domingo, 5 de noviembre de 2017

Entre el cielo y el mar


Entre el cielo y el mar, un puñado de islas emerge en medio de la inmensidad del Océano Atlántico; roca, arena y viento con una rara y hermosa mezcla de raíces africanas y la herencia europea. Es el archipiélago de las Islas de Cabo Verde, un lugar para vivir la naturaleza...







Pero para Norte viajar es algo más que ver simples escenarios, por asombrosos que sean. Para Norte conectar con las personas, con la esencia local, es quizás la razón de ser de sus viajes. 


Apoyado en un precario muro, Norte no pudo menos que sonreír al ver jugar a aquellos niños con una enorme y maravillosa sonrisa dibujada en sus labios mientras quizás soñaban con emular algún día a sus ídolos del universo “Champions league”.

En aquellos momentos eran los Ronaldos y los Mesis que se enfrentaban en una final épica en el campo de arena y piedras situado en Salamansa, una pequeña aldea de pescadores en la Isla de Sa͂o Vicente. Era sin duda el Bernabeu o el Nou Camp, dependiendo de los sueños y predilecciones de cada uno de ellos.

Lo había visto muchas veces a lo largo de su vida y una vez más Norte comprobó que, afortunadamente, los niños jugaban felices ajenos a la realidad que los rodea.



Era domingo, ese día de la semana en el que las comunidades pesqueras de la isla aprovechan para descansar, ese día placentero y relajante en el que también en Sa͂o Pedro, Calhau o en la Baía das Gatas se ralentizan las labores diarias…



Una vez más, Norte reparó en que vivimos en un mundo lleno de cosas prescindibles,… y que sin duda deberíamos aprender a ser felices con lo que tenemos.


Y Norte no pudo menos que parafrasear a Agustín de Hipona y también al refranero popular, y  recordó que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita.



viernes, 27 de octubre de 2017

Las aguas de la felicidad


Por fin el cielo pareció aclararse y pequeños retazos azules asomaron aquí y allá entre las nubes todavía amenazantes tras la tormenta. Sobre ese hermoso telón de fondo, los restos de las termas de Caracalla, con sus grandes bóvedas desplomadas y enormes muros derruidos de ladrillo, destacaban sobre el horizonte.


Norte elevó su ceja izquierda mientras pensaba que no podía haber elegido mejor momento para visitarlas. Apenas había turistas y el otoño se hacía notar, coloreando las hojas de las frondosas que salpicaban el recinto de hermosas tonalidades rojizas y amarillentas. Y dominando el paisaje, con sus formas rotundas y su intenso color verde, los Pinus pinea y los Cupressus sempervirens, los mismos que se podían encontrar bordeando la Via Appia Antica.


Norte aspiró profundamente el aire límpido tras la tormenta, cargado de los aromas acres y penetrantes de las coníferas y el inconfundible olor a tierra mojada. Si algo le había gustado siempre de la “ciudad eterna” era precisamente esa “conexión” de la vegetación con el patrimonio arqueológico y en las Termas de Caracalla, más que en ningún otro lugar, se daba esa circunstancia.


Cerró los ojos para visualizar aquellos muros, ahora devastados por el paso del tiempo, y revestidos en tiempos pasados por hermosos mármoles blancos de Carrara; para deleitarse con los fascinantes mosaicos de formas geométricas del que antaño fue el gimnasio o para asombrarse con el lujoso decorado de estatuas, columnas y mosaicos; unas termas donde más de 1.600 romanos podían disfrutar a un tiempo de las aguas de la felicidad.


Fue la expresión máxima de la búsqueda del bienestar, de la paz física e interior que estaba al alcance de cualquier ciudadano. Allí se citaban los romanos para hablar y relajarse. Era un placentero paseo por las aguas de la felicidad. Baños que alternaban agua caliente en el caldarium, tibia en el tepidiarum y fría en el frigidarium, para más tarde pasarse por el gimnasio antes de abandonarse al ritual del masaje.


viernes, 13 de octubre de 2017

Entre el cielo y la tierra


«Quizás no sea lo más cerca del cielo que uno pueda estar pero sí lo más cerca del cielo que uno se puede sentir»   ̶ pensó Norte nada más traspasar el dintel de la puerta en la que remataban las tortuosas escaleras de caracol que lo condujeron a los techos de la catedral de Milán.


Allá abajo, cientos de liliputienses transitan atareados en torno a ella. Y allá arriba, meciéndose con suavidad sobre el abismo, …un bosque de agujas, gárgolas, contrafuertes y estatuas surgió ante él.





