sábado, 14 de abril de 2018

El hermoso reflejo de la transparencia



El día frío del mes de marzo no desanimó a Norte. El cielo despejado y la atmósfera límpida hizo que la luz incidiese sobre las pieles de vidrio de los edificios. Fue entonces cuando las fachadas de la ciudad se transformaron en enormes pantallas que reprodujeron una bella paradoja visual,… una realidad alterada que cambió su percepción del espacio y que de inmediato le fascinó. Eran las cajas de cristal, eran las pieles de vidrio de la ciudad de New York,… era el hermoso reflejo de la transparencia.









jueves, 5 de abril de 2018

Gradara: entre la leyenda y la historia




A medida que la sinuosa carretera lo acercaba y el conjunto iba ganado protagonismo, a Norte se le fue dibujando una sonrisa en su rostro.

«Italia nunca defrauda»  ̶ pensó mientras intentaba recordar el sin fin de pequeños pueblos con los que se había topado cada vez que viajaba a aquel país. Daba igual la región en la que se moviese o la época del año que fuese. Tras el meandro de un río, en medio de una llanura o en lo alto de una colina, siempre había esperándolo un hermoso lugar cuya historia se enzarzaba en las brumas del tiempo. Y Gradara, en la región de Las Marcas, no era una excepción.


Durante la Edad Media y el Renacimiento sus murallas habían sido testigo de alianzas y desencuentros entre las familias más poderosas de la península italiana y el papado. Allí dejaron su huella los Sforza, los Montefeltro, los Borgia, los Medici o los Della Rovere,… pero especialmente los Malatesta.

Porqué los Malatesta, además de ser los responsables, allá por los siglos XIII y XIV, de la construcción del castillo y del doble anillo de murallas que todavía hoy en día protege al hermoso burgo, fueron los protagonistas de un pasaje de la historia que rivaliza con uno de los dramas de amor más famosos del mundo de la literatura.


Fue entonces cuando recordó que, tras sus muros, Paolo Malatesta y Francesca de Rímini fueron arrastrados por el torbellino infernal del amor prohibido. Un matrimonio de estado que obligó a una jovencísima Francesca a contraer matrimonio con el hermano equivocado, … con Gianciotto, apodado “el cojo”.

Norte elevó su ceja izquierda al tiempo que en sus labios se dibujaba una sutil mueca que recordaba a una sonrisa. Quizás su malformación física había ayudado a que los caprichos del destino llevaran a Francesca a los brazos de su hermano Paolo; a un amor tan secreto como trágico.

No fue más que una cuestión de tiempo que el desventurado marido descubriese la infidelidad y les diese muerte en el acto, víctima de un ataque de celos. Todo un drama que Dante Alighieri plasmó en el Canto quinto del Infierno, “El viento infernal: los prisioneros del amor carnal”, en la Divina Comedia.


Son las tragedias que rivalizan, son los Maletesta y los Capuleto, es Verona y Gradara, son Romeo y Julieta, son Francesca y Piero, es William Shakespeare y Dante Alighieri,…. es el arquetipo de amantes desventurados.


Es la fortaleza que sigue vigilante, coronando un hermoso paisaje de verdes colinas y olivos. Es  la Rocca de Gradara.

sábado, 24 de marzo de 2018

El caos armónico de Elphi



Tuvo que rebuscar muy a fondo, en el cajón de los recuerdos olvidados, allí donde los días se desvanecen desdibujándose en las brumas del tiempo pasado, para ponerle fecha a una imagen que permanecía nítida en su mente. Juraría que podrían haber transcurrido tres años pero no estaba seguro; quizás cuatro, desde su último viaje a aquella ciudad y todavía podía recordar el extraño e impactante edificio coronado de grúas que había visto a orillas del río Elba.

Había ocurrido en Speicherstadt, en el puerto de Hamburgo, en un hermoso distrito compuesto por naves de ladrillo rojo construidas entre 1883 y 1927, en uno de los mayores complejos de almacenes del mundo declarado Patrimonio de la Humanidad y, a pesar de que su construcción no estaba rematada, ya destacaba como un faro en la noche.



Y ahora que lo veía finalizado, sin grúas ni andamios, se sorprendió de la magnitud y de la belleza del edificio; diseñado y construido para acoger a la Orquesta Filarmónica de Hamburgo. Era la Elbphilharmonie pero la llamaban cariñosamente Elphi, todo un detalle que Norte agradeció.

