"Siempre oí que en Nueva York uno nunca conoce a sus vecinos” (Desayuno con diamantes)

jueves, 22 de diciembre de 2016

El dedo de Dios


Comprobó inquieto su reloj de pulsera para confirmar por enésima vez que la hora que le marcaba el reloj del coche coincidía e instintivamente, aceleró. Por sus cálculos apenas le faltaban más de cinco minutos para llegar a su destino y, no obstante, en su rostro se reflejaba cierta tensión. Hacía ya un buen rato que había amanecido y, desde entonces, la duda de si llegaría a tiempo se hizo más y más evidente.

Todo había comenzado un año antes, visitando Santa Marta de Tera, en Camarzana de Tera (Zamora), una bella iglesia románica construida a finales del siglo XI, único resto que llegó hasta nosotros de un primitivo monasterio mandado construir por Alfonso VI.

Nada más verla, Norte quedó prendado del conjunto de molduras taqueadas, que recorrían sus muros, en una rítmica y sutil sucesión de arcos, contrafuertes y capiteles que hacen de Santa Marta de Tera un bello ejemplo del románico.   


Recordaba cuando en su primera visita se encontró, en su portada Sur, con una hermosa imagen pétrea, quizás la más antigua, de Santiago peregrino. Nada más verlo, lo reconoció de inmediato. Aunque con una expresión un poco feroz, quizás por sus enormes pupilas excavadas y una boca que dejaba ver sus dientes, la imagen muestra un tratamiento magistral de la barba aguedejada y del morral con la concha de Santiago.


Por fin, un enorme letrero en la autopista, le informó de la próxima salida a Camarzana de Tera. De un rápido vistazo al reloj del coche comprobó la hora y redujo la velocidad  y se incorporó a la carretera local que lo llevaría, en apenas un par de minutos, directamente a la amplia explanada que había frente a la Iglesia.

«Ni automóviles ni peregrinos», pensó Norte sorprendido al no ver a nadie en las inmediaciones, lo que le hizo sospechar que había llegado demasiado tarde.

Mientras se ponía una chaqueta de abrigo y tomaba su cámara de fotos del maletero, dio un rápido vistazo a la cabecera de la iglesia, pero desgraciadamente desde donde él se encontraba no era posible comprobar su sospecha; así que, a la carrerilla, se dirigió hacia el palacio renacentista construido a mediados del siglo XVI como residencia de los obispos de Astorga y que ahora ejercía de museo jacobeo y de entrada a la iglesia románica.


- ¡Celes!,… ¡Celes!,…  -gritó Norte, empujando ligeramente la puerta entreabierta.

Celes, la amable cuidadora del templo, era la persona que unos meses antes le había informado sobre el fenómeno que ocurría en aquel lugar cada año durante los equinoccios de primavera y de otoño y, tras esperar unos instantes, se dirigió a paso rápido hacia la portada occidental situada a los pies de la iglesia.

Y de pronto se paró en seco. Desde donde él se encontraba divisó como un hermoso rayo de luz penetraba a través de un pequeño óculo situado en la cabecera de la iglesia, y comenzaba a iluminar el “Capitel del Alma salvada”.


Todavía asombrado por la oportunidad del momento en el que había llegado, Norte se acercó despacio. Las pequeñas partículas de polvo, provistas de vida propia, se movían a lo largo del intenso del haz de luz, como queriendo señalar el camino hacia el hermoso capitel historiado que en ese momento comenzaba a estar completamente iluminado.

Se quedó allí, inmóvil y en el silencio más absoluto, imaginando como una pequeña comunidad en el siglo XI viviría el milagro de la luz; para ellos, seguramente  expresión máxima de la divinidad. Era como si el dedo de Dios les enseñara desde el cielo y les indicara el camino a seguir.

Y todo ello gracias a la maestría de unos hombres que, con herramientas rudimentarias y con cálculos básicos hubieron de tener en cuenta desde la orientación del ábside hasta la altura del capitel, pasando por la situación del óculo o la incidencia de los rayos del sol en los equinoccios de primavera y otoño.

«Un hermoso nombre para una bellísima obra» -pensó Norte al observar con detenimiento el “Capitel del Alma salvada”, posiblemente una representación alegórica de un alma que asciende a los cielos, en ese momento ya completamente iluminado. 


