lunes, 15 de febrero de 2021

El legado mesoamericano

 

Dejó atrás el infernal tráfico de la Avenida del Paseo de la Reforma en la ciudad de México y entró en el Museo Nacional de Antropología. Estaba a punto de cumplir uno de sus sueños más deseados y durante unos instantes Norte percibió esa sensación extraña pero enormemente agradable, esa que otras veces había sentido justo antes de conseguir algo tan anhelado.

Para él la cita en ese museo, ver y disfrutar del enorme legado Mesoamericano de los pueblos indígenas de México con cientos de años de historia, era una enorme satisfacción, una visita que quedaría grabada en su memoria y de la que nunca se podría olvidar.

Estaba dispuesto a perderse en sus 22 salas y más de 45.000 metros cuadrados, a paladear los testimonios arqueológicos que albergaba...

Algunos de ellos siguen vivos hoy en día,... en sus recuerdos y en la retina de sus ojos,...


Disco de Mictlantecuhtli 

El dios de inframundo y, por lo tanto, de las sombras. De origen mexica, esta hermosa representación del “señor del lugar de los muertos” fue encontrada en la Plaza de la Pirámide del Sol en Teotihuacan y en ella se pude apreciar un cráneo descarnado rodeado de una faja de papel plegado. Del período Clásico (1-650 d C), estaría relacionada con el sacrificio humano y la muerte del Sol.


Chalchiuhtlicue 

Este fantástico monolito de andesita de 21 toneladas fue encontrado cerca de la pirámide de la Luna en Teotihuacan y representa a Chalchiuhtlicue que significa “la que tiene su falda de jade”, en la mitología azteca es la diosa de las aguas horizontales: lagos, lagunas y ríos que recorren o se asientan en la tierra. Se le asocia con la agricultura, las sementeras y la fertilidad.

La Piedra del Sol

Sin duda una de las piezas más representativas del museo, la Piedra del Sol es un gigantesco monolito de basalto, de casi 4 metros de diámetro y 24 toneladas de peso, con inscripciones relativas a la cosmología mexica y los cultos solares.


Coatlicu

Su nombre significa "falda de serpientes", era la diosa terrestre de la vida y de la muerte. De aspecto terrorífico, se representaba como una mujer con una falda de serpientes y un collar de corazones y manos que fueron arrancados de las víctimas ya que era una diosa sedienta de sacrificios humanos. Sus pechos caídos representan la fertilidad y su cabeza eran dos serpientes enfrentadas. Tenía garras afiladas en sus manos y pies.


Cabeza colosal 

Los monolitos prehispánicos con formas de cabeza fueron la insignia de la cultura olmeca, la más antigua del continente americano, la cultura madre. La teoría más difundida es que se tallaron con el fin de plasmar la imagen de los distintos gobernantes olmecas con algunas de sus características distintivas.


Chac mool 

Es un tipo de escultura que aparecen al principio del Período Posclásico (600 – 1200 d C) que representaba a un mensajero cuya misión consistía en llevar a los dioses las ofrendas que los hombres depositaban en su cavidad abdominal.


Máscara del dios murciélago 

Una obra imperdible en la Sala de Oaxaca del museo. La máscara pertenece a la cultura zapoteca y representa una cara humana sobrepuesta con una imagen del dios murciélago, que esta cultura relacionaba con la muerte y el inframundo. La pieza está hecha a base de láminas de jade pulidas delicadamente.


Máscara de Pakal 

Es la máscara con la que el rey Pakal, gobernante de la ciudad de Palenque, fue sepultado. Está hecha de jade porque para la civilización maya esta piedra preciosa representaba el poder. La función del artefacto era la de ayudar al monarca a enfrentarse a las criaturas del inframundo.

sábado, 5 de mayo de 2018

La selva pétrea


Bajo la palapa, frente al templo de los mascarones, Norte tuvo que resistir la tentación de escapar de aquel tormento. Nubes de mosquitos le rodearon, dispuestos a acribillarlo a pesar del repelente que generosamente había pulverizado por toda su ropa y sobre la escasa superficie de su enrojecida piel que no había podido tapar.

Aun así había valido la pena. Frente a él, unas bellísimas representaciones modeladas en estuco del dios solar en las que todavía se podían adivinar restos del colorido original, le habían resultado sencillamente fascinantes.

