domingo, 2 de abril de 2017

Frente a la inmensidad azul


Lo divisó a lo lejos. Desde Cabo Home, recortado contra el horizonte, con sus apenas 160 metros de altitud, destacaba como un faro en medio de la noche.  Situado en el extremo más occidental de la península del Morrazo, “O Facho de Donón” era para él un lugar mítico, casi mágico, un promontorio privilegiado que contempla impertérrito la inmensidad azul del océano.

Pero si desde la lejanía, con el mar se estrellándose incansablemente a sus pies, la costa de la Vela, recortada y abrupta hasta el infinito le resultaba ciertamente sugestiva, desde lo más alto del monte Facho, Norte se sintió especialmente conmovido. Disfrutar, como él lo estaba haciendo, de un espectáculo como aquél era difícil de igualar. Se encontraba frente a la naturaleza en estado puro, un paraje natural especialmente hermoso y singular.

A su izquierda podía distinguir Cabo Home, marcando la entrada Norte de la Ría de Vigo, y más allá, al fondo, recortadas sobre el horizonte y difuminadas por la bruma salina del mar, las Islas Cíes. Y de pronto recordó como precisamente unos marineros de Cangas, una localidad muy cercana a donde él se encontraba en ese momento, le enseñaron que a la espuma que produce el mar al batir contra las rocas cuando está picado, ellos le llaman salseiro, una hermosa palabra que Norte ya no olvidó jamás.


Hacia el otro lado, la panorámica no tenía nada que envidiar. Recortadas contra el horizonte, se elevaban sobre el Océano Atlántico las Islas Ons, resguardando a la Ría de Pontevedra de los embates del mar.

Pero para Norte, el Monte Facho era algo más que una privilegiada atalaya desde donde se domina una hermosa  panorámica. O Facho era historia, era tradición, era mitología, era sin duda un lugar fantástico que lo enamoró cuando lo descubrió y que dejó una huella indeleble en sus recuerdos.

Porqué cuando llegó a su cima, después de una agotadora subida, se dio de bruces con los restos circulares de las construcciones castrexas que asoman entre la vegetación que cubría las laderas allí en donde la naturaleza les había dado una oportunidad para crecer sobre un suelo esquelético y pobre, constantemente batido por el viento salino del mar. Se trata de un emplazamiento que data de los siglos IV al I antes de Cristo. Era Beróbriga, un hermoso nombre para un bello emplazamiento.


Diseminadas por las laderas, Norte pudo contemplar los restos de más de cincuenta construcciones circulares, algunas de excepcional tamaño. También restos de las murallas y el foso que defendían el excepcional emplazamiento del primitivo castro celta. Una auténtica ciudad de la prehistoria con un valioso patrimonio arquitectónico y artístico de un antiguo pueblo, los celtas, siempre rodeado de un halo de leyenda que hace todavía lo hacía más hermoso. 


Pero es que además, el Monte Facho representaba para Norte un centro espiritual verdaderamente singular, ya que posiblemente su dios Berobreo fuese el origen de uno de los templos de peregrinación religiosa más antiguos de la Península Ibérica. Un dios galaico relacionado con la muerte y al que se le veneraba en busca de salud. Norte elevó su ceja izquierda en un gesto sutil e involuntario al pensar que quizás las cosas no cambiaron demasiado en los últimos veinte siglos.

Y es que a pesar de que el poblado castrexo fue abandonado, tras más de cuatro siglos de ocupación, lo cierto es que el culto a su dios se mantuvo durante varios siglos más, incluso durante la dominación romana. Fue entonces cuando Norte se detuvo frente a tres hermosas representaciones de altares votivos, una pequeña muestra de las más de 170 que se habían descubierto en recientes excavaciones y que ponen de manifiesto la devoción que los peregrinos tenían a Berobreo, al cargar a cuestas las pesadas aras de piedra hasta la cima del monte para componer lo que debió ser un hermoso bosque de aras.


Finalmente Norte llegó a la cima. Allí en lo más alto, dominando un paisaje excepcional, se levantó en el siglo XVIII, posiblemente sobre los restos de un antiguo faro romano,  una curiosa garita que, con toda probabilidad formaba parte de una antigua red de vigilancia costera. Un sistema de avisos consistente en una hoguera de paja mojada (facho en gallego) que sin duda produciría una gran cantidad de humo y que sería avistada desde una buena parte de la costa gallega, especialmente en la época de las invasiones normandas. 


Desde la garita del Monte Facho, Norte no pudo menos que rendirse a la simple contemplación de la naturaleza. En un lugar con más de 2.400 años de historia a sus espaldas, frente a la inmensidad azul,  sintió una vez más la esencia del universo.