viernes, 15 de mayo de 2020

El discreto encanto del jardín escondido


Quizás no fuese el jardín del Palacio de los marqueses de Fronteira en Benfica con sus setos de boj exquisitamente recortados y su fantástico muro recubierto de azulejos, o el jardín sagrado del Bom Jesús en Braga, con su extraordinaria escalinata; tal vez fuese irrelevante si se compara con la monumentalidad de las caprichosas e imposibles terrazas del jardín de la Casa de Mateus en Vila Real; y por supuesto nada equiparable con los jardines del Palacio Nacional de Queluz muy cerca de Lisboa.



Desde luego el jardín del Palacio dos Biscaínhos era mucho más modesto, mucho más pequeño y, sobre todo, mucho más discreto, tanto que muchas veces pasaba desapercibido para los turistas que recorrían las calles de aquella pequeña ciudad. Quizás la mesura que, en todos los sentidos, destilaba el lugar fuese precisamente lo que a Norte más le atrajo de aquel jardín barroco escondido en el centro de la ciudad de Braga.


Sus parterres, con los setos de boj, y sus formas geométricas rivalizan con grutas artificiales, pérgolas, fuentes y esculturas en un juego de seducción en el que la vegetación protagoniza el papel principal.

Es el jardín barroco reinterpretado por la cultura portuguesa en el que se aglutinan las influencias italianas y francesas con pinceladas y propuestas propias como la utilización de los azulejos.


Y si todo ese artificio no fuese suficiente, el jardín se engalana con ejemplares soberbios como el tulipanero de Virginia y los rincones con camelias que dejan adivinar la arquitectura de los edificios del palacio.


Y en la planta baja del edificio, la decoración estriada de los suelos y el mimo en la decoración de los establos pone de relieve la importancia de los caballos en el día a día de los moradores de la casa.



Mientras tanto, los azulejos retoman el protagonismo decorando escaleras y paredes en una especie de lenta y modesta transición que trasladó a Norte a la hermosa y serena escenografía barroca desplegada en los salones y las habitaciones del palacio.

Un bello palacio residencial barroco en el que se combina la racionalidad con el gusto por las formas geométricas de su discreto y encantador jardín escondido.




miércoles, 1 de abril de 2020

Como un hábitat mágico de sabiduría y fascinación

 
Subir por la Rúa dos Clérigos, en un soleado día de abril, no era una tarea sencilla, especialmente si se hacía al mediodía y después de llevar unas horas callejeando por Oporto, una hermosa ciudad repleta de sugestivas, pero también de empinadas y agotadoras, calles.


Así que cuando llegó a la Rúa das Carmelitas, Norte supo que lo peor había pasado. Desde allí a su destino no quedaban más de 100 metros de una pendiente suave desde la que ya se adivinaba su cautivadora fachada neogótica.


Pero, como le había ocurrido en otras ocasiones, era en su interior cuando surgía el hechizo y, como si se tratara de un hábitat mágico de sabiduría y fascinación, una librería, tan bella como la ciudad que la acoge, se mostraba ante él.

Anaqueles repletos de libros, de historias, de saber, cubren sus paredes profusamente adornadas por elegantes arcos ojivales e intrincadas figuras que parecen desafiar el más complejo tratado de geometría.



Con más de un siglo de vida a sus espaldas, entrar en la Livraria Lello e Irmão es una experiencia que difícilmente se puede olvidar. El aroma a papel impreso, y la tenue luz azulada que proporciona la sensacional vidriera que adorna su techo, recrean esa atmósfera mágica en la que Norte se ve envuelto cada vez que se adentra en la que para él es una de las más bellas librerías.


Y como si se tratase de un santuario sacramentado a la lectura, una bellísima escalera serpentea de un modo casi hipnótico que cautiva e invita a cada cliente a perderse en sus laberínticos espacios.






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La plaza del conocimiento

sábado, 2 de diciembre de 2017

Horadando las olas


Nada más cerrar la puerta y posar su maleta, Norte descorrió las cortinas que cubrían el enorme ventanal de su habitación. A pesar de ser tan solo las tres de la tarde, las nubes y el viento que azotaban la costa portuguesa producían una enorme y hermosa sensación de dramatismo que acrecentaba la agreste belleza de los acantilados sufriendo las embestidas del mar.