«Por fin lo han conseguido» ̶ pensó Norte, mientras recordaba la polémica que polarizó la opinión pública alemana lo largo de los más de trece años que duró su construcción y durante los cuales el presupuesto inicial de 77 millones de euros se fue multiplicando a medida que el edificio crecía, hasta alcanzar el dudoso título de proyecto cultural más caro de toda Alemania, superando los 785 millones.

Visto desde la posición en la que él se encontraba, Norte podía apreciar una enorme estructura de vidrio iridiscente coronada con unas enormes olas que descansaba sobre un sobrio edificio de ladrillo rojo, un histórico almacén de café, tabaco y cacao; quizás en un guiño exótico al comercio de coloniales tan importante en un puerto como en el de Hamburgo. Atenuando el contraste sobrecogedor entre ambas, una enorme plaza a 37 metros de altura permitía una visión en panorámica del puerto y de la ciudad.

Como siempre le ocurría en estas ocasiones, tenía que refrenar el impulso de dirigirse de inmediato al interior e intentar paladear el instante; deleitarse con la fascinante visión del edificio que se levantaba ante él. Estaba claro que sus autores, los arquitectos suizos Herzog y de Meuron, habían logrado sacar adelante un proyecto único, un hermoso envoltorio para una sala de conciertos del siglo XXI.

Franqueó la puerta de entrada y se topó con una gran escalera. Una escalera mecánica de casi 100 metros de largo que salvaba los más de 35 metros de altura que le separaban de la gran plaza pública que mediaba entre el antiguo almacén y la estructura acristalada. Y nada más comenzar a ascender, Norte se vio envuelto en una sorprendente sensación espacial al estar construida de tal modo que ambos extremos están fuera del alcance visual de quién la utiliza.


De nuevo, tras un pequeño descanso y después de un giro de 180 º, esta vez unas hermosas escaleras de madera le condujeron a un enorme y sorprendente hall interior, justo en la enorme plaza entre ambos bloques de edificios,… una bella transición entre el antiguo almacén de ladrillo y el moderno edificio que acoge la sala de conciertos.


Subió el último tramo de escalera despacio, paladeando una nueva perspectiva cada vez que los descansados peldaños le acercaban a su objetivo, en un juego de incertidumbre y misterio que sus creadores habían, sin duda alguna, conseguido.


Y nada más alcanzar la gran plaza interior, el secreto se desveló. Como flotando en el aire, como si estuviese levitando sobre los robustos y compactos muros de ladrillo rojo, se elevaba la enorme estructura vidriada a la que solo parecían sostener los ondulados cristales que rodeaban todo su perímetro, posiblemente en un intento de emular las ondas sonoras, las olas del río Elba o quizás ambas.


A Norte el resultado le pareció fascinante. No hacía falta salir a la terraza exterior que rodeaba el perímetro del edificio; a través de la cristalera podía obtenerse una espectacular perspectiva del skyline de la ciudad. Despuntando entre la maraña de tejados el ayuntamiento (Rathaus) o la Iglesia de San Miguel,… pero también del puerto de Hamburgo. Un caótico bosque de grúas que contrastaba con el ambiente armónico de, posiblemente, una de las mejores salas de conciertos del mundo. Era el caos armónico de Elphi.



viernes, 2 de marzo de 2018

¡Ahora o nunca!



 ̶  ¡Joder! ̶  exclamó Norte en cuanto se asomó al muro de piedra que la rodeaba.

Iluminada por la fría luz de un atardecer del mes de marzo, como un barco pétreo varado en la orilla, la pequeña pero hermosa construcción se elevaba orgullosa a pesar de sus más de 1.300 años de antigüedad.

Durante unos instantes contuvo el impulso de acceder directamente a su interior, calmar su impaciencia y así disfrutar de aquel instante mágico que la puesta de sol le había regalado. Desde la distancia a la que se encontraba, el edificio transmitía la armonía de proporciones de una sencilla iglesia de pequeñas dimensiones pero con una gran riqueza volumétrica. Construída con sillares de arenisca de un bello color rojizo, en ese momento su color se intensificaba por los últimos rayos de sol en su fachada.


Con toda probabilidad estaba presenciando una de las últimas obras visigóticas en España, construida justo antes de que los musulmanes invadiesen la Península Ibérica. Se trataba de San Pedro de la Nave, una iglesia edificada a finales del siglo VII y situada en El Campillo muy cerca de Zamora; un pequeño templo que en 1930 estuvo a punto de ser anegado por las aguas del embalse de Riocobayo en el curso inferior del río Esla.

