domingo, 17 de enero de 2021

Bid for the Louvre


«No me lo puedo creer» ―se repetía Norte mientras volvía a leer la noticia,… y era cierto. El museo del Louvre ponía en marcha una iniciativa realmente fascinante. Él, que siempre se había lamentado de la excesiva masificación de los lugares turísticos veía como, ahora que la pandemia dejaba sin apenas turistas las ciudades, nada más y nada menos que El Louvre subastaba experiencias exclusivas. 

Su ceja izquierda se elevó al tiempo que en su rostro se dibujaba una sonrisa socarrona cuando comprobó que la propuesta más exitosa para las arcas del museo fue la de poder disfrutar de la Mona Lisa en la “intimidad” y sin vitrina de por medio, por la que un afortunado había pagado 80.000 euros. 

Recordó la primera vez que había ido al Louvre hace ya muchos años y él, como ese afortunado millonario había podido disfrutar de la obra sin vitrina protectora,… eran otros tiempos. Ya nunca más logró verla sin el cristal de seguridad de por medio repleto de reflejos y, acompañado de ingentes mareas de turistas deseos de descubrir el secreto de esa enigmática sonrisa y subir su selfie a las redes sociales como un trofeo más que añadir a su colección “aquí estuve yo”


Siguió leyendo el artículo, pero su pensamiento ya divagaba por las brumas del tiempo intentando visualizar aquellas experiencias en El Louvre que a él le habían dejado una huella indeleble y para las cuales no había tenido que pagar 80.000 euros en la subasta de la Casa Christie 's,…

Porque allí, en ese mismo museo, Norte había podido disfrutar en la más absoluta soletad de obras maestras como El amor de Psique (Antonio Canova, siglo XVIII) , un soberbio grupo escultórico neoclásico que representa la interpretación socrática del impulso amoroso...


… del Escriba sentado, una hermosa muestra del arte del Imperio Antiguo de Egipto (2480 – 2350 a C.) cuyo realismo fascinaba a Norte…


… o obras como el Código de Hammurabi, uno de los conjuntos de leyes más antiguos que se han encontrado en la antigua Mesopotamia realizado en el año 1750 a C. 


Pero si Norte hubiese tenido que elegir, sin duda alguna se quedaría con una de las representaciones más hermosas del período helenístico,… la Venus de Milo, la diosa del amor y la belleza….


… y especialmente con La Victoria de Samotracia, una bellísima obra del período helenístico que representa a Niké, la diosa de la victoria con alas sobre la proa de un navío.


Acabó de leer la noticia (PULSA AQUÍ si la quieres leer) y sonrió pensando que no es necesario ser millonario para disfrutar de las cosas buenas de las vida.

martes, 14 de mayo de 2019

Al otro lado


Siempre había pensado que una ventana era el marco perfecto para contar una historia.  A un lado o al otro, dentro o fuera; tras las ventanas discurren las vidas, se adivina el espacio interior, su luz nos cautiva y los paisajes diarios, esos que forman parte de nuestra vida, transcurren sin que muchas veces seamos conscientes de ello.

Tal vez por eso Norte deambuló sin rumbo, ajeno a las lujosas estancias, a las pretenciosas chimeneas o al rico mobiliario que hacía de Azay-le-Rideau un hermoso chateau del valle del Loira y, quizás por ello, buscó las ventanas que se abrían en sus gruesos muros.


Hermosas ventanas en las que sus cristales, como teselas, multiplican la luz como un caleidoscopio y crean un cuadro mágico en movimiento, distinto en cada estación, diferente a cada momento del día y de la noche para acabar convirtiéndose en los protagonistas escénicos de las estancias.



Acaso Gilles Berthelot cuando decidió construir una hermosa residencia, en consonancia con su importante puesto de tesorero de Fancisco I, buscase poner de relevancia su estatus social, dar visibilidad a sus éxitos…


… o tal vez poner de manifiesto ese otro efecto, ese que se persigue para la satisfacer la vanidad, ese que pretende despertar la admiración de los demás.


A pesar de ello, a Norte se le antojó que las ventanas, esa forma de comunicación entre el exterior y el interior de aquel bello edificio construido sobre una pequeña isla del río Indra, desde dentro o por fuera, representaban una forma de mirar y de hacerse mirar.


