"Siempre oí que en Nueva York uno nunca conoce a sus vecinos” (Desayuno con diamantes)

viernes, 10 de marzo de 2017

La ostentación vive en Chambord


Desde la distancia, el chateau se levantaba majestuoso y soberbio al final del largo canal del río Cosson, un pequeño afluente del río Loira. Como un gigantesco pastel cuajado de velas y dispuesto para el cumpleaños, Chambord fue el capricho de Francisco I, un empeño en el que el monarca invirtió una buena parte de los recursos de su reino en lo que para él era su ideal de hogar, un enorme castillo que cuenta con más de cuatrocientas cuarenta habitaciones, doscientas ochenta chimeneas y ochenta y cinco escaleras, sinónimo del lujo y la ostentación, y canon de belleza de la época.

Durante unos instantes, Norte trató de interiorizar lo que para la mayoría de la gente representa hoy en día el hogar, un espacio donde vivir, un lugar esencial, expresión de sus ideas y de su forma de entender la vida y, al compararlo con lo que estaba viendo, no pudo menos que sorprenderse por la magnificencia y suntuosidad del proyecto, fuera de toda lógica y de una dimensión incomprensible para un ciudadano del siglo XXI.

Lo cierto era que Francisco I transformó, entre 1519 y 1539, un sencillo pabellón de caza en una de las obras de referencia del estilo renacentista francés, muy influenciado por arquitectos  italianos como Doménico da Cortona, a quién se le atribuye el diseño básico del edificio, o el mismo Leonardo da Vinci, quién pasó los últimos años de su vida al servicio del monarca.


Estaba en el Valle del Loira, un lugar de cuento, donde hermosas praderas se confunden con bosques de ensueño, un territorio fecundo y generoso dominado por un río que discurre tranquilo por el centro del enorme y apacible valle; un lugar que muchos han denominado “el jardín de Francia”. Una zona en la que, durante más de tres siglos, la nobleza francesa construyó sus propiedades, rivalizando en suntuosidad y magnificencia.

Y en el centro de todo aquello estaba Chambord, quizás el origen y máxima expresión del concepto “vivir a la francesa” y en el que el monarca que lo mandó construir apenas llegó a alojarse medio centenar de días bajo su techo. Un castillo al que rodea un muro de treinta y dos quilómetros de longitud y cuyos dos metros y medio de altura encierran más de cincuenta quilómetros cuadrados de hermosos bosques y mantiene, todavía hoy en día a buen recaudo, la numerosa fauna cinegética, posiblemente las mismas especies que antaño eran objeto de las cacerías del rey.


Nada más entrar en su interior Norte pudo percibir toda la muestra de poder y riqueza que solo el ego y el capricho de un rey todopoderoso y extravagante como Francisco I podía permitirse. Por todas partes, como elemento decorativo de muchas de las bóvedas, la “F” y la “salamandra” estaban representadas hasta la saciedad.

La salamandra fue adoptada como emblema del rey, simbolizando el poder sobre el fuego, un animal mágico al que la leyenda que lo acompaña, “Nutrisco et extinguo” (“alimento y apago”) simboliza en cierto modo su poder sobre el fuego, pero también sobre los hombres y el mundo.


A medida que deambulaba por los espacios interiores no dejaba de sorprenderse por las grandes dimensiones de sus estancias. Todo en él era singularidad y desde sus espectaculares terrazas Norte puedo apreciar con detalle la recreación de las torres, chimeneas y atalayas, que en su conjunto conformaban un hermoso efecto orientalizante, subrayado por el colorido y el contraste que proporciona la decoración con la pizarra incrustada en la blanca arenisca con la que está construido el enorme castillo.


Pero si el conjunto es en sí mismo es una maravilla arquitectónica, la audacia con la se diseñaron sus alrededores no lo es menos y, aunque en un principio Francisco I pretendía desviar nada menos que el río Loira para convertirlo en el foso natural de defensa, finalmente tuvo que conformarse con trasvasar el río Cosson, un afluente del Loira. Norte elevó su ceja izquierda pensando si la obra de desvío de un pequeño afluente había logrado satisfacer la vanidad y la imperiosa necesidad de ostentación que el ego de su promotor deseaba para su proyecto.


