viernes, 14 de septiembre de 2018

Esa sutil belleza oriental


No sabía mucho de arte. En realidad su afición por el arte y la historia no era más que un bonito pasatiempo que maridaba de un modo extraordinario con su gran pasión: viajar. Aun así, Norte enseguida comprendió que aquella iglesia que sobresalía del puñado de casas que se apretujaban sin orden alguno en torno a un cruce de caminos en medio de la nada, no podía ser la iglesia visigótica que estaba buscando y de la que tanto había oído hablar. 

Detuvo completamente su vehículo y miró a su alrededor. La desolación que campaba en Quintanilla de las Viñas contrastaba con el hermoso entorno que lo rodeaba. No en vano se hallaba en la comarca del Alfoz de Lara, una tierra que rebosa historia por los cuatro costados, pero que además poseía la agreste y ruda belleza de las tierras burgalesas. 

Frente a él, allí donde las últimas casas del pueblo marcaban el límite urbano, destacaba el intenso color verde de los campos de cereal. Un poco más arriba, en donde ni la pendiente ni el suelo permitían práctica agrícola alguna, el matorral bajo y las encinas hacía su aparición. Y finalmente como un hermoso telón de fondo, los farallones calizos del macizo de Peñalara, a medio camino entre la Sierra de la Demanda y la Sierra de las Mamblas.


«Joder, no puede estar muy lejos»   ̶ pensó Norte un poco contrariado mientras buscaba inútilmente a alguien a quién preguntar.

Estaba tras la pista de la ermita de Santa María de Quintanilla de las Viñas, uno de los mejores ejemplos de arquitectura visigótica y que, como muchos otros edificios históricos en España, hasta 1927 había sido usado como corral para ganado. Afortunadamente en 1929 fue restaurado y puesto en valor.

Bajó del coche buscando un indicio, alguna estructura que le recordase a una iglesia visigótica. Sabía que su tamaño no podía ser muy grande, pero ningún edificio a su alrededor parecía responder a esas características, hasta que finalmente reparó en una minúscula construcción en piedra que se levantaba aislada a las afueras del pueblo.


De inmediato encontró un camino que lo condujo hasta allí y, durante unos largos minutos se quedó allí, parado en medio de la nada, intentado descubrir el por qué del prestigio de aquella sencilla edificación.

A medida que se acercaba comenzó a reconocer estructuras y de pronto comprendió que lo que quedaba en pie no era más que una pequeña parte de lo que originalmente fue. Lo que estaba viendo correspondía al ábside rectangular y el transepto. Los únicos restos que se podían adivinar de lo que un día fue la iglesia de planta basilical se limitaban a los cimientos de las tres naves: la principal y dos más pequeñas laterales que daban testimonio del tamaño que tuvo originalmente. Apenas una pequeña parte había llegado hasta nosotros.

Aun así lo que quedaba de aquella construcción del siglo VII atrapó su atención, y no solo por su armónica integración con el medio natural que la rodeaba. La delicada ornamentación a base de frisos que recorrían los muros exteriormente le daban a aquella pequeña ermita esa sutil belleza oriental que enseguida fascinó a Norte.


De pronto la tosca y sencilla construcción se transformó en algo delicado y hermoso. La riqueza de sus frisos, decorados con un fantástico repertorio de árboles y animales de lejanas procedencias, enseguida le sugirieron a Norte una rica muestra decorativa con fuertes matices orientales, seguramente muy del gusto bizantino.


Zarcillos vegetales, elementos florales, racimos de uvas se entrelazaban en un todo continuo con simbología bizantina de círculos, estrellas de seis puntas y monogramas cruciformes que alternaban con pavos reales y perdices dentro de círculos sogueados.


Pero si la decoración exterior le resultó fascinante, nada más traspasar el umbral de la pequeña puerta que se abría en el lado oriental, Norte se deleitó con el pequeño espacio interior, presidido por un bellísimo arco triunfal.


De nuevo, la decoración de sus dovelas, con un hermoso friso decorado con racimos, aves y palmetas volvió a trasladar a Norte a los exquisitos diseños orientales muy semejantes a los que tan solo hacía unos instantes había visto en el exterior.

Pero, por si ese derroche creativo no fuese suficiente, el arco triunfal se apoyaba en dos piezas que, a modo de capiteles, muestraban dos fantásticos relieves. En el lado sur  una pareja de ángeles sujetan un busto humano con los cabellos erizados como rayos de sol,…


… y en el lado opuesto los cabellos del busto representan una luna creciente.


