sábado, 2 de diciembre de 2017

Horadando las olas


Nada más cerrar la puerta y posar su maleta, Norte descorrió las cortinas que cubrían el enorme ventanal de su habitación. A pesar de ser tan solo las tres de la tarde, las nubes y el viento que azotaban la costa portuguesa producían una enorme y hermosa sensación de dramatismo que acrecentaba la agreste belleza de los acantilados sufriendo las embestidas del mar.

Y, de pronto, todo su malestar se esfumó como por arte de magia. Su monumental enfado con la compañía aérea por el retraso en el vuelo y la consiguiente pérdida de su enlace fue atenuándose a medida que el viento húmedo y cargado de salitre que entraba por el ventanal abierto de par en par, inundaba sus pulmones.

Sin casi explicaciones lo habían alojado en Ericeira, una pequeña población situada a más de 50 Km de Lisboa, a la espera de las más de 24 horas que tendrían que pasar hasta su próximo vuelo. Finalmente, resignado, comprendió que era inútil rebelarse y que solo conseguiría aumentar su mal humor; así que, sin perder un instante, se enfundó la única prenda de abrigo que llevaba y salió del hotel dispuesto a disfrutar de la pequeña población pesquera.


Sin pensárselo dos veces se dirigió hacia el puerto pesquero situado en la base de los acantilados. Desde la playa que se abría al abrigo del espigón podía contemplar allá arriba, la fachada marítima del pueblo con sus casas ribeteadas de azul, un azul desdibujado por la fría y gris luz invernal y la fina lluvia que caía en eses instantes.


Mientras tanto, frente a la playa, un grupo de surfers esperaba pacientemente para coger las olas más grandes y Norte se quedó un buen rato contemplándolos. Para un amante del mar como él, ardiente entusiasta de la navegación a vela, el surf siempre le había parecido un deporte apasionante, y que posiblemente, para muchos de ellos, trascienda de una simple afición a un modo de vida.


Y es que Norte tenía algunos amigos surfers que se movían como nómadas de playa en playa, en una búsqueda incesante de la ola perfecta, pero compartiendo, respetando, aprendiendo y, sobre todo, sintiendo, unos valores que él había visto encarnados muchas veces en ellos y que en cierta medida envidiaba.


Viendo a aquellos chicos flotando en sus tablas sobre el mar, esperando pacientemente las olas, sin ningún ánimo de competir, Norte podía sentir su pasión por el mar, su búsqueda constante de sensaciones, horadando las olas con sus tablas para atrapar la magia que existe en el mar y que transmite el surf.


Poco a poco, al caer la tarde, los surfers comienzan a retirarse. Con sus tablas a cuestas vuelven a tierra, posiblemente recordando el último impulso para ponerse en pie sobre la tabla y deslizarse por la ola; y que Norte imaginaba como algo muy semejante a una danza que hace aflorar de nuevo sensaciones que recorren cada centímetro de sus cuerpos.


Para cuando llegan a Ericeira, la noche se ha precipitado sobre las estrechas calles del pequeño pueblo de pescadores que ahora comparte espacio con esta nueva forma de ver y entender la vida.

sábado, 25 de noviembre de 2017

El secreto mejor guardado


A medida que ascendía por la carretera que discurría como una serpiente, retorciéndose entre los socalcos de piedra, Norte recordó que hacía ya varios meses que había leído la noticia en la prensa y, a pesar de ello, todavía guardaba en su memoria la asombrosa imagen de las paredes de la pequeña iglesia totalmente recubiertas de unas extraordinarias pinturas murales.


Y ahora había llegado el momento de visitarla. Durante meses había hecho un gran esfuerzo para no caer en la tentación de conocer la iglesia Santa María de Nogueira de Miño nada más fue abierta al público; cuando docenas de autobuses acercaban a los turistas a contemplar aquellas pinturas como una escala más en su apresurado tour por la Ribeira Sacra. Ahora que se habían acabado las aglomeraciones del verano, que la vendimia había terminado y que la soledad más absoluta se había apoderado de aquel rincón de Galicia. Era, por fin, el momento para disfrutar de aquel lugar donde el río, el vino y la piedra son los protagonistas.