Y de pronto, nada más verla, Norte se dio cuenta que el enorme edificio estaba construido alrededor de una escalera. Una enorme, monumental y hermosa escalinata que, situada en el centro mismo del palacio, asciende desde la planta baja hasta las terrazas superiores. Una obra de arte atribuida al mismísimo Leonardo Da Vinci y cuyo diseño de “doble revolución” hace que coexistan dos escaleras construidas en direcciones opuestas y que evitan que dos personas se encuentren cuando una baja y otra sube.


Y en su interior, una linterna ilumina las escaleras con luz natural cada una de las ventanas que se abren a las escaleras, como si se tratara de la savia que circula por el interior del tronco, dando vida a un árbol centenario.


Para Norte era la representación misma de los patrones naturales en los que se inspiró el Renacimiento. Porque la espiral no es una patente humana, sino fruto de la naturaleza. En conchas de caracoles, en estructuras de las plantas, en nada menos que en el ADN código universal de la vida, en la rotación del universo o el movimiento de las estrellas, en todas ellas la “curva de la vida” está presente.


Un último vistazo cuando se marchaba, le mostró una visión imponente del monumental edificio, toda una manifestación extrema de lujo. Durante un instante Norte pensó que la tentación, en efecto, vive en Chambord, y  sonrió cuando de pronto recordó el título de una famosa película “La tentación vive arriba” y pensó en la similitud de los términos. Fue entonces cuando  recordó la escena de Marilyn sobre una rejilla de ventilación del metro con su vestido blanco, una imagen mítica en el imaginario de los espectadores, quizás tan conocida como la imagen que él estaba viendo de Chambord, un alarde de exhibición realizado con vanidad.

viernes, 24 de febrero de 2017

Carboeiro, la paciente venganza de Satán


Cuenta la leyenda que allá por el siglo X, los monjes que habitaban en el Monasterio de San Lourenzo de Carboeiro, desesperados por lo despacio que avanzaban las obras para la construcción de su majestuosa iglesia, decidieron que quizás éstas progresarían más rápido si llegaban a un pacto con el diablo.

Norte elevó su ceja izquierda, a la vez que una sonrisa socarrona se dibujaba en su rostro mientras guardaba con cuidado el folleto turístico que relataba la leyenda. Estaba en Galicia, una tierra donde nada es lo que parece, un territorio ajeno al paso del tiempo, donde el mito se enreda en la realidad, donde la magia y la fascinación caminan de la mano. Un lugar que Norte conocía muy bien y que, a pesar de ello, seguía sorprendiéndolo.


Nada más cruzar “A ponte do Demo”, un hermoso puente que salva las aguas del río Deza justo antes de llegar al cenobio, una amplia sonrisa volvió a iluminar su rostro. Por que imaginarse a una pequeña comunidad de monjes gallegos, entablando negociaciones con el mismísimo demonio para establecer  las condiciones del acuerdo, resultaba ciertamente divertido.

De inmediato visualizó la escena  y se imaginó a un viejo y curtido abad gallego, tratando de tú a tú a un desconcertado Satanás, que intentaba arrancar por todos los medios el acuerdo a aquel monje del que no sabía si subía o bajaba, o mejor dicho, si cruzaba el puente o no, y que lo máximo que obtenía de él era un lacónico “depende”, un rasgo de indecisión que se le achaca corrientemente a los gallegos que permanece inalterado a través de los siglos y que no es más que la prueba de que los gallegos ponían en práctica a diario la teoría de la relatividad mucho antes que el famoso físico alemán Albert Einstein la enunciara.


Es evidente que finalmente las negociaciones llegaron a buen término porque definitivamente acordaron que Lucifer levantaría una hermosa iglesia entre un viernes y un domingo, todo un reto incluso para el rey del Averno que, sin duda alguna, hoy en día despertaría la envidia de muchas modernas empresas constructoras.

A cambio, el diablo se llevaría a sus dominios las almas de los difuntos que falleciesen entre la misa del domingo y las vísperas, una condición que afortunadamente hoy en día no es necesaria para firmar la hipoteca de tu casa,… ¿o sí?

