martes, 1 de agosto de 2017

Rosalila



La sensación de frescor apenas duró. En cuanto se secó, en tan solo un par de minutos, un bochorno insoportable volvió a hacer que su piel de nuevo transpirara copiosamente. Salió rápido del baño buscando el frescor que a intervalos producía un enorme ventilador situado en el techo y repentinamente se encontró mejor, tumbado en la cama bajo aquel bendito invento que le devolvía a la vida a cada giro de sus aspas. Lentamente cerró los ojos y se adormeció.

Un poco aturdido, como si le costase salir del profundo sueño en el que se había sumido, Norte fue recuperando la consciencia y recordó el larguísimo viaje desde Guatemala, su visita a la ciudad maya de Copán en Honduras y su regreso a la habitación del albergue donde se alojaba en Copán Ruinas, una localidad situada a escasa distancia del sitio arqueológico.

Bajo un sol abrasador, había disfrutado de unos restos arqueológicos únicos, cuyo principal atractivo estaba en la Pirámide de los Jeroglíficos, con casi 30 metros de altura y, en cuya escalinata la inscripción pétrea con más de 2.500 glifos en los 62 peldaños, cuenta historias relacionadas a sus antiguos gobernantes, especialmente el décimo quinto, Humo-Caracol.


También había disfrutado de un campo de pelota maya con sus marcadores en forma de cabeza de guacamayo. Era un juego sagrado que se realizaba durante los rituales agrarios pero también tenía un significado religioso y astronómico.


Abrió la ventana de su habitación y enseguida percibió el intenso y penetrante olor a selva, a musgo y orquídeas, a misterio y aventura. Del exterior, la luz mortecina procedente de un farol, apenas conseguía romper la negrura de la noche y el ruido procedente de conversaciones de pequeños grupos de personas le indicaban que el frescor nocturno había logrado proporcionar un pequeño alivio a las altas temperaturas que habían sufrido durante el día.

De pronto, un sordo ruido abdominal le recordó que desde el copioso desayuno no había vuelto a probar alimento; así que se vistió a toda prisa y salió decidido a buscar un lugar donde cenar.

Callejeó por las empinadas calles disfrutando de la agradable temperatura hasta dar con un colorido y alegre local con sugerentes aromas. “Carnitas Nia Lola”, una antigua herrería reconvertida en restaurante, parecía el local más concurrido de todo Copán Ruinas. Así que Norte se animó  y pidió una mesa pensando en que la soledad, con demasiada frecuencia, se vuelve cruel.

̶  Una “Imperial” y unas fajitas de res a la fragua con guacamole, chile dulce y cebolla, por favor –solicitó Norte a la simpática camarera después de ojear la carta.

Mientras esperaba, observó a la clientela con cierto interés. Una variopinta mezcolanza de turistas y lugareños, charlaba animadamente, intentando hacerse oír por encima de la música folclórica que sonaba en el local. Las meseras servían las bebidas y los platillos no solo portándolos con sus manos sino también, en precario equilibrio, sobre sus cabezas en un intento de causar sensación entre los turistas.

Mientras saboreaba la refrescante cerveza, Norte se fijó en una de las mesas situada justo a su izquierda, en una esquina del local. La única que, como la de él, estaba ocupaba por una sola persona. En ella, una joven de rasgos centroamericanos con una larga melena de color negro azabache, observaba con detenimiento un plano desplegado sobre la mesa.

 ̶  ¿Preparando la ruta de mañana? –se atrevió a preguntar Norte, deseoso de un poco de conversación durante la cena.

Un poco sorprendida la mujer levantó la vista de los papeles y durante unos instantes se mantuvo en silencio, como evaluando la respuesta que debía dar. Finalmente, en su rostro se dibujó una hermosa sonrisa antes de contestarle.

̶  Oh no. Estoy aquí por trabajo, no por turismo.

̶  Disculpe, no quería importunarla.

̶  No importa, simplemente estaba repasando unas cosas y ya había acabado. Me tomaba una cerveza antes de comenzar a cenar pero no tengo muchas ganas y ya pensaba irme.

̶  Mi nombre es Norte. ¿Le apetece tomarse una cerveza y compartir mi cena? Yo tampoco tengo mucho apetito y creo que lo que pedí bastará para los dos.

.̶  ¿Norte?, ¿qué nombre es ese? –preguntó por fin, tras un prolongado silencio, quizás intrigada por el origen de su interlocutor.