Desde la posición de privilegio en la que se encontraba, Norte trató de imaginar las circunstancias que el arqueólogo e historiador Manuel Gómez Moreno debió superar para convencer a las autoridades de que aquella pequeña y ruinosa iglesia tenía un enorme valor histórico y artístico; que merecía la pena evitar que quedara sumergida bajo las aguas del pantano y que podía trasladarse piedra a piedra a un lugar seguro.

De inmediato sonrió al recordar el paralelismo existente entre un modesto monumento como aquel y el mundialmente archiconocido complejo arqueológico de Abu Simbel ubicado en Nubia, al Sur de Egipto. Salvando las abismales diferencias entre ambos, los dos habían sido salvados in extremis de quedar sumergidos bajo las aguas de un pantano.

Miró su reloj y decidió entrar. No quería perderse aquella luz del atardecer también en su interior. A medida que se acercaba, pudo constatar que las paredes del templo estaban levantadas con sillares de piedra de diferentes medidas, perfectamente escuadrados y asentados sin argamasa, lo que, sin duda, aumentaba esa belleza sencilla, casi telúrica, vinculada a la tierra que a él le fascinaba. Había sido un traslado ejemplar, especialmente si se tenían en cuenta las circunstancias sociales y políticas de aquel entonces.


Nada más empujar la puerta de entrada le invadió una enorme sensación de serenidad. La luz que entraba por los estrechos vanos prerrománicos repartidos todo a lo largo de los muros del edificio proporcionaban una suave luz que bañaba todo el interior, creando un juego de luces y sombras que acrecentaba la belleza y la espiritualidad de los espacios interiores.

Tan pronto su vista se fue acomodando a la penumbra que reinaba en el interior, Norte descubrió un juego de volúmenes que se distribuían sobre una planta que combinaba una estructura cruciforme y basilical, en la que los arcos de herradura servían de nexo de unión entre ellas.


Fue entonces cuando recordó algo que había leído sobre la función de cada uno de esos espacios, destinados a los diferentes grupos de personas que intervenían en el culto, en función de su condición. En todo caso, era una sencilla pero también bella jerarquización del espacio.


Caminó despacio, adentrándose en la iglesia e intentado no perturbar el ambiente de recogimiento y serenidad que se respiraba. Fue entonces cuando se percató del hermoso friso que recorría los muros. Los motivos geométricos de cruces, ruedas solares y flores se sucedían dando lugar a una banda que aunque él sabía que tenía una misión de protección del edificio, a Norte le gustaba pensar que esas tiras tan bellamente cinceladas en piedra eran una forma de representar la belleza. Y lo mismo sucedía con los capiteles historiados que remataban las columnas de mármol que sustentaban los arcos de herradura; repletos de simbolismos para los entendidos y que a él le parecían sencillamente hermosos.


Y, de nuevo, volvió a sonreír al recordar el paralelismo existente entre un modesto monumento como aquel y el mundialmente archiconocido complejo arqueológico de Abu Simbel. Y si aquel “Ahora o nunca” desesperado, lanzado a la comunidad internacional por la UNESCO en 1960 hizo posible que podamos seguir disfrutando de un legado excepcional del arte egipcio, Norte no pudo dejar de recordar al arqueólogo e historiador Manuel Gómez Moreno, a quien debemos la salvaguardia y protección de nuestro patrimonio cultural.

viernes, 16 de febrero de 2018

Era,... como tocar el cielo al atardecer


A medida que el sol se precipitaba tras el horizonte y la luz disminuía, Norte aceleró el paso. Apenas quedaban unos minutos para el ocaso y no quería perderse uno de los mejores momentos del día; eses instantes de total armonía con la naturaleza en los que nos invade esa maravillosa sensación de paz interior.

Caminaba sobre una mullida alfombra de acículas en un frondoso bosque de pino canario del Parque Natural de Tamadaba, en el municipio grancanario de Agaete. A más de 1.000 metros de altura, sobre el mar de nubes que tapizaba el horizonte, sintió un cúmulo de sensaciones que todavía se mantienen en su recuerdo: el silencio, solo interrumpido por el ligero crujir de las acículas secas bajo sus botas; la suave brisa que removía las ramas de los árboles y acentuaba el aroma acre e intenso de los pinos; y el color,... ese color cálido y aterciopelado del horizonte al atardecer, una explosión de rojos, anaranjados y rosados.


