viernes, 4 de diciembre de 2020

La Casa de la Escusalla

 


Anoche soñé que volvía a La Escusalla. Me parecía estar parada en la entrada. Desde allí podía ver los restos de la enorme y enigmática casona que resistía con osadía el paso del tiempo. Junto a ella, los muros de la capilla con un bello retablo pétreo todavía en pie, eran perfectamente reconocibles a pesar del manto vegetal que la cubría. 

Ha pasado mucho tiempo y todavía conservo nítidos los recuerdos de lo que viví en aquella casa, ahora reservada y silenciosa, que guarda con celo sus secretos, como si desvelarlos supusiese un acto de deslealtad y traición por el que se paga con un alto precio.


Recuerdo aquel primer día, justo en mi décimo sexto aniversario, cuando entré a formar parte del servicio de la casa. Nací en una pobre familia de labradores y la casa de La Escusalla me fascinó desde el primer instante. En la planta baja las estancias me sorprendieron. Sus almacenes repletos de alimentos, las cocinas, las habitaciones del servicio,… y la planta noble simplemente me maravilló. 

Enormes aparadores atestados de delicadas vajillas cartujanas, hermosas cristalerías portuguesas, deslumbrantes lámparas y espejos de Murano,... gruesas alfombras de lana. Todo un mundo desconocido para mi, que estuvo a punto de engullirme entre sus poderosas fauces y del que me vi liberada casi milagrosamente. 

En la planta superior vivían los señores de la casa, los Bahamonde-Nogueira, un matrimonio de Pontevedra sin descendencia que había comprado la casa no hacía mucho tiempo. Una grave afección respiratoria de la señora fue la responsable de la mudanza ya que le permitía tratarse tomando las aguas bicarbonatadas en el cercano balneario de Lobios, en el límite de la frontera con Portugal. 

En la planta baja vivía y trabajaba el servicio. Dependiendo de la época del año éramos un número cambiante de personas, dirigido con mano de hierro por la gobernanta de la casa, Doña Benita. Cada vez que una de nosotras la veía, trataba de huir de ella como si de la peste se tratase. Era mal encarada, colérica y yo diría que también malévola, pero sobre todo lo que me aterrorizaba era su mirada fría como el hielo que parecía atravesarte de lado a lado. 

Arriba y abajo conformaban dos mundos completamente diferentes, antagónicos y complementarios que se movían al ritmo de la salud de la señora de la casa y, sobre todo, del estado de ánimo de su gobernanta. 

Nada más entrar al servicio de los señores, Conchita mi compañera de cuarto, me puso al corriente de las leyendas de la casa, un microcosmos envuelto en un halo de misterio desde su construcción en el siglo XVIII. 

Susurrando en el silencio de las noches, por miedo a que nos sorprendieran, me fue desgranando los avatares que la propiedad sufrió a lo largo de su dilatada historia; los diferentes propietarios que la habitaron, su misteriosa relación con la Inquisición y mil historias más, seguramente adornadas por el entusiasmo narrativo y la desbordante imaginación de mi compañera de cuarto. Pero, sobre todo, me habló de la relación entre la gobernanta de la casa y D. Pedro, un antiguo administrador de la propiedad, desaparecido y buscado por la justicia bajo la acusación de asesinato de trabajadores portugueses que contrataba y mas tarde mataba para no pagarle los jornales,… y la creencia generalizada de que se deshacía de sus cadáveres enterrándolos bajo las losas de piedra de la capilla. 

Tal era así que muchos trabajadores de la finca juraban haber visto en más de una ocasión, coincidiendo con la repentina desaparición de algún jornalero, luces a medianoche en el interior de la capilla. 

Fue aquella fatídica noche de Difuntos cuando se sucedieron los terribles acontecimientos que derivaron en la tragedia que nos sorprendió y de la que la mayoría, milagrosamente salimos indemnes. Ocurrió cuando el Sr. Bahamonde comunicó a Doña Benita que dispusiera todo para que, en los próximos días, comenzaran unas importantes reformas en varias dependencias de la casa, entre las que se encontraba la capilla. 

