadas laderas, compitiendo por cada brizna de tierra en la que crecer y tiñendo el otoño con los tonos amarillentos y rojizos de sus hojas.


Un camino cuajado de piedras que atesoran los sueños y los anhelos de los que allí vivieron. Apenas unas piedras que, en un equilibrio precario al borde del abismo, son los postreros vestigios de los sueños de sus últimos moradores. Piedras que guardan miles de secretos escritos en sus caras desgastadas por el paso del tiempo. Piedras decoradas por los líquenes y musgos, cómplices imperturbables de la memoria de los pueblos. Piedras que retienen el tiempo en un viaje al pasado, a la historia y a las tradiciones.


Un camino que atraviesa viñedos imposibles. Viñedos colgados al borde del abismo que destilan olor a mencía, a merenzao, a brancellao, a sousón, a caiño tinto y a tantas otras variedades con matices y aromas únicos y que constituyen una de las señas de identidad de esta tierra. Levantados piedra sobre piedra, robándole la horizontalidad a laderas con pendientes increíbles, las terrazas con cepas centenarias trepan por las paredes del cañón desafiando la gravedad y dándole a la Ribeira Sacra la pincelada humana a un territorio agreste y verdaderamente hermoso con una naturaleza que no suele facilitar las cosas.


Un lugar en donde los conventos se ocultan en bosques centenarios, colgados al borde del abismo y confiriéndole a la Ribeira Sacra una enorme belleza espiritual y artística; un entorno espectacular que una y otra vez sorprende al viajero. Unas tierras refugio de eremitas que más tarde se convirtieron en pequeñas comunidades que dieron lugar a numerosos cenobios, un legado que enriquece si cabe todavía más estas tierras, dando como resultado una de las concentraciones de conventos más alta de toda Europa.

Y de pronto, Norte se detuvo. A unos metros el campanario de Santa Cristina de Ribas de Sil despuntando por encima del mar de hojas y erigiéndose al borde del abismo, le indicaba que había llegado a su destino. Durante un buen rato permaneció allí, quieto, escuchando el silencio atronador que todo lo envolvía, en perfecta comunión con la naturaleza y comprendió porqué la Ribeira Sacra había sido elegido como lugar de aislamiento y oración.   


Continuó descendiendo hasta darse de bruces con Santa Cristina, un lugar mágico que, como toda la Ribeira Sacra, está plagado de leyendas. Un espacio lleno de singularidades que lo hace único y que es necesario preservar.


Un extraordinario legado arquitectónico situado en un enclave arrebatadoramente bello que nos transporta al austero mundo de los cirtercienses, en una suerte de conjunción mágica entre la naturaleza y la mano del hombre.


viernes, 21 de octubre de 2016

Carretera al Sur del mundo


Después de varios días de una pertinaz y fría lluvia, el día amaneció claro, límpido, sin una sola nube que empañara el intenso color azul que ese día mostraba el cielo de Puerto Montt. Desde la ventana del hotel, la enorme Cruz que presidía el mirador de la isla Tenglo destacaba sobre el horizonte  y un esbozo de sonrisa se dibujó en su rostro. Estaba claro que la suerte le había acompañado y justo el día que había previsto, Norte podría cumplir uno de sus deseos más anhelados, y además con buen tiempo.

Porque en unos minutos, Norte iba a iniciar el recorrido por una ruta mítica, solo comparable a alguna de las carreteras más famosas del mundo, como la de Trollstigen (La Escalera del Troll) en Noruega o la Ruta 66 que recorre casi 4.000 km entre Chicago y los Ángeles.  Porque lo que él iba a transitar era, ni más ni menos, una parte de la Carretera Austral (CH-7) al Sur de Chile que comunica las ciudades de Puerto Montt y Villa O'Higgins, separadas por casi 1.300 km. Un recorrido verdaderamente hermoso y seductor que coquetea con los Andes Patagónicos y con fascinantes campos de hielo, que atraviesa ríos turbulentos y bordea espectaculares lagos. Todo ello a través de una carretera con firme de grava que se dirige al Sur del mundo, no apta para conductores sin experiencia.