En ese instante el sol del atardecer iluminaba uno de los capiteles y el silencio y la soledad absolutas reinaban en el interior de la ermita de Santa María de Quintanilla de las Viñas y, de pronto, Norte recordó algo que había leído no hacía mucho tiempo relativa al enigma que representa el empleo de esta simbología, solar y lunar, en un lugar de máximo protagonismo en los templos cristianos. Un misterio que quizás añada todavía más relevancia a esa sutil belleza oriental.

viernes, 31 de agosto de 2018

Como en un sueño consciente


Navegaba a bordo de una «albuferenc» surcando las aguas de la laguna rizadas por el viento. Era como en un sueño consciente. Era como hacerlo sobre un muestrario infinito de espejos que producen un sinfín de imágenes reflejadas, con sus brillos instantáneos detenidos en el tiempo. 

Norte no podía más que seguir maravillándose de estar ahí, de disfrutar de ese silencio y de ese espacio que le proporcionaba el entorno único de La Albufera de Valencia


A medida que la embarcación se adentraba lentamente por los canales bordeados de cañas y aneas que se movían acariciados por el viento, la luz y el silencio que todo lo invadía, lo invitaba a la reflexión pero, sobre todo a la admiración de un universo de luz y de color.


Un universo de garzas, avocetas, cigüeñuelas, ánades, flamencos… que conforman una comunidad de seres vivos que se refleja, como en un sueño consciente, sobre las aguas de la laguna.


Imágenes que se desvanecn al amparo de las ondulaciones del agua, dando forma a un lugar de una belleza etérea, casi mística, que solo la naturaleza es capaz de conseguir y ,como si se tratase de un sueño consciente, se deja llevar por la cadencia de un medio arrebatadoramente bello.


Un medio al que la tradición se aferra y se adapta para transformar meros espacios en lugares habitados, como lleva sucediendo desde hace cientos de años.


Y cuando se da bruces con la enormidad de la laguna, Norte repara que todo aquel universo mágico que acababa de vivir y sentir, se hallaba tan solo a unos kilómetros de la ciudad de Valencia. En ese instante, como en un sueño consciente, se cierra el paréntesis en el cual la naturaleza y la tradición se dan la mano.



lunes, 23 de julio de 2018

Cerrado por vacaciones



Liberarse de la rutina diaria, tomarse el tiempo necesario para hacer esas cosas que nos hacen sentir mejor con nosotros mismos, dejar atrás el estrés constante de nuestro día a día, recargar las pilas,… disfrutar de experiencias diferentes.

¡Hasta la vuelta!

domingo, 1 de julio de 2018

El rubor de la noche


Como si se tratase de una postrer caricia, de un último abrazo antes de que la negrura de la noche lo invadiese todo, el sol se precipitó tras el horizonte, tiñendo el cielo con una fascinante gama de infinitos rojos, amarillos y rosados.

Norte sabía que era el momento en el que se adentra en territorio ignoto, una región desconocida y enigmática, en el que cada uno, a su manera, se aventura en un paisaje inventado en el que los sentimientos afloran…


… y donde la imaginación se convierte en protagonista.


Es el momento de caminar descalzo, de sentir la calidez del día cada vez que los pies se hunden en la arena todavía caliente de la playa de Maspalomas. Un lugar sin límites donde perdernos, aunque solo sea durante la fugaz eternnidad que dura el ocaso.


Pero, sobre todo, es un escenario hecho a medida de cada uno, un escenario en el que, al mismo tiempo, nos convertimos en espectadores y protagonistas…


... es el rubor de la noche.



viernes, 22 de junio de 2018

Lucca, il grande sconosciuto


Nada más llegar a la rotonda, una señal lo invitó a dejar su coche en uno de los aparcamientos que se repartían en la parte externa de la muralla… y, lejos de molestarle, a Norte se le dibujó una sonrisa en su rostro. Que el tráfico estuviese restringido era una buena señal, un signo de que los ciudadanos de esa ciudad se tomaban muy en serio el concepto del buen vivir y que, además, lo practicaban en su vida diaria.

Y es que estar situada en una esquina de la Toscana, a un paso de adversarias tan poderosas como Pisa, Florencia o Siena, era todo un reto para una pequeña ciudad como Lucca; un desafío con el que sus habitantes han aprendido a convivir a lo largo de su historia.


Nada más atravesar su muralla, Norte comenzó a comprender el secreto de Lucca, esa gran desconocida. Para él, su mayor atractivo residía sin duda en su armonía,… ese tipo de ciudad en la que se respira bienestar y satisfacción.