Unos instantes antes de que el sol se desvaneciera en las sombras de la noche, trepó hasta un roquedo que colgaba del acantilado y, desde ese balcón de privilegio, Norte pudo disfrutar de la silueta majestuosa del Teide, en la isla de Tenerife recortada sobre el horizonte, como flotando sobre un mar de nubes. 


Era uno de los espectáculos más bellos de la naturaleza. Era,... como tocar el cielo al atardecer.

sábado, 10 de febrero de 2018

Hoy puede ser un gran día


El viento glacial del mes de febrero azotaba sin piedad la cubierta del ferry y durante unos instantes Norte tuvo la tentación de refugiarse en el interior del barco. Finalmente optó por permanecer allí un rato más; al fin y al cabo no todos los días tenía la oportunidad de contemplar el skyline de New York y menos desde un lugar de privilegio como aquel. Es más, tuvo el presentimiento de que, sin duda, sería un gran día y que cada instante era irrepetible; así que dio un último sorbo a su café mientras disfrutaba de la fantástica panorámica desde el East River.

Miró hacia el interior de la cabina de pasajeros a través de las ventanas. Allí sentados, dormitando algunos o ensimismados con su teléfono otros, se cobijaban apenas un centenar de New Yorkers mientras duraba la corta travesía hacia Manhattan. Por unos instantes sintió que se había convertido en uno más de los miles de personas que a diario acudían a la gran manzana utilizando el Ferry de Staten Island; el medio de transporte que la sufrida Melanie Griffith utilizaba para ir al trabajo en Armas de mujer.


Nada más desembarcar se dirigió a Wall Street, quizás una de las calles más emblemáticas del bajo Manhattan; el lugar donde el dinero nunca duerme, con sus historias financieras mil veces narradas por la industria cinematográfica. Un distrito cuajado de enormes rascacielos cuya construcción más representativa es sin duda el Edificio de la Bolsa de Valores.

Como siempre, cada vez que visitaba esa calle, Norte se sorprendía de como el cine puede llegar a hacer cotidiana una realidad que a la inmensa mayoría de los mortales les es absolutamente ajena. A pesar de ello, le gustaba disfrutar de esa otra visión del corazón mercantil y económico de la ciudad, esa imagen de calles estrechas y de apenas 1.600 metros de largo que contrasta con el despiadado universo financiero que rige las economías del primer mundo y que, cómo no, el cine acostumbra a mostrar bajo las premisas del poder y del dinero. Es el argumento de El lobo de Wall Street y que, como no podía ser de otro modo, está basado en hechos reales. De nuevo, una vez más, la realidad superaba a la ficción.

Caminó sin un rumbo fijo, dejándose llevar por las sensaciones, viviendo el aquí y el ahora, … hasta que un murmullo en sus tripas le recordó que su único sustento desde que se había levantado consistía en el frugal café que se había tomado en el ferry; desde luego, una pobre contribución calórica para el tiempo ventoso y frío que ese día hacía en New York. Comprobó la hora y, tras pensárselo unos instantes, tomó un taxi y se dirigió a Chelsea, al fin y al cabo no se encontraba demasiado lejos.


Allí podría entrar de nuevo en calor, en uno de los mercados más singulares de New York. Era como un enorme pastel trufado de todo tipo de tiendas, exposiciones y una variada oferta culinaria. Con sus paredes de ladrillo visto surcadas por tuberías de todo tipo y suelos de cemento pulido, Chelsea Market conserva desde su inauguración, allá por 1997, ese aspecto industrial que le proporciona un encanto especial, ya que originariamente era la fábrica de galletas Nabisco, la marca que elabora las populares galletitas saladas Ritz o las galletas Oreo que Norte había saboreado en multitud de ocasiones.


Todavía paladeando el bagel relleno de queso crema y pepino que había comprado en Davidovich y dando un último trago al café latte, decidió salir de nuevo en busca de una de las zonas verdes más singulares de la ciudad. Se trataba del High Line Elevated Park, un jardín construido, a lo largo de poco más de una milla, sobre una antigua línea de ferrocarril en desuso. A pesar del frío, un buen número de personas caminaba por el paseo, así que Norte se unió a ellas disfrutando, desde una posición privilegiada, de unas vistas únicas de las calles adyacentes. Desde allí arriba se repitió a si mismo que lo importante era vivir el aquí y el ahora; respirar profundamente para disfrutar en lugares comunes. Norte sabía de la fuerza del presente y por eso lo intentaba vivir intensamente.