Nada más accionar el contacto del todoterreno que había alquilado, Norte comprendió que la aventura soñada durante meses había comenzado por fin y que, a pesar de que solo tenía tiempo para recorrer un pequeño tramo, estaba a punto de comenzar un bello álbum de recuerdos que jamás se borraría de su mente.

Los primeros quilómetros, a medida que se alejaba de Puerto Montt, transcurrieron por una carretera asfaltada que serpenteaba entre suaves colinas, abandonando por momentos la costa para volver a asomarse al mar al cabo de unos quilómetros y que, a pesar de su belleza, hizo surgir en Norte un casi imperceptible sentimiento de decepción, deseoso de circular ya por la trocha abierta en la selva húmeda chilena.

Y de pronto, todo cambió. Nada más llegar a Caleta La Arena, la carretera se cortó abruptamente en una pequeña rambla que se perdía en el mar, como si ésta continuase por el fondo del océano. Encandilado con el paisaje que se abría ante sus ojos, redujo la velocidad de su vehículo hasta situarse tras un camión salmonero que pacientemente esperaba en el embarcadero la llegada del ferry, para trasladarlo hasta la Caleta Puelche al otro lado del seno del Rolancaví.


La corta travesía, de poco más de media hora, le permitió tener una nueva perspectiva y admirar la densa y exuberante vegetación, con los arrayanes, tepas y lumas que se precipitaban hacia el mar para detenerse abruptamente al borde del Océano Pacífico. Desde la embarcación, la visión del bosque, su conjunción con el mar que lo rodeaba, le pareció simplemente soberbia, un caos que sobrepasaba todos los sentidos.


Nada más doblar el cabo, como emergiendo del océano, nuevamente otra rampla conectaba con la carretera para continuar su lento y sinuoso avance por una vía de ripio y barro que se abría paso a través de una vegetación que se empeñaba obstinadamente en crecer sobre cada centímetro cuadrado de suelo. Porque el bosque fue una de las razones que impulsaron a Norte a emprender esa pequeña aventura y, al igual que en tiempos pasados el hombre navegó a esas tierras en la búsqueda de la madera de alerce, Norte viajaba ahora para ver los últimos vestigios de su presencia en aquellas tierras, apenas 70 años después de aquella vorágine que acabó con los bosques de alerce.


Porque lo que Norte podía ver ahora era una triste caricatura de lo que un día fueron hermosos bosques de alerces con ejemplares de 2000 y 3000 años de antigüedad (sí, has leído bien) que fueron talados sistemáticamente para aprovechar su madera debido a su resistencia a la putrefacción.  


A ambos lados de la carretera, la vegetación pugnaba por cerrar de nuevo la exigua trocha abierta en los bosques en los que hasta hace pocos años reinó el alerce. Condujo con precaución hasta habituarse a esa sensación de inestabilidad que uno tiene cuando circula sobre este tipo de firme, y Norte enseguida comprendió los numerosos consejos que le habían dado para transitar por carreteras de ripio en la oficina donde había alquilado el coche. Roderas, velocidad moderada, posibles pinchazos, barro, animales cruzando la calzada y un largo etc. de recomendaciones le mantuvieron alerta durante todo el viaje.

Por fin, un claro en el bosque le permitió ver un soberbio ejemplar. Apenas a unos metros de la carretera la inconfundible silueta piramidal de su copa contrastaba con el azul intenso del cielo austral, haciendo más bello si cabe el follaje apretado, irregular y siempreverde de la Fitzroya cupresoides, denominación científica del alerce cuyo nombre genérico fue puesto en honor al oficial de la marina británica, Robert Fitz Roy, comandante del Beagle que navegó por estos lugares acompañado nada menos que por Charles Darwin como naturalista.