Y, de pronto, todo su malestar se esfumó como por arte de magia. Su monumental enfado con la compañía aérea por el retraso en el vuelo y la consiguiente pérdida de su enlace fue atenuándose a medida que el viento húmedo y cargado de salitre que entraba por el ventanal abierto de par en par, inundaba sus pulmones.

Sin casi explicaciones lo habían alojado en Ericeira, una pequeña población situada a más de 50 Km de Lisboa, a la espera de las más de 24 horas que tendrían que pasar hasta su próximo vuelo. Finalmente, resignado, comprendió que era inútil rebelarse y que solo conseguiría aumentar su mal humor; así que, sin perder un instante, se enfundó la única prenda de abrigo que llevaba y salió del hotel dispuesto a disfrutar de la pequeña población pesquera.


Sin pensárselo dos veces se dirigió hacia el puerto pesquero situado en la base de los acantilados. Desde la playa que se abría al abrigo del espigón podía contemplar allá arriba, la fachada marítima del pueblo con sus casas ribeteadas de azul, un azul desdibujado por la fría y gris luz invernal y la fina lluvia que caía en eses instantes.


Mientras tanto, frente a la playa, un grupo de surfers esperaba pacientemente para coger las olas más grandes y Norte se quedó un buen rato contemplándolos. Para un amante del mar como él, ardiente entusiasta de la navegación a vela, el surf siempre le había parecido un deporte apasionante, y que posiblemente, para muchos de ellos, trascienda de una simple afición a un modo de vida.


Y es que Norte tenía algunos amigos surfers que se movían como nómadas de playa en playa, en una búsqueda incesante de la ola perfecta, pero compartiendo, respetando, aprendiendo y, sobre todo, sintiendo, unos valores que él había visto encarnados muchas veces en ellos y que en cierta medida envidiaba.


Viendo a aquellos chicos flotando en sus tablas sobre el mar, esperando pacientemente las olas, sin ningún ánimo de competir, Norte podía sentir su pasión por el mar, su búsqueda constante de sensaciones, horadando las olas con sus tablas para atrapar la magia que existe en el mar y que transmite el surf.


Poco a poco, al caer la tarde, los surfers comienzan a retirarse. Con sus tablas a cuestas vuelven a tierra, posiblemente recordando el último impulso para ponerse en pie sobre la tabla y deslizarse por la ola; y que Norte imaginaba como algo muy semejante a una danza que hace aflorar de nuevo sensaciones que recorren cada centímetro de sus cuerpos.


Para cuando llegan a Ericeira, la noche se ha precipitado sobre las estrechas calles del pequeño pueblo de pescadores que ahora comparte espacio con esta nueva forma de ver y entender la vida.

lunes, 17 de julio de 2017

Escalón a escalón


Elevó un poco la delicada copa para descubrir al contraluz las tonalidades rojo rubí intenso antes de paladear una vez más la penetrante y deliciosa bebida. Intensa y redonda, con sabor a chocolate negro y aroma a frutos rojos silvestres,… todo un reto para Norte, hacerse con la maravillosa y desbordante complejidad del vino de Oporto.

Posó la copa sobre la mesa y se arrellanó en el cómodo sillón que presidía la terraza sobre los ondulantes bancales que descendían hasta el río Douro. Simplemente llegar hasta allí se había convertido en una deliciosa y maravillosa odisea. La estrecha y serpenteante carretera atravesaba, una tras otra, hermosas Quintas vinícolas que descubrían, tras cada curva, una nueva faceta de un paisaje cambiante que combina un medio natural incomparable con la intervención humana; una mixtura que no siempre es garantía de éxito, pero que en el caso de los viñedos del Douro se ha convertido en una hermosa y feliz realidad.


Era un simple aficionado, pero Norte tenía claro que el vino de Oporto era una increíble carambola. Un conjunto de circunstancias en las que variables como el suelo, el clima, contextos históricos y la pasión por el trabajo bien hecho habían confluido, convirtiendo al vino de Oporto en uno de los mejores vinos del mundo. Una simbiosis entre el medio natural y la determinación casi obsesiva del hombre que han concluido en una alianza que se mantiene desde hace varios siglos.

