sábado, 17 de junio de 2017

La plaza del conocimiento


A pesar de que las bibliotecas no eran un espacio desconocido para él y que, a lo largo de su vida, había trabajado y disfrutado al amparo de anaqueles repletos de libros en muchos lugares, en cuanto se sentó en aquella sala, Norte se dio cuenta de que era un amor a primera vista,... pese a ello, no sabría decir el porqué de ese enamoramiento en el primer encuentro. 

Se hallaba en un país altamente tecnológico, en plena era digital y en un ámbito, el de la información, que rápidamente se incorporó a la New Media Age y, sin embargo, la Boston Public Library, con su estructura de biblioteca tradicoinal, ejerció una enorme fascinación sobre él. 

Quizás haber sido la primera biblioteca pública municipal de los EEUU era un honor que sin duda haría enorgullecer a cualquiera y si además se puede presumir de ser la primera biblioteca pública que permitió, allá por el año 1854, el préstamo de libros para llevarlos a casa, convierte a la Boston Public Library en un lugar de reputado prestigio.


O acaso los 15 millones de volúmenes o los más de 350.000 mapas antiguos y obras de Rembrandt, Durero, Goya o Toulouse-Lautrec, que habitan en su interior constituyan un argumento difícil de rebatir.


Todo ello acogido en un hermoso edificio de estilo neorenacentista en el que sobresalen la sala de lectura Bates Hall, la escalinata principal, los leones de mármol o la galería de muros pintados,… tal vez fuese por todo ello, pero el resultado fue que Norte se sintió seducido desde el primer instante. 


Porque Boston huele a libro y como en una enorme Ágora, en Copley Square, la Boston Public Library fue denominada como “palacio para el pueblo”. Un lugar en donde, con la lectura se infunde el placer de la lentitud, donde la curiosidad se impone como parte importante de la búsqueda del conocimiento, donde la creatividad y la sorpresa por lo desconocido campan a sus anchas,… es la plaza del conocimiento.