sábado, 3 de noviembre de 2018

Como una explosión de color


Como una explosión de color, el camposanto rebosa de flores. Crisantemos, rosas, claveles, tajetes, orquídeas, lirios, gladiolos y un sinfín de especies y variedades diferentes de todos los colores y formas rivalizan entre ellas para formar un manto multicolor que no por conocido dejaba de asombrar a Norte cada primero de noviembre.

Y es que en Galicia el culto a los muertos tiene un significado especial, quizás porqué sus orígenes se remontan a una tradición enraizada en la cultura popular de tal manera que la religión católica acabó incorporándola en su calendario.

Sin duda bajo ese grueso manto de flores, escondida tras las brumas del tiempo, subyace la festividad celta del Samhain, una conmemoración que marcaba el fin del verano y en la que los muertos podían volver con los vivos,…

Un día al año en el que las familias recuerdan a sus muertos, en una suerte de homenaje a sus seres queridos desaparecidos, del que la comunidad es testigo…


… después, los muertos regresan a su mundo y, a medida que el recuerdo y  las flores se marchitan y desaparecen, el silencio y la soledad vuelven a reinar en el lugar.



jueves, 18 de octubre de 2018

Un universo de luz y color


Desde allí arriba, a casi 500 metros de altura, las vistas le parecieron fascinantes. Durante el día, el paisaje de vidrio y cemento le sorprendió,…


… pero fue al anochecer, a medida que la oscuridad se abría paso entre la jungla de rascacielos, cuando un universo de luz y color le cautivó.


Se encontraba en el Pico Victoria, o simplemente The Peak como lo denominan en Hong Kong. La zona más exclusiva de la isla pero también el lugar más concurrido de la ciudad con más de 7 millones de visitantes al año.



Tal y como le habían advertido, si solo se tiene tiempo para hacer una cosa en Hong Kong, se debería subir al Pico Victoria.


viernes, 5 de octubre de 2018

El color de un sueño


A pesar de estar rodeado de gente,... aunque el día amaneció nuboso,... aun cuando el edificio estaba construido con una gama de colores grises y cremas,... pese a todo ello, Norte no pudo dejar de pensar que, como en la pintura, el color solo existe en los ojos de quién la mira.

Norte no sabía si Emilio Botín estaría satisfecho con el resultado. Lamentablemente no pudo ver concluido uno de sus proyectos icónicos, un edificio que diese cabida a la exposición e investigación artística y que, a la vez, cumpliese las dos premisas básicas para él, dos condiciones esenciales: el mar y Santander. Y es que cuando se encargó el proyecto al arquitecto Renzo Piano, también se le propuso plasmar el vínculo, esa relación casi metafísica entre la ciudad de Santander y el mar.

Y el resultado fue fantástico. Dos volúmenes que parecen levitar justo en la línea en la que la ciudad de Santander se diluye para comenzar a ser mar o quizás donde el mar toma cuerpo para transformarse en ciudad.


Y es que, a pesar de Norte era conocedor de que el color que se percibe no es más que el resultado de la suma de las longitudes de onda reflejadas, a él le seguía gustando pensar que los colores formaban parte de los objetos, de los seres,… de todo aquello que nos rodea y, sobre todo, que existe como tal en la realidad física.

Y en su rostro se dibujó una sonrisa al imaginarse aquel edificio en tonalidades verdosas,... quizás como símbolo de esperanza y renovación continua de la naturaleza.


O posiblemente en colores rojizos, que enseguida asoció a la vitalidad, la pasión, a la actitud optimista ante la vida,…


… o tal vez soñar en anaranjado,… afín acaso a la felicidad, que nos libera de las emociones negativas.


O quizás imaginarlo en tonos azules, ese azul mágico que se funde, en una transición suave y casi irreal, con el mar de la Bahía de Santander.


Y como las facetas de los ojos compuestos de los insectos, las 280.000 piezas cerámicas discoidales que recubren el edificio reflejan la luz, haciendo que cada uno lo sienta en el color de sus sueños.


Quizás Norte no supiese si su creador había logrado mantenerse fiel al encargo,… tal vez Norte no supiese en que color soñaba Emilio Botín,… simplemente, Norte podía decir que a él lo había fascinado.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Como una naturaleza sagrada


La pequeña cabina del teleférico se transformó en la cápsula que, como si se tratase de un ritual iniciático, lo trasladó desde el nivel del mar hasta Ngong Ping, la parte más alta de la isla de Lantau en Hong Kong, a casi 600 metros de altura.

