viernes, 16 de noviembre de 2018

Como un mundo aparte


«El comercio, en sus infinitas facetas, sigue siendo el motor del mundo,... »  ̶ pensó Norte a medida que se acercaba al mercado y percibía como el ajetreo y la animación de las calles aledañas iba en aumento.


Y es que, no en vano, el comercio posiblemente es una de las actividades más antiguas de la humanidad… 


... y a pesar de ello, o quizás por esa misma razón, todos los mercados se parecen. En todos ellos se mantiene ese vínculo entre el comerciante y el cliente,… esa confianza tácita que todo pacto  necesita. 


Pero también cada mercado conserva el distintivo que lo caracteriza… esa etiqueta que lo identifica, la peculiaridad que diferencia a cada uno de los mercados del mundo y que está impregnada de la personalidad y la esencia del lugar y de sus gentes.





En Mindelo, en la isla de San Vicente, en el archipiélago de Cabo Verde, el colorido, los sonidos y sus gentes le proporcionan a sus mercados esa pincelada amable y sencilla que los hace singulares.



Se dejó arrastrar por las sensaciones y deambuló entre los puestos repletos de mercancías y de sueños de prosperidad reflejados en los rostros de muchas de aquellas mujeres que, como en tantos otros lugares de la tierra, llevan sobre sus espaldas la pesada carga de la precaria economía familiar.




Mirase hacia donde mirase, Norte comprobó que aquel universo no se detenía en la venta de productos. Por todas partes, en torno al mercado, prosperan actividades económicas que le reafirmaron en la idea de que, en efecto, el comercio es el motor del mundo.




Pero si algo le maravilló una vez más es que los mercados, en cualquier lugar, son además lugares de evasión, de relaciones sociales,…




… era como si se tratase de un mundo aparte, ajeno a todo lo que ocurre en el resto del universo.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Entre el cielo y el mar


Entre el cielo y el mar, un puñado de islas emerge en medio de la inmensidad del Océano Atlántico; roca, arena y viento con una rara y hermosa mezcla de raíces africanas y la herencia europea. Es el archipiélago de las Islas de Cabo Verde, un lugar para vivir la naturaleza...







Pero para Norte viajar es algo más que ver simples escenarios, por asombrosos que sean. Para Norte conectar con las personas, con la esencia local, es quizás la razón de ser de sus viajes. 


Apoyado en un precario muro, Norte no pudo menos que sonreír al ver jugar a aquellos niños con una enorme y maravillosa sonrisa dibujada en sus labios mientras quizás soñaban con emular algún día a sus ídolos del universo “Champions league”.

En aquellos momentos eran los Ronaldos y los Mesis que se enfrentaban en una final épica en el campo de arena y piedras situado en Salamansa, una pequeña aldea de pescadores en la Isla de Sa͂o Vicente. Era sin duda el Bernabeu o el Nou Camp, dependiendo de los sueños y predilecciones de cada uno de ellos.

Lo había visto muchas veces a lo largo de su vida y una vez más Norte comprobó que, afortunadamente, los niños jugaban felices ajenos a la realidad que los rodea.



Era domingo, ese día de la semana en el que las comunidades pesqueras de la isla aprovechan para descansar, ese día placentero y relajante en el que también en Sa͂o Pedro, Calhau o en la Baía das Gatas se ralentizan las labores diarias…



Una vez más, Norte reparó en que vivimos en un mundo lleno de cosas prescindibles,… y que sin duda deberíamos aprender a ser felices con lo que tenemos.


Y Norte no pudo menos que parafrasear a Agustín de Hipona y también al refranero popular, y  recordó que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita.



sábado, 17 de octubre de 2015

El sueño incumplido


Mientras esperaba a que Cecilio volviese a recogerlo, Norte caminaba por la angosta y serpenteante carretera disfrutando del paisaje volcánico y apocalíptico de las montañas que comprimían las escasas, pero fértiles tierras del Valle de Paúl en la isla de Santo Antao en el archipiélago de Cabo Verde.

En las cumbres, la niebla se deshacía en girones ocultando el azul del cielo y la vegetación exuberante y profusa tapizaba las laderas casi verticales de las montañas, proporcionando un hermoso telón de fondo a la caña de azúcar que florecía en los exiguos retazos de parcelas agrícolas, en terrazas que los caboverdianos habían logrado levantar en una lucha inmisericorde e inquebrantable contra la ley de la gravedad.


Al borde mismo de los cauces de los torrentes, un puñado de casas construidas con piedra volcánica y cubiertas por la paja seca de la caña de azúcar que crecía a su alrededor daban una pincelada humana a aquel lugar donde la naturaleza desbordaba con una exuberancia de la que solo ella era capaz de mostrar.


Al fondo, sentado sobre el muro de piedra que delimitaba la ondulante carretera, Norte descubrió por fin el elemento humano, el componente que le faltaba para conformar la escena de una comunidad rural dedicada a la agricultura.