A medida que Norte ascendía, sintió una sensación cercana a volar,... era como si pudiese elevarse sobre aquellos pináculos que parecían sostener el firmamento y sobrevolarlo surcando los cielos.








Desde aquella majestuosa maraña tejida en piedra, la ciudad continua latiendo a su alrededor, rendida a sus pies.




Todo a la sombra de la representación hermosamente bella de la Madonnina, reinando entre el cielo y la tierra.


martes, 26 de septiembre de 2017

Oteando el horizonte


La subida se hacía más pronunciada por momentos y, a medida que ganaba altura, aquí y allá, en los tramos en los que la vegetación lo permitía, como retazos de una película, comenzaba a vislumbrar el espectáculo que se descubría a sus pies. Hacia el Oeste, tras un telón de eucaliptos, el Océano Atlántico en estado puro, difuminando su color azul hasta fundirse con el cielo en el horizonte infinito. Y un poco más hacia el Sur, el lugar donde el río Miño se pierde en las aguas del océano para diluirse poco a poco. Un lugar especial, lleno de magia, tradición e historia. Un lugar donde las aguas dulces y las saladas, del río y del océano, libran un pulso diario que se decanta a favor de uno o de otro… al ritmo de las mareas.


Redujo la marcha de su automóvil para poder superar la fuerte pendiente y, de pronto tras una cerrada curva, una nueva panorámica se abrió ante sus ojos. Esta vez hacia el Este, pudo disfrutar de unas hermosas vistas del tramo final del río. Hasta donde alcanzaba la vista, el enorme curso de agua serpenteaba entre las tierras de A Guarda en España y las de Viana do Castelo en Portugal… y lo que en otros tiempos sirvió de frontera entre dos países que se miraban con recelo, constituye hoy en día un lugar de encuentro entre las gentes de ambas riberas. 


Continuó la ascensión al Monte de Santa Tegra, disfrutando de las hermosas vistas que a cada cambio de dirección le proporcionaba la sinuosa carretera cuando de nuevo, tras una pronunciada curva, a ambos lados de la vía, surgieron los restos pétreos de un castro celta.  Un sinfín de muros circulares pugnaban por el espacio, constreñidos por la muralla que hacía de linde, de límite exterior de una ciudad que lo fue entre los siglos I antes de Cristo y I después de Cristo, y que llegó a contar con más de 3.000 habitantes.

Norte sonrió al pensar que ya en las ciudades de la Prehistoria y en concreto en la cultura castreña, el urbanismo también era una asignatura pendiente. No obstante, tenía que reconocer que en cuestión de la belleza de los emplazamientos que elegían eran alumnos aventajados,… aunque sus preferencias viniesen determinadas más por cuestiones estratégicas o de defensa que por aspectos estéticos.


Se detuvo unos durante unos instantes, disfrutando de aquel bellísimo y desordenado conjunto de construcciones y recordó de inmediato que las formas circulares de los castros celtas tenían un motivo mitológico,… y hermoso, ya que todo el mundo sabía que al carecer de esquinas, los espíritus no podían quedar retenidos en ellas.


No podía ser de otro modo –pensó Norte- en una tierra de meigas, seres mitológicos y leyendas.


domingo, 3 de septiembre de 2017

Al resguardo del tiempo


En Concarneau, en Bretaña, en los confines del Finisterre francés, resguardada en una hermosa bahía de aguas tranquilas, la “Ville Close”, el pequeño islote de apenas 380 metros  de longitud, destacaba como un enorme  barco pétreo varado en aguas poco profundas.

A esas horas de la mañana, una bruma húmeda y pegajosa que servía de vínculo de unión entre el mar gris y el cielo bajo y nuboso, daba un aspecto irreal, casi místico, al baluarte que defendía desde hacía siglos la entrada al pequeño enclave fortificado.

Norte se había levantado temprano. La dueña del pequeño hotel en el que se alojaba en Lorient, a escasos quilómetros de Concarneu, le había advertido que en pleno agosto la diminuta isla se pondría hasta arriba de turistas, no en vano era uno de los lugares más visitados de Bretaña. Así que no lo dudó y se puso en marcha nada más amanecer.

