martes, 14 de mayo de 2019

Al otro lado


Siempre había pensado que una ventana era el marco perfecto para contar una historia.  A un lado o al otro, dentro o fuera; tras las ventanas discurren las vidas, se adivina el espacio interior, su luz nos cautiva y los paisajes diarios, esos que forman parte de nuestra vida, transcurren sin que muchas veces seamos conscientes de ello.

Tal vez por eso Norte deambuló sin rumbo, ajeno a las lujosas estancias, a las pretenciosas chimeneas o al rico mobiliario que hacía de Azay-le-Rideau un hermoso chateau del valle del Loira y, quizás por ello, buscó las ventanas que se abrían en sus gruesos muros.


Hermosas ventanas en las que sus cristales, como teselas, multiplican la luz como un caleidoscopio y crean un cuadro mágico en movimiento, distinto en cada estación, diferente a cada momento del día y de la noche para acabar convirtiéndose en los protagonistas escénicos de las estancias.



Acaso Gilles Berthelot cuando decidió construir una hermosa residencia, en consonancia con su importante puesto de tesorero de Fancisco I, buscase poner de relevancia su estatus social, dar visibilidad a sus éxitos…


… o tal vez poner de manifiesto ese otro efecto, ese que se persigue para la satisfacer la vanidad, ese que pretende despertar la admiración de los demás.


A pesar de ello, a Norte se le antojó que las ventanas, esa forma de comunicación entre el exterior y el interior de aquel bello edificio construido sobre una pequeña isla del río Indra, desde dentro o por fuera, representaban una forma de mirar y de hacerse mirar.


Quizás por ello, cuando la luz nos cautiva al otro lado,  debemos dejar que nos cuente su historia.


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Cuando la venganza se sirve fría

viernes, 18 de mayo de 2018

Cuando la venganza se sirve fría


Su fama le precedía; no en vano el Chateau de Chenonceau era uno de los destinos turísticos más visitados de Francia. Su imagen, reproducida miles de veces en la red, era sin duda uno de los iconos turísticos de la zona pero también uno de los motivos por los que Norte había decidido descartarlo en un primer momento.

Para él, la idea de compartir una visita con miles de personas convertía el viajar, un acto de expresión y disfrute de valores estéticos, culturales, históricos y sociales en un verdadero tormento. Por eso había elegido cuidadosamente la fecha antes de perderse en uno de los chateaux más hermosos que jalonan el Valle del Loira.


Y no le había defraudado. Suspendido sobre las aguas del río Cher, un afluente del Loira, Chenonceau conforma un conjunto fascinante no solo desde el punto de vista estético. Nada más verlo sintió que cada rincón de aquel lugar destilaba armonía y magia, pero también el lujo y la ostentación que perseguían cuando fueron construidos.


A medida que se acercaba, aumentaba su satisfacción. Había acertado con el día y apenas una docena de visitantes deambulaban por el lugar, disfrutando de cada rincón y posiblemente rememorando como él, pasajes de la historia relacionados con el hermoso conjunto renacentista.


Se apoyó durante unos instantes en la balaustrada que rodeaba el soberbio jardín que, justo a la entrada recibía a los turistas e intentó recordar a muchas de las mujeres que habían dejado su impronta en aquel lugar y que sin duda habían marcado su estilo, dándole ese sutil toque de belleza y armonía que solo una mujer puede conseguir.

Y comenzó su peculiar revisión histórica de aquel peculiar palacio-puente comenzando por lo más reciente, por Simone Menier, una enfermera que utilizó la galería construida sobre el puente como hospital durante la primera guerra mundial. Curiosamente aquellas estancias en las que durante el siglo XVI se celebraron fiestas fastuosas, fueron ocupadas por heridos durante la Gran Guerra.


Siguió caminado, esta vez por el interior de la fortaleza rememorando a muchas otras mujeres que con anterioridad formaron parte de su historia y que de un modo u otro habían dejado su huella en el lugar. Y en ese deambular histórico recordó a Louise Dupin, que salvó el inmueble de su destrucción durante la Revolución francesa o a Marguerite Pelouze que en el siglo XIX devolvió al palacio todo su esplendor.