Quizás por ello, cuando la luz nos cautiva al otro lado,  debemos dejar que nos cuente su historia.


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Cuando la venganza se sirve fría

miércoles, 17 de abril de 2019

Saturno no estaba en Capricornio...


“La última vez que Saturno estuvo en estación retrógrada en el vigésimo primer grado (20°) de Capricornio fue en 1666, el año del Gran Incendio de Londres. Saturno está ahora en el mismo grado y entrará en estación retrógrada el 29 de abril. Y trágicamente, tenemos un incendio en Notre Dame”

Nada más acabar de leer la noticia en la prensa digital, en el rostro de Norte se dibujó una muestra de disgusto. Cada uno es muy libre de pensar lo que le venga en gana, pero de ahí a achacarle a un planeta como Saturno la responsabilidad de un incendio como el de Notre Dame, eso era mucho para él.


Y es que a  pesar de haber transcurrido casi dos años desde la última vez que  había estado allí, todavía recordaba con toda nitidez los bellísimos días de otoño que pasó en la capital francesa. Paris es hermosa en cualquier época del año pero, para él, el otoño en esa ciudad es mágico.


Los atardeceres se tiñen con una luz especial, el frescor de la tarde invita a refugiarse en las terrazas más abrigadas y los árboles de las avenidas comienzan a teñirse de tonos amarillos. Es entonces  cuando, entre las sombras del atardecer, se pueden intuir los andares toscos de Quasimodo por los tejados de la  catedral, confundido entre las gárgolas y las quimeras.


Ahora con los dos tercios de la techumbre de la catedral arruinados por el fuego, Norte deseó que, entre los escombros de la tragedia, los bomberos no encontrasen los cuerpos calcinados de Quasimodo y Esmeralda.


Dio otro sorbo a su café y continuó leyendo la noticia y, casi al instante, una sonrisa socarrona comenzó a dibujarse en su rostro. Y es que un astrónomo, esta vez de verdad, puntualizaba la afirmación anterior... y respiró tranquilo: “Saturno no está en Capricornio ahora ni el 29 de abril”.


Ahora solo quedaba esperar,… y desear que Quasimodo pueda volver a tañer las campanas de catedral muy pronto.

viernes, 18 de mayo de 2018

Cuando la venganza se sirve fría


Su fama le precedía; no en vano el Chateau de Chenonceau era uno de los destinos turísticos más visitados de Francia. Su imagen, reproducida miles de veces en la red, era sin duda uno de los iconos turísticos de la zona pero también uno de los motivos por los que Norte había decidido descartarlo en un primer momento.

Para él, la idea de compartir una visita con miles de personas convertía el viajar, un acto de expresión y disfrute de valores estéticos, culturales, históricos y sociales en un verdadero tormento. Por eso había elegido cuidadosamente la fecha antes de perderse en uno de los chateaux más hermosos que jalonan el Valle del Loira.


Y no le había defraudado. Suspendido sobre las aguas del río Cher, un afluente del Loira, Chenonceau conforma un conjunto fascinante no solo desde el punto de vista estético. Nada más verlo sintió que cada rincón de aquel lugar destilaba armonía y magia, pero también el lujo y la ostentación que perseguían cuando fueron construidos.


A medida que se acercaba, aumentaba su satisfacción. Había acertado con el día y apenas una docena de visitantes deambulaban por el lugar, disfrutando de cada rincón y posiblemente rememorando como él, pasajes de la historia relacionados con el hermoso conjunto renacentista.


Se apoyó durante unos instantes en la balaustrada que rodeaba el soberbio jardín que, justo a la entrada recibía a los turistas e intentó recordar a muchas de las mujeres que habían dejado su impronta en aquel lugar y que sin duda habían marcado su estilo, dándole ese sutil toque de belleza y armonía que solo una mujer puede conseguir.

Y comenzó su peculiar revisión histórica de aquel peculiar palacio-puente comenzando por lo más reciente, por Simone Menier, una enfermera que utilizó la galería construida sobre el puente como hospital durante la primera guerra mundial. Curiosamente aquellas estancias en las que durante el siglo XVI se celebraron fiestas fastuosas, fueron ocupadas por heridos durante la Gran Guerra.


