domingo, 2 de noviembre de 2014

Un poco antes del atardecer


Llegaron a la enorme explanada que se abría frente al convento de San Francisco (Joao Pessoa), justo hacia el final de la tarde. Desde el crucero la hermosa fachada barroca destacaba grandiosa, iluminada por el cálido sol del atardecer.

- Dicen que es uno de los edificios barrocos más importantes del Brasil –apuntó Francesca, un poco más animada a medida que la temperatura del día descendía y el aire se hacía más respirable.

- Ya sabes que el barroco no es mi estilo, y menos este tan…

- ¿Rococó? – pregunto de inmediato ella, sin dejar que terminase la frase.

Norte levantó la ceja izquierda. Con una sonrisa apenas esbozada en sus labios, prefirió simplemente asentir. Conocía sobradamente los gustos artísticos de Francesca y, a pesar de que la etapa preferida de ella era el Renacimiento, estaba seguro de que, ahora que el calor sofocante comenzaba a dar una tregua, podría iniciar una pequeña discusión. Así que, prudentemente cambió de  tema y se dirigió a la iglesia admirando los nichos con bellas representaciones de la Pasión de Cristo que decoraban los muros laterales del atrio.


- ¿No te imaginas cual era el objetivo de los franciscanos al decorar las paredes con esta simbología, justo antes de entrar en la iglesia? –preguntó Francesca al observar el interés de Norte por las representaciones en azulejos portugueses del siglo XVII.

- Se pueden interpretar –contestó ella sin esperar su respuesta- que se trata de una indicación de que no se puede entrar en la casa de Dios sin pasar antes por el sufrimiento.

 - ¡Joder!... que sibilinos. –Contestó él, arrepintiéndose casi  al instante de haberlo dicho.

Una mirada aviesa de Francesca le bastó para darse cuenta de que no había estado prudente. Sabía que ella continuaba molesta. No tanto con él, sino consigo misma. Su cabreo provenía de cuando, un par de días antes, le propuso conocer el Sertao y ella prefirió quedarse. Un anuncio en la recepción del hotel donde se alojaban, con la propuesta de una puesta de sol en una playa paradisíaca, la había seducido. La famosa Praia de Jacaré resultó ser un penoso y patético espectáculo para turistas. Norte sonrió al recordar como ella misma le había contado rabiosa como, con los muelles y terrazas abarrotadas y el río lleno de embarcaciones también atestadas de turistas, un tío con un saxo, en pie sobre una canoa tradicional, interpretaba el Bolero de Maurice Ravel, mientras el sol se ponía en el horizonte.

A medida que las sombras y la penumbra se hacían con cada estancia, descubrieron el edificio poco a poco, paladeando cada rincón. Y Norte no pudo más que darle la razón sobre el barroco. La Capilla Dorada, la gigantesca pintura de más de 300 metros cuadrados en el techo de la iglesia o el resplandeciente y ornamentado púlpito, con una filigrana dorada única, le fascinaron.


Disfrutaron del atardecer en el claustro del convento de San Antonio anexo a la iglesia.  Cuajado de azulejos con motivos vegetales, no pudieron inhibirse al instante en el que la iluminación de la planta inferior se encendió, dando el contrapunto perfecto a la batalla de luces y sombras que se estaba librando en ese atardecer mágico.


Recorrieron las austeras celdas de los monjes. Pequeñas estancias, sin ningún ornato artificioso que contrastaba con la riqueza y el derroche decorativo de la iglesia. Unos sencillos balcones que daban al huerto interior se convertían en los protagonistas.


 Por último entraron en otra estancia. Una pequeña y sencilla cruz destacaba sobre una pared encalada. A su lado un balcón se abría al río Paraíba. Y al fondo, como un telón de un escenario, el sol se ponía por el horizonte. Norte observó sonriente como Francesca contemplaba fascinada, esta vez sí, una hermosa puesta de sol.


domingo, 26 de octubre de 2014

Un mar de piedras


Abandonó la carretera principal y continuó por una pista de tierra reseca y polvorienta. El ambiente fresco y vivificador del interior del vehículo que había alquilado en Joao Pessoa (Paraiba-Brasil), contrastaba con la temperatura del exterior. En varias ocasiones Norte había intentado apagar el aire acondicionado y abrir las ventanillas para disfrutar de esa sensación de libertad que da conducir sintiendo el viento en el rostro. Pero los negros nubarrones que cubrían el horizonte daban una sensación engañosa. Fuera, los más de 35 ºC no dejaban lugar a dudas, así que decidió que mejor sería soportar el ruido atronador del ventilador del equipo de aire acondicionado.