Viendo aquellos viñedos en terrazas, trepando escalón a escalón en bancales dibujados sobre los suelos de esquistos, Norte comprendió que eran precisamente los terrenos conformados por esas rocas metamórficas, con una fortísima intervención humana, las que le proporcionaban a las cepas un buen drenaje  y una elevada absorción de la radiación solar, acumulando calor durante el día y soltándolo por la noche. Esa era, sin duda, una circunstancia que hacía de los caldos cultivados en esta zona algo singular.



En ese momento el sol había logrado disipar por completo la capa de niebla con la que el día había amanecido  y la temperatura había comenzado a subir paulatinamente, así que Norte se vio obligado a refugiarse bajo la enorme sombrilla que amparaba buena parte de la terraza.

A pesar de que se encontraba a finales de octubre y que las hojas habían comenzado desprenderse de los viñedos, todavía se podía disfrutar del hermoso espectáculo que los portugueses han dado en llamar “otoño de fuego”. Todo un espectáculo para los sentidos, donde el color rojizo de los cultivos se combina con el olor etílico de las uvas maduras, despertando en él sensaciones que le recordaban a su juventud.

Y es que quizás esa fuese otra de las particularidades que hacen excepcional al vino cultivado en esta región. Las características climáticas de la región, con cultivos situados en profundos valles expuestos al sol y resguardados de los vientos húmedos del Oeste por las sierras de Marao y Montemuro.


Pero quizás los aspectos más sugerentes para Norte eran, sin duda alguna, los avatares históricos que dieron lugar a la denominación de origen más antigua del mundo allá por 1756. Porqué, en el caso de los vinos de Oporto, su proceso de elaboración se debe a circunstancias económicas e históricas casi casuales.

Norte sonrió al recordar cuando, tan solo hacía unos instantes, Doña Renata, la patrona que regentaba la casa rural donde se alojaba, le relataba con devoción que todo había comenzado hacía más de 300 años, cuando los comerciantes ingleses que transportaban en barco lana hasta Portugal comenzaron a buscar productos para rentabilizar el viaje de vuelta y los vinos de Oporto comenzaron a ser transportados y pronto muy demandados, en buena parte por la escasez de los vinos franceses debido al empeoramiento de las relaciones entre Francia e Inglaterra. Pero un último obstáculo debería ser salvado, ya que muchos cargamentos se echaban a perder durante el viaje.

̶  Los vinos no viajan bien.  ̶ Le recordaba Doña Renata, mientras le relataba que solo aquellos que tenían un mayor contenido en alcohol llegaban en buenas condiciones a Inglaterra,… de ahí que, a reforzar los vinos con brandy y llegar a las sofisticadas y complejas fórmulas,  fue solo cuestión de tiempo.


Es la historia del río Duero, es la historia del esfuerzo de generaciones de viticultores de un vino mítico y legendario cultivado escalón a escalón,… es la historia del vino de Oporto.

sábado, 3 de octubre de 2015

Nostalgia


Llevaba casi media hora sentado a los pies de la estatua ecuestre de D. José I admirando el espectáculo que le proporcionaba la visión del estuario del río Tajo al amanecer. A esas horas apenas unos pocos lisboetas cruzaban con paso apresurado, la Plaza del Comercio para dirigirse a sus trabajos.

Había decidido levantarse temprano para disfrutar de Lisboa antes de que, el todavía ardiente sol de septiembre, comenzase a abrasar las calles en un día más de calor que se anunciaba. A intervalos, una brisa fresca y refrescante le llegaba desde el mar haciéndolo olvidar las calurosas jornadas que estaba viviendo desde que había llegado a aquella ciudad. 
     
Al fondo, apenas difuminada por una delicada y casi imperceptible bruma, Norte observaba fascinado una escena en la que había reparado ya hacía algunos minutos. Frente a él, enmarcado por las escaleras y las dos columnas de mármol, justo en el lugar por donde antaño los embajadores y la realeza hacían su entrada en la ciudad, un hombre observaba con nostalgia hacía las aguas del estuario. A pesar de encontrarse de espaldas a él, Norte no se pudo resistir a imaginar las circunstancias personales que podrían rodear a aquel hombre.