Y es que todo el universo del hombre en la época medieval se movía en torno a Dios y los templos estaban en armonía con las estaciones del año. La manifestación del espíritu de Dios se manifestaba también con la cuidada planificación de la construcción de las iglesias. La orientación de los ábsides hacia el Este permite que los rayos de sol del amanecer penetren por los ventanales de los ábsides,.. es la representación de la resurrección de Cristo.


sábado, 10 de diciembre de 2016

Sobre el abismo, mejor volar que andar


A medida que su vehículo ascendía por la carretera que serpenteaba a través de los campos nevados, Norte comprendió que había sido un acierto acercarse a San Leo; un pequeño burgo medieval que le habían recomendado visitar en la Emilia Romagna.

Desde la distancia el imponente peñasco rocoso, iluminado por la fría luz de invierno, acentuaba todavía más los muros de la inexpugnable fortaleza que se elevaban en un equilibrio imposible sobre el abismo a más de 500 metros de altitud, dominando el valle del Marecchia, un territorio preñado de acontecimientos históricos que harían enmudecer a la mismísima Rímini.


Nada más atravesar el arco de entrada al burgo, Norte se dio de bruces con una hermosa localidad digna de ser uno de los “borghi piu' belli d'Italia”. Tal como le había adelantado Marchelo, el locuaz recepcionista que le había informado en su hotel de Rímini, la pintoresca comuna, aparte de su calles de trazado medieval, contaba con la Rocca, una impresionante fortaleza, la Catedral, una Iglesia parroquial (pieve) y algunos palacios renacentistas como el Palacio Mediceo, residencia de los Condes Severini-Nardini  o el Palacio Della Rovere. 


Aparcó su automóvil en la plaza presidida por uno de los monumentos más emblemáticos de San Leo. En ese instante, los últimos rayos de sol incidían sobre la fortaleza que la familia Montefeltro mandó reformar en el siglo XV, transformándola en uno de los edificios militares renacentistas más hermosos de toda Italia, y que por conquistarla lucharon Malatesta o César Borgia.

Localizada en lo más alto de una colina rocosa, en 1631 se transformó en prisión hasta principios del siglo XX y fue famosa precisamente porque en ella, Giuseppe Balsamo más conocido como el Conde de Cagliostro, fue encarcelado por la Inquisición hasta su muerte por herejía. Cortesano en las cortes de Luis XV y Luis XVI de Francia este carismático, tramposo y bohemio personaje que tenía fama de alquimista,  rivalizó con Casanova en sus conquistas, con quien dicen competía, y también se le consideraba un sanador de enfermedades incurables además de su capacidad para hacerse invisible.


Caminó por las calles desiertas, disfrutando del bello atardecer que aquel día invernal le había regalado, hasta dar con la Catedral, un admirable ejemplo de templo románico-lombardo y una de las más bellas iglesias románicas que se conservan en Italia.


Junto a ella, una alta torre-campanario de origen bizantino, era el único resto que, junto con el Duomo, permanecía de la antigua ciudad sacra que allá por el siglo XII estaba conformado además por el Palacio Episcopal, la residencia de los Canónicos y posiblemente el Baptisterio.


A pesar del frío intenso, volvió sobre sus pasos,  para admirar la pieve de Nuestra Señora de la Asunción, la iglesia más antigua de San Leo y de toda la región; en ella se daba esa bella fusión entre arte, historia y leyenda que tanto entusiasmaba a Norte.


Porqué según la tradición, Leone, un cortador de piedra de origen dálmata que trabajó en Rímini, fue el constructor de la Iglesia y fundador de la comunidad de San Leo, favoreciendo la difusión del cristianismo por la región que concluiría con la creación de la diócesis de Moltefeltro y  él su primer obispo.


Y es que lo que realmente le despertó el interés a Norte fueron la historia y las leyendas que rodean este lugar y que, a lo largo de la historia, se vieron enriquecidas por visitantes ilustres como San Francisco de Asís o la mención expresa al lugar que aparece una de las obras maestras de la literatura italiana. Porque Dante Alighieri cita este a este lugar en uno de sus versos del cuarto canto de La Divina Comedia: “Cuando vayas a San Leo, mejor vuela que no andes”… posiblemente en referencia a la situación privilegiada que desde lo alto del Mons Feretrius tiene San Leo.