Un corto paseo por sus estrechas callejuelas le sirvió para adentrarse en aquella pequeña ciudad de apenas 80.000 habitantes y disfrutar de ese precario pero bello equilibrio que solo logran aquellos lugares que se mantienen en la eterna encrucijada entre el campo y la ciudad.

Una ciudad rodeada de suaves colinas toscanas repletas de cipreses, vides y olivos que se prolongan hasta integrarse dócilmente en los jardines que bordean todo el perímetro de la muralla para, finalmente, en una suave transición, dar paso al área urbana de traza medieval, sosegada y tranquila, repleta de pequeñas plazas, palacios e iglesias, donde la impronta renacentista reclama todo el protagonismo.


En aquella ciudad habían dejado su huella etruscos, celtas y, sobre todo, romanos, en una sucesión cronológica que forjó un modo de ser y de vivir.

Quizás por esa razón, o tal vez porqué Lucca fue una república independiente durante más de 500 años, o posiblemente debido a sus hijos ilustres   ̶ allí nacieron Giacomo Puccini o Luigi Boccherini ̶   lo cierto es que Norte enseguida pudo comprobar que era una ciudad de gustos y maneras refinadas. No en vano sus habitantes, comerciaron con la seda rivalizando con las ciudades más poderosas de la época y sus comerciantes construyeron sus moradas, en forma de villas fascinantes, en plena campiña, a las afueras de la ciudad.


̶  ¡Uf!  ̶ exclamó de pronto Norte. La fachada de la catedral de San Martino apareció ante él. Como si se tratara de un cofre con su tapa profusamente taraceada, la ornamentada fachada del Duomo, una magnífica muestra del románico-pisano, destacaba sobre la sencillez de las calles y los edificios que lo rodeaban. Era sin duda un desvergonzado desafío al Duomo di Siena o a la mismísima Santa María del Fiore en Florencia, una provocación que solo lugares como Lucca pueden permitirse.

Y lo cierto es que una sucesión de plazas e iglesias aguardaba a Norte,… así que cuando se topó con la Iglesia de San Frediano, con su sencilla fachada de bloques de mármol blanco que fueron aprovechados del anfiteatro romano, no se sorprendió cuando descubrió el mosaico dorado del siglo XIII que remataba la portada. Una elegante y personalísima muestra del románico de Lucca.


Y por fin, manteniendo el desafío a las bellísimas obras de arte que acumula la región Toscana, una de las iglesias más fascinantes de la región, San Michele in Foro, construída en el siglo VII sobre las ruinas del antiguo foro romano, destacaba por su fachada rindiendo un bello homenaje a la naturaleza por su rica decoración de plantas y animales.


Y de nuevo la osadía,… la temeridad. Nada más ver la Torre Guinigi, Norte recordó a Steven Pinker,… profesor en el Harvard College, según el cual el arte es producto no solo de un simple placer estético, sino también de la adaptación evolutiva de los humanos para construirlos y, como no, de la aspiración a un estatus social.

Conocía la historia de la curiosa Torre del siglo XIV, coronada de siete robles; la más alta y bella de Lucca para mayor honor y gloria de la poderosa familia Guinigi. Y Norte sonrió socarronamente, … ya que, aunque Pisa posee una de las Torres más bellas y famosas de la Toscana,…. no es menos cierto que ninguna otra ciudad puede presumir de poseer una torre medieval rematada en un pequeño bosque. Desde luego no podía menos que dar la razón al investigador canadiense sobre la valoración que los humanos hacemos del arte.


Pero Lucca es un lugar donde, además se come bien. Y uno se regocija haciéndolo con los cinco sentidos. Así que cuando atravesó la puerta oriental y se encontró con la Plaza del Anfiteatro que, ¡cómo no!, mantiene el óvalo del antiguo anfiteatro romano del siglo I, Norte supo que había llegado el momento de sentarse e imitarlos,… practicando el buen vivir. Así que buscó una mesa a la sombra y comprobó la hora en su teléfono,… era el momento de tomarse un cappuccino y acompañarlo con buccellato di Lucca,… un dulce que nada tenía que envidar al Panforte sienés ni a la Schiacciata alla Fiorentina.

sábado, 9 de junio de 2018

Las huellas del pasado


No era la primera vez que le ocurría y, sin embargo, le seguía sorprendiendo. En apenas 20 km había dejado atrás la maravillosa gama de azules que le había regalado el Mar Mediterráneo, había olvidado las aglomeraciones del turismo de sol y playa, y se había adentrado en una comarca fascinante, donde las montañas de pendientes escarpadas y grandes desniveles toman el protagonismo. Allí donde el azul intenso y sereno del mar da paso a un inigualable decorado de montañas recubiertas por de un hermoso tapiz compuesto de una infinita gama cromática de verdes.