Y, de nuevo, Norte imaginó al abad con su “retranca”, ese mezcla de sarcasmo e ironía que los gallegos dominan a la perfección y que puede acabar con la paciencia del más tenaz e incansable interlocutor. No era ni más ni menos que la demostración del continuo coqueteo de los gallegos tienen con el ingenio y la mordacidad, unas capacidades que la mayoría de los nacidos en esta tierra conocen y practican.

Y lo cierto es que, tal y como habían pactado, ese domingo el abad se encontró con el más hermoso y bello monasterio jamás construido. Satán había cumplido su parte del acuerdo.


Debido a la avaricia de la nobleza y del arzobispado, que se habían negado a financiar su proyecto y para que la comunidad no desapareciese, ésta se había visto obligada a recurrir al diablo, a firmar un pacto con él. A Norte le parecía imposible que aquel buen hombre no pensase en las consecuencias y se imaginó que habría ideado un plan para burlar al maligno.

Y lo cierto es que así era. El abad tenía un as en la manga y además, como buen gallego, de  una buena dosis de astucia a prueba de las peores vicisitudes…, el monasterio contaba entre sus posesiones más valiosas un milagroso salterio, el “Ciprianillo”, capaz de mantener a raya al mismísimo rey de las tinieblas.


Finalmente los monjes ordenaron a los fieles entrar en la flamante iglesia y celebraron la misa dominical, y para cuando esta terminó y los asistentes se disponían a salir, el abad continuó con la celebración de vísperas ante el asombro de los fieles.

El diablo, insaciable prestamista sin escrúpulos que esperaba pacientemente la salida de los parroquianos para cobrarse sus víctimas, comprendió de pronto el engaño de los monjes e intentó entrar a reclamar las almas de los creyentes, pero el poder del salterio de San Cipriano se lo impidió. Se había consumado la treta urdida por la pequeña e ingeniosa comunidad de monjes.

«Es qué no hay nada peor que decirle a un gallego que no puede, … joder,  te llevarás una sorpresa» -pensó Norte rememorando un popular anuncio de una cadena de supermercados gallegos.

Derrotado y avergonzado, el demonio salió del monasterio y justo en medio de “A ponte de Demo”, el mismo lugar donde se había celebrado el singular acuerdo, prometió una represalia digna de él.


Lamentablemente, algunos siglos después, un obispo de Toledo, seguramente desconocedor de la historia, mandó trasladar el salterio a Toledo. Y dado que la venganza se sirve en plato frío y el monasterio carecía de la protección del libro sagrado, fue entonces cuando Satanás desató una terrible tormenta que dejó en ruinas el monasterio, cumpliendo su promesa.  


Norte, incrédulo, observaba con detenimiento la foto del folleto informativo que representaba el estado ruinoso del monasterio en la década de los setenta del pasado siglo, tras décadas de abandono y espolio, mientras comprobaba las obras de restauración que habían consolidado y recuperado, casi en su totalidad, el monasterio.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que posiblemente Satán no había valorado la obstinación y la tenacidad de los gallegos, especialmente su capacidad de trabajo, quizás una de sus características más universales, junto con la de negar con absoluta determinación de que en Galicia no llueve más que en otros lugares y que lo que en realidad ocurre es la existencia de un oscuro complot de los meteorólogos, empeñados en mostrar esta hermosa tierra bajo una nube permanente.


Porque si algo es cierto, es que Galicia es tierra de tradiciones y mitos que se enredan en las brumas del tiempo; lugares mágicos donde habitan las brujas y meigas que flirtean a diario con los gallegos. Porqué, con seguridad, sienten morriña por su tierra, pero tienen absolutamente claro que las meigas no existen,… no obstante habelas hailas.

viernes, 10 de febrero de 2017

Böttcherstrasse, la fantasía de un cafetero


Hacía un par de días que había llegado a la ciudad y desde entonces no había dejado de verlos representados por todas partes. En imanes para neveras, en osos de peluche, en tazas  y en todo tipo de menaje de cocina, en camisetas,... en todo aquello que un turista ávido de recuerdos pudiera imaginar. Eran la representación de un célebre cuento de los hermanos Grimm y, sobre todo era el símbolo de la ciudad. Eran los músicos de Bremen.


