domingo, 1 de septiembre de 2019

La atalaya mágica


«Cuando la vegetación desaparece y las aristas ganan protagonismo, un reino pétreo, mineral, … salvaje surge ante nuestros ojos» ­ pensaba Norte, visiblemente emocionado por el espectáculo que contemplaba.
Para un simple aficionado al senderismo como él, aquella cumbre era como pasar de jugar en una liga regional a hacerlo en la Champions. Todo allí arriba era abrumador; la altitud, las pendientes imposibles, las condiciones climáticas, todo se transformaba en cifras superlativas que no hacían más que acrecentar la belleza desgarradora del Schilthorn, … una hermosísima atalaya mágica desde donde se divisan los picos más famosos de los Alpes.
Con toda probabilidad, de no ser por el teleférico en el que realizó la mayor parte de la ascensión, Norte se hubiese indigestado con los 2.970 metros de altitud de aquel coloso y jamás hubiese podido disfrutar de unas vistas privilegiadas. Un teleférico que debe salvar los más de 2.000 metros de desnivel haciendo el trayecto en cuatro etapas, cada cual más espectacular, lo que permite a los viajeros menos profesionales optar por hacer alguno de los tramos a pie y no desfallecer en el intento.


A medida que ascendía, Norte sentía como el horizonte se ensanchaba y él empequeñecía por momentos, … hasta llegar a la cima.
Necesitó varios minutos para recuperar el resuello, mientras de reojo visualizaba allá abajo la estación de Birg en la que se había bajado e intentaba interiorizar la, para él, gesta que acababa de realizar. En la distancia la panorámica de los más de 200 picos en una vista de 360º que no dejaba de asombrarle.

Jirones de nubes atrapadas en las cumbres añadían una pincelada apocalíptica a un lienzo irrepetible, … un cuadro que solo la naturaleza puede realizar. A un lado las cumbres del Eiger (3.970 m), Mönch (4.107 m) y Jungfrau (4.158 m), … y más allá el Mont-Blanc (4.810 m), rodeado de bellos glaciares. Toda una sucesión de cumbres que aturdía solo con mirarlas.



Cautivado por la escenografía, como si estuviese en un estado hipnótico, Norte no sabría decir el tiempo que se mantuvo allí, admirando el hermoso telón de fondo que la naturaleza le había regalado. Quizás tanto que comenzó a sentir los efectos del viento glacial que azotaba la cumbre del Schilthorn, así que recogió su mochila, guardó la cámara y se dirigió a tomar un café al Piz Gloria. Porqué allí, en la misma cima a casi 3000 m de altura, lo esperaba el restaurante giratorio que fue escenario del película de James Bond “Al servicio secreto de su majestad”.






viernes, 17 de octubre de 2014

Cocotier



Habían comido en un precioso restaurante sobre el río Aar. Al finalizar decidieron pasear por el antiguo casco medieval de la ciudad.

- ¿Y esa música? –preguntó Francesca sorprendida.

La melodía, una increíble mezcla de música latina, flamenco y jazz, llegó hasta ellos mientras callejeaban por las animadas calles de Berna, disfrutando de una cálida y soleada tarde que invitaba a disfrutar de la capital Suiza.

Sorprendidos y, quizás, un poco seducidos por el ritmo de aquel tema musical que, a medida que avanzaban, se oía más nítidamente, Francesca y Norte, tras una mirada cómplice, se dirigieron directamente al origen de la música.

Desembocaron en una plaza presidida por la catedral. En uno de sus laterales, arropados por un pequeño número de curiosos, tres jóvenes interpretaban un tema con profundas raíces andaluzas.

Se quedaron un buen rato fascinados, atrapados por aquella melodía fresca y tan abrumadoramente cercana, a pesar de encontrarse a miles de km del sur de España. Poco a poco, sus pies comenzaron a moverse al ritmo de la música. El grupo de espectadores, como si se tratase de un ondulante campo de trigo agitado por el viento, se movía acompasado, con una sonrisa de bienestar dibujada en sus rostros.

Durante unos instantes la burbuja de turista que los envolvía y aislaba del exterior se disolvió. De pronto se sintieron como en casa, disfrutando de un instante mágico e irrepetible.

