domingo, 1 de diciembre de 2019

Al filo del abismo


No sabía si se habría debido a una configuración planetaria especial, a la fortuna o a su pertinaz insistencia, … el caso es que cuando por fin encontró una fecha con entradas libres para visitar el lugar y comprobó que sus obligaciones laborales se lo permitían, Norte no lo dudó un instante.

No le hizo falta mucho tiempo para comprender el porqué de su fama. Y es que el Caminito del Rey encerraba un medio natural que le fascinó desde el primer momento, con esa abrumadora y deslumbrante belleza que la naturaleza ha modelado, con la perseverancia y la paciencia de un artesano, durante miles de años.

Apenas había caminado un quilómetro cuando Norte tuvo que detenerse. Aún no había llegado al primero de los cañones que había de atravesar y ya podía disfrutar de unas espectaculares vistas. Frente a él, el río Guadalhorce serpenteaba parsimonioso por la depresión caliza que contrastaba con la intensidad del verde de los pinares que trepaban por las laderas que conformaban aquella parte de la Cordillera Subbética. Durante unos instantes, bajo un pino carrasco, disfrutó de la simple contemplación de aquel entorno privilegiado.


Tan pronto reanudó la marcha y a medida que se aproximaba al desfiladero de Los Gaitanejos, Norte intentaba comprender los complejos procesos geológicos que habían dado lugar a aquel laberinto de elevaciones calizas formadas en el fondo marino hace millones de años y profundos cañones tallados en la piedra. 


Pero fue en la entrada del cañón cuando pudo en verdad apreciar los estratos verticales de calizas. Las paredes del tajo de más de 100 metros de altura apenas se separaban, en algunos puntos, más de un metro y era precisamente esa verticalidad la que imponía su tiranía a la flora que se asentaba en los escasos lugares donde se daban las condiciones vitales para sobrevivir. Mientras tanto, allá abajo, el río continuaba con su perseverante e infinita labor de desgaste y erosión de la piedra caliza.


Y de pronto el cañón se abrió a un amplio valle. La opresión causada por las paredes que parecía que de un momento a otro iban a estrujar a los caminantes desapareció y de nuevo la luz y el aire fresco y vivificador lo envolvió.


Como una tregua en el fragor de la batalla, el Valle del Hoyo se abrió dejando que sauces y álamos crecieran al borde del río, mientras que acebuches, sabinas, lentiscos, algarrobos y plantaciones de pino carrasco tapizaban las laderas. Y entre ellos, aquí y allá, las eneas, los tarajes y los carrizos acrecentaban la diversidad vegetal de la zona.


Y por si eso no bastara, para completar el orden natural que reinaba en el lugar, el alimoche, el buitre leonado, el halcón abejero o el águila real patrullaban los cielos mientras la cabra montesa, el zorro, el tejón o el lirón deambulan camuflados entre la vegetación, bajo la atenta mirada de las aves rapaces

Y, de nuevo, el valle volvió a cerrarse y otro estrecho cañón apareció ante él. Otra vez la verticalidad retomó el protagonismo y la proximidad opresiva de las paredes del desfiladero, esta vez el de los Gaitanes, reapareció.


A pesar de la seguridad que le proporcionaban las pasarelas suspendidas sobre el vacío, para Norte caminar a cien metros de altura sobre el Guadalhorce no dejó de provocarle cierta descarga de adrenalina. Y es que en algunos tramos todavía se podía ver el precario camino construido en 1905 por los trabajadores de la Sociedad Hidroeléctrica del Chorro, como una pasarela de servicio y mucho después como senda que fue cerrada tras la muerte de varios escaladores, debido a su deficiente estado de conservación.


De pronto, una cascada imposible y un puente colgante suspendido sobre el vacío le anunciaron que el final estaba próximo. Fue como la traca final de unos fuegos artificiales emocionales. Acababa de hacer El Caminito del Rey, … colgado al filo del abismo.


jueves, 14 de noviembre de 2019

Apenas un suspiro


Todavía visiblemente afectado, acabó de leer el artículo y levantó la vista de la pantalla de su ordenador. En una de las baldas de la estantería que cubría las paredes de la habitación pudo distinguir el pequeño trozo de hormigón coloreado y de inmediato se abrió una ventana al pasado.

¡Cómo había pasado el tiempo!, … un suspiro desde que un buen amigo le había regalado aquel pedacito de historia, … apenas un instante desde que aquel 9 de noviembre de 1989 el muro que dividía Berlín comenzó a ser derribado, … tan solo un momento de apenas 30 años.