Ascendió, surcando los cielos acompañado de una familia de asiáticos que observaban quizás un poco sorprendidos, a un Norte que admiraba fascinado la  desembocadura del río Pearl  mientras comenzaban el remonte sobre una exuberante selva subtropical que, como un inmenso e interminable tapiz verde, se extendía a sus pies.


Durante casi media hora, el teleférico recorrió los más de 5 Km que lo separaban de su destino. Donde quiera que mirase, las vistas desde la cabina lo hechizaron. Allá abajo, pequeños riachuelos se precipitaban en extraordinarias cascadas desgarrando la continuidad verde de la vegetación. Mientras tanto, en la lejanía, el mar de China  adornado de un rosario de pequeñas islas que parecían levitar sobre sus aguas, rompía la tiranía de la espesura vegetal con su tenue color azulado.


A medida que ascendía su expectación aumentaba, hasta que de pronto un pequeño revuelo de la familia que lo acompañaba lo alertó. Giró sobre sí mismo y allá a lo lejos, destacando sobre el horizonte, un imponente Buda sobresalía por encima de la vegetación.  Era su destino final, era el Buda de Tian Tan y el Monasterio de Po Lin que se levantaba a sus pies, uno de los centros de peregrinación budista más importantes de China.


Era su primera vez. Nunca antes había visitado un templo budista y sus conocimientos sobre esta religión, o quizás filosofía, eran prácticamente nulos. Cuando visitaba un templo cristiano, Norte disponía de herramientas para encuadrarlo en el momento histórico, comprender sus elementos iconográficos o intuir las fases constructivas por las que había pasado. Pero allí se sentía inseguro. Desconocía los rudimentos más básicos del budismo; sin embargo no podía inhibirse a esa extraña fascinación que le producía esa otra forma de espiritualidad.

Así que, no sin cierto sentimiento de culpabilidad, nada más descender del teleférico se dirigió a la base del Gran Buda y, a medida que se acercaba, fue tomando consciencia de sus dimensiones reales, una enorme estatua de más de 34 metros de altura y 250 toneladas de peso que emergía de la vegetación como un enorme faro.


A pesar del sol abrasador y la alta humedad ambiental, Norte se dirigió hacia la escalinata que le conduciría hasta él. Le esperaban 268 escalones que, como una penitencia, le harían sudar; aun así en ningún momento le desanimaron. No había viajado hasta allí para quedarse a sus pies. 

Allí arriba lo esperaba el Gran Buda, sentado sobre una flor de loto con la mirada fija en el horizonte, mostrando con la postura de sus manos generosidad y alegría.


Todavía resoplando por el esfuerzo, llegó a la plataforma sobre la que se elevaba la enorme figura. En torno a ella se disponían, haciendo sus ofrendas al Gran Buda, las seis deidades que representan la generosidad, la paciencia, la reflexión, el conocimiento, el entusiasmo y la moralidad. Es la hermosa representación de “la Ofrenda de los seis Devas”, las cualidades necesarias para la iluminación según la religión budista.

Desde aquella atalaya Norte se encontró con unas asombrosas vistas de la selva y el mar. Era sin duda la representación simbólica de la armonía entre el hombre, la religión y el medio natural, … la fusión de lo físico con lo espiritual.


Y allá abajo, a sus pies, oculto tras la exuberante vegetación y envuelto en las brumas permanentes de las varillas de incienso dejadas por los peregrinos en señal de agradecimiento, el Monasterio de Po Lin o el “Loto Precioso”.


Se dejó llevar y comenzó a deambular sin un rumbo fijo entre el conjunto de hermosos y coloridos edificios conformaban el monasterio. Y de nuevo la sensación de desazón volvió a asaltarle. Acostumbrado como estaba a la sobriedad, y en muchas ocasiones austeridad, de los templos cristianos, a Norte le costaba comprender esa riqueza cromática y ornamental que se encontraba en cada uno de los templos en los que entraba.


Se acercó despacio al templo principal tratando de no molestar a los fieles que oraban en su interior. En el altar repleto de ofrendas, destacaban tres enormes figuras de Buda que representan el pasado el presente y el futuro.  


Y un poco más allá el templo de los 10.000 budas presidido por los Cinco Budas Dhyani: Vairochana, Akshobhyda, Ratnasambhava, Amitabha y Amoghasiddhi, ... Budas celestiales que se visualizan mediante la meditación.