Y es que el interés de Norte por la pequeña localidad era doble; por un lado le atraía visitarla y conocer de primera mano el pequeño enclave fortificado, con sus callejuelas y sus caminos de ronda en sus murallas, pero quizás lo que más le atraía era rememorar una novela que había leído ya hacía mucho tiempo y que de pronto le había venido a la cabeza cuando decidió visitar la ciudad.


Atravesó “Le Pont du Moros”, la única entrada a pie a la ciudadela, para darse de bruces con el pequeño patio triangular del cuerpo de guardia, dominado por la Casa del Gobernador y la Torre Major. Mirara hacia donde mirara se podía leer su pasado marítimo ligado a sus tradiciones, a su historia, a sus murallas y a sus casas, hogar de  grandes navegantes.

Paseó por el entramado de calles adoquinadas que daban cobijo a estrechas casas de granito que pugnaban por hacerse un hueco, constreñidas por el cinturón de murallas que las rodeaba. Por todas partes restaurantes y tiendas para turistas, aprovechaban cada centímetro cuadrado de los bajos de las casas, ofertando sus productos a los turistas que deambulaban día a día por sus calles.


Continuó su paseo disfrutando de cada rincón antes de que la marea humana anegara de forma sistemática sus calles. Fue entonces, aprovechando la tranquilidad que reinaba en aquel lugar,  cuando intentó rememorar alguno de los pasajes de un libro que había leído hacía ya mucho tiempo y que era el otro motivo de Norte para visitar la localidad. Se  trataba de  “Las señoritas de Corcarneau” una novela  que  Georges Simenon escribió allá por 1934.


A pesar del tiempo que había transcurrido, todavía podía recordar con bastante claridad su argumento, que además se relacionaba con  el vínculo pesquero y marítimo que la ciudad mantenía desde sus orígenes. Precisamente la trama se desarrollaba en torno a la historia de su protagonista, un patrón de una pequeña flotilla de barcos atuneros que tenían su base en aquel puerto pesquero en la primera mitad del siglo XX.

A lo largo de la novela, el autor describía como era el día a día de aquella sociedad de provincias allá por 1934 y Norte sentía revivir en su memoria muchos de los pasajes a medida que se perdía por las callejuelas que serpentean por la ciudad amurallada. 


Personajes como Jules Guérec, el protagonista, indolente y temeroso, dominado por sus hermanas; o Céline, su hermana menor, la más celosa y la más conservadora; o Marie Pampin, una joven madre soltera de la que Jules creyó enamorarse. A todos ellos pudo imaginárselos recorriendo aquellas calles y viviendo en aquellas casas.

Y, de pronto, se encontró con “La porte du passage”, una amplia brecha abierta en las murallas que daba paso a un pequeño embarcadero. Nada más verlo, a Norte se le dibujó una sonrisa en su rostro y sin pensárselo dos veces, se dispuso a embarcar en el pequeño ferry que esperaba atracado al pantalán. Se trataba de “Le bac du passage”, una pequeña embarcación que transporta pasajeros entre “Ville Close” y el distrito de Lanriec, al otro lado de la bahía, en una corta travesía que apenas duraba un par minutos.

Nada más embarcar, Norte recordó como el protagonista de la novela y sus hermanas también hacían uso del barquero para cruzar la ensenada,… y es que el servicio de transporte lleva operando desde el siglo XVII. 


Desde el otro lado de la bahía pudo comprobar como la “ciudad azul” es un lugar con una profunda tradición marítima y pesquera, una ciudad al resguardo del tiempo,  un puerto que sigue dando cobijo a los barcos pesqueros y a las gentes del mar…


Una ciudad a resguardo del tiempo…  también el tiempo histórico.


martes, 15 de agosto de 2017

Espíritu celta, seña de identidad




Desde 1971, más de 700.000 personas acuden cada verano a la cita. En las tierras de Lorient tiene lugar el Festival Intercéltico . Allí, durante dos semanas los mejores intérpretes de música celta de Irlanda (Eire), Escocia (Alba), Bretaña (Breizh), Gales (Cymru), isla de Man (Mannin), Cornualles (Kernow), Galicia (Galiza) y Asturias (Asturies) se dan cita en Bretaña

martes, 1 de agosto de 2017

Rosalila



La sensación de frescor apenas duró. En cuanto se secó, en tan solo un par de minutos, un bochorno insoportable volvió a hacer que su piel de nuevo transpirara copiosamente. Salió rápido del baño buscando el frescor que a intervalos producía un enorme ventilador situado en el techo y repentinamente se encontró mejor, tumbado en la cama bajo aquel bendito invento que le devolvía a la vida a cada giro de sus aspas. Lentamente cerró los ojos y se adormeció.