Y ahora que los tenía delante no pudo evitar sonreír al imaginarse la escena. Un asno a cuyos lomos se encarama un perro, sobre el que a su vez se aúpa un gato y al que finalmente se sube un gallo, no era nada frecuente, y menos que los cuatro animalitos escaparan de sus respectivos amos para convertirse en músicos. Un cuento que ponía de manifiesto valores como el de la superación personal y al trabajo en equipo, tan propios de la mentalidad de la época.


Había dado con la pequeña escultura que los representaba, en un lateral del Rathaus (Ayuntamiento) justo en la Marktplazt, la antigua plaza del mercado en la que se levantan los edificios históricos más importantes  de la ciudad. Una plaza a la que tendría tiempo de volver; porqué su destino era otro, un lugar mucho más modesto, también fruto de la fantasía, pero en este caso de un comerciante de café. Se trataba de la Böttcherstrasse (literalmente la calle de los toneleros), una pequeña calle de apenas 100 metros de largo que antiguamente había servido de comunicación entre la plaza del mercado y los muelles comerciales del río Weser.

A pesar del frío, Norte caminó despacio por la calle estrecha y anodina que servía de transición entre la deslumbrante riqueza arquitectónica gótico-renacentista de los edificios de la Marktplazt hasta darse de bruces con el pintoresco pasaje de estilo expresionista, construido íntegramente en ladrillo rojo. Un corto paseo que le trasladó, en solo unos pasos, desde el siglo XV hasta el primer cuarto del siglo XX, cuando entre 1922 y 1931 Ludwig Roselius mandó construir la mayoría de los edificios de la Böttcherstrasse en un intento de representar la manera de pensar alemana. 

Era como un ejercicio de descompresión, necesario para que su mente se adaptara al cambio brusco que suponía la rotunda transición antes de darse de bruces con el enorme relieve dorado que destacaba, como un faro en la fría niebla de Bremen,  sobre el rojo de los ladrillos de la pequeña entrada a la calle.


Fue entonces cuando Norte se detuvo para contemplar con detenimiento la imagen de San Jorge luchando contra el dragón, para muchos una alegoría de Hitler salvando a Alemania de las tinieblas. Porqué para él, esa era la clave del lugar, ya que Ludwig Roselius, simpatizante del nacional socialismo, quiso rendir tributo a Hitler quizás en un intento destacar su misión de iluminar el “irreemplazable valor de la raza nórdica”.  


Nada más traspasar aquel pórtico, Norte se vio sumergido en una especie de ensoñación fantástica que lo desbordó. Por todas partes, a pesar de lo angosto de la calle, los relieves del ladrillo, desdibujados por la bruma perenne de Bremen, parecían cobrar vida en las paredes rojizas y hacían destacar, todavía más, las hermosas forjas de hierro que decoraban ventanales y balcones.


En realidad Norte no era un especialista en arte, pero enseguida se sintió seducido por aquellos edificios construídos con un estilo premodernista, único e innovador tanto en la utilización de nuevos materiales como en el empleo de formas biomórficas que dieron lugar a un estilo que los especialistas lo calificaron como expresionismo con ladrillos.


A pesar de la estrechez de la calle, allí a donde mirase, Norte se topaba con un derroche de fantasía en ladrillo difícil de imaginar. Un pequeño ensachamiento en aquella angosta calle, llamado Plaza de San Pedro, dibujó una sonrrisa en su rostro. Allí  un grupo de turistas esperaban pacientemente a que el carrillón de campanas de porcelana de Meissen iniciase una de las melodías marineras, mientras en la torre circular aparecían tablas con representaciones de famosos navegantes.


Y la Casa Roselius, una casa en el estilo del Renacimiento, construída en 1588 que el inventor del café descafeinado renovó con el resto de la calle y que convirtió en su hogar.