Carrascales, pinares de repoblación, frutales, olivos, almendros,… resultado de los usos a los que se le ha dado a la tierra a los largo de la historia, compiten con las laderas pedregosas y afloramientos calizos dando lugar a un conjunto de una belleza arrebatadora.


Y de pronto, una pincelada aparentemente disruptiva le llamó la atención. En medio de aquel bello y agreste paisaje, aquí y allá, distribuida sin una lógica aparente, la huella del hombre aparecía humanizando el paisaje. Y lo hacía de manera armoniosa, Norte pensó que incluso de una manera ejemplar. Racimos de casas blancas se apropian puntualmente del espacio, enriqueciéndolo de tal manera que de inmediato esa interacción entre paisaje y comunidad adquiría todo el protagonismo.


Era la Sierra de Aitana, en la Marina Baixa de la provincia de Alacant, un conjunto montañoso que da cobijo a un puñado de poblaciones en las que todavía se pueden percibir las huellas del pasado. Un pasado muchas veces no tan lejano y que de algún modo deberá aprender a convivir con los cambios rápidos y profundos de la sociedad actual. Y quizás su mayor exponente es El Castell de Guadalest, un pueblo-fortaleza que permanece encaramado a unas peñas desde el siglo XIII.


Mientras atravesaba el túnel horadado en la roca que permitía el paso a la localidad, Norte pensó en las muchos desafíos a los que quizás una comunidad debe enfrentarse cuando decide convertir el paisaje, y con él su localidad, en una plataforma económica,… en una forma de vivir. Y no estaba pensando en los retos administrativos o urbanísticos, sino en los dilemas que se deben abordar y que la mayor parte de las veces significan cambios radicales en el modo de vida.


Trató, como siempre, de inhibirse a todos aquellos elementos que de algún modo le causaban disonancia y comenzó a subir por las empinadas calles hasta dar con una gran plaza central en cuyo lateral se abría una hermosísima vista a la sierra y a las aguas azul turquesa del embalse.

En ese instante todas sus objeciones se desvanecieron. La dificultad para encontrar aparcamiento, las veces que fue literalmente abordado para ofertarle unas fotos turísticas atravesando el túnel de entrada, las numerosas tiendas de recuerdos,... todo pasó a un segundo plano y Norte se limitó a deleitarse con el paisaje que le proporcionaba ese entorno único.


Continuó subiendo y, a medida que lo hacía y se alejaba de la zona más masificada, comenzó a descubrir la sensibilidad práctica que los antiguos pobladores desplegaban en su escenario cotidiano; pequeñas pinceladas que revelaban la intensa relación que mantenían con el medio que los rodeaba.


Para Norte nada se hacía al azar, todo respondía a un plan muy sencillo,… un plan que respondía a dos premisas: simplicidad y practicidad,… a las que él añadiría la de la armonía con el medio. Por ello, a pesar de la componente turística y material que todo lo inundaba, pensó que el paisaje, nos revela como las hojas de un libro, la memoria, las huellas del pasado

viernes, 18 de mayo de 2018

Cuando la venganza se sirve fría


Su fama le precedía; no en vano el Chateau de Chenonceau era uno de los destinos turísticos más visitados de Francia. Su imagen, reproducida miles de veces en la red, era sin duda uno de los iconos turísticos de la zona pero también uno de los motivos por los que Norte había decidido descartarlo en un primer momento.

Para él, la idea de compartir una visita con miles de personas convertía el viajar, un acto de expresión y disfrute de valores estéticos, culturales, históricos y sociales en un verdadero tormento. Por eso había elegido cuidadosamente la fecha antes de perderse en uno de los chateaux más hermosos que jalonan el Valle del Loira.


Y no le había defraudado. Suspendido sobre las aguas del río Cher, un afluente del Loira, Chenonceau conforma un conjunto fascinante no solo desde el punto de vista estético. Nada más verlo sintió que cada rincón de aquel lugar destilaba armonía y magia, pero también el lujo y la ostentación que perseguían cuando fueron construidos.