– Disculpe de nuevo –sonrió ofreciéndole una de las sillas vacías de su mesa– soy español y, en efecto, ese nombre no aparece en el santoral, al menos que yo conozca. En realidad es un seudónimo, un alias que utilizo desde hace tiempo, tanto que realmente ya me olvidé de cómo lo adopté. ¿Y usted?, ¿cómo se llama?

̶  ¡Ah! Perdón, mi nombre es Rosa Lila, Rosa Lila Medrano y soy hondureña  ̶ le contestó al tiempo que recogía sus papeles y se cambiaba de mesa.

̶  ¿Rosa Lila?, ¿cómo el templo?


̶  Sí, en realidad es una vieja historia  ̶ sonrió ̶ . Soy arqueóloga y mi padre fue contratado como tantos otros hondureños para trabajar en las excavaciones de Don Ricardo Agurcia aquí en Copán. Cuando descubrieron el  templo, mi padre fue uno de los afortunados que trabajaron en su interior. Eso le causó tanta impresión que cuando, a los pocos meses, nací decidió ponerme el nombre del templo y más tarde, ¡ya ve!, no pude inhibirme a la “maldición familiar” y estudié arqueología. Ahora mismo trabajo para el  Instituto Hondureño de Antropología e Historia.


̶  ¿Qué casualidad?, hoy mismo estuve visitando Copán y mañana tengo pensado volver para  visitar el Templo de Rosalila. Vine ex profeso desde Guatemala para conocerlo  ̶ aclaró sorprendido mientras pedía a las meseras dos cervezas bien frías ̶ .  ¿No me dirá que trabaja en el templo?

̶ No, ¡ya sería mucha casualidad! Ahora mismo estoy trabajando en la Pirámide de los Jeroglíficos. Precisamente estaba repasando unos datos antes de acostarme.

̶  Sí, hoy mismo estuve disfrutando de esa escalera mágica. ¿Es posible que estuvieses allí?

̶  Pues claro. Soy la única mujer del equipo y ahora mismo estoy yo sola. Mis compañeros se fueron a Tegus hoy por la tarde y volverán en un par de días, así que podré descansar un poco.

̶  ¿O sea que estás estudiando los glifos de la escalera?... ¿qué dicen?

̶  En realidad es un poco aburrido ̶ aclaró Rosa Lila ̶ . Cuentan la historia de diversos reyes de Copán y lo hacen por medio de un sistema que, con símbolos, representan palabras completas y sílabas.

̶  ¿Y el templo de Rosalila?  ̶ preguntó de nuevo Norte mientras le servía una fajita de carne de res ̶ , ¿es tan hermoso como dicen? ¿Sabes?, acostumbro a no documentarme demasiado sobre los sitios a los que voy, especialmente en lo relativo a cuestiones gráficas. No quiero perderme ese momento sorprendente de ver las cosas por primera vez.

̶  Rosalila,  es uno de los edificios enterrados, o mejor dicho “entumbados”, del templo 16, el más alto de la acrópolis. Como ya te dije mi padre estuvo desescombrando cuando Don Ricardo Agurcia descubrió el santuario casi intacto. Su principal característica es que conserva la decoración original de estuco pintado. De hecho se mantiene así porque cuando Rosalila fue sepultada se hizo con tanto cuidado que fue como si pusiesen un sombrero de talla más grande sobre otro más pequeño.

̶  Mejor no me cuentes más. ¿Qué te parece si mañana me haces de guía?  ̶ propuso sonriente a la vez que pedía un par de copas de Guaro  ̶ al fin y al cabo mañana no tienes trabajo.

̶  ¿Sabes que decía Gabriel García Márquez sobre el aguardiente?  ̶ continuó Norte a modo de brindis, tan pronto pusieron la bebida sobre la mesa ̶ :  “De las cosas que ha inventado la gente; ninguna, señores, como el aguardiente. Que es pura agua y brilla; con su sabor te abriga y con su aliento te da socorro..."


̶  ¿Y tú crees que un europeo podrá ver un alux?  ̶ preguntó Norte con voz pastosa, visiblemente afectado por el aguardiente.

̶  ¡Pues claro!, incluso hay referencias de algún gringo que logró verlos   ̶ respondió con chanza mientras se reía escandalosamente ̶  . En todo caso te advierto que solo se pueden ver durante la noche.

Para su sorpresa, Rosa Lila resultó ser una bebedora experimentada que sobrellevó con una normalidad pasmosa la media botella de Guaro que le había correspondido durante la larga sobremesa de la cena.

Cuando una amable camarera les invitó con cortesía a abandonar el restaurante, se percataron que solo ellos permanecían en el  comedor y que, por el aspecto de las mesas restantes, ya debía hacer un buen rato que todos los demás clientes se habían marchado. Así que Norte se apresuró a pagar, sin olvidarse de dejar una generosa propina y, entre risas, salieron al frescor de la noche.