Pero quizás para Norte, las dos inquilinas más relevantes, las que marcaron sin duda el estilo del chateau tal y como lo conocemos hoy en día, fueron sin duda Diana de Poitiers, favorita del rey Enrique II y su esposa Catalina de Médicis. Mujeres con una fuerte personalidad que hicieron de Chenonceau su particular campo de batalla; una batalla que duró toda una vida.


Se asomó a una de las ventanas y se sorprendió de la hermosa vista de los bellos y espectaculares jardines que en su día Diana de Poitiers hizo construir cuando el rey le regaló la propiedad. Mientras Enrique II vivió, Diana reinó sobre Chenonceau con luz propia durante casi 30 años y remodeló el soberbio palacio renacentista donde las fiestas se sucedían aumentando, sin duda, el rencor y los deseos de venganza de Catalina que desde siempre había ambicionado la propiedad.


Y justo en el lado opuesto Norte pudo contemplar el reverso de la moneda. Levantó su ceja izquierda y en su rostro se dibujó un esbozo de sonrisa mientras recordaba un dicho popular que hacía referencia a que la venganza se sirve en plato frío. Desde la ventana en la que se encontraba en ese momento podía disfrutar de una hermosa vista del Jardín que Catalina de Médicis se había hecho construir.

A la muerte de Enrique II, la suerte de su favorita Diana estaba echada y toda su influencia se desinfló tan rápido como cuando se pincha un globo. No tardó en ser expulsada de Chenonceau por Catalina, quién abordó importantes reformas, construyendo la galería de dos plantas sobre el río, un nuevo y más íntimo jardín renacentista y, sobre todo, celebrando fiestas mucho más suntuosas que las de su antecesora.


De pronto, al fondo, en la avenida que llevaba al chateau, Norte vió un numeroso y bullicioso grupo que turistas que se acercaba, así que comprendió que su visita a Chenonceau había acabado. Echó un último vistazo y se marchó agradeciendo a Catalina, a Diana y a todas las mujeres que dejaron su impronta en el lugar sus esfuerzos para crear y mantener hasta nosotros un lugar tan bello y hermoso.

viernes, 10 de marzo de 2017

La ostentación vive en Chambord


Desde la distancia, el chateau se levantaba majestuoso y soberbio al final del largo canal del río Cosson, un pequeño afluente del río Loira. Como un gigantesco pastel cuajado de velas y dispuesto para el cumpleaños, Chambord fue el capricho de Francisco I, un empeño en el que el monarca invirtió una buena parte de los recursos de su reino en lo que para él era su ideal de hogar, un enorme castillo que cuenta con más de cuatrocientas cuarenta habitaciones, doscientas ochenta chimeneas y ochenta y cinco escaleras, sinónimo del lujo y la ostentación, y canon de belleza de la época.

Durante unos instantes, Norte trató de interiorizar lo que para la mayoría de la gente representa hoy en día el hogar, un espacio donde vivir, un lugar esencial, expresión de sus ideas y de su forma de entender la vida y, al compararlo con lo que estaba viendo, no pudo menos que sorprenderse por la magnificencia y suntuosidad del proyecto, fuera de toda lógica y de una dimensión incomprensible para un ciudadano del siglo XXI.

Lo cierto era que Francisco I transformó, entre 1519 y 1539, un sencillo pabellón de caza en una de las obras de referencia del estilo renacentista francés, muy influenciado por arquitectos  italianos como Doménico da Cortona, a quién se le atribuye el diseño básico del edificio, o el mismo Leonardo da Vinci, quién pasó los últimos años de su vida al servicio del monarca.


Estaba en el Valle del Loira, un lugar de cuento, donde hermosas praderas se confunden con bosques de ensueño, un territorio fecundo y generoso dominado por un río que discurre tranquilo por el centro del enorme y apacible valle; un lugar que muchos han denominado “el jardín de Francia”. Una zona en la que, durante más de tres siglos, la nobleza francesa construyó sus propiedades, rivalizando en suntuosidad y magnificencia.