Desde el primer momento la gobernanta de la casa trató de convencerlo de la inconveniencia de las obras y, poco a poco, las diferencias de opinión derivaron en una fuerte discusión que llamó mi atención y la de todo el servicio. 

Después todo fue ruido y confusión, especialmente cuando muchos de nosotros pudimos oír como Doña Benita, enloquecida, comenzó a gritar, amenazándonos de muerte. 

Fue más tarde cuando la sorprendí, con los ojos enrojecidos por la ira, prendiendo fuego en los almacenes de la planta baja. Tan pronto me vio se abalanzó hacia mi como una demente. Milagrosamente me desembaracé de ella y salí corriendo hacia el patio. 

En pocos minutos el fuego se propagó por las estancias de la casa, devorando muebles y enseres en una inmensa pira. Mientras veíamos impotentes como las techumbres cedían y las llamas se alzaban al cielo iluminando la negrura de la noche, oímos unos espeluznantes y desgarradores gritos procedentes de la capilla en llamas, en los que muchos reconocimos a Doña Benita y a Don Pedro. 

Ahora, muchos años después, todavía evito pasar cerca de la casona. Allí sobre los restos del bello altar pétreo de la capilla alumbran dos velas que nadie sabe quién las atiende,… quizás tenga que ver con las dos luces que muchos vecinos juran que se ven cada primero de noviembre en las ruinas de lo que un día fue la Casa de la Escusalla.


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900 palabras

La historia de La casa de la Escusalla, se mueve entre la realidad y la ficción. Sus ruinas están situadas en el Ayuntamiento de Lobios, al Sur de la provincia de Ourense, en la misma frontera con Portugal. En Galicia, la magia y la racionalidad coquetean asiduamente en un juego de seducción que a nadie extraña, así que en este relato encontrareis historias reales entremezcladas con la fantasía de Norte.

Podéis saber más de la casa de la Escusalla en:

https://www.galiciamaxica.eu/galicia/ourense/casa-da-escusalla/

martes, 1 de diciembre de 2020

Como una bella fantasía oriental


«Hermoso, elegante, delicado y, sobre todo atrevido» ―pensaba Norte mientras deambulaba sin rumbo por los restos de aquel claustro del que solo quedaban en pie, como testigos mudos de un pasado más esplendoroso, la iglesia y las cuatro crujías del claustro de San Juan de Duero, un monasterio levantado por la Orden Militar de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén durante la primera mitad del siglo XII en las afueras de lo que hoy es la ciudad de Soria.

Y es que, en cada uno de los lados del claustro, sus creadores habían dejado volar su imaginación en una suerte de formas que que había dado lugar a un heterodoxo pero hermoso catálogo de arcos con una, para él, acusada influencia oriental. 

Desde los clásicos arcos de medio punto sobre parejas de columnas hasta los sorprendentes arcos túmidos, que arrancan de pilares acanalados para entrecruzarse, en un juego imposible, con otros arcos en los que uno de sus extremos queda en el aire, sin apoyo de ningún pilar, como un calderón eternamente suspendido en una partitura musical. 

Para Norte no cabía duda y ese derroche creativo plasmado en la piedra caliza por los maestros canteros solo podía estar inspirado en la arquitectura Oriental que los caballeros de la Orden de San Juan habían aprendido durante las Cruzadas o quizás a un un intento de emular el arte mudéjar español. 

Y es que más allá de la fuerza o la naturaleza de cada uno de los arcos o de su desafío a la gravedad, para Norte era la delicadeza y el preciosismo oriental modelado en piedra.   





sábado, 21 de noviembre de 2020

Subsistencia II

 


No estaba previsto,... me gustan los finales abiertos,... pero quizás la culpa la tenga Josep Mª Panadés... 

Si queréis refrescar la memoria podéis leer Subsistencia I pinchando AQUI 

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Alarmado por el el ruido, volvió a revisar todos los indicadores pero ningún aviso, ninguna señal luminosa o sonora le advirtió de disfunción alguna en la nave. Todo parecía estar en orden.