Quizás sentía nostalgia de su tierra, de su hogar o de sus seres queridos, quizás trataba de visualizar los amaneceres  del lugar donde nació. Norte sabía por experiencia que esos sentimientos solían ser poco realistas, un anhelo idealizado. Aun así, se recreaba con demasiada frecuencia en emociones pasadas, rememorándolas una y otra vez.


Y, de pronto, como una pompa de jabón que estalla desvaneciéndose repentinamente en el aire, la magia desapareció. Un rosario de corredores, modernos penitentes del culto al cuerpo, comenzaron a pasar a intervalos y aquel lugar, especial y sorprendente hasta ese momento, se convirtió solo en uno más de los hermosos rincones de Lisboa.

sábado, 8 de agosto de 2015

El evocador de recuerdos


El tiempo, y quizás las circunstancias, habían convertido a Norte en un evocador de recuerdos. Comenzó casi sin darse cuenta, de una manera muy sutil, rememorando en sus largos períodos de soledad pequeños flash de vivencias pasadas. Al principio necesitaba un catalizador, un pequeño impulso en su interior que desencadenase el proceso.

Normalmente requería abrir la carpeta con las fotos de uno de sus numerosos viajes que guardaba celosamente en su ordenador y con la simple visión de las instantáneas que había realizado, en su mente se agolpaban los recuerdos,  evocaciones de todo tipo que iban desde la visita a un monumento destacado hasta precisar la meteorología que lo acompañó o alguna anécdota ocurrida durante el mismo.

Más tarde, quizás por la práctica que iba adquiriendo, le bastó con visualizar un objeto, una situación que le recordase algún fragmento de su existencia para activar el mecanismo que le permitía volver a evocar pasajes completos vividos en anterioridad.

Pero últimamente se había percatado que podía activar ese mecanismo a voluntad. Es decir que le bastaba con desearlo para que en su mente desfilasen los fotogramas de lo ocurrido. Imágenes, sensaciones, olores y sabores eran percibidos como reales, deleitándose con su recuerdo.

Tanto había perfeccionado su método que Norte podía despertar sus recuerdos no solo cuando lo deseara, sino también allí donde se le antojara.  Y así comenzó un juego que lo llevó a poner en práctica su poder evocador en los escenarios más dispares, situaciones que podían ir desde un viaje en solitario en cualquier medio de transporte hasta activar su singular capacidad en plena reunión de trabajo.

Fue precisamente durante una aburrida reunión en su oficina cuando decidió, una vez más, poner en marcha su capacidad evocadora. Fue como, si de pronto, se desdoblara y el Norte sensato y eficiente se quedara discutiendo los sesudos y aburridos informes que había sobre la mesa, mientras que el otro Norte, el Norte bohemio y soñador se evadía por Lisboa.


Y de repente se encontró callejeando en un paseo inacabable por sus calles, a veces caóticas, a veces cartesianas, de adoquines descolocados que se precipitan al río Tajo, en cuyas aguas se refleja la luz cautivadora y única que ilumina toda la ciudad. Al fondo el icónico Puente 25 de Abril, puerta de entrada, o de salida según se mire, a un océano poderoso y azul que forma parte indisoluble de la ciudad y de su historia. 


- ¿Estás de acuerdo?

- Pues no del todo -contestó Norte tras una pequeña vacilación, producto quizás de su precipitado regreso de las calles lisboetas-.  Tened en cuenta estos otros datos. Lo más fácil es que no tengamos tiempo suficiente para terminarlo este año.

Y mientras sus compañeros realizaban rápidos cálculos sobre la observación que había hecho sobre la duración del proyecto, el tram tram del tranvía 28 girando justo frente a la Sé le obligó a Norte a buscar cobijo en una de las estrechas aceras que ascendían trabajosamente desde La Baixa, justo frente a una pequeña mercería que se mantenía impertérrita al avance de los tiempos y que alimentaba el continuo coqueteo de los lisboetas de lo provinciano con lo cosmopolita.


- ¿Un café? – le ofreció uno de sus compañeros mientras hacían un pequeño receso en la reunión.

Y de pronto, el aroma intenso y penetrante del café lo trasladó al ambiente bohemio de  O Chiado, como antesala del Barrio Alto, moderno y alternativo. Porque Lisboa es la ciudad de Pessoa.