Siguió caminado, esta vez por el interior de la fortaleza rememorando a muchas otras mujeres que con anterioridad formaron parte de su historia y que de un modo u otro habían dejado su huella en el lugar. Y en ese deambular histórico recordó a Louise Dupin, que salvó el inmueble de su destrucción durante la Revolución francesa o a Marguerite Pelouze que en el siglo XIX devolvió al palacio todo su esplendor.


Pero quizás para Norte, las dos inquilinas más relevantes, las que marcaron sin duda el estilo del chateau tal y como lo conocemos hoy en día, fueron sin duda Diana de Poitiers, favorita del rey Enrique II y su esposa Catalina de Médicis. Mujeres con una fuerte personalidad que hicieron de Chenonceau su particular campo de batalla; una batalla que duró toda una vida.


Se asomó a una de las ventanas y se sorprendió de la hermosa vista de los bellos y espectaculares jardines que en su día Diana de Poitiers hizo construir cuando el rey le regaló la propiedad. Mientras Enrique II vivió, Diana reinó sobre Chenonceau con luz propia durante casi 30 años y remodeló el soberbio palacio renacentista donde las fiestas se sucedían aumentando, sin duda, el rencor y los deseos de venganza de Catalina que desde siempre había ambicionado la propiedad.


Y justo en el lado opuesto Norte pudo contemplar el reverso de la moneda. Levantó su ceja izquierda y en su rostro se dibujó un esbozo de sonrisa mientras recordaba un dicho popular que hacía referencia a que la venganza se sirve en plato frío. Desde la ventana en la que se encontraba en ese momento podía disfrutar de una hermosa vista del Jardín que Catalina de Médicis se había hecho construir.

A la muerte de Enrique II, la suerte de su favorita Diana estaba echada y toda su influencia se desinfló tan rápido como cuando se pincha un globo. No tardó en ser expulsada de Chenonceau por Catalina, quién abordó importantes reformas, construyendo la galería de dos plantas sobre el río, un nuevo y más íntimo jardín renacentista y, sobre todo, celebrando fiestas mucho más suntuosas que las de su antecesora.


De pronto, al fondo, en la avenida que llevaba al chateau, Norte vió un numeroso y bullicioso grupo que turistas que se acercaba, así que comprendió que su visita a Chenonceau había acabado. Echó un último vistazo y se marchó agradeciendo a Catalina, a Diana y a todas las mujeres que dejaron su impronta en el lugar sus esfuerzos para crear y mantener hasta nosotros un lugar tan bello y hermoso.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Al resguardo del tiempo


En Concarneau, en Bretaña, en los confines del Finisterre francés, resguardada en una hermosa bahía de aguas tranquilas, la “Ville Close”, el pequeño islote de apenas 380 metros  de longitud, destacaba como un enorme  barco pétreo varado en aguas poco profundas.

A esas horas de la mañana, una bruma húmeda y pegajosa que servía de vínculo de unión entre el mar gris y el cielo bajo y nuboso, daba un aspecto irreal, casi místico, al baluarte que defendía desde hacía siglos la entrada al pequeño enclave fortificado.

Norte se había levantado temprano. La dueña del pequeño hotel en el que se alojaba en Lorient, a escasos quilómetros de Concarneu, le había advertido que en pleno agosto la diminuta isla se pondría hasta arriba de turistas, no en vano era uno de los lugares más visitados de Bretaña. Así que no lo dudó y se puso en marcha nada más amanecer.

Y es que el interés de Norte por la pequeña localidad era doble; por un lado le atraía visitarla y conocer de primera mano el pequeño enclave fortificado, con sus callejuelas y sus caminos de ronda en sus murallas, pero quizás lo que más le atraía era rememorar una novela que había leído ya hacía mucho tiempo y que de pronto le había venido a la cabeza cuando decidió visitar la ciudad.


Atravesó “Le Pont du Moros”, la única entrada a pie a la ciudadela, para darse de bruces con el pequeño patio triangular del cuerpo de guardia, dominado por la Casa del Gobernador y la Torre Major. Mirara hacia donde mirara se podía leer su pasado marítimo ligado a sus tradiciones, a su historia, a sus murallas y a sus casas, hogar de  grandes navegantes.

Paseó por el entramado de calles adoquinadas que daban cobijo a estrechas casas de granito que pugnaban por hacerse un hueco, constreñidas por el cinturón de murallas que las rodeaba. Por todas partes restaurantes y tiendas para turistas, aprovechaban cada centímetro cuadrado de los bajos de las casas, ofertando sus productos a los turistas que deambulaban día a día por sus calles.


