"Siempre oí que en Nueva York uno nunca conoce a sus vecinos” (Desayuno con diamantes)

jueves, 22 de septiembre de 2016

El embrujo del Cañón del río Lobos


Todavía recordaba cuando le hablaron de aquel lugar por primera vez. Era una evocación tan nítida, tan límpida, que el paso de los años no lo había logrado desdibujar ni un ápice aquella impresión que tuvo desde el primer momento, la sensación de que el Cañón del Río Lobos era especial. Ahora, muchos años después, Norte sentía que aquel lugar era fascinante; allí se aunaba naturaleza, arte, historia, tradición y magia,… sobre todo magia; un lugar que lo hechizó desde el primer momento y al que volvía irremisiblemente, seducido por su embrujo.

Para Norte, el Cañón del río Lobos es uno de esos lugares en los que los diferentes mundos que lo conforman se entrelazaban con una armonía y un equilibrio que componen un todo único; un crisol en el que se funden los elementos hasta conseguir una aleación incomparable e irrepetible.

Porque lo que primero le atrapó nada más llegar allí fue su silencio, ese silencio ensordecedor solo roto por el susurro del viento colándose entra las ramas de los árboles y diseminando  por cada rincón el olor resinoso y acre de los pinos y de las sabinas. Un silencio que da paso a una naturaleza serena y hermosa, dominada por el profundo cañón calizo erosionado por el río Lobos y cuyas enormes paredes, decoradas con las bellas tonalidades rojizas de los óxidos de hierro, están cuajadas de cuevas y simas que le confieren un halo de misterio propio de los lugares mágicos. Y aquí y allá, como pinceladas en un hermoso óleo, las sabinas que sobreviven obstinadamente en un puñado de tierra, trepando por las laderas y dando ese toque de naturaleza viva.


Desde lo alto, dominando toda la bóveda del cañón, la silueta inconfundible de bordes desflecados del buitre leonado planeando por los cortados y ascendiendo en espiral hasta los  mismos cielos, en un vuelo interminable de búsqueda incesante.

Pero para Norte, la nota destacada, el elemento diferenciador que hacía mágico y único el Cañón del río Lobos era, además de su hermosa naturaleza,  la historia que atesoraba en su interior. Una historia repleta de leyendas enredadas en las brumas del tiempo que llegaron hasta nosotros gracias a tradiciones que convirtieron a ese enclave en un lugar enigmático.

Y de pronto, en un ensanchamiento del cañón, quizás en uno de los lugares más bellos que uno se pueda imaginar, asoma la ermita de San Bartolomé; una sencilla y austera capilla románica del siglo XIII que parece parida por la propia madre tierra. Como una formación rocosa más, como una excrecencia de la madre tierra que rivaliza con las paredes rojizas que la rodean, Norte jamás se había sentido capaz de imaginarse aquel lugar sin ella.


Desde la distancia era como más le gustaba observarla. Desde allí la pequeña capilla mostraba esa integración con el entorno que la rodeaba y era entonces cuando la leyenda se fundía con la realidad y Norte rememoraba el hecho prodigioso que, según cuentan, dio origen a la ermita de San Bartolomé de Ucero. Es en ese instante cuando uno comprende que cabe la posibilidad de que, en el mismo lugar donde se levanta el santuario, los cascos del caballo que montaba el apóstol Santiago quedasen esculpidos en la roca al saltar desde los cortados para escapar de los invasores musulmanes y su espada se le cayese, clavándose en el suelo y señalando el lugar donde debía erigirse la capilla.

Pero de lo que sí no había duda –pensó Norte- era de que la ermita de San Bartolomé se encuentra justo en el centro de la línea imaginaria que une el Cabo de Creus y el “Cabo del fin de la Tierra” (Cabo Finisterre), o cabo Touriñan según otros autores, exactamente a 532 quilómetros y 744 metros, más o menos, de cada uno de los dos cabos. Y Norte sonrió al pensar que, en efecto, un lugar tan bello, en el que el Apóstol  Santiago logró escapar indemne de los invasores musulmanes y en el que se da una circunstancia geográfica semejante, bien merecía la construcción de una ermita tan hermosa como aquella.

Pero si la perspectiva que daba la distancia la hacía arrebatadoramente bella, acercarse a la sencilla construcción románica le permitía a Norte admirar con detenimiento el hermoso repertorio iconográfico con su extensa colección de canecillos llenos de simbolismo; y, en especial, su rosetón, emblema del parque natural, con seis corazones entrelazados que conforman a su vez una estrella de cinco puntas que representan el conocimiento y que relacionan el lugar, según algunos autores, con el halo siempre misterioso de los caballeros templarios.


Y es que a medida que uno se adentra en este cañón, lleno de secretos y misterios, la imaginación se dispara acompañada quizás por el rosario de leyendas que subsisten obstinadamente al paso de los siglos.

