"Con las buenas ideas, y a veces también con las malas, pasa lo mismo que con los átomos de Demócrito o con las cerezas de la cesta, vienen enganchadas unas a otras" (José Saramago)

viernes, 21 de abril de 2017

La plaza más bonita


Desde luego no era una plaza al uso, una plaza donde las madres llevan a sus hijos a jugar a media tarde mientras intentan que merienden. Tampoco era una de esas plazas  en las que el ayuntamiento organiza actividades festivas y lúdicas. Ni siquiera era un lugar en dónde se reúne la gente entrada en años para dejar correr plácidamente los días de su jubilación.

En torno a ella no se levantan las edificaciones que uno se puede encontrar en la inmensa mayoría de las plazas públicas, normalmente símbolos del poder civil o religioso. Allí no había ninguna grandiosa catedral ni siquiera un sencillo ayuntamiento que le arrebatase el protagonismo a aquel remanso de paz en medio de la ciudad.


Tampoco era una plaza propiamente dicha, o por lo menos no correspondía a la “foto” que Norte tenía de un lugar como ese. En realidad tenía mucho de jardín, era como si fuese un parque privado de una enorme urbanización en el que la entrada está restringida y del que solo sus vecinos y, ocasionalmente, sus invitados pueden disfrutar. Y ahí radicaba precisamente para él su singularidad y su atractivo.

Era como una inmensa casa sin paredes. Habitaciones en las no había tabiques que ampararan a sus moradores. Y sin embargo, a él le gustaba pasear por aquel parque, sentarse en sus bancos y sentirse como un vecino más. Por esa razón, cuando visitaba la ciudad, intentaba alojarse en alguno de los muchos apartamentos de alquiler del Marais, quizás en un vano intento de formar parte de aquella comunidad.

Así que, una vez más caminó hacia una zona abrigada de la plaza. Allí, el sol del otoño le proporcionaba la calidez que buscaba. Era su zona preferida del parque y la había elegido como quién se decide por una casa, por su orientación, por sus vistas, por sus vecinos…, en fin esos criterios que todo el mundo suele valorar cuando busca un lugar donde vivir.

Y justo en una “estancia” próxima al banco hacia donde se dirigía, una joven pareja de novios posaban para su fotógrafo, ajenos al mundo que los rodeaba, solo pendientes de su propia felicidad.

̶  Félicitations aux jeunes mariés pour leur heureuse union ̶  les saludó Norte al pasar justo por su lado.

La pareja le devolvió el saludo con una leve inclinación de cabeza y con una enorme sonrisa dibujada en su rostro. Era como si un vecino del piso de arriba les acabase de felicitar por su compromiso.


Mientras tanto, al otro lado del “rellano”, en un parterre próximo, otro inquilino con apariencia de rastafari se relajaba fumando un pitillo mientras escuchaba quizás su música favorita. En realidad era como si estuviese en la sala de su apartamento, rodeado por todo aquello que le importaba.


Aquí y allá, repartidos por todo el parque, los inquilinos de la plaza descansaban al sol, charlaban o simplemente observaban a los viandantes como si se asomaran a las ventanas de los elegantes pabellones simétricos de ladrillo rojo que la rodean.


Porqué la Place des Vosges, es para Norte la plaza más bonita de todo Paris. Una elegante plaza renacentista, construida bajo el reinado de Enrique IV que atesora entre las verjas que la rodean, una buena parte de la historia de Paris y en donde residieron personajes ilustres como el Cardenal Richelieu o Victor Hugo.

Además también se ha convertido en el centro neurálgico de El Marais; uno de los barrios más interesantes de la ciudad, con sus calles adoquinadas, pequeños y escondidos patios, sus elegantes hotêls que son en realidad hermosas mansiones que conservan todo su encanto, sus seductoras galerías de arte, además de tiendas, restaurantes y cafeterías de cuidada estética.


Bajo los tilos, amparado por las paredes transparentes de su apartamento, Norte se dispuso para su pic-nic urbano, una solución muy parisina pero que en aquella bonita plaza tenía cierto aire de pueblo.

sábado, 8 de abril de 2017

Cae la noche…


Hay un momento mágico del día, tan solo un par de horas sorprendentes, en las que todo parece detenerse. Después de la frenética actividad que desplegó durante el día y justo antes de que la ciudad se ilumine de nuevo, Manhattan se toma un pequeño respiro. Es el atardecer, junto antes de caer la noche…

Desde el South Ferry de Staten Island, la Estatua de la Libertad destaca sobre el escenario dorado del atardecer y recupera el protagonismo que durante el día le fue arrebatado.


Mientras tanto, el Flatiron sirve de telón de fondo a las sombras que el atardecer dibuja en su fachada.


Y la corona del Edificio Chrysler emite sus últimos destellos dorados antes de que se ilumine al caer la noche.


El SoHo se prepara para mudar su piel…


Y los edificios reciben los últimos rayos de sol...