Se lo habían advertido nada más salir. Don Fernando, el simpático chilango afincado en Campeche que ejercía de conserje en el hotel en el que se alojaba, arqueó sus cejas cuando Norte pasó por delante del mostrador de recepción. Fue en ese momento cuando le aconsejó que se llevara agua, un sombrero, un buen protector solar pero, sobre todo, ropa que le cubriese el cuerpo lo más posible y mucho,... mucho repelente para mosquitos.

Y no había tardado mucho en recordar los consejos del buen hombre. El complejo arqueológico de Edzná se encontraba en plena de selva, con árboles de más de veinte metros de altura que conformaban una bóveda verde que se antojaba misteriosa e impenetrable. Por todas partes puktes, palmas de huano, zapotes blancos, guayas y cedros crecían creando una masa verde y opresiva cuya atmósfera, sofocante y casi irrespirable, se veía incrementada por el calor, la humedad y, sobre todo, por las nubes de mosquitos que se abalanzaron sobre él.


Poco a poco, la selva se abrió y aquí y allá y Norte comenzó a distinguir construcciones de piedra que se resistían a ser devoradas por la vegetación. Era como una especie de transición de un universo vegetal arrebatador, verde e impenetrable que lentamente daba paso a un caos pétreo de edificios medio derruidos que conformaban una simbiosis casi natural con la vegetación que los rodeaba. Sencillas plataformas, muros con apenas unas hileras de piedras, simples escaleras y columnas componían una bellísima postal.


Y de pronto, un enorme claro en la vegetación le mostró el Gran Patio Central, delimitado por la Casa Grande o “Nohochná”, una enorme grada a la que muchos expertos le habían atribuido funciones administrativas. Sin la bóveda vegetal que hacía tan solo unos instantes le amparaba, el sol abrasador le hizo dirigirse lo más rápido que pudo hacia la sombra de los escasos árboles que, como islas en medio de un océano verde, dibujaban sus frondosas copas sobre la hierba.


Caminó bajo el tórrido sol hacia la benefactora sombra de un “ya´axché”. Era la ceiba, el árbol sagrado,… un árbol cuyos frutos se abren dejando al descubierto una delicada fibra algodonosa a la cual, la tradición maya atribuye la propiedad de atraer la lluvia. Y al instante notó el reconfortante descenso de temperatura y, desgraciadamente también los inmisericordes ataques de los mosquitos.

Fue entonces cuando reconoció una estructura cercana. Era el Juego de Pelota., el juego ritual por excelencia en las culturas mesoamericanas, el juego al que, sobre su simbología, los arqueólogos habían dado muchas interpretaciones; y a Norte la que más le gustaba era la de dualidad cósmica, la de la lucha entre el día y la noche,… entre la vida y el inframundo.


Había cruzado el Gran Patio Central y ante él se levantaba una enorme plataforma pétrea, un descomunal muro de piedra que daba acceso al corazón de la ciudad. Llevaba más de una hora deambulando entre restos de edificios mayas que competían con una naturaleza exuberante; construcciones, muchas de las cuales, habían sobrevivido más de 1.500 años para llegar hasta nosotros. A pesar de su naturaleza inerte, para Norte esas piedras constituían una singular selva pétrea que contrastaba con la otra, con la de naturaleza vegetal que parecía querer engullirla. Quizás, de nuevo, se representaba el eterno choque entre dos principios opuestos, base de la forma de ver el mundo de los mayas.


Por fin se animó a ascender por las escaleras que daban acceso a la Gran Acrópolis y, todavía jadeando por el esfuerzo, se quedó maravillado. Frente a él se levantaba imponente el Edificio de los Cinco Pisos; una hermosa mezcla de templo-palacio rematado por una bellísima crestería de piedra que sobrepasa los 30 metros de altura. Acompañando a esta soberbia estructura, Norte pudo disfrutar de los otros edificios que conformaban el lugar: La Casa de la Luna , el templo Norte, el Patio Puuc,… era el lugar donde residía el poder en Edzná.

Durante un buen rato, sin importarle el sol abrasador que le castigaba sin piedad, Norte intentó imaginar aquellos edificios cubiertos de estuco pintado y decorados con mascarones que representaban deidades y animales míticos,… y sobre ese escenario sobrecogedor los reyes y los sacerdotes,… y miles de mayas siguiendo con expectación los rituales de culto que giraban en torno al relato de la creación y su vínculo con los dioses.