Y en el centro de todo aquello estaba Chambord, quizás el origen y máxima expresión del concepto “vivir a la francesa” y en el que el monarca que lo mandó construir apenas llegó a alojarse medio centenar de días bajo su techo. Un castillo al que rodea un muro de treinta y dos quilómetros de longitud y cuyos dos metros y medio de altura encierran más de cincuenta quilómetros cuadrados de hermosos bosques y mantiene, todavía hoy en día a buen recaudo, la numerosa fauna cinegética, posiblemente las mismas especies que antaño eran objeto de las cacerías del rey.


Nada más entrar en su interior Norte pudo percibir toda la muestra de poder y riqueza que solo el ego y el capricho de un rey todopoderoso y extravagante como Francisco I podía permitirse. Por todas partes, como elemento decorativo de muchas de las bóvedas, la “F” y la “salamandra” estaban representadas hasta la saciedad.

La salamandra fue adoptada como emblema del rey, simbolizando el poder sobre el fuego, un animal mágico al que la leyenda que lo acompaña, “Nutrisco et extinguo” (“alimento y apago”) simboliza en cierto modo su poder sobre el fuego, pero también sobre los hombres y el mundo.


A medida que deambulaba por los espacios interiores no dejaba de sorprenderse por las grandes dimensiones de sus estancias. Todo en él era singularidad y desde sus espectaculares terrazas Norte puedo apreciar con detalle la recreación de las torres, chimeneas y atalayas, que en su conjunto conformaban un hermoso efecto orientalizante, subrayado por el colorido y el contraste que proporciona la decoración con la pizarra incrustada en la blanca arenisca con la que está construido el enorme castillo.


Pero si el conjunto es en sí mismo es una maravilla arquitectónica, la audacia con la se diseñaron sus alrededores no lo es menos y, aunque en un principio Francisco I pretendía desviar nada menos que el río Loira para convertirlo en el foso natural de defensa, finalmente tuvo que conformarse con trasvasar el río Cosson, un afluente del Loira. Norte elevó su ceja izquierda pensando si la obra de desvío de un pequeño afluente había logrado satisfacer la vanidad y la imperiosa necesidad de ostentación que el ego de su promotor deseaba para su proyecto.


Y de pronto, nada más verla, Norte se dio cuenta que el enorme edificio estaba construido alrededor de una escalera. Una enorme, monumental y hermosa escalinata que, situada en el centro mismo del palacio, asciende desde la planta baja hasta las terrazas superiores. Una obra de arte atribuida al mismísimo Leonardo Da Vinci y cuyo diseño de “doble revolución” hace que coexistan dos escaleras construidas en direcciones opuestas y que evitan que dos personas se encuentren cuando una baja y otra sube.


Y en su interior, una linterna ilumina las escaleras con luz natural cada una de las ventanas que se abren a las escaleras, como si se tratara de la savia que circula por el interior del tronco, dando vida a un árbol centenario.


Para Norte era la representación misma de los patrones naturales en los que se inspiró el Renacimiento. Porque la espiral no es una patente humana, sino fruto de la naturaleza. En conchas de caracoles, en estructuras de las plantas, en nada menos que en el ADN código universal de la vida, en la rotación del universo o el movimiento de las estrellas, en todas ellas la “curva de la vida” está presente.


Un último vistazo cuando se marchaba, le mostró una visión imponente del monumental edificio, toda una manifestación extrema de lujo. Durante un instante Norte pensó que la tentación, en efecto, vive en Chambord, y  sonrió cuando de pronto recordó el título de una famosa película “La tentación vive arriba” y pensó en la similitud de los términos. Fue entonces cuando  recordó la escena de Marilyn sobre una rejilla de ventilación del metro con su vestido blanco, una imagen mítica en el imaginario de los espectadores, quizás tan conocida como la imagen que él estaba viendo de Chambord, un alarde de exhibición realizado con vanidad.