Desconcertado hizo un rápido repaso mental sobre lo que podía estar sucediendo. Intentó visualizar uno a uno todos los complejos sistemas de la cápsula y una oscura sospecha se materializó en su interior, provocando una sensación de desasosiego que pronto se convirtió en pánico cuando intentó desenganchar el arnés que lo mantenía sujeto.

Intentó girar su cabeza para ver que sucedía en el compartimento trasero pero tan solo alcanzó a ver una pequeña parte. Aquel maldito traje apenas le permitía moverse.

De nuevo aquel zumbido sordo volvió a ponerlo en alerta, justo un instante antes de que la el sistema de propulsión dejara de funcionar. De pronto la ingravidez y aquel silencio atronador lo atenazaron de tal modo que cuando el sistema de su traje espacial que le alertaba del aumento de pulsaciones comenzó a sonar, no pudo evitar un sobrecogedor grito que retumbó en toda la nave.

Ahora sí, las luces del panel de control se iluminaron con destellos de color naranja y rojo y una alerta sonora convirtieron la pequeña cápsula en un infierno. Fue entonces cuando el comandante Alan Stanford se fijó en uno de los indicadores y confirmó su sospecha.

Manipuló el ordenador de abordo y, de inmediato, en la pantalla apareció la configuración de las células de energía de la nave. Aterrorizado comprobó que de las tres unidades, dos de ellas ni siquiera figuraban como instaladas y la tercera se encontraba en rojo con su nivel de energía a cero.

Derrotado, se incorporó ligeramente y pudo ver por la pequeña ventana de la escotilla de babor como la enorme nave nodriza que había abandonado no era más que un pequeño punto en el negro y profundo espacio. 


sábado, 7 de noviembre de 2020

Subsistencia

 


Tan solo un instante antes de que la cápsula de escape se desacoplara, el comandante Alan Stanford notó una ligera vibración seguida de una fuerte sacudida que le hizo tambalearse a pesar del arnés que lo mantenía firmemente sujeto a su asiento. No fue hasta entonces cuando en su rostro crispado se dibujó una expresión de alivio.

Se incorporó en su asiento y, por la escotilla de babor, vio como la enorme nave nodriza se alejaba lentamente y se perdía en la fría y negra inmensidad del espacio. 

Como un autómata, revisó los indicadores del panel de control y comprobó que todo estaba en orden, así que accionó el intercomunicador y tras unos chasquidos iniciales comenzó a hablar.

―Cuaderno de bitácora de la nave Starline. Dia 346 de navegación interestelar…. ―acertó a decir con voz cansada antes de interrumpir la transmisión. 

Se sentía agotado, extenuado, psíquica y físicamente, incapaz de seguir con el relato. No sabía cómo explicar a la Compañía el abandono de una nave que había costado miles de millones de dólares con los cadáveres de sus compañeros a bordo. Tampoco sabría como justificar la pérdida de aquella extraña forma de vida, cuyo estudio era esencial. 

La calidez que le proporcionaba el traje presurizado hizo que, poco a poco, cayera en un profundo sueño, … hasta que, de pronto, un zumbido ronco en el compartimento de carga lo estremeció. Un sonido que reconoció al instante y que, como una descarga eléctrica, recorrió su médula espinal.

Continurá...


250 palabras

domingo, 1 de noviembre de 2020

La senda mítica


Quizás no fuese espectacular y tampoco su dificultad fuese muy alta, pero lo cierto es que para Norte los Lagos de Covadonga tenían algo de mítico que hacía de esa ruta de senderismo una experiencia difícil de olvidar. 

La belleza natural de estas montañas y la necesidad de preservarlas hizo que hace más de 100 años esta región fuese declarada el primer parque nacional en nuestro país. Y es que el el 22 de julio de 1918 nace el Parque Nacional de la Montaña de Covadonga. Fue como el origen de todo, … era la primera vez que en nuestro país se iniciaba una senda que otros países habían comenzado hacía ya bastante tiempo. 