Continuó su paseo disfrutando de cada rincón antes de que la marea humana anegara de forma sistemática sus calles. Fue entonces, aprovechando la tranquilidad que reinaba en aquel lugar,  cuando intentó rememorar alguno de los pasajes de un libro que había leído hacía ya mucho tiempo y que era el otro motivo de Norte para visitar la localidad. Se  trataba de  “Las señoritas de Corcarneau” una novela  que  Georges Simenon escribió allá por 1934.


A pesar del tiempo que había transcurrido, todavía podía recordar con bastante claridad su argumento, que además se relacionaba con  el vínculo pesquero y marítimo que la ciudad mantenía desde sus orígenes. Precisamente la trama se desarrollaba en torno a la historia de su protagonista, un patrón de una pequeña flotilla de barcos atuneros que tenían su base en aquel puerto pesquero en la primera mitad del siglo XX.

A lo largo de la novela, el autor describía como era el día a día de aquella sociedad de provincias allá por 1934 y Norte sentía revivir en su memoria muchos de los pasajes a medida que se perdía por las callejuelas que serpentean por la ciudad amurallada. 


Personajes como Jules Guérec, el protagonista, indolente y temeroso, dominado por sus hermanas; o Céline, su hermana menor, la más celosa y la más conservadora; o Marie Pampin, una joven madre soltera de la que Jules creyó enamorarse. A todos ellos pudo imaginárselos recorriendo aquellas calles y viviendo en aquellas casas.

Y, de pronto, se encontró con “La porte du passage”, una amplia brecha abierta en las murallas que daba paso a un pequeño embarcadero. Nada más verlo, a Norte se le dibujó una sonrisa en su rostro y sin pensárselo dos veces, se dispuso a embarcar en el pequeño ferry que esperaba atracado al pantalán. Se trataba de “Le bac du passage”, una pequeña embarcación que transporta pasajeros entre “Ville Close” y el distrito de Lanriec, al otro lado de la bahía, en una corta travesía que apenas duraba un par minutos.

Nada más embarcar, Norte recordó como el protagonista de la novela y sus hermanas también hacían uso del barquero para cruzar la ensenada,… y es que el servicio de transporte lleva operando desde el siglo XVII. 


Desde el otro lado de la bahía pudo comprobar como la “ciudad azul” es un lugar con una profunda tradición marítima y pesquera, una ciudad al resguardo del tiempo,  un puerto que sigue dando cobijo a los barcos pesqueros y a las gentes del mar…


Una ciudad a resguardo del tiempo…  también el tiempo histórico.


martes, 15 de agosto de 2017

Espíritu celta, seña de identidad




Desde 1971, más de 700.000 personas acuden cada verano a la cita. En las tierras de Lorient tiene lugar el Festival Intercéltico . Allí, durante dos semanas los mejores intérpretes de música celta de Irlanda (Eire), Escocia (Alba), Bretaña (Breizh), Gales (Cymru), isla de Man (Mannin), Cornualles (Kernow), Galicia (Galiza) y Asturias (Asturies) se dan cita en Bretaña

viernes, 21 de abril de 2017

La plaza más bonita


Desde luego no era una plaza al uso, una plaza donde las madres llevan a sus hijos a jugar a media tarde mientras intentan que merienden. Tampoco era una de esas plazas  en las que el ayuntamiento organiza actividades festivas y lúdicas. Ni siquiera era un lugar en dónde se reúne la gente entrada en años para dejar correr plácidamente los días de su jubilación.

En torno a ella no se levantan las edificaciones que uno se puede encontrar en la inmensa mayoría de las plazas públicas, normalmente símbolos del poder civil o religioso. Allí no había ninguna grandiosa catedral ni siquiera un sencillo ayuntamiento que le arrebatase el protagonismo a aquel remanso de paz en medio de la ciudad.


Tampoco era una plaza propiamente dicha, o por lo menos no correspondía a la “foto” que Norte tenía de un lugar como ese. En realidad tenía mucho de jardín, era como si fuese un parque privado de una enorme urbanización en el que la entrada está restringida y del que solo sus vecinos y, ocasionalmente, sus invitados pueden disfrutar. Y ahí radicaba precisamente para él su singularidad y su atractivo.