Cuando el todoterreno de Cecilio se detuvo a su lado para recogerlo, Norte se encontró con el rostro sereno de su guía observándolo a través de la ventanilla del automóvil. Su carácter afable y hospitalario hizo que enseguida se estableciese entre ambos un clima de cordialidad y confianza.

- Conoces a ese hombre que está sentado ahí delante –preguntó Norte nada acomodarse en el asiento delantero.

- No, no lo conozco –respondió Cecilio tras unos instantes de observación- con toda seguridad se trata de un agricultor de la zona que está pasando el tiempo. Mucha gente de estos lugares siente, como dice el poeta Jorge Barbosa, una “nostalgia resignada de países lejanos


- ¿A qué te refieres?  

- La vida aquí es extremadamente dura –continuó Cecilio en una especie de monólogo reflexivo al que Norte ya se había acostumbrado- y la mayoría de los caboverdianos piensan obsesivamente en emigrar. Todos tienen algún familiar que vive en países lejanos y en ellos tienen depositadas todas sus esperanzas.

Nada más decir estas palabras, Norte rememoró a alguno de los compatriotas de Cecilio que había llegado a conocer. Sonrió al recordar al taxista que lo había llevado al aeropuerto en Boston, o a la extensa comunidad de caboverdianos que vivía en Burela, una localidad de Galicia.

- Pero para otros muchos –continuó Cecilio tras una pequeña pausa- esta añoranza se transforma en un sueño incumplido. La falta de dinero para iniciar una nueva vida o simplemente de carecer de la valentía para hacer las maletas y emigrar se transforma en un muro infranqueable más difícil de saltar que el océano que nos rodea.

sábado, 28 de marzo de 2015

Morabezza


A medida que la tarde transcurría y el sol comenzaba su precipitada carrera para zambullirse en el Océano Atlántico, la temperatura descendía hasta alcanzar ese estado que invita a pasear, a sentir la brisa del atardecer sobre la piel después de un caluroso día. Esa sensación de relajación y bienestar que, la mayoría de las veces, no es más que un burdo plagio de la felicidad, pero que en dosis adecuadas sirve para sobrellevar nuestra, a veces, inexplicable existencia.

A esas horas de la tarde, los caboverdianos comenzaban a componer su particular final del día. Un partido de fútbol en la playa, una charla pausada en el paseo marítimo, saborear una cerveza fresca o la simple contemplación de la mole rocosa de “Monte cara”, una elevación montañosa que se levanta al nordeste de la isla que debe su nombre al perfil que presenta. 


Norte caminaba lentamente, sin prisas,  disfrutando de la refrescante brisa marina en su rostro a lo largo del paseo que bordea la playa. Atrás quedaban las preocupaciones del día, los horarios incumplidos, los retrasos injustificados, … todo indicaba que tras unos días en la isla de San Vicente había comenzado a comprender lo que significaba la “morabezza”, esa forma de ser de los caboverdianos expresada en idioma “criole”. Tranquilidad, hospitalidad, amabilidad se podrían traducir en ese eslogan más moderno y menos preciso que los habitantes de la isla emplean ahora para pedir a los turistas occidentales un poco de paciencia: ”Cabo Verde no stress”.


A pesar de los evidentes signos de abandono y  de la suciedad acumulada en algunos lugares de la ciudad, Mindelo no lo había decepcionado. Conservaba ese aire colonial que le daba un carácter propio y singular; esa mezcla de cultura africana y brasileira, herencia quizás de la época portuguesa y de la proximidad al continente africano. En fin,  ese exotismo que a los europeos nos hace soñar con aventuras en lejanos y desconocidos países.

La música que provenía de uno de los locales que daban al paseo le hizo detenerse. Hasta él llegaban los compases de una melodía fresca, natural y cautivadora que de inmediato lo invitó a entrar. Se sentó en una de las mesas libres desde la que podía disfrutar del grupo musical y pidió una cerveza “Coral”, suave y refrescante que llevaba tomando desde que había llegado. Justo en ese momento subió al escenario una hermosa joven. A pesar de su fuerte acento caboverdiano y de emplear muchos términos en "criole", Norte comprendió la práctica totalidad de su presentación pero, sobre todo,  percibió la textura aterciopelada y cálida de su voz.


Tan pronto comenzó a cantar, acompañada de su guitarra, inundó con una voz poderosa hasta el último rincón del local. Temas propios que fusionaban estilos muy próximos a la música negra americana sin huir de sus raíces e influencias musicales, sedujeron de inmediato a Norte.

- ¿Ta bon?  –le preguntó de pronto el camarero que le había servido la cerveza hacía tan solo unos instantes– ¿Gosta da música de Daisy Pinto?

- ¡Moito! –contestó Norte, que ya no se sorprendía de la afabilidad de los caboverdianos y que, sobre todo, comprendía que su gente era lo mejor de Cabo Verde.