Fue entonces cuando guardó su cámara y se refugió bajo la sombra de uno de los muchos árboles que crecían en el complejo. Desde aquel lugar trató de empatizar con todo aquello que estaba viviendo. Seres vivos y universo conformando una red viva en la que ninguna parte puede dominar la otra,… como si se tratase de una naturaleza sagrada.

viernes, 14 de septiembre de 2018

Esa sutil belleza oriental


No sabía mucho de arte. En realidad su afición por el arte y la historia no era más que un bonito pasatiempo que maridaba de un modo extraordinario con su gran pasión: viajar. Aun así, Norte enseguida comprendió que aquella iglesia que sobresalía del puñado de casas que se apretujaban sin orden alguno en torno a un cruce de caminos en medio de la nada, no podía ser la iglesia visigótica que estaba buscando y de la que tanto había oído hablar. 

Detuvo completamente su vehículo y miró a su alrededor. La desolación que campaba en Quintanilla de las Viñas contrastaba con el hermoso entorno que lo rodeaba. No en vano se hallaba en la comarca del Alfoz de Lara, una tierra que rebosa historia por los cuatro costados, pero que además poseía la agreste y ruda belleza de las tierras burgalesas. 

Frente a él, allí donde las últimas casas del pueblo marcaban el límite urbano, destacaba el intenso color verde de los campos de cereal. Un poco más arriba, en donde ni la pendiente ni el suelo permitían práctica agrícola alguna, el matorral bajo y las encinas hacía su aparición. Y finalmente como un hermoso telón de fondo, los farallones calizos del macizo de Peñalara, a medio camino entre la Sierra de la Demanda y la Sierra de las Mamblas.


«Joder, no puede estar muy lejos»   ̶ pensó Norte un poco contrariado mientras buscaba inútilmente a alguien a quién preguntar.

Estaba tras la pista de la ermita de Santa María de Quintanilla de las Viñas, uno de los mejores ejemplos de arquitectura visigótica y que, como muchos otros edificios históricos en España, hasta 1927 había sido usado como corral para ganado. Afortunadamente en 1929 fue restaurado y puesto en valor.

Bajó del coche buscando un indicio, alguna estructura que le recordase a una iglesia visigótica. Sabía que su tamaño no podía ser muy grande, pero ningún edificio a su alrededor parecía responder a esas características, hasta que finalmente reparó en una minúscula construcción en piedra que se levantaba aislada a las afueras del pueblo.


De inmediato encontró un camino que lo condujo hasta allí y, durante unos largos minutos se quedó allí, parado en medio de la nada, intentado descubrir el porqué del prestigio de aquella sencilla edificación.

A medida que se acercaba comenzó a reconocer estructuras y de pronto comprendió que lo que quedaba en pie no era más que una pequeña parte de lo que originalmente fue. Lo que estaba viendo correspondía al ábside rectangular y el transepto. Los únicos restos que se podían adivinar de lo que un día fue la iglesia de planta basilical se limitaban a los cimientos de las tres naves: la principal y dos más pequeñas laterales que daban testimonio del tamaño que tuvo originalmente. Apenas una pequeña parte había llegado hasta nosotros.

Aun así lo que quedaba de aquella construcción del siglo VII atrapó su atención, y no solo por su armónica integración con el medio natural que la rodeaba. La delicada ornamentación a base de frisos que recorrían los muros exteriormente le daban a aquella pequeña ermita esa sutil belleza oriental que enseguida fascinó a Norte.


De pronto la tosca y sencilla construcción se transformó en algo delicado y hermoso. La riqueza de sus frisos, decorados con un fantástico repertorio de árboles y animales de lejanas procedencias, enseguida le sugirieron a Norte una rica muestra decorativa con fuertes matices orientales, seguramente muy del gusto bizantino.


Zarcillos vegetales, elementos florales, racimos de uvas se entrelazaban en un todo continuo con simbología bizantina de círculos, estrellas de seis puntas y monogramas cruciformes que alternaban con pavos reales y perdices dentro de círculos sogueados.


Pero si la decoración exterior le resultó fascinante, nada más traspasar el umbral de la pequeña puerta que se abría en el lado oriental, Norte se deleitó con el pequeño espacio interior, presidido por un bellísimo arco triunfal.


De nuevo, la decoración de sus dovelas, con un hermoso friso decorado con racimos, aves y palmetas volvió a trasladar a Norte a los exquisitos diseños orientales muy semejantes a los que tan solo hacía unos instantes había visto en el exterior.