A medida que caminaba, Norte comprendió que estaba disfrutando del capricho arquitectónico de un comerciante de café que hizo realidad sus fantasías. Un corto paseo repleto de fuentes escondidas,…


… y hermosas casas


Era la fantasía de un cafetero,…  Ludwig Roselius.



jueves, 26 de enero de 2017

Donde crecen los pinsapos…


Abrió la ventana de su cuarto y al instante una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro. Desde allí podía disfrutar de unas espléndidas vistas de Grazalema, con el Peñón Grande presidiendo la población y, a pesar de encontrarse en uno de los lugares más lluviosos de la Península Ibérica, todo ello enmarcado por un cielo de un intenso color azul.

Consultó su reloj de pulsera y comprobó que se le habían pegado las sábanas. Llegó  con noche cerrada después de un largo viaje en coche desde Madrid; un viaje cuya parte final había sido, sin lugar a dudas, la más dura y penosa. Una infernal carretera de montaña, repleta de curvas, lo llevó hasta aquel bonito pueblo blanco en la provincia de Cádiz, el lugar donde pasaría los próximos dos días, disfrutando de una naturaleza privilegiada.

Norte se encontraba pleno corazón del Parque Natural de Grazalema, un imponente conjunto montañoso con cimas que alcanzan los 1.500 metros de altitud, coronadas con roquedos y farallones calizos que despuntan entre los miles de verdes de la vegetación en un entorno mediterráneo muy seco. Un lugar en el que las variaciones climáticas, la complejidad geológica y las transiciones de altitud y exposición, han dado lugar a una singular composición florística en la que destaca el pinsapar, una formación vegetal dominada por el pinsapo, también llamado abeto andaluz (Abies pinsapo).

Para Norte, conocer y disfrutar de este bosque en su distribución natural, restringida a unos pocos enclaves del Sur de la Península Ibérica, era sin duda todo un privilegio del que no estaba dispuesto a renunciar. Así que se vistió lo más rápido que pudo, preparó una pequeña mochila y salió a toda velocidad, no sin antes comprobar que llevaba el permiso del servicio de conservación de la naturaleza andaluz que le autorizaba a visitar el parque.


Como era su costumbre, Norte apenas había preparado la ruta. Evitaba hacerse con información excesiva y obviaba ver las fotografías del lugar con antelación que, con seguridad, había publicadas en la red. Quería sorprenderse, deleitarse con la simple contemplación del medio natural; le fascinaba poder disfrutar de un bosque único de pinsapos del que, hasta ese momento, solo había visto ejemplares aislados en parques y jardines botánicos.

Comenzó a ascender a la Sierra del Pinar por un hermoso pero exigente sendero excavado en la roca que, como una sinuosa serpiente, salvaba los más de 300 metros de desnivel antes de llegar al Puerto de las Cumbres. Se trataba de una hermosa senda que todavía conservaba los restos de una antigua calzada empedrada que, en otros tiempos, había facilitado el trasiego de leña, carbón e incluso hielo procedente de los pozos de nieve a lomos de las esforzadas caballerías.

A medida que ganaba altura, llegaba hasta Norte la respiración jadeante de otros caminantes que avanzaban trabajosamente y que de alguna manera le indicaban el ritmo que debía imponerse, sin dejarse llevar por la euforia de una caminata recién iniciada. Quedaba un largo día por delante y unos cuantos quilómetros por recorrer, así que elevó su ceja izquierda y se detuvo unos instantes para recuperar el resuello mientras saludaba a un par de senderistas que continuaban la subida con la obstinación y la osadía propias de la juventud.
     
Sofocado y fatigado por la intensa subida de casi una hora de duración llegó por fin a lo alto del collado. Resoplando todavía por el esfuerzo, Norte bebió un trago de agua de su cantimplora mientras disfrutaba de unas hermosas vistas de Grazalema y, sobre todo se complacía al comprobar el importante desnivel que había superado para alcanzar aquel excepcional mirador.


Sin concederse mucho tiempo para el descanso, continuó por el “camino del pinar” que descendía ligeramente en dirección a la cara Norte de la sierra. El paisaje se transformó radicalmente y los pinos resineros que le habían acompañado durante toda la subida, desaparecieron para dar paso a una vegetación de matorral compuesta por espinos, endrinos y retamas que enredaban entre sus ramas los flecos de una bruma húmeda y fría que le obligó a arroparse. Aquellas eran las tierras donde reinaba el pinsapo.