A medida que se acercaba, aumentaba su satisfacción. Había acertado con el día y apenas una docena de visitantes deambulaban por el lugar, disfrutando de cada rincón y posiblemente rememorando como él, pasajes de la historia relacionados con el hermoso conjunto renacentista.


Se apoyó durante unos instantes en la balaustrada que rodeaba el soberbio jardín que, justo a la entrada recibía a los turistas e intentó recordar a muchas de las mujeres que habían dejado su impronta en aquel lugar y que sin duda habían marcado su estilo, dándole ese sutil toque de belleza y armonía que solo una mujer puede conseguir.

Y comenzó su peculiar revisión histórica de aquel peculiar palacio-puente comenzando por lo más reciente, por Simone Menier, una enfermera que utilizó la galería construida sobre el puente como hospital durante la primera guerra mundial. Curiosamente aquellas estancias en las que durante el siglo XVI se celebraron fiestas fastuosas, fueron ocupadas por heridos durante la Gran Guerra.


Siguió caminado, esta vez por el interior de la fortaleza rememorando a muchas otras mujeres que con anterioridad formaron parte de su historia y que de un modo u otro habían dejado su huella en el lugar. Y en ese deambular histórico recordó a Louise Dupin, que salvó el inmueble de su destrucción durante la Revolución francesa o a Marguerite Pelouze que en el siglo XIX devolvió al palacio todo su esplendor.


Pero quizás para Norte, las dos inquilinas más relevantes, las que marcaron sin duda el estilo del chateau tal y como lo conocemos hoy en día, fueron sin duda Diana de Poitiers, favorita del rey Enrique II y su esposa Catalina de Médicis. Mujeres con una fuerte personalidad que hicieron de Chenonceau su particular campo de batalla; una batalla que duró toda una vida.


Se asomó a una de las ventanas y se sorprendió de la hermosa vista de los bellos y espectaculares jardines que en su día Diana de Poitiers hizo construir cuando el rey le regaló la propiedad. Mientras Enrique II vivió, Diana reinó sobre Chenonceau con luz propia durante casi 30 años y remodeló el soberbio palacio renacentista donde las fiestas se sucedían aumentando, sin duda, el rencor y los deseos de venganza de Catalina que desde siempre había ambicionado la propiedad.


Y justo en el lado opuesto Norte pudo contemplar el reverso de la moneda. Levantó su ceja izquierda y en su rostro se dibujó un esbozo de sonrisa mientras recordaba un dicho popular que hacía referencia a que la venganza se sirve en plato frío. Desde la ventana en la que se encontraba en ese momento podía disfrutar de una hermosa vista del Jardín que Catalina de Médicis se había hecho construir.

A la muerte de Enrique II, la suerte de su favorita Diana estaba echada y toda su influencia se desinfló tan rápido como cuando se pincha un globo. No tardó en ser expulsada de Chenonceau por Catalina, quién abordó importantes reformas, construyendo la galería de dos plantas sobre el río, un nuevo y más íntimo jardín renacentista y, sobre todo, celebrando fiestas mucho más suntuosas que las de su antecesora.


De pronto, al fondo, en la avenida que llevaba al chateau, Norte vió un numeroso y bullicioso grupo que turistas que se acercaba, así que comprendió que su visita a Chenonceau había acabado. Echó un último vistazo y se marchó agradeciendo a Catalina, a Diana y a todas las mujeres que dejaron su impronta en el lugar sus esfuerzos para crear y mantener hasta nosotros un lugar tan bello y hermoso.

sábado, 5 de mayo de 2018

La selva pétrea


Bajo la palapa, frente al templo de los mascarones, Norte tuvo que resistir la tentación de escapar de aquel tormento. Nubes de mosquitos le rodearon, dispuestos a acribillarlo a pesar del repelente que generosamente había pulverizado por toda su ropa y sobre la escasa superficie de su enrojecida piel que no había podido tapar.

Aun así había valido la pena. Frente a él, unas bellísimas representaciones modeladas en estuco del dios solar en las que todavía se podían adivinar restos del colorido original, le habían resultado sencillamente fascinantes.

Se lo habían advertido nada más salir. Don Fernando, el simpático chilango afincado en Campeche que ejercía de conserje en el hotel en el que se alojaba, arqueó sus cejas cuando Norte pasó por delante del mostrador de recepción. Fue en ese momento cuando le aconsejó que se llevara agua, un sombrero, un buen protector solar pero, sobre todo, ropa que le cubriese el cuerpo lo más posible y mucho,... mucho repelente para mosquitos.