… mientras, a orillas del East River, bajo el puente de Brooklyn, comienza el espectáculo cuando cae la noche y las luces de las oficinas del Dawntown comienzan a encenderse.

domingo, 2 de abril de 2017

Frente a la inmensidad azul


Lo divisó a lo lejos. Desde Cabo Home, recortado contra el horizonte, con sus apenas 160 metros de altitud, destacaba como un faro en medio de la noche.  Situado en el extremo más occidental de la península del Morrazo, “O Facho de Donón” era para él un lugar mítico, casi mágico, un promontorio privilegiado que contempla impertérrito la inmensidad azul del océano.

Pero si desde la lejanía, con el mar se estrellándose incansablemente a sus pies, la costa de la Vela, recortada y abrupta hasta el infinito le resultaba ciertamente sugestiva, desde lo más alto del monte Facho, Norte se sintió especialmente conmovido. Disfrutar, como él lo estaba haciendo, de un espectáculo como aquél era difícil de igualar. Se encontraba frente a la naturaleza en estado puro, un paraje natural especialmente hermoso y singular.

A su izquierda podía distinguir Cabo Home, marcando la entrada Norte de la Ría de Vigo, y más allá, al fondo, recortadas sobre el horizonte y difuminadas por la bruma salina del mar, las Islas Cíes. Y de pronto recordó como precisamente unos marineros de Cangas, una localidad muy cercana a donde él se encontraba en ese momento, le enseñaron que a la espuma que produce el mar al batir contra las rocas cuando está picado, ellos le llaman salseiro, una hermosa palabra que Norte ya no olvidó jamás.


Hacia el otro lado, la panorámica no tenía nada que envidiar. Recortadas contra el horizonte, se elevaban sobre el Océano Atlántico las Islas Ons, resguardando a la Ría de Pontevedra de los embates del mar.

Pero para Norte, el Monte Facho era algo más que una privilegiada atalaya desde donde se domina una hermosa  panorámica. O Facho era historia, era tradición, era mitología, era sin duda un lugar fantástico que lo enamoró cuando lo descubrió y que dejó una huella indeleble en sus recuerdos.

Porqué cuando llegó a su cima, después de una agotadora subida, se dio de bruces con los restos circulares de las construcciones castrexas que asoman entre la vegetación que cubría las laderas allí en donde la naturaleza les había dado una oportunidad para crecer sobre un suelo esquelético y pobre, constantemente batido por el viento salino del mar. Se trata de un emplazamiento que data de los siglos IV al I antes de Cristo. Era Beróbriga, un hermoso nombre para un bello emplazamiento.


Diseminadas por las laderas, Norte pudo contemplar los restos de más de cincuenta construcciones circulares, algunas de excepcional tamaño. También restos de las murallas y el foso que defendían el excepcional emplazamiento del primitivo castro celta. Una auténtica ciudad de la prehistoria con un valioso patrimonio arquitectónico y artístico de un antiguo pueblo, los celtas, siempre rodeado de un halo de leyenda que hace todavía lo hacía más hermoso. 


Pero es que además, el Monte Facho representaba para Norte un centro espiritual verdaderamente singular, ya que posiblemente su dios Berobreo fuese el origen de uno de los templos de peregrinación religiosa más antiguos de la Península Ibérica. Un dios galaico relacionado con la muerte y al que se le veneraba en busca de salud. Norte elevó su ceja izquierda en un gesto sutil e involuntario al pensar que quizás las cosas no cambiaron demasiado en los últimos veinte siglos.

Y es que a pesar de que el poblado castrexo fue abandonado, tras más de cuatro siglos de ocupación, lo cierto es que el culto a su dios se mantuvo durante varios siglos más, incluso durante la dominación romana. Fue entonces cuando Norte se detuvo frente a tres hermosas representaciones de altares votivos, una pequeña muestra de las más de 170 que se habían descubierto en recientes excavaciones y que ponen de manifiesto la devoción que los peregrinos tenían a Berobreo, al cargar a cuestas las pesadas aras de piedra hasta la cima del monte para componer lo que debió ser un hermoso bosque de aras.


Finalmente Norte llegó a la cima. Allí en lo más alto, dominando un paisaje excepcional, se levantó en el siglo XVIII, posiblemente sobre los restos de un antiguo faro romano,  una curiosa garita que, con toda probabilidad formaba parte de una antigua red de vigilancia costera. Un sistema de avisos consistente en una hoguera de paja mojada (facho en gallego) que sin duda produciría una gran cantidad de humo y que sería avistada desde una buena parte de la costa gallega, especialmente en la época de las invasiones normandas. 


Desde la garita del Monte Facho, Norte no pudo menos que rendirse a la simple contemplación de la naturaleza. En un lugar con más de 2.400 años de historia a sus espaldas, frente a la inmensidad azul,  sintió una vez más la esencia del universo.