Y por fin comenzó a ver ejemplares aislados. Aquí y allá, diseminados por los canchales de la ladera, despuntaban un buen número de pinsapos que crecían con su forma troncocónica tan peculiar  y un intenso color verde para, un poco más adelante, formar un bosque compacto y extenso que a Norte le recordó a un típico paisaje alpino, con sus abetos trepando por las laderas. Eran las denominadas “caídas del pinar”, el corazón del pinsapar que él pretendía atravesar. 


Se detuvo un instante, quizás un poco emocionado. Se sentía feliz porqué tenía la oportunidad de disfrutar de una formación vegetal única, un endemismo estricto de la Serranía de Ronda y una reliquia de los bosques de coníferas del terciario que llegó hasta nosotros debido quizás a su aislamiento, a que requiere unas condiciones de temperatura no muy extremas pero con elevadas precipitaciones y nieblas frecuentes y porqué, afortunadamente, las propiedades mecánicas de su madera no la hacen apta para la mayoría de los usos madereros.

Norte valoraba la singularidad de aquella formación vegetal debido no solo a lo reducido de su distribución; había algo en aquellos ejemplares que le fascinaba. Quizás la arquitectura del propio árbol  con su elegante porte piramidal o tal vez la obstinación de la especie en llegar hasta nosotros en unas condiciones límite que hacían extraordinariamente precaria su supervivencia. En suma, una singularidad biogeográfica que permite mantener un bosque de coníferas boreal en el mediterráneo, a pocos quilómetros de la costa africana.


A medida que avanzaba la densidad del pinsapar se hacía da vez mayor; atrás quedaban los ejemplares aislados  para dar paso a un bosque húmedo y sombrío conformado casi en exclusividad por las siluetas de árboles centenarios. Era la orientación Norte de la ladera, aquella que permitía zonas sombreadas con una alta humedad ambiental, quizás una de las razones que le han permitido a esta especie llegar hasta nosotros.


Finalmente, a medida que la altitud disminuía y la orientación cambiaba, el bosque volvió a abrirse de nuevo y, la densidad del pinsapar comenzó a disminuir, apareciendo encinas, alcornoques y quejigos y conformando un bosque mixto que a Norte le pareció una transición perfecta para, de nuevo, volver al mundo mediterráneo cálido y seco. Era como un puzle en lo que todo encajaba a la perfección; clima, suelo, orientación,... conformaban un todo que había mantenido intacto ese patrimonio natural único.

Ahora solo le quedaban unos quilómetros para llegar a Benamahoma, una localidad en la que descansaría antes de volver a su hotel en Grazalema. Mientras caminaba satisfecho por el hermoso paraje que había transitado, Norte no pudo dejar de admirar los impresionantes farallones calcáreos del Torreón y Pico del Águila que se elevaban a más de 1.500 metros y que servían de telón de fondo a esa especie de mundo perdido del que acababa de salir.


Llegó a Grazalema al anochecer, justo cuando la actividad de la pequeña población comenzaba a declinar, era esa hora en que la temperatura comienza a descender y  las calles se quedan desiertas; así que, a pesar del cansancio que sentía, decidió perderse por sus estrechas callejuelas  a la luz de los faroles.

Todo encajaba, nada resultaba estridente,… especialmente cuando se dio de bruces con la hermosa fuente de origen visigodo. Presidida por cuatro rostros, testigos mudos de una buena parte de la historia del pueblo; era quizás la pequeña pero hermosa contribución de los hombres al lugar donde crecen los pinsapos.

viernes, 13 de enero de 2017

Naturaleza para los sentidos


A pesar de que el buen tiempo y verdor de los campos que estaba atravesando invitaban a un plácido y agradable paseo, desde la distancia, las cumbres del  Pirineo navarro se antojaban inexpugnables, inalcanzables para un simple aficionado al senderismo y al turismo de naturaleza como él. Cubiertas de nieve destacaban sobre el horizonte, aumentando su escepticismo a medida que se acercaba. No en vano, Norte no dejaba de pensar en el juego de cadenas para los neumáticos que había dejado en el garaje y en los constantes avisos de puertos cerrados por la nieve que machaconamente repetían por la radio los servicios informativos. 