Haciendo un último esfuerzo, subió al templo de la luna. Desde allí Norte pudo al fin contemplar la selva en toda su plenitud. Un infinito manto verde que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Desde aquella posición podía avistar también esa otra selva,… la selva pétrea, despuntando entre la densa vegetación y reclamando el protagonismo de una civilización, la maya, con sus creencias en un reino sobrenatural en el que habitaban los dioses, cuyo poder impregnaba todos los aspectos de sus vidas. Eran los restos Edzná,… que significa Casa de los Itzaes.

viernes, 26 de agosto de 2016

El lugar donde viven los dioses

Pirámide del Sol (Teotihuacán)

Nada más alcanzar la explanada que se extendía frente a aquella enorme pirámide pétrea, se detuvo asombrado al pie de la interminable escalera que ascendía hasta su cima. En lo más alto y a diferentes niveles, pequeñas figuras ascendían cansinas, uno a uno, los más de 250 escalones que él también habría de subir si quería disfrutar de la privilegiada vista que sin duda se disfrutaría desde allí arriba.

Todo en Teotihuacán era fascinante y su embrujo atrapó a Norte desde el primer momento. Cuando partió, hacía apenas una hora de México DF, no podía imaginarse lo que allí se encontraría. Las ruinas de una colosal urbe que en sus mejores momentos albergó a más de cien mil almas y que se convirtió en una de las mayores metrópolis prehispánicas de Mesoamérica.

Y es que todo en ella era un enigma, incluso el nombre que le dieron sus fundadores sigue siendo un misterio 2000 años después. Su topónimo actual de Teotihuacán, es en realidad el nombre con el que los mexicas la denominaron  cuando se encontraron con la enorme ciudad en ruinas, mucho tiempo después de que fuese abandonada. También se desconoce la identidad étnica del pueblo que la erigió o las causas del colapso de su civilización y de su posterior desaparición, quedando solo los vestigios de lo que un día fue su magnífica ciudad. Teotihuacán era como un enorme barco encallado entre las brumas del tiempo.

Y es que todo en ella era grandioso. Especialmente la Pirámide del Sol, construida en torno al año 200 de nuestra era; un enorme poliedro de 63 metros de altura y 223 metros de lado que se levanta  en medio de aquel valle desértico y que rivaliza con las pirámides más grandes del mundo. Durante unos instantes Norte pensó en el enorme esfuerzo que debió suponer su construcción para una sociedad que carecía de las herramientas más elementales y se preguntó qué favores les habrían otorgado unos dioses merecedores de aquel esfuerzo titánico.

Y es que todo en aquella ciudad era solemne. Y se imaginó las ofrendas en la Pirámide de la Luna; otra soberbia construcción que preside un conjunto de 12 pirámides escalonadas de menor tamaño que se distribuyen en torno a una gran explanada ceremonial, la Plaza de la Luna, que debió dedicarse a rituales religiosos. Y es que la Pirámide de la Luna delimita por el norte la Avenida de los Muertos y constituye uno de los puntos más especiales de todo Teotihuacán.

Plaza y Pirámide de la Luna (Teotihuacán)

Y es que todo en ella era monumental. Sobre todo cuando Norte pudo visualizar con cierta perspectiva la Calzada de los Muertos, una gran avenida central de más de tres quilómetros de longitud  en torno a la cual se sitúan los edificios más importantes. Por ella discurrirían muchas de las conmemoraciones rituales que para el pueblo Teotihuacano asegurarían la prosperidad de la ciudad.

Y Norte trató de imaginar las sensaciones que sentirían los prisioneros, avanzando humillados y aterrados hacia su sacrificio a lo largo de aquella interminable avenida flanqueada por hermosos edificios policromados. Prisioneros aturdidos que, con seguridad, jamás habían visto nada parecido en su vida, asombrados por el tamaño y la riqueza de las construcciones y aterrorizados por su destino. 

Avenida de los muertos y Pirámide del Sol (Teotihuacán)

Y es que todo en ella era colorido.  Las paredes de los templos, también las de la Pirámide del Sol, habían estado revestidas de estuco y color. Pero si algo llamó la atención de Norte fueron las pinturas murales. Arrebatadoramente bellas, con sus coloraciones destacando de un modo especial, quizás por los pigmentos, quizás por la propia armonía del conjunto o la maestría de los artistas que las realizaron.

Alegoría del Tlalocan”. Detalle en la pintura mural del Palacio de Tepantitla (Teotihuacán)

Y es que en aquella ciudad, los jaguares eran dioses que simbolizaban la fertilidad del suelo. Y Norte pudo deleitarse con procesiones de criaturas míticas como hermosos jaguares, adornados con conchas marinas y emplumados con penachos de plumas de quetzal, que tocan caracolas marinas también con penachos de plumas y que derraman gotas de agua en una hermosa alegoría a este elemento, tan preciado en la zona.