A su lado enormes tocones, restos de antiguos árboles apeados ya hacía muchos años, atestiguan la ambición del hombre y nos recuerdan constantemente su desconocimiento en la gestión racional de los recursos naturales. Porqué, para Norte, todo lo relacionado con esta especie poseía un cierto halo de romanticismo derivado quizás de su milenaria longevidad que se pierde entre las brumas del tiempo. Desde su nombre en lenguaje mapuche (lawan), hasta el hermoso veteado de su madera rojiza empleada en las tejuelas de madera que recubren las iglesias de Chiloé, pasando por las talas masivas e incendios que llevaron a la especie al borde de la desaparición.

Finalmente regresó a su vehículo, no sin antes echarle una última mirada a aquel ejemplar que acumulaba unos cuantos siglos a sus espaldas y que permanecía en pie como mudo testigo de los avatares de la historia. Y por unos instantes se imaginó cómo sería un bosque dominado por esos colosos que desafían al tiempo con su lentísimo crecimiento. Ningún visitante podrá ver en los próximos 2 milenios los bosque de magníficos alerces que colonizaron esta tierra antes de que los primeros hombres llegaran. Esmirriados y míseros troncos muertos son el último vestigio de su presencia.

La carretera le acercó de nuevo a la costa, pasando del cromatismo de los miles de verdes de la pluviselva chilena a un nuevo universo de colores y aromas, ahora dominados por las aguas del océano. Porque en el sur de Chile la relación con el medio marino se intensifica a medida que nos acercamos al sur del mundo, cuando la carretera austral no existía y todo el transporte de mercancías y personas debía realizarse mediante la navegación; por medio de hermosas embarcaciones de madera que ahora descansan varadas en las orillas, a la espera quizás de que algún día vuelvan a ser utilizadas.



Finalmente la comuna de Hornopirén, a los pies del volcán homónimo  que recibe su nombre , de mapudungun pirén, en la lengua nativa y que significa "Horno de nieve"... un nombre arrebatadoramente bello para un lugar no menos hermoso en el que descansaría antes de continuar viaje hacia el Sur del mundo. 


jueves, 22 de septiembre de 2016

El embrujo del Cañón del río Lobos


Todavía recordaba cuando le hablaron de aquel lugar por primera vez. Era una evocación tan nítida, tan límpida, que el paso de los años no lo había logrado desdibujar ni un ápice aquella impresión que tuvo desde el primer momento, la sensación de que el Cañón del Río Lobos era especial. Ahora, muchos años después, Norte sentía que aquel lugar era fascinante; allí se aunaba naturaleza, arte, historia, tradición y magia,… sobre todo magia; un lugar que lo hechizó desde el primer momento y al que volvía irremisiblemente, seducido por su embrujo.

Para Norte, el Cañón del río Lobos es uno de esos lugares en los que los diferentes mundos que lo conforman se entrelazaban con una armonía y un equilibrio que componen un todo único; un crisol en el que se funden los elementos hasta conseguir una aleación incomparable e irrepetible.

Porque lo que primero le atrapó nada más llegar allí fue su silencio, ese silencio ensordecedor solo roto por el susurro del viento colándose entra las ramas de los árboles y diseminando  por cada rincón el olor resinoso y acre de los pinos y de las sabinas. Un silencio que da paso a una naturaleza serena y hermosa, dominada por el profundo cañón calizo erosionado por el río Lobos y cuyas enormes paredes, decoradas con las bellas tonalidades rojizas de los óxidos de hierro, están cuajadas de cuevas y simas que le confieren un halo de misterio propio de los lugares mágicos. Y aquí y allá, como pinceladas en un hermoso óleo, las sabinas que sobreviven obstinadamente en un puñado de tierra, trepando por las laderas y dando ese toque de naturaleza viva.


Desde lo alto, dominando toda la bóveda del cañón, la silueta inconfundible de bordes desflecados del buitre leonado planeando por los cortados y ascendiendo en espiral hasta los  mismos cielos, en un vuelo interminable de búsqueda incesante.

Pero para Norte, la nota destacada, el elemento diferenciador que hacía mágico y único el Cañón del río Lobos era, además de su hermosa naturaleza,  la historia que atesoraba en su interior. Una historia repleta de leyendas enredadas en las brumas del tiempo que llegaron hasta nosotros gracias a tradiciones que convirtieron a ese enclave en un lugar enigmático.