Desde donde él se encontraba se podía intuir la enorme depresión que ocultaba a los valles de El Roncal y Belagua antes de que, de nuevo, la cordillera pirenaica se elevara hasta alcanzar los 1.800 metros del Col de la Pierre de Saint Martin, un puerto cargado de historia, escoltado por cumbres emblemáticas como la Mesa de los Tres Reyes o el Pic d´Anie... que rondaban los 2.500 metros de altitud. 


Y, de pronto, su perspectiva cambió de nuevo. Transitaba por el alto de Laza y los pastos dieron paso a extensos bosques de pino silvestre, abetos, hayas, quejigos y un sinfín de especies arbóreas que en otoño interpretaban una hermosa sinfonía de colores y que en ese momento, durante el invierno, mostraban una armonía más suave, menos contrastada, pero igualmente bella.

Hacía ya muchos años de aquel descubrimiento maravilloso. Los Pirineos navarros habían sido su primer contacto con la alta montaña y es que para Norte, volver allí, reproducir muchos de sus recuerdos, produjo en él  sentimientos encontrados y, como ya le había ocurrido en otras ocasiones, sonrió al pensar que la única forma de disfrutar de los recuerdos es haberlos vivido.

Redujo la velocidad de su automóvil para disfrutar más, si eso fuera posible, del soberbio paisaje que recorría a medida que se adentraba más y más en el corazón de la cordillera pirenaica, intentando recordar las más conocidas hipótesis sobre su etimología. De todas ellas, la que más le gustaba era la que relacionaba el origen mitológico de la cadena montañosa con Pirene, hija de Atlas, a quién Hércules enterró, acumulando enormes piedras para sellar su tumba,… y Norte elevó su ceja izquierda en un gesto muy característico a la vez que sonreía ligeramente, mientras pensaba que nadie despreciaría un mausoleo de esas características.


Volver a sentir intensamente, recrearse en los recuerdos, era para Norte una forma de sosiego, de serenar su estado de ánimo, así que cuando llegó al valle de Belagua, esa sensación de bienestar aumentó si cabe, todavía más. Una gama de verdes increíbles se extendía como una alfombra, tapizando cada rincón de aquel bello lugar modelado por los hielos glaciares que por allí se deslizaron hacía millones de años. Desde los verdes más claros de los pastos hasta los verdes oscuros, casi obscenos, de los abetos, salpicados de pequeños rebaños de ovejas lachas pastando apaciblemente y, entre medias, las ramas desnudas de hayas, quejigos, avellanos y tilos, aportaban ese sutil contraste que rompía la monotonía verdosa que dominaba el paisaje.

Casi sin tiempo de disfrutar de las hermosas vistas, la carretera se empinaba de nuevo para ascender hasta la Reserva Natural de Larra; un extraordinario macizo kárstico que se elevaba hasta los 2500 metros, cuajado de dolinas y simas. A medida que ganaba altura, la nieve cubría con un manto cada vez más grueso las rocas calizas, dejando solo a la vista algunos ejemplares de pino negro y de enebro, que obstinadamente se empecinaban en crecer allí donde ningún otro árbol lo haría.


Se detuvo para admirar los increíbles ejemplares de pino negro que, con seguridad, contaban con varios cientos de años viviendo en aquellas duras condiciones climáticas y edáficas. Se imaginó los avatares que habrían sufrido desde que una semilla germinó en una brizna de tierra.


Para Norte era uno de esos lugares donde la naturaleza se siente,… donde uno puede verla, oírla, olerla, tocarla y saborearla. Era naturaleza para los sentidos.

jueves, 22 de diciembre de 2016

El dedo de Dios


Comprobó inquieto su reloj de pulsera para confirmar por enésima vez que la hora que le marcaba el reloj del coche coincidía e instintivamente, aceleró. Por sus cálculos apenas le faltaban más de cinco minutos para llegar a su destino y, no obstante, en su rostro se reflejaba cierta tensión. Hacía ya un buen rato que había amanecido y, desde entonces, la duda de si llegaría a tiempo se hizo más y más evidente.