Pero, por si ese derroche creativo no fuese suficiente, el arco triunfal se apoyaba en dos piezas que, a modo de capiteles, muestraban dos fantásticos relieves. En el lado sur  una pareja de ángeles sujetan un busto humano con los cabellos erizados como rayos de sol,…


… y en el lado opuesto los cabellos del busto representan una luna creciente.


En ese instante el sol del atardecer iluminaba uno de los capiteles y el silencio y la soledad absolutas reinaban en el interior de la ermita de Santa María de Quintanilla de las Viñas y, de pronto, Norte recordó algo que había leído no hacía mucho tiempo relativa al enigma que representa el empleo de esta simbología, solar y lunar, en un lugar de máximo protagonismo en los templos cristianos. Un misterio que quizás añada todavía más relevancia a esa sutil belleza oriental.

viernes, 31 de agosto de 2018

Como en un sueño consciente


Navegaba a bordo de una «albuferenc» surcando las aguas de la laguna rizadas por el viento. Era como en un sueño consciente. Era como hacerlo sobre un muestrario infinito de espejos que producen un sinfín de imágenes reflejadas, con sus brillos instantáneos detenidos en el tiempo. 

Norte no podía más que seguir maravillándose de estar ahí, de disfrutar de ese silencio y de ese espacio que le proporcionaba el entorno único de La Albufera de Valencia


A medida que la embarcación se adentraba lentamente por los canales bordeados de cañas y aneas que se movían acariciados por el viento, la luz y el silencio que todo lo invadía, lo invitaba a la reflexión pero, sobre todo a la admiración de un universo de luz y de color.


Un universo de garzas, avocetas, cigüeñuelas, ánades, flamencos… que conforman una comunidad de seres vivos que se refleja, como en un sueño consciente, sobre las aguas de la laguna.


Imágenes que se desvanecn al amparo de las ondulaciones del agua, dando forma a un lugar de una belleza etérea, casi mística, que solo la naturaleza es capaz de conseguir y ,como si se tratase de un sueño consciente, se deja llevar por la cadencia de un medio arrebatadoramente bello.


Un medio al que la tradición se aferra y se adapta para transformar meros espacios en lugares habitados, como lleva sucediendo desde hace cientos de años.


Y cuando se da bruces con la enormidad de la laguna, Norte repara que todo aquel universo mágico que acababa de vivir y sentir, se hallaba tan solo a unos kilómetros de la ciudad de Valencia. En ese instante, como en un sueño consciente, se cierra el paréntesis en el cual la naturaleza y la tradición se dan la mano.



lunes, 23 de julio de 2018

Cerrado por vacaciones



Liberarse de la rutina diaria, tomarse el tiempo necesario para hacer esas cosas que nos hacen sentir mejor con nosotros mismos, dejar atrás el estrés constante de nuestro día a día, recargar las pilas,… disfrutar de experiencias diferentes.

¡Hasta la vuelta!

domingo, 1 de julio de 2018

El rubor de la noche


Como si se tratase de una postrer caricia, de un último abrazo antes de que la negrura de la noche lo invadiese todo, el sol se precipitó tras el horizonte, tiñendo el cielo con una fascinante gama de infinitos rojos, amarillos y rosados.

Norte sabía que era el momento en el que se adentra en territorio ignoto, una región desconocida y enigmática, en el que cada uno, a su manera, se aventura en un paisaje inventado en el que los sentimientos afloran…


… y donde la imaginación se convierte en protagonista.


Es el momento de caminar descalzo, de sentir la calidez del día cada vez que los pies se hunden en la arena todavía caliente de la playa de Maspalomas. Un lugar sin límites donde perdernos, aunque solo sea durante la fugaz eternnidad que dura el ocaso.


Pero, sobre todo, es un escenario hecho a medida de cada uno, un escenario en el que, al mismo tiempo, nos convertimos en espectadores y protagonistas…


... es el rubor de la noche.



viernes, 22 de junio de 2018

Lucca, il grande sconosciuto


Nada más llegar a la rotonda, una señal lo invitó a dejar su coche en uno de los aparcamientos que se repartían en la parte externa de la muralla… y, lejos de molestarle, a Norte se le dibujó una sonrisa en su rostro. Que el tráfico estuviese restringido era una buena señal, un signo de que los ciudadanos de esa ciudad se tomaban muy en serio el concepto del buen vivir y que, además, lo practicaban en su vida diaria.

Y es que estar situada en una esquina de la Toscana, a un paso de adversarias tan poderosas como Pisa, Florencia o Siena, era todo un reto para una pequeña ciudad como Lucca; un desafío con el que sus habitantes han aprendido a convivir a lo largo de su historia.