Era como una inmensa casa sin paredes. Habitaciones en las no había tabiques que ampararan a sus moradores. Y sin embargo, a él le gustaba pasear por aquel parque, sentarse en sus bancos y sentirse como un vecino más. Por esa razón, cuando visitaba la ciudad, intentaba alojarse en alguno de los muchos apartamentos de alquiler del Marais, quizás en un vano intento de formar parte de aquella comunidad.

Así que, una vez más caminó hacia una zona abrigada de la plaza. Allí, el sol del otoño le proporcionaba la calidez que buscaba. Era su zona preferida del parque y la había elegido como quién se decide por una casa, por su orientación, por sus vistas, por sus vecinos…, en fin esos criterios que todo el mundo suele valorar cuando busca un lugar donde vivir.

Y justo en una “estancia” próxima al banco hacia donde se dirigía, una joven pareja de novios posaban para su fotógrafo, ajenos al mundo que los rodeaba, solo pendientes de su propia felicidad.

̶  Félicitations aux jeunes mariés pour leur heureuse union ̶  les saludó Norte al pasar justo por su lado.

La pareja le devolvió el saludo con una leve inclinación de cabeza y con una enorme sonrisa dibujada en su rostro. Era como si un vecino del piso de arriba les acabase de felicitar por su compromiso.


Mientras tanto, al otro lado del “rellano”, en un parterre próximo, otro inquilino con apariencia de rastafari se relajaba fumando un pitillo mientras escuchaba quizás su música favorita. En realidad era como si estuviese en la sala de su apartamento, rodeado por todo aquello que le importaba.


Aquí y allá, repartidos por todo el parque, los inquilinos de la plaza descansaban al sol, charlaban o simplemente observaban a los viandantes como si se asomaran a las ventanas de los elegantes pabellones simétricos de ladrillo rojo que la rodean.


Porqué la Place des Vosges, es para Norte la plaza más bonita de todo Paris. Una elegante plaza renacentista, construida bajo el reinado de Enrique IV que atesora entre las verjas que la rodean, una buena parte de la historia de Paris y en donde residieron personajes ilustres como el Cardenal Richelieu o Victor Hugo.

Además también se ha convertido en el centro neurálgico de El Marais; uno de los barrios más interesantes de la ciudad, con sus calles adoquinadas, pequeños y escondidos patios, sus elegantes hotêls que son en realidad hermosas mansiones que conservan todo su encanto, sus seductoras galerías de arte, además de tiendas, restaurantes y cafeterías de cuidada estética.


Bajo los tilos, amparado por las paredes transparentes de su apartamento, Norte se dispuso para su pic-nic urbano, una solución muy parisina pero que en aquella bonita plaza tenía cierto aire de pueblo.

viernes, 10 de marzo de 2017

La ostentación vive en Chambord


Desde la distancia, el chateau se levantaba majestuoso y soberbio al final del largo canal del río Cosson, un pequeño afluente del río Loira. Como un gigantesco pastel cuajado de velas y dispuesto para el cumpleaños, Chambord fue el capricho de Francisco I, un empeño en el que el monarca invirtió una buena parte de los recursos de su reino en lo que para él era su ideal de hogar, un enorme castillo que cuenta con más de cuatrocientas cuarenta habitaciones, doscientas ochenta chimeneas y ochenta y cinco escaleras, sinónimo del lujo y la ostentación, y canon de belleza de la época.

Durante unos instantes, Norte trató de interiorizar lo que para la mayoría de la gente representa hoy en día el hogar, un espacio donde vivir, un lugar esencial, expresión de sus ideas y de su forma de entender la vida y, al compararlo con lo que estaba viendo, no pudo menos que sorprenderse por la magnificencia y suntuosidad del proyecto, fuera de toda lógica y de una dimensión incomprensible para un ciudadano del siglo XXI.

Lo cierto era que Francisco I transformó, entre 1519 y 1539, un sencillo pabellón de caza en una de las obras de referencia del estilo renacentista francés, muy influenciado por arquitectos  italianos como Doménico da Cortona, a quién se le atribuye el diseño básico del edificio, o el mismo Leonardo da Vinci, quién pasó los últimos años de su vida al servicio del monarca.


