viernes, 15 de diciembre de 2017

Quizás la más bella librería del mundo


A pesar de haberlo visto con anterioridad en varias publicaciones, Norte se quedó sencillamente impresionado. Nada más atravesar las puertas de El Ateneo, el ruidoso y molesto caos del tráfico de la Avenida Santa Fe cesó repentinamente y, ante él se abrió una escena que lo impactó. Por todas partes, distribuidas en lo que en su día fueron el patio de butacas y los palcos de un teatro, se disponían cientos de estanterías con sus anaqueles repletos de libros que harían las delicias del más exigente de los bibliófilos.


Había estado en muchas librerías hermosas a lo largo de su vida. Había disfrutado, admirando las más bellas encuadernaciones, había buscado primeras ediciones, se había deleitado con el olor a libro nuevo o simplemente se había recreado pasando las páginas de aquel libro con el tacto y el grosor de papel perfecto. Y es que Norte conocía y sufría esa bendita obsesión que le obligaba a pasearse como un poseso entre las estanterías de las librerías y a recorrer los interminables estantes repletos de libros.


Pero es que además, visitar El Ateneo, puso a Norte en la disyuntiva de disfrutar de una librería con más de 120.000 volúmenes a la venta o adentrarse en un hermoso edificio que te obliga a admirar su belleza. Porque la Librería El Ateneo está construida en lo que un día fue el teatro Grand Splendid, conservando todo el esplendor de la decoración original que allá por 1919 fascinó a los bonaerenses. Los frescos de su enorme cúpula, las barandillas de los palcos con una rica ornamentación de dorados y rojos que siguen conservando la elegancia innata de los grandes teatros. Todo se asociaba para integrar ambos conceptos y mostrarnos, quizás la más bella librería del mundo.

Para él, deambular entre aquellas estanterías, era como convertirse en el protagonista de alguna de las novelas que descansaban pacientemente en los estantes, transformarse en el personaje de un cuento o, simplemente, quedarse atrapado en una de las innumerables historias que atesoraban aquellos volúmenes. Esa hermosa conjunción de continente y contenido era para Norte el puro placer por la belleza.


Pero por si todo eso no fuese suficiente, allí al fondo, presidiéndolo todo, destacaba el escenario. El mismo escenario en el que actuaron galanes y actrices de la época y que conserva todavía el telón de terciopelo original. Es el mismo escenario que acoge la cafetería donde se puede disfrutar de un mate o un café,… quizás los mejores compañeros para una tarde de lectura.


Fue entonces cuando Norte se fijó en un libro que alguien había dejado sobre uno de los sillones que, repartidos por toda la sala, permiten disfrutar de la lectura. Y de inmediato una sonrisa se le dibujó en su rostro. Se trataba de “El libro de arena”, de Jorge Luis Borges, y recordó que “ni el libro ni la arena tienen principio ni fin”. Añoranza y belleza a partes iguales para una librería de una ciudad, Buenos Aires, que destila amor por la cultura y los libros.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Horadando las olas


Nada más cerrar la puerta y posar su maleta, Norte descorrió las cortinas que cubrían el enorme ventanal de su habitación. A pesar de ser tan solo las tres de la tarde, las nubes y el viento que azotaban la costa portuguesa producían una enorme y hermosa sensación de dramatismo que acrecentaba la agreste belleza de los acantilados sufriendo las embestidas del mar.

Y, de pronto, todo su malestar se esfumó como por arte de magia. Su monumental enfado con la compañía aérea por el retraso en el vuelo y la consiguiente pérdida de su enlace fue atenuándose a medida que el viento húmedo y cargado de salitre que entraba por el ventanal abierto de par en par, inundaba sus pulmones.

Sin casi explicaciones lo habían alojado en Ericeira, una pequeña población situada a más de 50 Km de Lisboa, a la espera de las más de 24 horas que tendrían que pasar hasta su próximo vuelo. Finalmente, resignado, comprendió que era inútil rebelarse y que solo conseguiría aumentar su mal humor; así que, sin perder un instante, se enfundó la única prenda de abrigo que llevaba y salió del hotel dispuesto a disfrutar de la pequeña población pesquera.


Sin pensárselo dos veces se dirigió hacia el puerto pesquero situado en la base de los acantilados. Desde la playa que se abría al abrigo del espigón podía contemplar allá arriba, la fachada marítima del pueblo con sus casas ribeteadas de azul, un azul desdibujado por la fría y gris luz invernal y la fina lluvia que caía en eses instantes.


Mientras tanto, frente a la playa, un grupo de surfers esperaba pacientemente para coger las olas más grandes y Norte se quedó un buen rato contemplándolos. Para un amante del mar como él, ardiente entusiasta de la navegación a vela, el surf siempre le había parecido un deporte apasionante, y que posiblemente, para muchos de ellos, trascienda de una simple afición a un modo de vida.


Y es que Norte tenía algunos amigos surfers que se movían como nómadas de playa en playa, en una búsqueda incesante de la ola perfecta, pero compartiendo, respetando, aprendiendo y, sobre todo, sintiendo, unos valores que él había visto encarnados muchas veces en ellos y que en cierta medida envidiaba.


Viendo a aquellos chicos flotando en sus tablas sobre el mar, esperando pacientemente las olas, sin ningún ánimo de competir, Norte podía sentir su pasión por el mar, su búsqueda constante de sensaciones, horadando las olas con sus tablas para atrapar la magia que existe en el mar y que transmite el surf.


Poco a poco, al caer la tarde, los surfers comienzan a retirarse. Con sus tablas a cuestas vuelven a tierra, posiblemente recordando el último impulso para ponerse en pie sobre la tabla y deslizarse por la ola; y que Norte imaginaba como algo muy semejante a una danza que hace aflorar de nuevo sensaciones que recorren cada centímetro de sus cuerpos.


Para cuando llegan a Ericeira, la noche se ha precipitado sobre las estrechas calles del pequeño pueblo de pescadores que ahora comparte espacio con esta nueva forma de ver y entender la vida.