«Hermoso, elegante, delicado y, sobre todo atrevido» ―pensaba Norte mientras deambulaba sin rumbo por los restos de aquel claustro del que solo quedaban en pie, como testigos mudos de un pasado más esplendoroso, la iglesia y las cuatro crujías del claustro de San Juan de Duero, un monasterio levantado por la Orden Militar de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén durante la primera mitad del siglo XII en las afueras de lo que hoy es la ciudad de Soria.
Y es que, en cada uno de los lados del claustro, sus creadores habían dejado volar su imaginación en una suerte de formas que que había dado lugar a un heterodoxo pero hermoso catálogo de arcos con una, para él, acusada influencia oriental.
Desde los clásicos arcos de medio punto sobre parejas de columnas hasta los sorprendentes arcos túmidos, que arrancan de pilares acanalados para entrecruzarse, en un juego imposible, con otros arcos en los que uno de sus extremos queda en el aire, sin apoyo de ningún pilar, como un calderón eternamente suspendido en una partitura musical.
Para Norte no cabía duda y ese derroche creativo plasmado en la piedra caliza por los maestros canteros solo podía estar inspirado en la arquitectura Oriental que los caballeros de la Orden de San Juan habían aprendido durante las Cruzadas o quizás a un un intento de emular el arte mudéjar español.
Y es que más allá de la fuerza o la naturaleza de cada uno de los
arcos o de su desafío a la gravedad, para Norte era la delicadeza y
el preciosismo oriental modelado en piedra.
