Después de casi tres horas de viaje, se encontraba apenas a unos minutos de su destino y una  sensación extraña le invadió. Hacía tan solo veinticuatro horas que había oído hablar de aquel pequeño lugar perdido en un país inmenso como Brasil. Quizás fuese la intensidad con la que Luzía, una nordestina con profundas raíces en el Sertão, le había descrito el lugar la noche anterior. Tal vez la continua búsqueda de lugares auténticos, alejados de los circuitos turísticos clásicos, que Norte perseguía con obsesión. O posiblemente la intuición de que aquel relato contado durante una aburrida cena oficial de un lugar inhóspito en medio de la nada, valía la pena.


Tras unos kilómetros por la pista de tierra, detuvo la camioneta. Había llegado. Frente a él una enorme superficie pétrea, coronada por un mar de piedras del tamaño de una casa, destacaba sobre el horizonte cargado de enormes nubarrones negros.

La belleza desoladora del “Lajedo do Pai Mateus” lo sorprendió. Durante unos minutos admiró impresionado las formaciones rocosas intentando comprender los mecanismos de la naturaleza para obtener aquel resultado. Finalmente, se decidió y salió del coche.


Una bocanada de aire caliente y seco le golpeó la cara nada más abrir la puerta del coche. Aun así, el ambiente tórrido de aquella planicie reseca y semidesértica no lo desanimó y siguiendo un sendero se dirigió hacia la base. Desde allí ascendió directamente hasta lo más alto de aquella elevación rocosa y, de pronto, pudo disfrutar del impresionante paisaje nordestino: una enorme llanura en la que crecían matorrales y plantas espinosas adaptadas a las duras condiciones de sequedad del lugar.


Rodeado de enormes moles graníticas de varias toneladas de peso, Norte se dio cuenta de su  verdadera dimensión. Formadas en el precámbrico, hacía ya más de 500 millones de años, desde entonces venían sufriendo un proceso constante de erosión por la acción del sol, del viento y de la lluvia, dando lugar a esferas de piedra que se mantenían, en un equilibrio precario, sobre la roca.

A lo lejos divisó una gran piedra con una forma extraña. Desde esa distancia parecía un enorme casco y Norte recordó las explicaciones de Luzía. La historia formal, la que hablaba del uso del lugar como centro ceremonial, 10.000 años atrás, por los pueblos indígenas prehistóricos. Pero a Norte le gustaba más la leyenda que daba nombre al lugar. También ella se la había contado y no cabía la menor duda que la “Pedra do Capacete” era aquella. Bajo ella, en el siglo XVIII, vivió un ermitaño y curandero conocido como “Pai Mateus”. Muchas personas habían sido curadas por él y, a cambio, solo admitía un poco de comida para subsistir.


Caminaba entre aquellas moles graníticas cuando sintió la primera gota en su rostro. Casi sin tiempo para amparase bajo ellas, comenzó a llover y, en unos segundos la superficie de las rocas requemadas por el sol abrasador y sedientas de agua fue bañada por las gruesas gotas de lluvia de la tormenta.

Bajo la misma roca, tres sonrientes brasileños que esperaban resignados a que el aguacero remitiera le hicieran un sitio a Norte y uno de ellos con cara de circunstancias le explicó que:  “Chuva e alegria no Sertão” (La lluvia es alegría en el Sertão)


Y Norte recordó de nuevo el evocador relato de Luzía sobre el “Sertão”. Tierras vastas y pobres. Tierras de sequías que hacen  emigrar a la gente hacia otras zonas. Pero también tierras donde late el corazón del Brasil más creativo.