Todavía recordaba cómo, con cierto sentimiento de envidia, deseó haber vivido de primera mano esos momentos y cuando, años después, pudo visitar la capital alemana lo primero que hizo fue buscar los escasos restos que quedaban, ahora convertidos en símbolos, … apenas unos metros de aquellos 155 Km de muros y alambradas que un día separaron la República Democrática Alemana de la República Federal Alemana.

Un muro ominoso que, durante 28 años, 2 meses y 27 días, separó una nación y costó la vida de al menos 140 personas. Un muro juzgado por la historia y ejecutado por la ira y la piqueta de un pueblo.











viernes, 1 de noviembre de 2019

Para la guerra de otros


La mañana transcurría parsimoniosa, lenta, como apesadumbrada. El cielo plomizo, decorado con nubes grisáceas, daba al entorno agreste y austero de la Sierra do Xurés, un aspecto acerado y frío que acentuaba si cabe, todavía más, la grandiosidad del paisaje que lo rodeaba.



Llevaba casi dos horas ascendiendo por una senda exigente que lo llevaría directamente a su destino, la Mina das Sombras. Una antigua explotación minera de wolframio a 1.200 m de altitud, perdida en un rincón del Parque Natural Peneda -Xurés, en Ourense, … a tan solo unos cientos de metros de la frontera con Portugal.



Todavía resoplando por el esfuerzo, Norte se detuvo unos instantes para recuperar el aliento y disfrutar de la simple contemplación del entorno. Todo a su alrededor latía con el acompasado ritmo de la naturaleza. Esa cadencia pausada que hacía de los brezales que tapizaban las laderas con su intensa floración fucsia, un hermoso y colorido lienzo.


Por todas partes, allí donde la vegetación fue incapaz de arraigar, afloraban las formaciones graníticas, restos que el hielo depositó hace 15.000 años cuando las lenguas glaciares descendían por estos valles, modelando el terreno como solo la naturaleza y el tiempo son capaces de hacer.


En ese mundo de escarpadas laderas, gargantas de ríos imposibles y fantasmagóricos bolos graníticos conviven especies como el lobo, el águila real o la cabra montés. Y para su observación Norte es sabedor de que solo es necesario tener un poco de suerte … y mucha paciencia.



Continuó ascendiendo trabajosamente por la pedregosa senda que los mineros utilizaron antaño para subir los materiales necesarios para la explotación y para bajar los sacos de mineral a lomos de las bestias. Un camino espantoso en el que todavía se pueden imaginar las penalidades de aquellos hombres dispuestos a arrancar de las entrañas de la tierra el preciado material.

Y es que, en plena postguerra de la contienda civil española, cuando el hambre, la pobreza y la miseria se apoderaron del país, algunos pueblos medraron arrimados a los yacimientos de un mineral que serviría para la guerra de otros.

Fue entonces cuando Norte recordó que el wolframio es un mineral muy escaso pero con importantes aplicaciones bélicas, empleado para endurecer las aleaciones de acero, lo que lo hace insustituible para revestimientos de cañones y mejora de los blindajes, … un fin mucho menos honroso que los filamentos incandescentes de las bombillas para los que se usaba en tiempos de paz.

Mientras, a medida que se acercaba a la explotación, los restos de antiguas construcciones comenzaron a aparecer. Aquí y allá los últimos vestigios de la presencia humana luchaban por no desaparecer engullidos por la vegetación que de un modo inexorable recuperaba, en una suerte de lenta pero eficaz ofensiva, una a una todas las plazas perdidas.


La demanda de este escaso mineral en la II Guerra Mundial por aliados y alemanes favoreció la escalada de precios acentuando el contrabando de pequeñas cantidades por la población local. Fue entonces, en el momento que Norte se asomó a la bocamina, cuando se imaginó a los mineros ocultando el mineral para después comercializarlo clandestinamente y así sacar adelante a sus familias.



Padecimientos, persecuciones y hambruna en la postguerra española que ahora yacen sepultadas por la naturaleza, pero vivas en la memoria de la población que todavía recuerda las penalidades que sirvieron para la guerra de otros.






miércoles, 16 de octubre de 2019

El Síndrome de Estocolmo


La primera sensación de Norte al salir del hotel en el que acababa de dejar su equipaje fue de indiferencia. Quizás el clima desapacible y el cielo encapotado o tal vez las obras con la que se topó por todas partes, habían contribuido a esa sensación de apatía que le invadió justo antes de perderse por las calles de la capital Nórdica.