“Se, depois de eu morer, quisierem escrever a minha biografia,
Nāo há nada mais simples.
Tem só duas datas -a da minha nascença e da minha morte.
Entre uma e outra coisa todos os días sāo meus.”

“Si después de yo morir quisieran escribir mi biografía,
no hay nada más sencillo.
Tiene sólo dos fechas -la de mi nacimiento y la de mi muerte.
Entre una y otra todos los días son míos”.
Fernando Pessoa

Y también Lisboa es la ciudad de  las fachadas desconchadas, de tabernas y de iglesias, de pequeños comedores tradiciones y modernos  restaurantes, de garitos de fado. Por eso Lisboa es moderna y tradicional, decadente y encantadora.


Por todo eso, Lisboa también es la ciudad donde se evocan los recuerdos.

sábado, 1 de agosto de 2015

Nostalgia


Era incapaz de recordar las veces que había estado en aquella ciudad. Tantas, que los recuerdos se confundían en una densa bruma que le impedía individualizarlos, quizás en un vano y fútil intento de situarlos en el tiempo y hacerlos cercanos y próximos. 

Intentó repasar mentalmente las personas con las que a lo largo de su vida había compartido sus calles adoquinadas, empeñadas en ascender serpenteantes hasta el infinito. Con las que había disfrutado de la intensidad de un café pingado en una de sus hermosos cafés. Con las que había compartido mesa en uno de los restaurantes de A Ribeira. Y en su rostro, como una mueca, se dibujó apenas una sonrisa que, poco a poco, se fue transformando en un rictus que guardaba cierto parecido al de la amargura.

Una leve vibración que se transformó poco a poco en un temblor sordo y profundo, le sacó de sus pensamientos. A lo lejos el moderno metro de Oporto emergía de las profundidades de la ciudad para cruzar el Puente de Don Luís I en dirección a Vila Nova de Gaia. Desde lo más alto de aquel entramado de hierros ideado en el año 1886 por un discípulo de Gustave Eiffel, Norte disfrutaba de una hermosa panorámica de la ciudad.


A su alrededor numerosos turistas se afanaban en capturar con sus cámaras las vistas privilegiadas de Cais da Ribeira. Desde allí arriba, a muchos metros de altura sobre el río Duero, el abigarrado entramado de casas se derramaba desde la Sé hasta el mismo muelle componiendo un desordenado puzle multicolor que se acentuaba con la cálida luz del atardecer. 


Y de pronto, tras él, una voz cálida y aterciopelada lo sacó de sus pensamientos. Entre el ruido producido por los turistas que se agolpaban al final del puente para obtener una buena vista de la “Ribeira”, llegaron hasta él retazos de una conversación.

- Che bello! Porto è davvero sorprendente…

De inmediato Norte trató de localizar el origen de aquellas palabras. La musicalidad exuberante y aterciopelada de la lengua italiana le sobresaltó. Era como si ella estuviese allí, a su lado, haciendo uno de sus comentarios. Por unos segundos imaginó a Francesca con una sonrisa dibujada en sus labios, mirándolo con ese brillo en los ojos que le tenía absolutamente fascinado.

No tardó más que unos instantes en comprobar que se trataba de una pareja de italianas que a un par de metros de él admiraban el cúmulo de tejados que descendía hasta la ribera del río. Y una enorme nostalgia lo invadió. Y de nuevo en su rostro se dibujó un rictus que guardaba cierto parecido al de la amargura.

Recordó las veces que le había hablado de Oporto. Las veces en las que habían hecho planes para visitarla y otras tantas ocasiones que hubieron de renunciar. Y una enorme nostalgia lo invadió.

Se la imaginó recorriendo la ciudad en uno de los tranvías que todavía transitan por sus empinadas calles, al ritmo pausado y lánguido de unos convoyes de los años 30. Y una enorme nostalgia lo invadió.


Casi la pudo visualizar revisando entusiasmada los anaqueles repletos de libros de la Librería Lello e Irmão, sorprendida frente a su espectacular escalera labrada que comunica la planta baja con el piso superior. Y una enorme nostalgia lo invadió.


