"Con las buenas ideas, y a veces también con las malas, pasa lo mismo que con los átomos de Demócrito o con las cerezas de la cesta, vienen enganchadas unas a otras" (José Saramago)

viernes, 10 de marzo de 2017

La ostentación vive en Chambord


Desde la distancia, el chateau se levantaba majestuoso y soberbio al final del largo canal del río Cosson, un pequeño afluente del río Loira. Como un gigantesco pastel cuajado de velas y dispuesto para el cumpleaños, Chambord fue el capricho de Francisco I, un empeño en el que el monarca invirtió una buena parte de los recursos de su reino en lo que para él era su ideal de hogar, un enorme castillo que cuenta con más de cuatrocientas cuarenta habitaciones, doscientas ochenta chimeneas y ochenta y cinco escaleras, sinónimo del lujo y la ostentación, y canon de belleza de la época.

Durante unos instantes, Norte trató de interiorizar lo que para la mayoría de la gente representa hoy en día el hogar, un espacio donde vivir, un lugar esencial, expresión de sus ideas y de su forma de entender la vida y, al compararlo con lo que estaba viendo, no pudo menos que sorprenderse por la magnificencia y suntuosidad del proyecto, fuera de toda lógica y de una dimensión incomprensible para un ciudadano del siglo XXI.

Lo cierto era que Francisco I transformó, entre 1519 y 1539, un sencillo pabellón de caza en una de las obras de referencia del estilo renacentista francés, muy influenciado por arquitectos  italianos como Doménico da Cortona, a quién se le atribuye el diseño básico del edificio, o el mismo Leonardo da Vinci, quién pasó los últimos años de su vida al servicio del monarca.


Estaba en el Valle del Loira, un lugar de cuento, donde hermosas praderas se confunden con bosques de ensueño, un territorio fecundo y generoso dominado por un río que discurre tranquilo por el centro del enorme y apacible valle; un lugar que muchos han denominado “el jardín de Francia”. Una zona en la que, durante más de tres siglos, la nobleza francesa construyó sus propiedades, rivalizando en suntuosidad y magnificencia.

Y en el centro de todo aquello estaba Chambord, quizás el origen y máxima expresión del concepto “vivir a la francesa” y en el que el monarca que lo mandó construir apenas llegó a alojarse medio centenar de días bajo su techo. Un castillo al que rodea un muro de treinta y dos quilómetros de longitud y cuyos dos metros y medio de altura encierran más de cincuenta quilómetros cuadrados de hermosos bosques y mantiene, todavía hoy en día a buen recaudo, la numerosa fauna cinegética, posiblemente las mismas especies que antaño eran objeto de las cacerías del rey.


Nada más entrar en su interior Norte pudo percibir toda la muestra de poder y riqueza que solo el ego y el capricho de un rey todopoderoso y extravagante como Francisco I podía permitirse. Por todas partes, como elemento decorativo de muchas de las bóvedas, la “F” y la “salamandra” estaban representadas hasta la saciedad.

La salamandra fue adoptada como emblema del rey, simbolizando el poder sobre el fuego, un animal mágico al que la leyenda que lo acompaña, “Nutrisco et extinguo” (“alimento y apago”) simboliza en cierto modo su poder sobre el fuego, pero también sobre los hombres y el mundo.


A medida que deambulaba por los espacios interiores no dejaba de sorprenderse por las grandes dimensiones de sus estancias. Todo en él era singularidad y desde sus espectaculares terrazas Norte puedo apreciar con detalle la recreación de las torres, chimeneas y atalayas, que en su conjunto conformaban un hermoso efecto orientalizante, subrayado por el colorido y el contraste que proporciona la decoración con la pizarra incrustada en la blanca arenisca con la que está construido el enorme castillo.


Pero si el conjunto es en sí mismo es una maravilla arquitectónica, la audacia con la se diseñaron sus alrededores no lo es menos y, aunque en un principio Francisco I pretendía desviar nada menos que el río Loira para convertirlo en el foso natural de defensa, finalmente tuvo que conformarse con trasvasar el río Cosson, un afluente del Loira. Norte elevó su ceja izquierda pensando si la obra de desvío de un pequeño afluente había logrado satisfacer la vanidad y la imperiosa necesidad de ostentación que el ego de su promotor deseaba para su proyecto.


Y de pronto, nada más verla, Norte se dio cuenta que el enorme edificio estaba construido alrededor de una escalera. Una enorme, monumental y hermosa escalinata que, situada en el centro mismo del palacio, asciende desde la planta baja hasta las terrazas superiores. Una obra de arte atribuida al mismísimo Leonardo Da Vinci y cuyo diseño de “doble revolución” hace que coexistan dos escaleras construidas en direcciones opuestas y que evitan que dos personas se encuentren cuando una baja y otra sube.


Y en su interior, una linterna ilumina las escaleras con luz natural cada una de las ventanas que se abren a las escaleras, como si se tratara de la savia que circula por el interior del tronco, dando vida a un árbol centenario.


Para Norte era la representación misma de los patrones naturales en los que se inspiró el Renacimiento. Porque la espiral no es una patente humana, sino fruto de la naturaleza. En conchas de caracoles, en estructuras de las plantas, en nada menos que en el ADN código universal de la vida, en la rotación del universo o el movimiento de las estrellas, en todas ellas la “curva de la vida” está presente.


Un último vistazo cuando se marchaba, le mostró una visión imponente del monumental edificio, toda una manifestación extrema de lujo. Durante un instante Norte pensó que la tentación, en efecto, vive en Chambord, y  sonrió cuando de pronto recordó el título de una famosa película “La tentación vive arriba” y pensó en la similitud de los términos. Fue entonces cuando  recordó la escena de Marilyn sobre una rejilla de ventilación del metro con su vestido blanco, una imagen mítica en el imaginario de los espectadores, quizás tan conocida como la imagen que él estaba viendo de Chambord, un alarde de exhibición realizado con vanidad.