En sus numerosas visitas Norte había tenido la oportunidad de charlar con gente del lugar y casi siempre escuchaba testimonios que le desvelaban nuevas perspectivas sobre aquel enclave. Decenas de historias verosímiles o no, pero todas hermosas y llenas de misterio como la “Leyenda de la roca de la músicamágica” que le había narrado un pastor de Santa María de las Hoyas.  Una historia que comienza con un título ciertamente seductor pero de desenlace trágico, y que nos relata como las tres hermosas hijas del señor de Ucero acostumbraban a subir todas las tardes a lo alto de la “Roca de la música mágica” para buscar inspiración y sosiego. Hasta que un día al atardecer, justo en el solsticio de verano algo ocurrió tras las últimas campanadas de la ermita de San Bartolomé… 


Y es que el Cañón del rio Lobos es un microcosmos que aúna naturaleza, arte, historia, tradición y magia,… sobre todo magia; un lugar que lo hechizó desde el primer momento y al que vuelve irremisiblemente, seducido por su embrujo.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Entre la bruma del Pacífico


Después de tres horas de viaje, un gesto casi imperceptible, parecido quizás a una leve sonrisa, se dibujó en su rostro fatigado. Por fin dejaría la Carretera Panamericana Sur, atestada de enormes camiones y jalonada de cientos de anuncios publicitarios, para dirigirse a su destino. A pesar del confort del moderno 4x4 que había alquilado en Lima, lo cierto es que la ruta desde la capital le había resultado muy fatigosa y cansina. Más de 250 quilómetros a través de un terreno árido e inhóspito,  un desierto costero con colinas suaves, que alternaba con localidades al borde de la carretera no particularmente atractivas. De cuando en vez, algún que otro arbusto espinoso creciendo obstinadamente en aquel terreno reseco, subsistiendo quizás de la condensación de las brumas de la mañana y, cuando los acuíferos que bajan de las montañas lo permitían, se alternaban zonas con cultivos de algodón, vid o frutales.


Durante todo el viaje, y a medida que se aproximaba a la ciudad de Pisco, Norte no pudo dejar de revivir los sucesos ocurridos hacía ya 8 años, cuando poco después de abandonar aquella ciudad un enorme terremoto de magnitud 8 la asoló, dejando tras de sí un rastro de miles de damnificados, una destrucción casi total de la ciudad y un gran número de muertos. Y no pudo evitar recordar a Don Guillermo Huyhua, un barman de origen aimara con el que había compartido una generosa cantidad de pisco (aguardiente) hasta altas horas de la mañana hablando de lo divino y de lo humano. Tampoco pudo evitar acordarse de William, el guía que le acompañó a la Reserva de Paracas, un biólogo enamorado de su profesión que también, como otros muchos compatriotas, le confesó su deseo de ir a España a completar sus estudios de Ecología.

Era la primera vez que volvía a Perú después de aquel trágico suceso y parecía que los 8 años transcurridos no habían obrado el efecto benefactor que se suele atribuir al tiempo, ese lapso temporal que lentamente transforma el dolor en recuerdo.

Tan pronto llegó a la localidad de Paracas se dirigió hacia su destino. Quería volver a visitar La Reserva Nacional de Paracas, un lugar mágico en el que se puede contemplar como las frías y ricas aguas de la Corriente de Humboldt dan refugio y alimentación a una fauna asombrosamente numerosa.  


Un océano repleto de vida con una gran diversidad de peces y mamíferos marinos que continúa en la franja costera, con acantilados y playas en donde anidan y viven millones de aves.

Como otras muchas veces, Norte había tenido suerte; no había rastro de visitantes, así que detuvo el coche y caminó los últimos metros hasta asomarse a los acantilados y, una vez más como había ocurrido hacía 8 años, asombrarse por el estallido de vida, que apenas a unos metros de donde él se encontraba, se empeñaba en manifestarse en forma de leones marinos y pingüinos de Humboldt.


A su izquierda, aprovechando el abrigo que proporcionaban los estratos erosionados de la roca volcánica un grupo de piqueros incubaba pacientemente los huevos con el objetivo de sacar adelante una nueva generación que perpetuara su especie, en un ejercicio de abnegación y altruismo que a él siempre le había asombrado.


A lo lejos una gigantesca colonia de aves guaneras le hizo retrotraerse de nuevo en el tiempo, cuando su amigo William le mostraba una "pajarada" semejante compuesta por decenas de miles de piqueros, alcatraces y guanayes mientras le explicaba entusiasmado como cada individuo forma parte del complejo dispositivo que las corrientes frías de Humboldt originan, dando lugar a uno de los ecosistemas más productivos del planeta. Y de nuevo recordó con tristeza a Don Guillermo, a William y a tantas otras personas con la durante esos días había compartido unos momentos y de los que no había vuelto a saber.


Pero a Norte, lo que realmente le fascinaba de la Península de Paracas era quizás lo que menos le llamaba la atención a los visitantes. Sus llanuras desérticas que se extendían hasta el infinito, solo interrumpidas por la bruma del Pacífico que proporcionaba un velo sutil y etéreo a las arenas del desierto, teñidas de tonalidades rojizas, rosadas o amarillentas.

Y por unos instantes, como había ocurrido 8 años antes Norte se sintió como un astronauta en la superficie de un planeta hostil pero arrebatadoramente bello, oculto por la bruma de un océano inmenso.



Enlaces relacionados: Soñando con Shangri la