Y se preguntó si algún día podría visitar aquella fascinante ciudad a su lado. Y una enorme nostalgia lo invadió. Y de nuevo en su rostro se dibujó un rictus que guardaba cierto parecido al de la amargura.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Palafitos de piedra


- Pero... ¿qué son esas construcciones? –preguntó, sorprendida Francesca ante la visión de la “Eira Comunitaria” con sus más de cincuenta espigueiros que, sin norma urbanística alguna, se levantaban desordenados, sustentados por pilares rocosos como si se tratara de palafitos elevados sobre un mar de piedra.

Era la primera vez que viajaba al Noroeste de la Península Ibérica, así que Francesca se quedó atrapada por aquellas edificaciones pétreas, recias y rotundas que parecían resistir el paso del tiempo con la indiferencia de las construcciones cuya edad se mide, no por años ni decenios, sino por centurias.


Presididos por una cruz en sus techumbres, quizás buscando la protección divina, y cubiertos por un lienzo de líquenes y musgo que los integran a la perfección en un paisaje brumoso y húmedo de la zona; los graneros aéreos representan el tesoro familiar, el lugar donde se mantiene a salvo el bien más preciado para una sociedad rural: el grano y las semillas.

- ¡Fíjate!, es como un ejército de guerreros a los pies del castillo –volvió a señalar Francesca.



En efecto los espigueiros, ahora abandonados, parecían custodiar las murallas del Castillo de Lindoso, una fortaleza también vacía que ya no tenía como misión proteger la frontera entre Portugal y España.   

domingo, 19 de octubre de 2014

La isla de los milagros


Descalzo en la orilla, Norte vio como la embarcación a motor que lo había dejado en la isla Insua, se alejaba desdibujándose poco a poco en la niebla húmeda y fría que entraba desde el mar.

Comprobó si su mochila continuaba seca después del aventurado desembarco. A pesar de la aparente calma que presentaba el mar, lo cierto era que las olas rompían con fuerza en la playa, único lugar relativamente seguro de desembarque, comprometiendo la estabilidad de la embarcación. Así que, Norte tuvo que saltar a tierra bastante lejos de la orilla y el resultado no fue otro que un buen remojón, casi hasta la cintura, que lo dejó tiritando de frío.

Sobre el arenal,  desvaneciéndose entre la bruma, la vieja Fortalezada Insua daba testimonio de la contumaz testarudez de los hombres. Su obstinación en construir sobre unas rocas que apenas emergían un palmo sobre la superficie del mar, justo en la desembocadura del río Miño, era una buena prueba de ello. Se imaginó como sería la vida en el siglo XVII, en aquel mendrugo de arena y piedra de apenas 300 m de longitud.

En realidad la fortaleza albergaba en su interior los restos del convento franciscano de Santa María de Insua, construido en 1.471, y ese era precisamente parte del objeto de su visita a aquel desolador peñasco.

Comenzó a caminar hacía el fuerte a través de la larga lengua de arena, repleta de algas de arribazón y restos de ramas blanqueadas por el sol y la salitre, arrastradas hasta allí por las mareas. 


Nada más superar un bastión triangular que protegía el acceso, justo en el límite de la arena y la zona donde comenzaban a aparecer los primeros rastros de vegetación, se encontró con un espectacular lienzo de la muralla cuajado de líquenes de color naranja que dulcificaba en parte la sobria arquitectura militar. En el centro la escueta puerta de entrada coronada por tres escudos y a un lado la inscripción alusiva a su construcción:

"A Piedade do muito Alto e Poderoso monarca el rei D. João IV /
ministrada pela intervenção e assistência de D. Diogo de Lima /
Nogueira General e Visconde de Vila Nova da Cerveira Governador das /
armas e exército da Província de Entre Douro e Minho dedicaram /
esta fortificação à sereníssima Rainha dos Anjos Nossa Senhora /
da Ínsua para asilo e defesa das religiosas da Primeira Regra /
Seráfica que assistem nos contínuos júbilos desta Senhora debaixo /
de cujo patrocínio se assegura a defesa desta corte. Fez-se a /
obra na era de 1650"

El portalón de acceso, entornado, como si se tratase de una sutil invitación a entrar, lo esperaba.