Es sin duda una ruta mítica. Una bella caminata por un lugar al que uno siempre querrá volver, una senda que transcurre en torno a lagos glaciares que permanecen, desde hace miles de años, apenas alterados por el hombre.










miércoles, 14 de octubre de 2020

El susurrar de las piedras

 «El claustro románico más hermoso»   ̶̶ recordó Norte la conclusión de un artículo sobre Santo Domingo de Silos, mientras se perdía en el silencio que aquel lugar le estaba regalando. Afortunadamente esa no era una decisión sobre la que tuviera que pronunciarse, pero es que, además, estaba seguro que la elección de cada persona, por unas razones u otras, sería distinta. En su caso no le cabía la menor duda y si tuviera que decantarse por alguno, lo haría por aquel claustro.

Había tenido suerte, mucha suerte y en el turno de visitas que había reservado no se había presentado nadie más que él, … todo un lujo que Norte estaba dispuesto a paladear con el placer que proporciona un lugar en donde el sosiego y la serenidad alcanzan proporciones inusuales.

Conocía sobradamente los aspectos históricos y artísticos que lo caracterizaban, no en vano lo había visitado en varias ocasiones y en todas ellas había disfrutado de las interesantes descripciones de los guías; quizás por ello declinó la visita guiada y se limitó a un simple paseo por el claustro en la soledad más absoluta.

Solo recordar algunos hechos históricos vinculados al cenobio, causaban en Norte una agitación interior difícil de controlar. Pensar que Rodrigo Díaz de Vivar donó alguna de sus posesiones al monasterio o que, camino de su destierro, pasó por allí cuando el claustro todavía estaba en construcción, dan una idea de los avatares y circunstancias con los que el Monasterio de Santo Domingo de Silos convivió a lo largo de su historia.

Algo parecido ocurrió con sus aportaciones a la cultura y escritura medieval. Y es que en el escriptorium de la Abadía vieron la luz las Glosas Sinensis, en las que se recogen las primeras palabras castellanas escritas. En realidad se trataba de cometarios en lengua romance peninsular realizados en los márgenes de un códice escrito en latín, … 
Pero si algo le fascinaba a Norte de aquel lugar era su aspecto artístico, … especialmente el claustro, el centro de la vida del cenobio, el lugar de donde parten y a donde llegan las actividades diarias del monasterio. Con esa armónica conjunción de arcos, columnas y un infinito catálogo de capiteles figurativos y relieves bellamente decorados con escenas bíblicas que lo hacen único.
Detenerse ante cada capitel era para Norte como descubrir la historia tras cada uno de los motivos vegetales, arpías, aves y leones, entrelazos de cestería, combates de caballeros y un sinfín de escenas bíblicas en la piedra bellamente trabajada, … era como escuchar el susurro de las piedras en una hermosa melodía en la que se entremezclaba el sonido de los cinceles de los maestros canteros y las oraciones de los monjes.



jueves, 1 de octubre de 2020

La silueta eterna

 

Jamás conseguiría ascender hasta su cima. Le sobraban años, le faltaba técnica y, sobre todo, agilidad. Quizás en su juventud pasada, acompañado de un experto escalador que lo guiase, habría podido lograrlo por su cara más fácil. Pero lo cierto era que aún así, siempre que podía, Norte volvía a realizar la senda que lo llevó hasta su base la primera vez que lo descubrió y cuya silueta eterna lo fascinó. 

Para él, volver a contemplar el Pico Urriello, se había convertido en una tradición que comenzaba en el pueblo de Sotres para, después de dejar atrás Cabao y cruzar el río Duje, ascender por una pista hasta llegar a la base del collado de Pandébano. Después solo quedaba superar con paciencia la senda con hermosas vistas hasta la majada de la Terenosa para alcanzar el collado Vallejo, antes de llegar a la Vega del Urriello a 1960 m de altitud.