̶  Los aluxes son algo parecido a vuestros duendes. Tienen un cuerpo infantil pero con detalles y aspecto de personas adultas y se dedican a hacerle travesuras a aquellos que desobedecen a los dioses pero, especialmente protegen y cuidan las propiedades y cultivos de sus creadores y si sorprenden a alguien robando en los huertos, les apalean y vuelven a pegar los frutos de donde los tomaron.

̶  Pero ¿qué aspecto tienen?   ̶ preguntó cada vez más interesado.


 ̶  En realidad son pequeñas figurillas amasadas con barro virgen y compuestos a partir de elementos elaborados durante varios viernes. Los animales del bosque les proporcionan lo mejor de sí –prosiguió Rosa Lila ̶ .  Así, por ejemplo, las lagartijas les dan sus patas para andar sigilosamente, las lechuzas sus ojos para ver en la oscuridad, los monos sus brazos para trepar a los árboles y su corazón es una mezcla del de paloma y el jaguar para conjugar ternura y valor.

 ̶  Pues yo no quiero irme sin ver uno de esos seres  ̶ afirmó rotundo, haciéndole un guiño ̶ .  Así que no vas a tener más remedio que acompañarme e iniciarme en los misterios de la cultura maya.

̶  Está bien  ̶ contestó por fin Rosa Lila, tras valorarlo durante unos instantes ̶ .  Conozco un lugar, no muy lejos de aquí en donde dicen que por las noches se pueden ver. Se trata de un antiguo silo de trigo excavado en la piedra que está fuera del sitio arqueológico. Solo necesitamos unos cigarrillos y un poco de maíz para la ofrenda, una linterna y alguien que nos acerque hasta allí.

̶  Eso no es problema. Deja que hable con el recepcionista del hotel dónde me hospedo. Seguro que él es capaz de solucionarlo.

Apenas veinte minutos después viajaban dando tumbos en el asiento trasero del Tuc Tuc que los acercó en unos minutos hasta una zona boscosa cercana y, tras pactar con el conductor que volviera a buscarlos al amanecer, tomaron un pequeño sendero que Rosa Lila iluminó con la potente linterna que le habían prestado.

Si el bosque hondureño durante el día parecía misterioso y exuberante, durante la noche su aspecto se volvía enigmático, impenetrable y, sobre todo, peligroso. La negrura más absoluta más allá del haz de luz de la linterna y los ruidos lejanos de los monos aulladores, con sus chillidos guturales y desgarradores contribuyeron todavía más a esa sensación, tanto que instintivamente Rosa Lila y Norte se tomaran de la cintura intentando aminorar la sensación de aislamiento y temor que ambos comenzaban a sentir y que eliminó de un plumazo los últimos vestigios de alcohol que les pudieran quedar.

Tras una corta caminata Rosa Lila enfocó por fin un pequeño agujero circular abierto en el suelo, en un pequeño claro abierto en la espesa vegetación. En el interior un recinto de unos tres o cuatro metros cúbicos, excavado en la roca.


̶  ¡Este es!  ̶ confirmó por fin, dando un pequeño suspiro de alivio ̶ , por un momento pensé que no lo encontraría. Como puedes ver se trata de un pequeño silo para almacenar alimentos. Ahora solo tendremos que depositar las ofrendas y esperar en silencio, por ejemplo ahí   ̶ dijo iluminando con la linterna las raíces de una gran ceiba que crecía a escasos metros.

Buscaron acomodo abrazados bajo la protección de las enormes costillas que apuntalaban el impresionante ejemplar de ceiba y se dispusieron a esperar, atentos a cualquier señal que les indicara que un algún alux merodeaba por las inmediaciones.


De pronto un ruido lo sobresaltó, despertándolo del profundo sueño en el que se había sumido. Tras unos instantes de vacilación, Norte recordó la cena, la arqueóloga hondureña, la botella de Guaro y la estúpida idea de intentar ver a un pequeño duende maya. A su lado, bajo la manta que los cubría de la humedad de la noche, sintió la rítmica respiración de Rosa Lila durmiendo profundamente sobre su pecho. La besó dulcemente y se dispuso a dormir un rato más, sin embargo, el rumor de unos pasitos, carreras y saltos destacó claramente en el silencio de la noche, muy cerca de donde ellos se encontraban y Norte sonrió y cerró los ojos. Pronto amanecería y, con la luz del día, el mito maya de los aluxes se transformaría nuevamente en una leyenda.