Caminó hasta toparse con uno de los rascacielos, para él, más bellos de la ciudad. Finalmente se detuvo en la calle 23; desde allí la vista del Flatiron Building era soberbia ya que a pesar de poseer solo 22 pisos, aquel “pequeño edificio” dominó los cielos de la ciudad allá por 1902. A Norte le fascinaba su aspecto elegante que recordaba a una columna clásica griega, especialmente si se observaba por su parte más estrecha, de solo 2 metros de ancho.

Desde la posición en la que se encontraba podía imaginarse a Peter Parker trabajando como fotógrafo en el Daily Bugle y ejerciendo de hombre araña en Spíderman. Y es que, fuese a donde fuese, no podía dejar de admitir que New York se había convertido por derecho propio en un personaje más de las películas que en esa ciudad se habían rodado.

Consultó la hora mientras echaba una última mirada al hermoso rascacielos y, sorprendido, comprobó que ya era mediodía. Había transcurrido una buena parte del día y, aunque lo había disfrutado plenamente, la sensación de que el paso del tiempo se aceleraba a medida que transcurrían los minutos se hacía cada vez más patente. A pesar de conocer la ciudad, era su único día libre y quería aprovecharlo al máximo, así que sin pensarlo dos veces buscó la parada del metro más próxima y se dirigió hacia ella…


Nada más salir de las escaleras del metro, sonrió a la vez que elevaba su ceja izquierda. Frente a él se levantaba el edificio Dakota, un lugar emblemático en la ciudad, un imán para la gente famosa, ya que entre sus inquilinos más célebres, Norte recordaba a Lauren Bacall, Judy Garland o a Bono, el cantante de U2. Pero para él era además un verdadero icono ya que también vivió allí John Lennon, uno de sus más venerados ídolos musicales.


Sin pensárselo dos veces, se dirigió a su próximo destino. En realidad se encontraba justo enfrente, en Central Park, y mantenía una estrecha relación con el edificio que acababa de visitar. Se trataba de Strawbwrry Fields Memorial, un jardín presidido por un mosaico en blanco y negro en el que destaca la palabra “Imagine” en su centro, levantado en recuerdo de John Lennon.

Antes de continuar, se sentó un rato para escuchar los acordes de Strawberry Fields Forever que un músico interpretaba en la plaza, una canción inspirada en la infancia de John cuando jugaba en el jardín de un hogar infantil.


Dejó unas monedas en la funda de la guitarra del músico y se internó en Central Park. Tenía claro que su siguiente destino era Bow Bridge, uno de los puentes más famosos y meca de los enamorados; no en vano fue elegido por los neoyorquinos el lugar más romántico del parque.

Lo había visto en distintas estaciones del año pero nunca en pleno mes de febrero y, aunque el otoño era la época en la que más le había gustado, tenía que reconocer que las formas clásicas en hierro fundido del puente proporcionaban un bello contraste con los rascacielos que lo rodeaban y una vez más Norte comprendió porqué ese lugar era utilizado como plató por la industria cinematográfica. La última película que él recordaba era Café Society,... y casi pudo imaginarse allí a Woody Allen dirigiendo a Jesse Eisenberg y a Kristen Stewart.

Consultó de nuevo la hora y comprobó que apenas quedaba algo más de una hora para que comenzase a anochecer. Estaba exhausto, pero sin duda quedaba lo mejor, y eso era sin duda disfrutar del ocaso en uno de los lugares más icónicos de la ciudad, así que se dirigió a la 5ª Avenida y tomó un taxi, deseando que ningún atasco en las calles lo retrasara más de la cuenta.


Cuando comenzó a recorrer la pasarela peatonal del Puente de Brooklyn, el sol comenzaba a ponerse y la hermosa luz del atardecer iluminaba los edificios, proporcionando un bello telón de fondo al entramado de cables que ayudan a sostener uno de los puentes más emblemáticos de toda la ciudad.