Nada más atravesar su muralla, Norte comenzó a comprender el secreto de Lucca, esa gran desconocida. Para él, su mayor atractivo residía sin duda en su armonía,… ese tipo de ciudad en la que se respira bienestar y satisfacción.

Un corto paseo por sus estrechas callejuelas le sirvió para adentrarse en aquella pequeña ciudad de apenas 80.000 habitantes y disfrutar de ese precario pero bello equilibrio que solo logran aquellos lugares que se mantienen en la eterna encrucijada entre el campo y la ciudad.

Una ciudad rodeada de suaves colinas toscanas repletas de cipreses, vides y olivos que se prolongan hasta integrarse dócilmente en los jardines que bordean todo el perímetro de la muralla para, finalmente, en una suave transición, dar paso al área urbana de traza medieval, sosegada y tranquila, repleta de pequeñas plazas, palacios e iglesias, donde la impronta renacentista reclama todo el protagonismo.


En aquella ciudad habían dejado su huella etruscos, celtas y, sobre todo, romanos, en una sucesión cronológica que forjó un modo de ser y de vivir.

Quizás por esa razón, o tal vez porqué Lucca fue una república independiente durante más de 500 años, o posiblemente debido a sus hijos ilustres   ̶ allí nacieron Giacomo Puccini o Luigi Boccherini ̶   lo cierto es que Norte enseguida pudo comprobar que era una ciudad de gustos y maneras refinadas. No en vano sus habitantes, comerciaron con la seda rivalizando con las ciudades más poderosas de la época y sus comerciantes construyeron sus moradas, en forma de villas fascinantes, en plena campiña, a las afueras de la ciudad.


̶  ¡Uf!  ̶ exclamó de pronto Norte. La fachada de la catedral de San Martino apareció ante él. Como si se tratara de un cofre con su tapa profusamente taraceada, la ornamentada fachada del Duomo, una magnífica muestra del románico-pisano, destacaba sobre la sencillez de las calles y los edificios que lo rodeaban. Era sin duda un desvergonzado desafío al Duomo di Siena o a la mismísima Santa María del Fiore en Florencia, una provocación que solo lugares como Lucca pueden permitirse.

Y lo cierto es que una sucesión de plazas e iglesias aguardaba a Norte,… así que cuando se topó con la Iglesia de San Frediano, con su sencilla fachada de bloques de mármol blanco que fueron aprovechados del anfiteatro romano, no se sorprendió cuando descubrió el mosaico dorado del siglo XIII que remataba la portada. Una elegante y personalísima muestra del románico de Lucca.


Y por fin, manteniendo el desafío a las bellísimas obras de arte que acumula la región Toscana, una de las iglesias más fascinantes de la región, San Michele in Foro, construída en el siglo VII sobre las ruinas del antiguo foro romano, destacaba por su fachada rindiendo un bello homenaje a la naturaleza por su rica decoración de plantas y animales.


Y de nuevo la osadía,… la temeridad. Nada más ver la Torre Guinigi, Norte recordó a Steven Pinker,… profesor en el Harvard College, según el cual el arte es producto no solo de un simple placer estético, sino también de la adaptación evolutiva de los humanos para construirlos y, como no, de la aspiración a un estatus social.

Conocía la historia de la curiosa Torre del siglo XIV, coronada de siete robles; la más alta y bella de Lucca para mayor honor y gloria de la poderosa familia Guinigi. Y Norte sonrió socarronamente, … ya que, aunque Pisa posee una de las Torres más bellas y famosas de la Toscana,…. no es menos cierto que ninguna otra ciudad puede presumir de poseer una torre medieval rematada en un pequeño bosque. Desde luego no podía menos que dar la razón al investigador canadiense sobre la valoración que los humanos hacemos del arte.


Pero Lucca es un lugar donde, además se come bien. Y uno se regocija haciéndolo con los cinco sentidos. Así que cuando atravesó la puerta oriental y se encontró con la Plaza del Anfiteatro que, ¡cómo no!, mantiene el óvalo del antiguo anfiteatro romano del siglo I, Norte supo que había llegado el momento de sentarse e imitarlos,… practicando el buen vivir. Así que buscó una mesa a la sombra y comprobó la hora en su teléfono,… era el momento de tomarse un cappuccino y acompañarlo con buccellato di Lucca,… un dulce que nada tenía que envidar al Panforte sienés ni a la Schiacciata alla Fiorentina.