viernes, 4 de octubre de 2019

La última morada


A lo largo de su vida, Norte había visto infinidad de lugares que fueron la última morada, … desde sencillos camposantos que acogieron los despojos de gente corriente hasta lugares con una importante significación histórica y artística, debido a la relevancia de los personajes que allí yacieron o a la belleza o grandiosidad de los sepulcros; esos que sirvieron para dar cobijo a seres humanos en su último viaje. Tumbas enormes y monumentales, aquellas que se levantaron para asegurar el paso a la eternidad espiritual. También de otras mucho más discretas, pero realmente hermosas. Todo un repertorio de formas, épocas y estilos. 

Así que cuando se acercó al Dolmen de Viera no pudo menos que sentir un ligero escalofrío. Frente a él se elevaba un túmulo de tierra de unos 50 m de diámetro perfectamente reconocible construido hace unos 3.500 años antes de nuestra era.


Si penetrar en su interior a través de su única entrada orientada hacia el Este le sorprendió, cuando llegó al enorme corredor de casi 20 metros de longitud formado por grandes bloques de piedra de varias toneladas de peso le sobrecogió. Como un tránsito entre dos mundos, el fantástico corredor desembocaba en una pequeña cámara funeraria a la que se accedía a través de una enorme losa perforada, … y fue entonces cuando Norte se imaginó el sol alineado con el corredor iluminando la cámara sepulcral durante unos breves minutos en los equinocios de primavera y otoño…


Salió abrumado por la colosal obra que grupos de agricultores y pastores, sin más ayuda que sus músculos y herramientas simples de silex, madera y hueso, levantaron hace miles de años; así que cuando a escasos metros se encontró con otro túmulo su asombro fue en aumento. Allí, prácticamente al lado del Dolmen de Viera se encontraba el Dolmen de Menga, un colosal sepulcro de corredor construido en torno al 3700 antes de Cristo.


Enormes piedras verticales conformaban las paredes (ortostatos), sobre las que se apoyaban otras horizontales (cobijas), alguna de las cuales llega a alcanzar las 180 toneladas, y que constituyen un conjunto de más de 27 metros de longitud. En este caso un corredor y un hermosísimo atrio, sirven de tránsito hacia la cámara sepulcral en la cual se localiza un pozo excavado en la roca de casi 20 metros de profundidad.


De nuevo, Norte se sintió abrumado por las dimensiones colosales del túmulo, especialmente si se consideraban los medios tan precarios que se habían utilizado para su construcción. Y una vez más, como en el caso anterior, al salir comprobó que el corredor tenía una orientación hacia un lugar especial. Un accidente geográfico cargado de simbolismo, … un enorme peñón calizo aislado en medio de la llanura… 



Permaneció unos instantes en la entrada del túmulo disfrutando de la alineación perfecta que esas primitivas comunidades megalíticas habían dado a su monumento funerario, tratando de comprender quién se habría hecho merecedor de una última morada con una carga de simbolismo tan grande.

Finalmente se dirigió al último de los túmulos que había decidido visitar en el Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera, el Tholos de El Romeral, el tecer monumento megalítico situado a menos de 2 km de los anteriores y construido hace más de 2.500 años antes de Cristo.



La contemplación del bellísimo túmulo rodeado de cipreses cautivó a Norte de inmediato. Desde donde se encontraba podía disfrutar de la sencillez de la entrada que se perdía en el interior de un  montículo de más de 70 metros de diámetro que cubría el conjunto.

Pero si el exterior tenía un aspecto tremendamente seductor, tan pronto entró Norte se percató del cambio. Las paredes del corredor de entrada, de sección trapezoidal, estaban construidas por piedras pequeñas y cubiertas por grandes lajas. 



Al final del corredor, una estrecha puerta daba paso a una cámara circular con una falsa cúpula realmente hermosa y esta, a su vez, a una cámara más pequeña, completando un conjunto realmente excepcional.

Las diferencias constructivas con los dólmenes anteriores eran evidentes, sin embargo, para Norte el Tholos de El Romeral suponía un monumento megalítico tremendamente armónico, especialmente si se comparaba con la tosquedad y quizás simplicidad del Dolmen de Viera, y con la monumentabilidad del Dolmen de Menga.


Cuando salía, todavía sorprendido por la belleza de la construcción que acababa de ver, Norte se percató de la orientación; en este caso el corredor estaba orientado justo a la cumbre más alta de la Sierra de El Torcal, … toda una ofrenda para la última morada.