Y no había tardado mucho en recordar los consejos del buen hombre. El complejo arqueológico de Edzná se encontraba en plena de selva, con árboles de más de veinte metros de altura que conformaban una bóveda verde que se antojaba misteriosa e impenetrable. Por todas partes puktes, palmas de huano, zapotes blancos, guayas y cedros crecían creando una masa verde y opresiva cuya atmósfera, sofocante y casi irrespirable, se veía incrementada por el calor, la humedad y, sobre todo, por las nubes de mosquitos que se abalanzaron sobre él.


Poco a poco, la selva se abrió y aquí y allá y Norte comenzó a distinguir construcciones de piedra que se resistían a ser devoradas por la vegetación. Era como una especie de transición de un universo vegetal arrebatador, verde e impenetrable que lentamente daba paso a un caos pétreo de edificios medio derruidos que conformaban una simbiosis casi natural con la vegetación que los rodeaba. Sencillas plataformas, muros con apenas unas hileras de piedras, simples escaleras y columnas componían una bellísima postal.


Y de pronto, un enorme claro en la vegetación le mostró el Gran Patio Central, delimitado por la Casa Grande o “Nohochná”, una enorme grada a la que muchos expertos le habían atribuido funciones administrativas. Sin la bóveda vegetal que hacía tan solo unos instantes le amparaba, el sol abrasador le hizo dirigirse lo más rápido que pudo hacia la sombra de los escasos árboles que, como islas en medio de un océano verde, dibujaban sus frondosas copas sobre la hierba.


Caminó bajo el tórrido sol hacia la benefactora sombra de un “ya´axché”. Era la ceiba, el árbol sagrado,… un árbol cuyos frutos se abren dejando al descubierto una delicada fibra algodonosa a la cual, la tradición maya atribuye la propiedad de atraer la lluvia. Y al instante notó el reconfortante descenso de temperatura y, desgraciadamente también los inmisericordes ataques de los mosquitos.

Fue entonces cuando reconoció una estructura cercana. Era el Juego de Pelota., el juego ritual por excelencia en las culturas mesoamericanas, el juego al que, sobre su simbología, los arqueólogos habían dado muchas interpretaciones; y a Norte la que más le gustaba era la de dualidad cósmica, la de la lucha entre el día y la noche,… entre la vida y el inframundo.


Había cruzado el Gran Patio Central y ante él se levantaba una enorme plataforma pétrea, un descomunal muro de piedra que daba acceso al corazón de la ciudad. Llevaba más de una hora deambulando entre restos de edificios mayas que competían con una naturaleza exuberante; construcciones, muchas de las cuales, habían sobrevivido más de 1.500 años para llegar hasta nosotros. A pesar de su naturaleza inerte, para Norte esas piedras constituían una singular selva pétrea que contrastaba con la otra, con la de naturaleza vegetal que parecía querer engullirla. Quizás, de nuevo, se representaba el eterno choque entre dos principios opuestos, base de la forma de ver el mundo de los mayas.


Por fin se animó a ascender por las escaleras que daban acceso a la Gran Acrópolis y, todavía jadeando por el esfuerzo, se quedó maravillado. Frente a él se levantaba imponente el Edificio de los Cinco Pisos; una hermosa mezcla de templo-palacio rematado por una bellísima crestería de piedra que sobrepasa los 30 metros de altura. Acompañando a esta soberbia estructura, Norte pudo disfrutar de los otros edificios que conformaban el lugar: La Casa de la Luna , el templo Norte, el Patio Puuc,… era el lugar donde residía el poder en Edzná.

Durante un buen rato, sin importarle el sol abrasador que le castigaba sin piedad, Norte intentó imaginar aquellos edificios cubiertos de estuco pintado y decorados con mascarones que representaban deidades y animales míticos,… y sobre ese escenario sobrecogedor los reyes y los sacerdotes,… y miles de mayas siguiendo con expectación los rituales de culto que giraban en torno al relato de la creación y su vínculo con los dioses.


Haciendo un último esfuerzo, subió al templo de la luna. Desde allí Norte pudo al fin contemplar la selva en toda su plenitud. Un infinito manto verde que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Desde aquella posición podía avistar también esa otra selva,… la selva pétrea, despuntando entre la densa vegetación y reclamando el protagonismo de una civilización, la maya, con sus creencias en un reino sobrenatural en el que habitaban los dioses, cuyo poder impregnaba todos los aspectos de sus vidas. Eran los restos Edzná,… que significa Casa de los Itzaes.