sábado, 5 de mayo de 2018

La selva pétrea


Bajo la palapa, frente al templo de los mascarones, Norte tuvo que resistir la tentación de escapar de aquel tormento. Nubes de mosquitos le rodearon, dispuestos a acribillarlo a pesar del repelente que generosamente había pulverizado por toda su ropa y sobre la escasa superficie de su enrojecida piel que no había podido tapar.

Aun así había valido la pena. Frente a él, unas bellísimas representaciones modeladas en estuco del dios solar en las que todavía se podían adivinar restos del colorido original, le habían resultado sencillamente fascinantes.

Se lo habían advertido nada más salir. Don Fernando, el simpático chilango afincado en Campeche que ejercía de conserje en el hotel en el que se alojaba, arqueó sus cejas cuando Norte pasó por delante del mostrador de recepción. Fue en ese momento cuando le aconsejó que se llevara agua, un sombrero, un buen protector solar pero, sobre todo, ropa que le cubriese el cuerpo lo más posible y mucho,... mucho repelente para mosquitos.

Y no había tardado mucho en recordar los consejos del buen hombre. El complejo arqueológico de Edzná se encontraba en plena de selva, con árboles de más de veinte metros de altura que conformaban una bóveda verde que se antojaba misteriosa e impenetrable. Por todas partes puktes, palmas de huano, zapotes blancos, guayas y cedros crecían creando una masa verde y opresiva cuya atmósfera, sofocante y casi irrespirable, se veía incrementada por el calor, la humedad y, sobre todo, por las nubes de mosquitos que se abalanzaron sobre él.


Poco a poco, la selva se abrió y aquí y allá y Norte comenzó a distinguir construcciones de piedra que se resistían a ser devoradas por la vegetación. Era como una especie de transición de un universo vegetal arrebatador, verde e impenetrable que lentamente daba paso a un caos pétreo de edificios medio derruidos que conformaban una simbiosis casi natural con la vegetación que los rodeaba. Sencillas plataformas, muros con apenas unas hileras de piedras, simples escaleras y columnas componían una bellísima postal.


Y de pronto, un enorme claro en la vegetación le mostró el Gran Patio Central, delimitado por la Casa Grande o “Nohochná”, una enorme grada a la que muchos expertos le habían atribuido funciones administrativas. Sin la bóveda vegetal que hacía tan solo unos instantes le amparaba, el sol abrasador le hizo dirigirse lo más rápido que pudo hacia la sombra de los escasos árboles que, como islas en medio de un océano verde, dibujaban sus frondosas copas sobre la hierba.


Caminó bajo el tórrido sol hacia la benefactora sombra de un “ya´axché”. Era la ceiba, el árbol sagrado,… un árbol cuyos frutos se abren dejando al descubierto una delicada fibra algodonosa a la cual, la tradición maya atribuye la propiedad de atraer la lluvia. Y al instante notó el reconfortante descenso de temperatura y, desgraciadamente también los inmisericordes ataques de los mosquitos.

Fue entonces cuando reconoció una estructura cercana. Era el Juego de Pelota., el juego ritual por excelencia en las culturas mesoamericanas, el juego al que, sobre su simbología, los arqueólogos habían dado muchas interpretaciones; y a Norte la que más le gustaba era la de dualidad cósmica, la de la lucha entre el día y la noche,… entre la vida y el inframundo.


Había cruzado el Gran Patio Central y ante él se levantaba una enorme plataforma pétrea, un descomunal muro de piedra que daba acceso al corazón de la ciudad. Llevaba más de una hora deambulando entre restos de edificios mayas que competían con una naturaleza exuberante; construcciones, muchas de las cuales, habían sobrevivido más de 1.500 años para llegar hasta nosotros. A pesar de su naturaleza inerte, para Norte esas piedras constituían una singular selva pétrea que contrastaba con la otra, con la de naturaleza vegetal que parecía querer engullirla. Quizás, de nuevo, se representaba el eterno choque entre dos principios opuestos, base de la forma de ver el mundo de los mayas.


Por fin se animó a ascender por las escaleras que daban acceso a la Gran Acrópolis y, todavía jadeando por el esfuerzo, se quedó maravillado. Frente a él se levantaba imponente el Edificio de los Cinco Pisos; una hermosa mezcla de templo-palacio rematado por una bellísima crestería de piedra que sobrepasa los 30 metros de altura. Acompañando a esta soberbia estructura, Norte pudo disfrutar de los otros edificios que conformaban el lugar: La Casa de la Luna , el templo Norte, el Patio Puuc,… era el lugar donde residía el poder en Edzná.