Detalle de la pintura mural del Palacio de los Jaguares (Teotihuacán)

Y es que todo en aquella ciudad era hermoso. Como el Templo de Quetzalcoatl, decorado con enormes cabezas de serpientes con el cuerpo cubierto de plumas. Una pirámide de siete niveles que todavía conserva muchas de sus cabezas aferradas a ella y que a Norte le pareció la más bella de todo Teotihuacán.

La pirámide de la Serpiente Emplumada o Quetzalcóatl (Teotihuacán)

Porque Quetzalcóatl es el dios más antiguo de América Central.  Es el dios de la  “serpiente emplumada”, era el dios de la naturaleza, los vientos y la lluvia. 

Quetzalcóatl. Museo del sitio arqueológico (Teotihuacán)

Y es que Teotihuacán era el lugar donde residen los dioses. «O mejor sería decir el lugar donde los hombres se convierten en dioses »  –pensó Norte cuando se detuvo de nuevo delante de la inmensa Pirámide del Sol, dispuesto a subir los más de 250 escalones hasta su cima. 

lunes, 29 de junio de 2015

Esperando que amanezca


Se despertó de un modo brusco, repentino, incapaz de recordar donde se encontraba. Aturdido buscó alguna referencia que le diese una pista. Fue entonces cuando la enorme neuralgia se hizo patente y Norte tuvo que dejar de escudriñar en la penumbra que lo envolvía y volver a cerrar los ojos, en un desesperado  intento de apaciguar los latidos que sentía en el interior de su cabeza.

Poco a poco la neblina que envolvía su cerebro fue desapareciendo y la consciencia fue iluminando de nuevo cada rincón de su mente. El larguísimo vuelo de más de diez horas, su llegada a una de las ciudades más pobladas del mundo, la interminable espera en inmigración, el monumental atasco que tuvo que padecer para llegar al hotel y el cambio horario  fueron sin duda corresponsables de su malestar y la causa que lo mantenía inmovilizado sobre la cama.

Notó frío y se arropó con la esperanza de recuperar esa agradable y placentera calidez que induce al remoloneo en la cama, pero enseguida cayó en la cuenta que las bajas temperaturas se debían al aire acondicionado que había dejado encendido justo antes de acostarse.

Así que ya tenía dos razones para levantarse. Apagar aquel infernal aparato que tenía la habitación como si se tratase de una heladera y tomarse un analgésico que lo liberase de la opresión que sentía en su cabeza.

Tras unos minutos de preparación mental, se incorporó y tanteó torpemente sobre la mesilla en busca de su teléfono móvil. Después de varios intentos fallidos, la pantalla se iluminó y, con cierto desconcierto, comprobó que eran las  ocho y veinte de la mañana.

Un gesto de sorpresa se dibujó en su rostro. Fuera, la negrura de la noche hacía resaltar todavía más las plantas iluminadas de los edificios que lo rodeaban. Hizo un rápido cálculo mental y comprendió que en realidad apenas era la una y veinte de la madrugada, allí en México DF, aunque su cuerpo se empeñaba en recordarle que, allí de donde él venía, había siete horas más de diferencia horaria.

Afuera, tras el enorme ventanal de la habitación de su hotel, Norte observó hipnotizado el brillo de miles de luces que iluminaban la ciudad hasta el horizonte. Una treintena de pisos más abajo, los coches circulaban por la Avenida Juárez, dejando tras de sí una estela rojiza a medida que se desplazaban lentamente a golpes de semáforo.

Decidió tomarse el potente analgésico con el que hacer desaparecer de un plumazo todo rastro de jaqueca y se quedó allí, pasmado ante el espectáculo de la ciudad que nunca duerme. 

A medida que transcurría el tiempo, la densidad de los automóviles descendía al mismo ritmo que muchas de las luces de los rascacielos que lo rodeaban se apagaban.  Norte se recostó vencido por el cansancio, tratando de imaginarse a Francesca en ese instante, a pesar de los miles de quilómetros que los separaban. Trató de redibujarla en su mente, de reconstruir el aroma que despedía cuando se encontraba a su lado, de sentir el roce de su piel…, de reinventarla para sobrellevar su ausencia. 