Cuando terminaron, Norte se dirigió hacia ellos para comprarles un CD. Su sorpresa fue mayúscula cuando se enteró que la Cocotier Band, era un grupo de Zabrze (Polonia) y sus componentes: Andrzej Krośniak (guitarra), Mateusz Gremlowski (bajo), Krzysztof Cisowski (guitarra).



martes, 14 de octubre de 2014

Un instante mágico


Caminaron a duras penas, hundiendo sus botas en la nieve. Una luz lechosa, que les obligó de inmediato a ponerse sus gafas de sol, se mezclaba con la niebla impidiéndoles ver más allá de un palmo de su nariz. Su decepción iba en aumento. Habían subido hasta allí, a más de 3.500 m de altura, con la esperanza de ver uno de los lugares más bellos del mundo y parecía que la sospecha que ella tuvo en el tren sobre las condiciones climáticas en la cumbre, tristemente se cumplirían.

De pronto, como si la madre naturaleza quisiera concederles un inmenso favor, la espesa niebla comenzó a disiparse, arrastrada por el viento. En apenas unos minutos la imagen sobrecogedora de un inmenso río de hielo rodeado de montañas se fue materializando. Fue entonces cuando Francesca y Norte quedaron fascinados con el paisaje que se abría ante ellos en pleno corazón helado de los Alpes. A sus pies el glaciar Aletsch.

Después, casi tan rápido como se había abierto, la niebla volvió a cerrarse ocultándolo de nuevo. Pero ya nada podría borrar de sus retinas lo que acababan de ver.  






sábado, 11 de octubre de 2014

Un poco más cerca del cielo


Nada más partir, Norte se arrepintió de haber aceptado la propuesta de Francesca. La fuerza que destilaba la simple visión del Matterhorn al fondo, contrastaba con la concurrida y decepcionante calle central de Zermatt. Un sinfín de coches eléctricos que se acercaban sigilosamente, hacía un poco temerario deambular por allí mientras observaba ensimismado la dimensión abrumadora del paisaje alpino que rodeaba aquel pueblo del Catón de Valais. En realidad la afirmación que figuraba en numerosas guías sobre lo placentero que resultaba  pasear por sus calles le pareció bastante exagerada.

Para Norte, todo el glamour de la famosa estación de esquí se había volatilizado en un instante y Zermatt, una de las joyas suizas a los pies de la famosísima montaña que él prefería llamarle por su nombre italiano: Monte Cervino, quizás no lo fuese tanto. Y eso a pesar de los balcones atiborrados de flores, su edificaciones típicamente alpinas y su política medioambiental exquisita.


- ¡Vamos! ¿Te has dado cuenta que hora es? -le apremió una animada Francesca que caminaba unos metros más adelante.

Norte la observó divertido. Había intentado por todos los medios retrasar lo inevitable. Por primera vez en su vida se había hecho el dormido, remoloneado en la cama, alargado el desayuno lo indecible,… pero todo había resultado inútil. Francesca estaba firmemente decidida a realizar la senda y no hubo manera de disuadirla.

Caminaba a buen paso, radiante y magníficamente equipada para una buena caminata alpina, hacia la Estación Cremallera de Sunnega Paradisse y allí tomar el tren subterráneo que los dejaría, según la pormenorizada información que figuraba en el folleto turístico, a 2.288 metros.

Todo lo que les rodeaba, transmitía ese ambiente relajado y casi festivo de los lugares de descanso vacacional, quizás en este caso aderezado con una agradable sensación de despreocupación por el futuro y por esa discreta y comedida opulencia que solo se manifestaba en el precio de las cosas o en el carísimo equipamiento de los senderistas.

A pesar de la hora, en parejas, en grupos o individualmente, un buen número de personas aguardaba la llegada del tren que los llevaría un poco más cerca del cielo. Rostros relajados y bronceados, cortesía a raudales y murmullo de conversaciones cruzadas, en no menos de media docena de idiomas diferentes.

Nada más descender del tren y salir de la estación, la opinión de Norte cambió radicalmente. Desde allí arriba la belleza de los Alpes centrales suizos era simplemente sobrecogedora. De pronto, todo el discreto y comedido glamour que llegó a resultarle un poco asfixiante y opresivo, se esfumó. En unos instantes la gente desapareció tomando rutas diferentes y el paisaje alpino ganó todo el protagonismo.


Pero lo más importante estaba por venir. A sus espaldas, una enorme montaña, aislada de todas las demás, destacaba por encima de todas ellas. Con su geométrica belleza piramidal, el Monte Cervino se hacía omnipresente con sus casi 4.500 metros de altitud.


Sobrecogidos por la dimensión del paisaje que se extendía frente a ellos, no pudieron más que sentarse a media ladera para disfrutar durante unos instantes de aquella espectacular  panorámica, antes de comenzar su caminata.