Un poco aturdido, como si le costase salir del profundo sueño en el que se había sumido, Norte fue recuperando la consciencia y recordó el larguísimo viaje desde Guatemala, su visita a la ciudad maya de Copán en Honduras y su regreso a la habitación del albergue donde se alojaba en Copán Ruinas, una localidad situada a escasa distancia del sitio arqueológico.

Bajo un sol abrasador, había disfrutado de unos restos arqueológicos únicos, cuyo principal atractivo estaba en la Pirámide de los Jeroglíficos, con casi 30 metros de altura y, en cuya escalinata la inscripción pétrea con más de 2.500 glifos en los 62 peldaños, cuenta historias relacionadas a sus antiguos gobernantes, especialmente el décimo quinto, Humo-Caracol.


También había disfrutado de un campo de pelota maya con sus marcadores en forma de cabeza de guacamayo. Era un juego sagrado que se realizaba durante los rituales agrarios pero también tenía un significado religioso y astronómico.


Abrió la ventana de su habitación y enseguida percibió el intenso y penetrante olor a selva, a musgo y orquídeas, a misterio y aventura. Del exterior, la luz mortecina procedente de un farol, apenas conseguía romper la negrura de la noche y el ruido procedente de conversaciones de pequeños grupos de personas le indicaban que el frescor nocturno había logrado proporcionar un pequeño alivio a las altas temperaturas que habían sufrido durante el día.

De pronto, un sordo ruido abdominal le recordó que desde el copioso desayuno no había vuelto a probar alimento; así que se vistió a toda prisa y salió decidido a buscar un lugar donde cenar.

Callejeó por las empinadas calles disfrutando de la agradable temperatura hasta dar con un colorido y alegre local con sugerentes aromas. “Carnitas Nia Lola”, una antigua herrería reconvertida en restaurante, parecía el local más concurrido de todo Copán Ruinas. Así que Norte se animó  y pidió una mesa pensando en que la soledad, con demasiada frecuencia, se vuelve cruel.

̶  Una “Imperial” y unas fajitas de res a la fragua con guacamole, chile dulce y cebolla, por favor –solicitó Norte a la simpática camarera después de ojear la carta.

Mientras esperaba, observó a la clientela con cierto interés. Una variopinta mezcolanza de turistas y lugareños, charlaba animadamente, intentando hacerse oír por encima de la música folclórica que sonaba en el local. Las meseras servían las bebidas y los platillos no solo portándolos con sus manos sino también, en precario equilibrio, sobre sus cabezas en un intento de causar sensación entre los turistas.

Mientras saboreaba la refrescante cerveza, Norte se fijó en una de las mesas situada justo a su izquierda, en una esquina del local. La única que, como la de él, estaba ocupaba por una sola persona. En ella, una joven de rasgos centroamericanos con una larga melena de color negro azabache, observaba con detenimiento un plano desplegado sobre la mesa.

 ̶  ¿Preparando la ruta de mañana? –se atrevió a preguntar Norte, deseoso de un poco de conversación durante la cena.

Un poco sorprendida la mujer levantó la vista de los papeles y durante unos instantes se mantuvo en silencio, como evaluando la respuesta que debía dar. Finalmente, en su rostro se dibujó una hermosa sonrisa antes de contestarle.

̶  Oh no. Estoy aquí por trabajo, no por turismo.

̶  Disculpe, no quería importunarla.

̶  No importa, simplemente estaba repasando unas cosas y ya había acabado. Me tomaba una cerveza antes de comenzar a cenar pero no tengo muchas ganas y ya pensaba irme.

̶  Mi nombre es Norte. ¿Le apetece tomarse una cerveza y compartir mi cena? Yo tampoco tengo mucho apetito y creo que lo que pedí bastará para los dos.

.̶  ¿Norte?, ¿qué nombre es ese? –preguntó por fin, tras un prolongado silencio, quizás intrigada por el origen de su interlocutor.

– Disculpe de nuevo –sonrió ofreciéndole una de las sillas vacías de su mesa– soy español y, en efecto, ese nombre no aparece en el santoral, al menos que yo conozca. En realidad es un seudónimo, un alias que utilizo desde hace tiempo, tanto que realmente ya me olvidé de cómo lo adopté. ¿Y usted?, ¿cómo se llama?