De nuevo despertó sobresaltado. Una luz lechosa, proveniente del ventanal que ocupaba toda una pared de la habitación, inundaba la habitación. Se incorporó y pudo disfrutar de la visión de una buena parte de la ciudad de México. No sabía cuánto tiempo había pasado pero la noche cerrada había dado paso a una claridad turbia, antesala del amanecer. Muchas luces habían desaparecido y una neblina  difusa y áspera, ocultaba como un manto asfixiante buena parte de la ciudad…, y una vez más se recostó, sabedor de que todavía debería luchar con el insomnio durante unas horas, esperando el amanecer.


De pronto la melodía de su teléfono móvil  lo despertó y, sobresaltado, se incorporó para buscarlo. Afuera, tras los cristales de su ventana, un halo dorado se dibujaba en el horizonte y Norte pudo distinguir con claridad Torre Latino, El Palacio de Bellas Artes y las torres de la  Catedral Metropolitana…, el México diurno estaba a punto de comenzar su andadura y el otro México, el de los noctámbulos, comenzaba a recogerse, antes de que la luz del día los alcanzase.

Por fin, encontró su teléfono y una sonrisa iluminó su rostro. Era Francesca quién llamaba.

viernes, 4 de julio de 2014

La cara del santo hace el milagro


Un par de agudos pitidos lo sobresaltaron y, de un brinco, se puso a salvo en la acera. Un “mototortillero” a punto de arrollarlo pasó a su lado a gran velocidad, justo en el paso de peatones.

̶  ¡Cuidado!  ̶  le increpó Norte.

̶ ¡Jódete pendejo!   ̶ Le respondió el joven acelerando, al tiempo que le ponía los cuernos ofensivamente enseñándole sus dedos índice y pulgar.

Acababa de llegar a Campeche y todavía no le había dado tiempo a adaptarse a las normas básicas que todo viandante debe tener muy presentes, así que se propuso ser un poco más cuidadoso y poner los cinco sentidos cada vez que atravesara una calle o se acercara a menos de 20 metros de un lugar por el que pudiese circular un vehículo a motor. Aunque, sonriendo, pensó que también necesitaría una buena dosis de buena suerte y algo de protección divina.


Cruzó la calle, esta vez asegurándose de que no venía ningún vehículo y entró en la diminuta tienda que había visto unos instantes antes desde el otro lado de la calle. “Antojitos el Trébol” ocupaba escasamente una docena de metros cuadrados en el bajo de una de las hermosas casas coloniales que jalonaban la calle Colón, muy cerca del hotel donde se había alojado.

A las siete de la tarde el calor comenzaba a dar una tregua, quizás ayudado por una leve brisa procedente del mar, sin embargo en el interior del diminuto local, la temperatura todavía se mantenía sofocante. Los estantes atiborrados de chucherías, apenas dejaban espacio para un pequeño mostrador tras el cual se parapetaba el tendero que respiraba al rítmico frescor que le proporcionaba cada vuelta de un viejo ventilador situado, en un precario equilibrio, sobre una pila de revistas.

̶  Agua, por favor.  

̶  ¿También viene por lo del Sagrado Corazón?   ̶ preguntó el vendedor al tiempo que ponía sobre el mostrador una botella de agua helada.

̶  Perdone, no le comprendo   ̶  respondió sorprendido Norte mientras pagaba.

̶  Me refiero al milagro, a la imagen del Sagrado Corazón que apareció en el cemento del suelo de una casa, dos cuadras más arriba.  Mucha gente viene hoy a comprar agua para bendecirla.

̶  No, no me había enterado.

̶  No se habla de otra cosa  ̶ continuó, mientras le enseñaba el titular del periódico local ̶ .  Fíjese lo que dice la mujer del afortunado que la descubrió: “Ya lo hemos limpiado y hasta le pasé el trapeador para ver si se quitaba pero nada, sólo se borra por un momento y solito vuelve a aparecer, creo que es un milagro, mi esposo está enfermo y sin trabajo e inclusive la imagen está mirando hacia su cama lo que indica que Jesús está a su lado”.

̶  Pues no, no sabía nada. Espero que ese pobre hombre recupere la salud y encuentre trabajo.  ̶  Respondió sonriente Norte mientras pagaba, pensando que, en apenas una hora, él sí esperaba que se obrara un verdadero milagro.