Todo había comenzado un año antes, visitando Santa Marta de Tera, en Camarzana de Tera (Zamora), una bella iglesia románica construida a finales del siglo XI, único resto que llegó hasta nosotros de un primitivo monasterio mandado construir por Alfonso VI.

Nada más verla, Norte quedó prendado del conjunto de molduras taqueadas, que recorrían sus muros, en una rítmica y sutil sucesión de arcos, contrafuertes y capiteles que hacen de Santa Marta de Tera un bello ejemplo del románico.   


Recordaba cuando en su primera visita se encontró, en su portada Sur, con una hermosa imagen pétrea, quizás la más antigua, de Santiago peregrino. Nada más verlo, lo reconoció de inmediato. Aunque con una expresión un poco feroz, quizás por sus enormes pupilas excavadas y una boca que dejaba ver sus dientes, la imagen muestra un tratamiento magistral de la barba aguedejada y del morral con la concha de Santiago.


Por fin, un enorme letrero en la autopista, le informó de la próxima salida a Camarzana de Tera. De un rápido vistazo al reloj del coche comprobó la hora y redujo la velocidad  y se incorporó a la carretera local que lo llevaría, en apenas un par de minutos, directamente a la amplia explanada que había frente a la Iglesia.

«Ni automóviles ni peregrinos», pensó Norte sorprendido al no ver a nadie en las inmediaciones, lo que le hizo sospechar que había llegado demasiado tarde.

Mientras se ponía una chaqueta de abrigo y tomaba su cámara de fotos del maletero, dio un rápido vistazo a la cabecera de la iglesia, pero desgraciadamente desde donde él se encontraba no era posible comprobar su sospecha; así que, a la carrerilla, se dirigió hacia el palacio renacentista construido a mediados del siglo XVI como residencia de los obispos de Astorga y que ahora ejercía de museo jacobeo y de entrada a la iglesia románica.


- ¡Celes!,… ¡Celes!,…  -gritó Norte, empujando ligeramente la puerta entreabierta.

Celes, la amable cuidadora del templo, era la persona que unos meses antes le había informado sobre el fenómeno que ocurría en aquel lugar cada año durante los equinoccios de primavera y de otoño y, tras esperar unos instantes, se dirigió a paso rápido hacia la portada occidental situada a los pies de la iglesia.

Y de pronto se paró en seco. Desde donde él se encontraba divisó como un hermoso rayo de luz penetraba a través de un pequeño óculo situado en la cabecera de la iglesia, y comenzaba a iluminar el “Capitel del Alma salvada”.


Todavía asombrado por la oportunidad del momento en el que había llegado, Norte se acercó despacio. Las pequeñas partículas de polvo, provistas de vida propia, se movían a lo largo del intenso del haz de luz, como queriendo señalar el camino hacia el hermoso capitel historiado que en ese momento comenzaba a estar completamente iluminado.

Se quedó allí, inmóvil y en el silencio más absoluto, imaginando como una pequeña comunidad en el siglo XI viviría el milagro de la luz; para ellos, seguramente  expresión máxima de la divinidad. Era como si el dedo de Dios les enseñara desde el cielo y les indicara el camino a seguir.

Y todo ello gracias a la maestría de unos hombres que, con herramientas rudimentarias y con cálculos básicos hubieron de tener en cuenta desde la orientación del ábside hasta la altura del capitel, pasando por la situación del óculo o la incidencia de los rayos del sol en los equinoccios de primavera y otoño.

«Un hermoso nombre para una bellísima obra» -pensó Norte al observar con detenimiento el “Capitel del Alma salvada”, posiblemente una representación alegórica de un alma que asciende a los cielos, en ese momento ya completamente iluminado. 


Y es que todo el universo del hombre en la época medieval se movía en torno a Dios y los templos estaban en armonía con las estaciones del año. La manifestación del espíritu de Dios se manifestaba también con la cuidada planificación de la construcción de las iglesias. La orientación de los ábsides hacia el Este permite que los rayos de sol del amanecer penetren por los ventanales de los ábsides,.. es la representación de la resurrección de Cristo.