sábado, 10 de diciembre de 2016

Sobre el abismo, mejor volar que andar


A medida que su vehículo ascendía por la carretera que serpenteaba a través de los campos nevados, Norte comprendió que había sido un acierto acercarse a San Leo; un pequeño burgo medieval que le habían recomendado visitar en la Emilia Romagna.

Desde la distancia el imponente peñasco rocoso, iluminado por la fría luz de invierno, acentuaba todavía más los muros de la inexpugnable fortaleza que se elevaban en un equilibrio imposible sobre el abismo a más de 500 metros de altitud, dominando el valle del Marecchia, un territorio preñado de acontecimientos históricos que harían enmudecer a la mismísima Rímini.


Nada más atravesar el arco de entrada al burgo, Norte se dio de bruces con una hermosa localidad digna de ser uno de los “borghi piu' belli d'Italia”. Tal como le había adelantado Marchelo, el locuaz recepcionista que le había informado en su hotel de Rímini, la pintoresca comuna, aparte de su calles de trazado medieval, contaba con la Rocca, una impresionante fortaleza, la Catedral, una Iglesia parroquial (pieve) y algunos palacios renacentistas como el Palacio Mediceo, residencia de los Condes Severini-Nardini  o el Palacio Della Rovere. 


Aparcó su automóvil en la plaza presidida por uno de los monumentos más emblemáticos de San Leo. En ese instante, los últimos rayos de sol incidían sobre la fortaleza que la familia Montefeltro mandó reformar en el siglo XV, transformándola en uno de los edificios militares renacentistas más hermosos de toda Italia, y que por conquistarla lucharon Malatesta o César Borgia.

Localizada en lo más alto de una colina rocosa, en 1631 se transformó en prisión hasta principios del siglo XX y fue famosa precisamente porque en ella, Giuseppe Balsamo más conocido como el Conde de Cagliostro, fue encarcelado por la Inquisición hasta su muerte por herejía. Cortesano en las cortes de Luis XV y Luis XVI de Francia este carismático, tramposo y bohemio personaje que tenía fama de alquimista,  rivalizó con Casanova en sus conquistas, con quien dicen competía, y también se le consideraba un sanador de enfermedades incurables además de su capacidad para hacerse invisible.


Caminó por las calles desiertas, disfrutando del bello atardecer que aquel día invernal le había regalado, hasta dar con la Catedral, un admirable ejemplo de templo románico-lombardo y una de las más bellas iglesias románicas que se conservan en Italia.


Junto a ella, una alta torre-campanario de origen bizantino, era el único resto que, junto con el Duomo, permanecía de la antigua ciudad sacra que allá por el siglo XII estaba conformado además por el Palacio Episcopal, la residencia de los Canónicos y posiblemente el Baptisterio.


A pesar del frío intenso, volvió sobre sus pasos,  para admirar la pieve de Nuestra Señora de la Asunción, la iglesia más antigua de San Leo y de toda la región; en ella se daba esa bella fusión entre arte, historia y leyenda que tanto entusiasmaba a Norte.


Porqué según la tradición, Leone, un cortador de piedra de origen dálmata que trabajó en Rímini, fue el constructor de la Iglesia y fundador de la comunidad de San Leo, favoreciendo la difusión del cristianismo por la región que concluiría con la creación de la diócesis de Moltefeltro y  él su primer obispo.


Y es que lo que realmente le despertó el interés a Norte fueron la historia y las leyendas que rodean este lugar y que, a lo largo de la historia, se vieron enriquecidas por visitantes ilustres como San Francisco de Asís o la mención expresa al lugar que aparece una de las obras maestras de la literatura italiana. Porque Dante Alighieri cita este a este lugar en uno de sus versos del cuarto canto de La Divina Comedia: “Cuando vayas a San Leo, mejor vuela que no andes”… posiblemente en referencia a la situación privilegiada que desde lo alto del Mons Feretrius tiene San Leo.