Desde allí, Norte se dispuso a disfrutar de una fantásticas panorámicas del Manhattan Bridge, del Empire State Building, de la figura recortada de la Estatua de la Libertad,… con unos juegos de luces y sombras únicos que hacen de este paseo una experiencia fascinante repleta de iconos visuales mil veces reproducidos en la gran pantalla. Y, de nuevo, el cine volvía reaparecer. Como si se tratase de una constante, cada rincón de aquella ciudad había servido de escenario para rodar una historia. Y aquel puente, un icono para la ciudad, poseía en su currículum un larga lista de películas en su haber. De nuevo a su mente acudieron imágenes de Saturday Night Fever, con John Travolta y Lynn Gorney, a Nathan Landau paseando con su amante Sophie en la película La decisión de Sophie, o a Miranda y Steve en Sexo en Nueva York…


Y de pronto, a Norte se le dibujó una sonrisa en su rostro. A unos metros, en el medio del puente, y rodeados por los sorprendidos turistas, una soldado imperial y Darth Vader se prometían amor eterno.

« Wedding in New York sería un buen título para esta película»  ̶ pensó él mientras felicitaba a los novios.

Finalmente, tras cruzar el puente y a pesar del cansancio y del frío helador que iba en aumento a medida que sol se ponía, Norte pudo disfrutar de un increíble atardecer desde los antiguos muelles de Brooklyn.


A medida que el sol se ponía tras los rascacielos de Manhattan, la noche desbancaba al día mientras miles de luces ganaban protagonismo. Como si se tratase de inmensos árboles de navidad, los rascacielos se iluminaban, dando lugar a un espectáculo fascinante que no dejaba de sorprenderlo a pesar de haber sido fotografiado y filmado millones de veces.

Había sido un gran día, sin duda,… pero Norte sabía que no volvería a su hotel sin pasarse por el West Village. Al día siguiente tendría que volver al trabajo, pero antes, todavía podría disfrutar, de una fantástica velada de jazz en Mezzrow.



sábado, 13 de enero de 2018

Voluntad divina



Aspiró profundamente el aire límpido, fresco, vigorizante... y comenzó a caminar por la estrecha senda que serpenteaba junto al río Eume. El rumor de las aguas y el susurro de la brisa enroscándose en los brotes tiernos de los árboles sonaba como el primer movimiento de una sinfonía en la que el ritmo y la melodía se acompasaban de una manera armónica con el silencio atronador que se disfrutaba en la fraga.


No era la primera vez que caminaba entre los robles, castaños, helechos, fresnos, avellanos, abedules y acebos que componen parte de la rica diversidad de un bosque atlántico, pero es que en Las Fragas do Eume se daba la mágica conjunción de la naturaleza desbordante de un bosque autóctono junto con el fascinante hechizo de las piedras, que hace más de diez siglos, dieron cobijo y amparo a los monjes eremitas del Monasterio de San Xoan de Caaveiro, un lugar mágico escondido en pleno corazón del parque natural.


A lo largo de la senda de los Encomendeiros, integrados en la naturaleza como si de un elemento más de ella se tratara, Norte fue encontrando los restos de un universo que antaño hizo un poco más amable la existencia de los peregrinos que se acercaban al cenobio. Viejas piedras que, como el lienzo de una hermosa pintura, mostraban orgullosas las pinceladas de antiguos relatos que siguen alimentando todavía hoy las leyendas populares y que se mantienen en pie a pesar del abandono y del paso de los siglos.


Y, por fin, oculto por el espeso follaje de los árboles, el puente sobre el río anunció que el monasterio se hallaba muy cerca. Tras un repecho final, sobre un hermoso promontorio rocoso, abrazado por los ríos Eume y Sesín, el complejo monástico de San Xoan de Caaveiro asomaba suspendido como espectro sobre el bosque que lo amparaba.


Fue entonces cuando Norte recordó la hermosa leyenda en la que San Rosendo, el fundador del monasterio ocurrida allá por el año 934, cuando se levantó contrariado por el mal tiempo que reinaba siempre en aquel lugar. Tras reflexionar unos instantes, se dio cuenta de su pecado, al fin y al cabo ¿quién era él para dudar de la voluntad divina?, así que en un acto de penitencia y arrepentimiento, decidió tirar el río Eume su anillo episcopal.

Siete años más tarde, mientras el cocinero del monasterio preparaba un salmón capturado en el río, para almuerzo de los monjes, se encontró con el anillo en las vísceras del animal. Ni que decir tiene que el hallazgo fue interpretado como la redención del pecado del santo.


Norte, observó el hermoso cielo azul que en aquel momento lucía sobre la comarca y, levantando su ceja izquierda, pensó que quizás San Rosendo había intercedido para que el buen tiempo lo acompañase aquel día.

lunes, 1 de enero de 2018

El Baile de Norte 2017



2017: Nuevos destinos, nuevos lugares,... nuevas formas de ver las cosas