̶  ¡Ah! Perdón, mi nombre es Rosa Lila, Rosa Lila Medrano y soy hondureña  ̶ le contestó al tiempo que recogía sus papeles y se cambiaba de mesa.

̶  ¿Rosa Lila?, ¿cómo el templo?


̶  Sí, en realidad es una vieja historia  ̶ sonrió ̶ . Soy arqueóloga y mi padre fue contratado como tantos otros hondureños para trabajar en las excavaciones de Don Ricardo Agurcia aquí en Copán. Cuando descubrieron el  templo, mi padre fue uno de los afortunados que trabajaron en su interior. Eso le causó tanta impresión que cuando, a los pocos meses, nací decidió ponerme el nombre del templo y más tarde, ¡ya ve!, no pude inhibirme a la “maldición familiar” y estudié arqueología. Ahora mismo trabajo para el  Instituto Hondureño de Antropología e Historia.


̶  ¿Qué casualidad?, hoy mismo estuve visitando Copán y mañana tengo pensado volver para  visitar el Templo de Rosalila. Vine ex profeso desde Guatemala para conocerlo  ̶ aclaró sorprendido mientras pedía a las meseras dos cervezas bien frías ̶ .  ¿No me dirá que trabaja en el templo?

̶ No, ¡ya sería mucha casualidad! Ahora mismo estoy trabajando en la Pirámide de los Jeroglíficos. Precisamente estaba repasando unos datos antes de acostarme.

̶  Sí, hoy mismo estuve disfrutando de esa escalera mágica. ¿Es posible que estuvieses allí?

̶  Pues claro. Soy la única mujer del equipo y ahora mismo estoy yo sola. Mis compañeros se fueron a Tegus hoy por la tarde y volverán en un par de días, así que podré descansar un poco.

̶  ¿O sea que estás estudiando los glifos de la escalera?... ¿qué dicen?

̶  En realidad es un poco aburrido ̶ aclaró Rosa Lila ̶ . Cuentan la historia de diversos reyes de Copán y lo hacen por medio de un sistema que, con símbolos, representan palabras completas y sílabas.

̶  ¿Y el templo de Rosalila?  ̶ preguntó de nuevo Norte mientras le servía una fajita de carne de res ̶ , ¿es tan hermoso como dicen? ¿Sabes?, acostumbro a no documentarme demasiado sobre los sitios a los que voy, especialmente en lo relativo a cuestiones gráficas. No quiero perderme ese momento sorprendente de ver las cosas por primera vez.

̶  Rosalila,  es uno de los edificios enterrados, o mejor dicho “entumbados”, del templo 16, el más alto de la acrópolis. Como ya te dije mi padre estuvo desescombrando cuando Don Ricardo Agurcia descubrió el santuario casi intacto. Su principal característica es que conserva la decoración original de estuco pintado. De hecho se mantiene así porque cuando Rosalila fue sepultada se hizo con tanto cuidado que fue como si pusiesen un sombrero de talla más grande sobre otro más pequeño.

̶  Mejor no me cuentes más. ¿Qué te parece si mañana me haces de guía?  ̶ propuso sonriente a la vez que pedía un par de copas de Guaro  ̶ al fin y al cabo mañana no tienes trabajo.

̶  ¿Sabes que decía Gabriel García Márquez sobre el aguardiente?  ̶ continuó Norte a modo de brindis, tan pronto pusieron la bebida sobre la mesa ̶ :  “De las cosas que ha inventado la gente; ninguna, señores, como el aguardiente. Que es pura agua y brilla; con su sabor te abriga y con su aliento te da socorro..."


̶  ¿Y tú crees que un europeo podrá ver un alux?  ̶ preguntó Norte con voz pastosa, visiblemente afectado por el aguardiente.

̶  ¡Pues claro!, incluso hay referencias de algún gringo que logró verlos   ̶ respondió con chanza mientras se reía escandalosamente ̶  . En todo caso te advierto que solo se pueden ver durante la noche.

Para su sorpresa, Rosa Lila resultó ser una bebedora experimentada que sobrellevó con una normalidad pasmosa la media botella de Guaro que le había correspondido durante la larga sobremesa de la cena.

Cuando una amable camarera les invitó con cortesía a abandonar el restaurante, se percataron que solo ellos permanecían en el  comedor y que, por el aspecto de las mesas restantes, ya debía hacer un buen rato que todos los demás clientes se habían marchado. Así que Norte se apresuró a pagar, sin olvidarse de dejar una generosa propina y, entre risas, salieron al frescor de la noche.