Como las relaciones forjadas a fuego lento, a medida que callejeaba por el entramado de las calles estrechas y empedradas de Gamla Stan o por el barrio alternativo y hipster del Sofo en la isla de Södermalm, mientras visitaba el famoso ayuntamiento de la ciudad en Kungsholmen o paseaba por los jardines de la isla de Djugarden, fue sintiendo esa ciudad, que se asienta en 14 islas unidas por más de 50 puentes, como una experiencia cercana  y entrañable para finalmente convertirse en una relación de complicidad y dependencia,… como si Norte padeciese el Síndrome de Estocolmo.























viernes, 4 de octubre de 2019

La última morada


A lo largo de su vida, Norte había visto infinidad de lugares que fueron la última morada, … desde sencillos camposantos que acogieron los despojos de gente corriente hasta lugares con una importante significación histórica y artística, debido a la relevancia de los personajes que allí yacieron o a la belleza o grandiosidad de los sepulcros; esos que sirvieron para dar cobijo a seres humanos en su último viaje. Tumbas enormes y monumentales, aquellas que se levantaron para asegurar el paso a la eternidad espiritual. También de otras mucho más discretas, pero realmente hermosas. Todo un repertorio de formas, épocas y estilos. 

Así que cuando se acercó al Dolmen de Viera no pudo menos que sentir un ligero escalofrío. Frente a él se elevaba un túmulo de tierra de unos 50 m de diámetro perfectamente reconocible construido hace unos 3.500 años antes de nuestra era.


Si penetrar en su interior a través de su única entrada orientada hacia el Este le sorprendió, cuando llegó al enorme corredor de casi 20 metros de longitud formado por grandes bloques de piedra de varias toneladas de peso le sobrecogió. Como un tránsito entre dos mundos, el fantástico corredor desembocaba en una pequeña cámara funeraria a la que se accedía a través de una enorme losa perforada, … y fue entonces cuando Norte se imaginó el sol alineado con el corredor iluminando la cámara sepulcral durante unos breves minutos en los equinocios de primavera y otoño…


Salió abrumado por la colosal obra que grupos de agricultores y pastores, sin más ayuda que sus músculos y herramientas simples de silex, madera y hueso, levantaron hace miles de años; así que cuando a escasos metros se encontró con otro túmulo su asombro fue en aumento. Allí, prácticamente al lado del Dolmen de Viera se encontraba el Dolmen de Menga, un colosal sepulcro de corredor construido en torno al 3700 antes de Cristo.


Enormes piedras verticales conformaban las paredes (ortostatos), sobre las que se apoyaban otras horizontales (cobijas), alguna de las cuales llega a alcanzar las 180 toneladas, y que constituyen un conjunto de más de 27 metros de longitud. En este caso un corredor y un hermosísimo atrio, sirven de tránsito hacia la cámara sepulcral en la cual se localiza un pozo excavado en la roca de casi 20 metros de profundidad.


De nuevo, Norte se sintió abrumado por las dimensiones colosales del túmulo, especialmente si se consideraban los medios tan precarios que se habían utilizado para su construcción. Y una vez más, como en el caso anterior, al salir comprobó que el corredor tenía una orientación hacia un lugar especial. Un accidente geográfico cargado de simbolismo, … un enorme peñón calizo aislado en medio de la llanura… 



Permaneció unos instantes en la entrada del túmulo disfrutando de la alineación perfecta que esas primitivas comunidades megalíticas habían dado a su monumento funerario, tratando de comprender quién se habría hecho merecedor de una última morada con una carga de simbolismo tan grande.

Finalmente se dirigió al último de los túmulos que había decidido visitar en el Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera, el Tholos de El Romeral, el tecer monumento megalítico situado a menos de 2 km de los anteriores y construido hace más de 2.500 años antes de Cristo.



La contemplación del bellísimo túmulo rodeado de cipreses cautivó a Norte de inmediato. Desde donde se encontraba podía disfrutar de la sencillez de la entrada que se perdía en el interior de un  montículo de más de 70 metros de diámetro que cubría el conjunto.

Pero si el exterior tenía un aspecto tremendamente seductor, tan pronto entró Norte se percató del cambio. Las paredes del corredor de entrada, de sección trapezoidal, estaban construidas por piedras pequeñas y cubiertas por grandes lajas. 



Al final del corredor, una estrecha puerta daba paso a una cámara circular con una falsa cúpula realmente hermosa y esta, a su vez, a una cámara más pequeña, completando un conjunto realmente excepcional.

Las diferencias constructivas con los dólmenes anteriores eran evidentes, sin embargo, para Norte el Tholos de El Romeral suponía un monumento megalítico tremendamente armónico, especialmente si se comparaba con la tosquedad y quizás simplicidad del Dolmen de Viera, y con la monumentabilidad del Dolmen de Menga.


Cuando salía, todavía sorprendido por la belleza de la construcción que acababa de ver, Norte se percató de la orientación; en este caso el corredor estaba orientado justo a la cumbre más alta de la Sierra de El Torcal, … toda una ofrenda para la última morada.