Durante un buen rato, sin importarle el sol abrasador que le castigaba sin piedad, Norte intentó imaginar aquellos edificios cubiertos de estuco pintado y decorados con mascarones que representaban deidades y animales míticos,… y sobre ese escenario sobrecogedor los reyes y los sacerdotes,… y miles de mayas siguiendo con expectación los rituales de culto que giraban en torno al relato de la creación y su vínculo con los dioses.


Haciendo un último esfuerzo, subió al templo de la luna. Desde allí Norte pudo al fin contemplar la selva en toda su plenitud. Un infinito manto verde que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Desde aquella posición podía avistar también esa otra selva,… la selva pétrea, despuntando entre la densa vegetación y reclamando el protagonismo de una civilización, la maya, con sus creencias en un reino sobrenatural en el que habitaban los dioses, cuyo poder impregnaba todos los aspectos de sus vidas. Eran los restos Edzná,… que significa Casa de los Itzaes.

viernes, 4 de julio de 2014

La cara del santo hace el milagro


Un par de agudos pitidos lo sobresaltaron y, de un brinco, se puso a salvo en la acera. Un “mototortillero” a punto de arrollarlo pasó a su lado a gran velocidad, justo en el paso de peatones.

̶  ¡Cuidado!  ̶  le increpó Norte.

̶ ¡Jódete pendejo!   ̶ Le respondió el joven acelerando, al tiempo que le ponía los cuernos ofensivamente enseñándole sus dedos índice y pulgar.

Acababa de llegar a Campeche y todavía no le había dado tiempo a adaptarse a las normas básicas que todo viandante debe tener muy presentes, así que se propuso ser un poco más cuidadoso y poner los cinco sentidos cada vez que atravesara una calle o se acercara a menos de 20 metros de un lugar por el que pudiese circular un vehículo a motor. Aunque, sonriendo, pensó que también necesitaría una buena dosis de buena suerte y algo de protección divina.


Cruzó la calle, esta vez asegurándose de que no venía ningún vehículo y entró en la diminuta tienda que había visto unos instantes antes desde el otro lado de la calle. “Antojitos el Trébol” ocupaba escasamente una docena de metros cuadrados en el bajo de una de las hermosas casas coloniales que jalonaban la calle Colón, muy cerca del hotel donde se había alojado.

A las siete de la tarde el calor comenzaba a dar una tregua, quizás ayudado por una leve brisa procedente del mar, sin embargo en el interior del diminuto local, la temperatura todavía se mantenía sofocante. Los estantes atiborrados de chucherías, apenas dejaban espacio para un pequeño mostrador tras el cual se parapetaba el tendero que respiraba al rítmico frescor que le proporcionaba cada vuelta de un viejo ventilador situado, en un precario equilibrio, sobre una pila de revistas.

̶  Agua, por favor.  

̶  ¿También viene por lo del Sagrado Corazón?   ̶ preguntó el vendedor al tiempo que ponía sobre el mostrador una botella de agua helada.

̶  Perdone, no le comprendo   ̶  respondió sorprendido Norte mientras pagaba.

̶  Me refiero al milagro, a la imagen del Sagrado Corazón que apareció en el cemento del suelo de una casa, dos cuadras más arriba.  Mucha gente viene hoy a comprar agua para bendecirla.

̶  No, no me había enterado.

̶  No se habla de otra cosa  ̶ continuó, mientras le enseñaba el titular del periódico local ̶ .  Fíjese lo que dice la mujer del afortunado que la descubrió: “Ya lo hemos limpiado y hasta le pasé el trapeador para ver si se quitaba pero nada, sólo se borra por un momento y solito vuelve a aparecer, creo que es un milagro, mi esposo está enfermo y sin trabajo e inclusive la imagen está mirando hacia su cama lo que indica que Jesús está a su lado”.

̶  Pues no, no sabía nada. Espero que ese pobre hombre recupere la salud y encuentre trabajo.  ̶  Respondió sonriente Norte mientras pagaba, pensando que, en apenas una hora, él sí esperaba que se obrara un verdadero milagro.