Estaba en el Valle del Loira, un lugar de cuento, donde hermosas praderas se confunden con bosques de ensueño, un territorio fecundo y generoso dominado por un río que discurre tranquilo por el centro del enorme y apacible valle; un lugar que muchos han denominado “el jardín de Francia”. Una zona en la que, durante más de tres siglos, la nobleza francesa construyó sus propiedades, rivalizando en suntuosidad y magnificencia.

Y en el centro de todo aquello estaba Chambord, quizás el origen y máxima expresión del concepto “vivir a la francesa” y en el que el monarca que lo mandó construir apenas llegó a alojarse medio centenar de días bajo su techo. Un castillo al que rodea un muro de treinta y dos quilómetros de longitud y cuyos dos metros y medio de altura encierran más de cincuenta quilómetros cuadrados de hermosos bosques y mantiene, todavía hoy en día a buen recaudo, la numerosa fauna cinegética, posiblemente las mismas especies que antaño eran objeto de las cacerías del rey.


Nada más entrar en su interior Norte pudo percibir toda la muestra de poder y riqueza que solo el ego y el capricho de un rey todopoderoso y extravagante como Francisco I podía permitirse. Por todas partes, como elemento decorativo de muchas de las bóvedas, la “F” y la “salamandra” estaban representadas hasta la saciedad.

La salamandra fue adoptada como emblema del rey, simbolizando el poder sobre el fuego, un animal mágico al que la leyenda que lo acompaña, “Nutrisco et extinguo” (“alimento y apago”) simboliza en cierto modo su poder sobre el fuego, pero también sobre los hombres y el mundo.


A medida que deambulaba por los espacios interiores no dejaba de sorprenderse por las grandes dimensiones de sus estancias. Todo en él era singularidad y desde sus espectaculares terrazas Norte puedo apreciar con detalle la recreación de las torres, chimeneas y atalayas, que en su conjunto conformaban un hermoso efecto orientalizante, subrayado por el colorido y el contraste que proporciona la decoración con la pizarra incrustada en la blanca arenisca con la que está construido el enorme castillo.


Pero si el conjunto es en sí mismo es una maravilla arquitectónica, la audacia con la se diseñaron sus alrededores no lo es menos y, aunque en un principio Francisco I pretendía desviar nada menos que el río Loira para convertirlo en el foso natural de defensa, finalmente tuvo que conformarse con trasvasar el río Cosson, un afluente del Loira. Norte elevó su ceja izquierda pensando si la obra de desvío de un pequeño afluente había logrado satisfacer la vanidad y la imperiosa necesidad de ostentación que el ego de su promotor deseaba para su proyecto.


Y de pronto, nada más verla, Norte se dio cuenta que el enorme edificio estaba construido alrededor de una escalera. Una enorme, monumental y hermosa escalinata que, situada en el centro mismo del palacio, asciende desde la planta baja hasta las terrazas superiores. Una obra de arte atribuida al mismísimo Leonardo Da Vinci y cuyo diseño de “doble revolución” hace que coexistan dos escaleras construidas en direcciones opuestas y que evitan que dos personas se encuentren cuando una baja y otra sube.


Y en su interior, una linterna ilumina las escaleras con luz natural cada una de las ventanas que se abren a las escaleras, como si se tratara de la savia que circula por el interior del tronco, dando vida a un árbol centenario.


Para Norte era la representación misma de los patrones naturales en los que se inspiró el Renacimiento. Porque la espiral no es una patente humana, sino fruto de la naturaleza. En conchas de caracoles, en estructuras de las plantas, en nada menos que en el ADN código universal de la vida, en la rotación del universo o el movimiento de las estrellas, en todas ellas la “curva de la vida” está presente.


Un último vistazo cuando se marchaba, le mostró una visión imponente del monumental edificio, toda una manifestación extrema de lujo. Durante un instante Norte pensó que la tentación, en efecto, vive en Chambord, y  sonrió cuando de pronto recordó el título de una famosa película “La tentación vive arriba” y pensó en la similitud de los términos. Fue entonces cuando  recordó la escena de Marilyn sobre una rejilla de ventilación del metro con su vestido blanco, una imagen mítica en el imaginario de los espectadores, quizás tan conocida como la imagen que él estaba viendo de Chambord, un alarde de exhibición realizado con vanidad.