Caminó con cautela sorteando los numerosos cascotes y vegetación que crecía libremente por todas partes, hasta encontrarse con un pequeño patio de armas. Los techos caídos y escombros esparcidos por todas partes, le daban aspecto desolador pero también, si cabe, transmitían un estado de abandono que hacía mucho más ensoñador y sugestivo el lugar.

Una amplia escalera le condujo directamente a las murallas, justo a uno de los baluartes que protegían la entrada.


Recordó entonces la causa que lo había llevado hasta allí. Se acercó al viejo cañón, que apuntaba amenazante hacia ninguna parte, y buscó su agenda en la mochila. En las últimas páginas, con una caligrafía impecable, figuraban las innumerables anotaciones que Norte había tomado en las últimas semanas.

Levantó la vista y se dio cuenta de su intuición y tesón para visitar aquella pequeña isla, a pesar de las dificultades que entrañaba. Desde allí arriba, por encima de la opresión de los altos muros y el abandono del interior del fuerte, la vista era magnífica. A pesar de la espesa niebla, Norte se imaginó el monte de Santa Tecla a su izquierda, la playa de Moledo, cobijada tras la el pinar de Camarido, a su derecha y, al Oeste, el Océano Atlántico, batiendo con todo su fuerza.

Se sabía de memoria el contenido de aquellas notas, no en vano llevaba varias semanas buscando en internet las innumerables historias que sobre un lugar como aquel había. A pesar de todo, le gustaba repasarlas en un ejercicio sistemático de su propia metodología de trabajo y búsqueda de la información.

De todas las leyendas que encontró referidas al lugar, las de los supuestos milagros vinculados al convento eran las más atractivas y sugerentes. Era sin duda esta riqueza histórica, la que captó desde un primer momento la curiosidad de Norte.

Desde la perspectiva que le daba la altura de las murallas, buscó entre la maraña de muros y tejados hundidos que había en el interior del fuerte, y enseguida reconoció un pequeño campanario sobre uno de los tejados que precariamente se mantenía en pie.

De inmediato se dirigió hacia allí y, tras dos intentos fallidos para dar con la iglesia en un laberinto de muros semiderruidos, se topó con los restos de un diminuto y tosco claustro en torno al cual se distribuían las estancias del convento. Una vez allí todo resultó más sencillo y, tras cruzar una puerta, se encontró en el interior de la capilla.


Si el contexto general era desolador, el diminuto templo no era una excepción. Todo lo que era posible llevarse y tenía algo de valor, había sido expoliado, en un acto de latrocinio propio de otros tiempos. No había rastro alguno de las tallas barrocas o de los azulejos del siglo XVII que en un tiempo pasado habían decorado sus paredes. Tampoco quedaban restos de los altares e incluso la campana faltaba de su hornacina.

Norte deambuló entre aquellas ruinas apesadumbrado por el saqueo que había sufrido el lugar. Recordaba que, vinculados a aquellos muros, existían un gran número de leyendas que hablaban de milagros. El nacimiento de agua dulce entre aquellas piedras en el medio del mar, la ausencia de animales peligrosos en la isla, la forma en que muchas veces los frailes franciscanos se salvaron del ataque de los piratas, …

Salía, dispuesto a marcharse, cuando en el rostro de Norte se dibujó una sonrisa. De inmediato, tras fijarse en una lápida del suelo de la capilla, recordó una leyenda que hablaba de un milagro. Se trataba de Francisco Gonçalves, pescador y barquero de la isla, quien había hecho la promesa a Nuestra Señora de entregar una lamprea por cada docena que pescase, como dádiva a los frailes. Ocurrió que después de pescar las doce lampreas no entregó la siguiente que había capturado. Finalmente, por incumplir la promesa, Francisco no pescó nada durante los trece días siguientes mientras sus compañeros se hacían con grandes capturas.

En el suelo, justo a sus pies, una lápida que rezaba la siguiente inscripción: “¿¿¿¿alves barqueiro que foi desta casa - 1559” (¿¿¿¿alves barquero que fue de esta casa – 1559) y Norte sonrió al pensar que quizás Francisco, el avaricioso pescador, hubiese sido perdonado y se alegró de que los saqueadores no hubiesen reparado en aquella humilde lápida.