̶  Los aluxes son algo parecido a vuestros duendes. Tienen un cuerpo infantil pero con detalles y aspecto de personas adultas y se dedican a hacerle travesuras a aquellos que desobedecen a los dioses pero, especialmente protegen y cuidan las propiedades y cultivos de sus creadores y si sorprenden a alguien robando en los huertos, les apalean y vuelven a pegar los frutos de donde los tomaron.

̶  Pero ¿qué aspecto tienen?   ̶ preguntó cada vez más interesado.


 ̶  En realidad son pequeñas figurillas amasadas con barro virgen y compuestos a partir de elementos elaborados durante varios viernes. Los animales del bosque les proporcionan lo mejor de sí –prosiguió Rosa Lila ̶ .  Así, por ejemplo, las lagartijas les dan sus patas para andar sigilosamente, las lechuzas sus ojos para ver en la oscuridad, los monos sus brazos para trepar a los árboles y su corazón es una mezcla del de paloma y el jaguar para conjugar ternura y valor.

 ̶  Pues yo no quiero irme sin ver uno de esos seres  ̶ afirmó rotundo, haciéndole un guiño ̶ .  Así que no vas a tener más remedio que acompañarme e iniciarme en los misterios de la cultura maya.

̶  Está bien  ̶ contestó por fin Rosa Lila, tras valorarlo durante unos instantes ̶ .  Conozco un lugar, no muy lejos de aquí en donde dicen que por las noches se pueden ver. Se trata de un antiguo silo de trigo excavado en la piedra que está fuera del sitio arqueológico. Solo necesitamos unos cigarrillos y un poco de maíz para la ofrenda, una linterna y alguien que nos acerque hasta allí.

̶  Eso no es problema. Deja que hable con el recepcionista del hotel dónde me hospedo. Seguro que él es capaz de solucionarlo.

Apenas veinte minutos después viajaban dando tumbos en el asiento trasero del Tuc Tuc que los acercó en unos minutos hasta una zona boscosa cercana y, tras pactar con el conductor que volviera a buscarlos al amanecer, tomaron un pequeño sendero que Rosa Lila iluminó con la potente linterna que le habían prestado.

Si el bosque hondureño durante el día parecía misterioso y exuberante, durante la noche su aspecto se volvía enigmático, impenetrable y, sobre todo, peligroso. La negrura más absoluta más allá del haz de luz de la linterna y los ruidos lejanos de los monos aulladores, con sus chillidos guturales y desgarradores contribuyeron todavía más a esa sensación, tanto que instintivamente Rosa Lila y Norte se tomaran de la cintura intentando aminorar la sensación de aislamiento y temor que ambos comenzaban a sentir y que eliminó de un plumazo los últimos vestigios de alcohol que les pudieran quedar.

Tras una corta caminata Rosa Lila enfocó por fin un pequeño agujero circular abierto en el suelo, en un pequeño claro abierto en la espesa vegetación. En el interior un recinto de unos tres o cuatro metros cúbicos, excavado en la roca.


̶  ¡Este es!  ̶ confirmó por fin, dando un pequeño suspiro de alivio ̶ , por un momento pensé que no lo encontraría. Como puedes ver se trata de un pequeño silo para almacenar alimentos. Ahora solo tendremos que depositar las ofrendas y esperar en silencio, por ejemplo ahí   ̶ dijo iluminando con la linterna las raíces de una gran ceiba que crecía a escasos metros.

Buscaron acomodo abrazados bajo la protección de las enormes costillas que apuntalaban el impresionante ejemplar de ceiba y se dispusieron a esperar, atentos a cualquier señal que les indicara que un algún alux merodeaba por las inmediaciones.


De pronto un ruido lo sobresaltó, despertándolo del profundo sueño en el que se había sumido. Tras unos instantes de vacilación, Norte recordó la cena, la arqueóloga hondureña, la botella de Guaro y la estúpida idea de intentar ver a un pequeño duende maya. A su lado, bajo la manta que los cubría de la humedad de la noche, sintió la rítmica respiración de Rosa Lila durmiendo profundamente sobre su pecho. La besó dulcemente y se dispuso a dormir un rato más, sin embargo, el rumor de unos pasitos, carreras y saltos destacó claramente en el silencio de la noche, muy cerca de donde ellos se encontraban y Norte sonrió y cerró los ojos. Pronto amanecería y, con la luz del día, el mito maya de los aluxes se transformaría nuevamente en una leyenda.