Se dirigió, caminando lentamente, en dirección al Parque de la Independencia, frente a la Catedral de Nuestra Señora de la Purísima Concepción. La cálida luz del atardecer producía un efecto mágico sobre las fachadas de las casonas coloniales alineadas a ambos lados de la calle, acentuando todavía más su colorido. Sus cornisas, ribeteadas con contrastados diseños geométricos, destacaban sobre el cielo azul, nítido, sin rastro alguno de nubes; ese cielo que invita al optimismo, que hace pensar que ningún nubarrón acecha por el horizonte.


Sin embargo Norte sentía crecer la opresión en el pecho a cada minuto que pasaba. Se reprochaba haber aceptado la invitación, al fin y al cabo ¿qué había hecho para merecer semejantes atenciones? A pesar de haberse puesto un fresco traje de hilo de color arena, comenzó a sudar ligeramente, quizás producto de la tensión y del malestar que comenzaba a atenazarle.

Todavía recordaba cuando recibió la llamada telefónica de un funcionario del Estado de Campeche. La presentación, el lisonjero resumen que hizo de los supuestos servicios prestados a la comunidad y, por último, la propuesta del reconocimiento en un acto público un mes después. Lo sorprendió hasta tal punto que aceptó el ofrecimiento. Después, las dudas, el arrepentimiento y finalmente la desazón. ¿Cuántas veces, desde entonces, se maldijo así mismo por acceder?

Comenzó a escribir un millar de veces unas palabras de agradecimiento y, en otras tantas ocasiones, desechó cada una de las ideas que se ocurrieron. A medida que el tiempo transcurría, cada día que pasaba, Norte veía como los resultados eran peores. La inmediatez de una fecha, cada vez más cercana lo atenazaba de tal manera que finalmente desistió. El largo viaje de más de diez horas en avión fue la confirmación definitiva de que sería incapaz de escribir esas palabras con sentimiento, ese discurso sentido con el que ,desde hacía días, había soñado ganarse al público.  

Había rechazado el amable ofrecimiento de la organización para recogerlo en el hotel. Quería ir caminando, en un último y desesperado intento de encontrar un soplo de inspiración. Finalmente se había rendido a la evidencia y decidió encomendarse a la improvisación. Eso que él quería ver como si realmente fuese producto de la espontaneidad o de la naturalidad, no trataba más que encubrir su propia incapacidad.

Buscó la sombra que proporcionaban las galerías de la plaza del zócalo y se perdió por las calles de la ciudad, dejándose llevar por el frescor que proporcionaban las zonas más umbrías, en un intento de encontrar la serenidad de espíritu que necesitaría en menos de una hora.


De pronto, al doblar una esquina, Norte se encontró con una pequeña muchedumbre congregada frente a una humilde casa. El murmullo procedente de los rezos se elevaba monótono en cada uno de los misterios del rosario. Mujeres de rodillas sobre la acera sostenían en sus manos velas, imágenes de santos, estampas y rosarios. A la puerta de la casa unas monjas Vicentinas, tocadas con un liviano hábito de color crema, organizaban con precisión monástica, la peregrinación que hacia el interior de la vivienda se había formado.

Sin pensarlo Norte se acercó y, sin saber muy bien porqué, se colocó en la cola de acceso a la vivienda. En apenas diez minutos se hallaba en una sencilla estancia enmarcada por paredes de bloques de cemento. Un camastro en la esquina y una pequeña silla de madera, que hacía las veces de mesilla de noche, atiborrada de velas, imágenes de santos y crucifijos componían el lugar de culto. En el suelo unas manchas de humedad  conformaban una difusa imagen que él ni remotamente podría relacionar con la representación del Sagrado Corazón.

A un lado de la escena, la familia Boo Monilla. Cuatro niñas y un chamaco de entre tres y siete años de edad, miraban sorprendidos para la multitud que había invadido su hogar tras las faldas de su madre, mientras su padre declaraba elocuentemente a unos periodistas: “Me quedé sin trabajo por una semana y pensaba en mi familia y lo de mi enfermedad, pero gracias a Jesús que me visitó sé que todo será diferente, mañana me vienen a ver por un trabajo y tengo mucha fe que se cumplirá mi petición”.

En ese instante Norte salió de la estancia y se alejó convencido de que no podría defraudar a aquellas gentes que le querían agradecer el haber creído en su comunidad.

A lo lejos, frente al Teatro Franciscode Paula Toro, se agolpaba expectante otra pequeña muchedumbre, esta vez con un ánimo más festivo. Norte respiró hondo, se abotonó la chaqueta y se dirigió con paso pausado, sabiendo por fin, lo que diría en sus palabras de agradecimiento.