Y de pronto, en un ensanchamiento del cañón, quizás en uno de los lugares más bellos que uno se pueda imaginar, asoma la ermita de San Bartolomé; una sencilla y austera capilla románica del siglo XIII que parece parida por la propia madre tierra. Como una formación rocosa más, como una excrecencia de la madre tierra que rivaliza con las paredes rojizas que la rodean, Norte jamás se había sentido capaz de imaginarse aquel lugar sin ella.


Desde la distancia era como más le gustaba observarla. Desde allí la pequeña capilla mostraba esa integración con el entorno que la rodeaba y era entonces cuando la leyenda se fundía con la realidad y Norte rememoraba el hecho prodigioso que, según cuentan, dio origen a la ermita de San Bartolomé de Ucero. Es en ese instante cuando uno comprende que cabe la posibilidad de que, en el mismo lugar donde se levanta el santuario, los cascos del caballo que montaba el apóstol Santiago quedasen esculpidos en la roca al saltar desde los cortados para escapar de los invasores musulmanes y su espada se le cayese, clavándose en el suelo y señalando el lugar donde debía erigirse la capilla.

Pero de lo que sí no había duda –pensó Norte- era de que la ermita de San Bartolomé se encuentra justo en el centro de la línea imaginaria que une el Cabo de Creus y el “Cabo del fin de la Tierra” (Cabo Finisterre), o cabo Touriñan según otros autores, exactamente a 532 quilómetros y 744 metros, más o menos, de cada uno de los dos cabos. Y Norte sonrió al pensar que, en efecto, un lugar tan bello, en el que el Apóstol  Santiago logró escapar indemne de los invasores musulmanes y en el que se da una circunstancia geográfica semejante, bien merecía la construcción de una ermita tan hermosa como aquella.

Pero si la perspectiva que daba la distancia la hacía arrebatadoramente bella, acercarse a la sencilla construcción románica le permitía a Norte admirar con detenimiento el hermoso repertorio iconográfico con su extensa colección de canecillos llenos de simbolismo; y, en especial, su rosetón, emblema del parque natural, con seis corazones entrelazados que conforman a su vez una estrella de cinco puntas que representan el conocimiento y que relacionan el lugar, según algunos autores, con el halo siempre misterioso de los caballeros templarios.


Y es que a medida que uno se adentra en este cañón, lleno de secretos y misterios, la imaginación se dispara acompañada quizás por el rosario de leyendas que subsisten obstinadamente al paso de los siglos.

En sus numerosas visitas Norte había tenido la oportunidad de charlar con gente del lugar y casi siempre escuchaba testimonios que le desvelaban nuevas perspectivas sobre aquel enclave. Decenas de historias verosímiles o no, pero todas hermosas y llenas de misterio como la “Leyenda de la roca de la músicamágica” que le había narrado un pastor de Santa María de las Hoyas.  Una historia que comienza con un título ciertamente seductor pero de desenlace trágico, y que nos relata como las tres hermosas hijas del señor de Ucero acostumbraban a subir todas las tardes a lo alto de la “Roca de la música mágica” para buscar inspiración y sosiego. Hasta que un día al atardecer, justo en el solsticio de verano algo ocurrió tras las últimas campanadas de la ermita de San Bartolomé… 


Y es que el Cañón del rio Lobos es un microcosmos que aúna naturaleza, arte, historia, tradición y magia,… sobre todo magia; un lugar que lo hechizó desde el primer momento y al que vuelve irremisiblemente, seducido por su embrujo.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Entre la bruma del Pacífico


Después de tres horas de viaje, un gesto casi imperceptible, parecido quizás a una leve sonrisa, se dibujó en su rostro fatigado. Por fin dejaría la Carretera Panamericana Sur, atestada de enormes camiones y jalonada de cientos de anuncios publicitarios, para dirigirse a su destino. A pesar del confort del moderno 4x4 que había alquilado en Lima, lo cierto es que la ruta desde la capital le había resultado muy fatigosa y cansina. Más de 250 quilómetros a través de un terreno árido e inhóspito,  un desierto costero con colinas suaves, que alternaba con localidades al borde de la carretera no particularmente atractivas. De cuando en vez, algún que otro arbusto espinoso creciendo obstinadamente en aquel terreno reseco, subsistiendo quizás de la condensación de las brumas de la mañana y, cuando los acuíferos que bajan de las montañas lo permitían, se alternaban zonas con cultivos de algodón, vid o frutales.