Se dirigió, caminando lentamente, en dirección al Parque de la Independencia, frente a la Catedral de Nuestra Señora de la Purísima Concepción. La cálida luz del atardecer producía un efecto mágico sobre las fachadas de las casonas coloniales alineadas a ambos lados de la calle, acentuando todavía más su colorido. Sus cornisas, ribeteadas con contrastados diseños geométricos, destacaban sobre el cielo azul, nítido, sin rastro alguno de nubes; ese cielo que invita al optimismo, que hace pensar que ningún nubarrón acecha por el horizonte.


Sin embargo Norte sentía crecer la opresión en el pecho a cada minuto que pasaba. Se reprochaba haber aceptado la invitación, al fin y al cabo ¿qué había hecho para merecer semejantes atenciones? A pesar de haberse puesto un fresco traje de hilo de color arena, comenzó a sudar ligeramente, quizás producto de la tensión y del malestar que comenzaba a atenazarle.

Todavía recordaba cuando recibió la llamada telefónica de un funcionario del Estado de Campeche. La presentación, el lisonjero resumen que hizo de los supuestos servicios prestados a la comunidad y, por último, la propuesta del reconocimiento en un acto público un mes después. Lo sorprendió hasta tal punto que aceptó el ofrecimiento. Después, las dudas, el arrepentimiento y finalmente la desazón. ¿Cuántas veces, desde entonces, se maldijo así mismo por acceder?

Comenzó a escribir un millar de veces unas palabras de agradecimiento y, en otras tantas ocasiones, desechó cada una de las ideas que se ocurrieron. A medida que el tiempo transcurría, cada día que pasaba, Norte veía como los resultados eran peores. La inmediatez de una fecha, cada vez más cercana lo atenazaba de tal manera que finalmente desistió. El largo viaje de más de diez horas en avión fue la confirmación definitiva de que sería incapaz de escribir esas palabras con sentimiento, ese discurso sentido con el que ,desde hacía días, había soñado ganarse al público.  

Había rechazado el amable ofrecimiento de la organización para recogerlo en el hotel. Quería ir caminando, en un último y desesperado intento de encontrar un soplo de inspiración. Finalmente se había rendido a la evidencia y decidió encomendarse a la improvisación. Eso que él quería ver como si realmente fuese producto de la espontaneidad o de la naturalidad, no trataba más que encubrir su propia incapacidad.

Buscó la sombra que proporcionaban las galerías de la plaza del zócalo y se perdió por las calles de la ciudad, dejándose llevar por el frescor que proporcionaban las zonas más umbrías, en un intento de encontrar la serenidad de espíritu que necesitaría en menos de una hora.


De pronto, al doblar una esquina, Norte se encontró con una pequeña muchedumbre congregada frente a una humilde casa. El murmullo procedente de los rezos se elevaba monótono en cada uno de los misterios del rosario. Mujeres de rodillas sobre la acera sostenían en sus manos velas, imágenes de santos, estampas y rosarios. A la puerta de la casa unas monjas Vicentinas, tocadas con un liviano hábito de color crema, organizaban con precisión monástica, la peregrinación que hacia el interior de la vivienda se había formado.

Sin pensarlo Norte se acercó y, sin saber muy bien porqué, se colocó en la cola de acceso a la vivienda. En apenas diez minutos se hallaba en una sencilla estancia enmarcada por paredes de bloques de cemento. Un camastro en la esquina y una pequeña silla de madera, que hacía las veces de mesilla de noche, atiborrada de velas, imágenes de santos y crucifijos componían el lugar de culto. En el suelo unas manchas de humedad  conformaban una difusa imagen que él ni remotamente podría relacionar con la representación del Sagrado Corazón.

A un lado de la escena, la familia Boo Monilla. Cuatro niñas y un chamaco de entre tres y siete años de edad, miraban sorprendidos para la multitud que había invadido su hogar tras las faldas de su madre, mientras su padre declaraba elocuentemente a unos periodistas: “Me quedé sin trabajo por una semana y pensaba en mi familia y lo de mi enfermedad, pero gracias a Jesús que me visitó sé que todo será diferente, mañana me vienen a ver por un trabajo y tengo mucha fe que se cumplirá mi petición”.

En ese instante Norte salió de la estancia y se alejó convencido de que no podría defraudar a aquellas gentes que le querían agradecer el haber creído en su comunidad.

A lo lejos, frente al Teatro Franciscode Paula Toro, se agolpaba expectante otra pequeña muchedumbre, esta vez con un ánimo más festivo. Norte respiró hondo, se abotonó la chaqueta y se dirigió con paso pausado, sabiendo por fin, lo que diría en sus palabras de agradecimiento.