Durante todo el viaje, y a medida que se aproximaba a la ciudad de Pisco, Norte no pudo dejar de revivir los sucesos ocurridos hacía ya 8 años, cuando poco después de abandonar aquella ciudad un enorme terremoto de magnitud 8 la asoló, dejando tras de sí un rastro de miles de damnificados, una destrucción casi total de la ciudad y un gran número de muertos. Y no pudo evitar recordar a Don Guillermo Huyhua, un barman de origen aimara con el que había compartido una generosa cantidad de pisco (aguardiente) hasta altas horas de la mañana hablando de lo divino y de lo humano. Tampoco pudo evitar acordarse de William, el guía que le acompañó a la Reserva de Paracas, un biólogo enamorado de su profesión que también, como otros muchos compatriotas, le confesó su deseo de ir a España a completar sus estudios de Ecología.

Era la primera vez que volvía a Perú después de aquel trágico suceso y parecía que los 8 años transcurridos no habían obrado el efecto benefactor que se suele atribuir al tiempo, ese lapso temporal que lentamente transforma el dolor en recuerdo.

Tan pronto llegó a la localidad de Paracas se dirigió hacia su destino. Quería volver a visitar La Reserva Nacional de Paracas, un lugar mágico en el que se puede contemplar como las frías y ricas aguas de la Corriente de Humboldt dan refugio y alimentación a una fauna asombrosamente numerosa.  


Un océano repleto de vida con una gran diversidad de peces y mamíferos marinos que continúa en la franja costera, con acantilados y playas en donde anidan y viven millones de aves.

Como otras muchas veces, Norte había tenido suerte; no había rastro de visitantes, así que detuvo el coche y caminó los últimos metros hasta asomarse a los acantilados y, una vez más como había ocurrido hacía 8 años, asombrarse por el estallido de vida, que apenas a unos metros de donde él se encontraba, se empeñaba en manifestarse en forma de leones marinos y pingüinos de Humboldt.


A su izquierda, aprovechando el abrigo que proporcionaban los estratos erosionados de la roca volcánica un grupo de piqueros incubaba pacientemente los huevos con el objetivo de sacar adelante una nueva generación que perpetuara su especie, en un ejercicio de abnegación y altruismo que a él siempre le había asombrado.


A lo lejos una gigantesca colonia de aves guaneras le hizo retrotraerse de nuevo en el tiempo, cuando su amigo William le mostraba una "pajarada" semejante compuesta por decenas de miles de piqueros, alcatraces y guanayes mientras le explicaba entusiasmado como cada individuo forma parte del complejo dispositivo que las corrientes frías de Humboldt originan, dando lugar a uno de los ecosistemas más productivos del planeta. Y de nuevo recordó con tristeza a Don Guillermo, a William y a tantas otras personas con la durante esos días había compartido unos momentos y de los que no había vuelto a saber.


Pero a Norte, lo que realmente le fascinaba de la Península de Paracas era quizás lo que menos le llamaba la atención a los visitantes. Sus llanuras desérticas que se extendían hasta el infinito, solo interrumpidas por la bruma del Pacífico que proporcionaba un velo sutil y etéreo a las arenas del desierto, teñidas de tonalidades rojizas, rosadas o amarillentas.

Y por unos instantes, como había ocurrido 8 años antes Norte se sintió como un astronauta en la superficie de un planeta hostil pero arrebatadoramente bello, oculto por la bruma de un océano inmenso.



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