A Norte, conducir a ritmo pausado por aquellas carreteras colgadas sobre los cañones del río Miño, le producía una sensación extraordinaria. Los viñedos, ahora teñidos de amarillo, junto con el agua, la piedra y el silencio constituyen la esencia misma de un paisaje único,… casi mágico. En pocos lugares como aquel se podía admirar una conjunción tan armónica entre el medio natural y la impronta dejada por el hombre.


Por fin, vigilando un gran meandro de río Miño, un hermosísimo lugar denominado O Cabo do Mundo, Norte se encontró con una de las joyas artísticas de la Ribeira Sacra. Una pequeña iglesia que destaca sobre un puñado de casas.


Exteriormente nada hacía pensar que aquel templo acogiera en su interior nada excepcional. Como otras muchas iglesias de la zona, conservaba bellos elementos que recordaban sus orígenes románicos, piedras de duro granito cincelado, allá por el siglo XII, a golpe de fe y férrea convicción. Su rosetón, su magnífica portada sur, muchos de sus capiteles… destacan todavía hoy a pesar de la profunda reforma de su fachada barroca realizada en el siglo XVIII.


Es el románico rural, el complemento ineludible de este paisaje agreste y fascinante de aldeas perdidas, pazos centenarios, socalcos de piedra, bosques interminables y caminos encantados. 

Por fin, las puertas se abrieron y Norte, impaciente, entró en el templo. La penumbra que reinaba en su interior apenas dejaba vislumbrar unas sombras aquí y allá, avivando su curiosidad y expectación.


Y, de pronto, las luces se encendieron y ante Norte apareció uno de los mejores conjuntos murales del Renacimiento en Galicia. Por todas partes los frescos de mediados del siglo XVI y de intensos y todavía vivos colores, se acomodan a cada uno de los espacios, dando lugar a lo que muchos autores han dado en denominar la Capilla Sixtina de Galicia.

Bajo varias capas de cal, al reguardo del tiempo, las pinturas permanecieron ocultas durante años,… tantos que ya nadie del lugar recordaba que la iglesia tuviese sus muros recubiertos de frescos. Así que cuando unas obras de consolidación los descubrieron,… se puso de evidencia el secreto mejor guardado.


Por todas partes, bellas escenas bíblicas de la Resurrección de Cristo, de la Coronación de Santa María, de la Anunciación, un Pantocrátor, un Juicio final o el Martirio de San Sebastián, llamaban la atención de Norte. Una profusión de imágenes que deja sin aliento.

En ellas se podía apreciar el ciclo temporal de su realización, unos cambios estilísticos perfectamente perceptibles y que comienzan en las pinturas góticas del presbiterio, las más primitivas, hasta las más elaboradas y recientes que se encuadran en el manierismo gallego.


Y es que Santa María de Nogueira de Miño es el secreto mejor guardado.


domingo, 5 de noviembre de 2017

Entre el cielo y el mar


Entre el cielo y el mar, un puñado de islas emerge en medio de la inmensidad del Océano Atlántico; roca, arena y viento con una rara y hermosa mezcla de raíces africanas y la herencia europea. Es el archipiélago de las Islas de Cabo Verde, un lugar para vivir la naturaleza...







Pero para Norte viajar es algo más que ver simples escenarios, por asombrosos que sean. Para Norte conectar con las personas, con la esencia local, es quizás la razón de ser de sus viajes. 


Apoyado en un precario muro, Norte no pudo menos que sonreír al ver jugar a aquellos niños con una enorme y maravillosa sonrisa dibujada en sus labios mientras quizás soñaban con emular algún día a sus ídolos del universo “Champions league”.

En aquellos momentos eran los Ronaldos y los Mesis que se enfrentaban en una final épica en el campo de arena y piedras situado en Salamansa, una pequeña aldea de pescadores en la Isla de Sa͂o Vicente. Era sin duda el Bernabeu o el Nou Camp, dependiendo de los sueños y predilecciones de cada uno de ellos.

Lo había visto muchas veces a lo largo de su vida y una vez más Norte comprobó que, afortunadamente, los niños jugaban felices ajenos a la realidad que los rodea.



Era domingo, ese día de la semana en el que las comunidades pesqueras de la isla aprovechan para descansar, ese día placentero y relajante en el que también en Sa͂o Pedro, Calhau o en la Baía das Gatas se ralentizan las labores diarias…



Una vez más, Norte reparó en que vivimos en un mundo lleno de cosas prescindibles,… y que sin duda deberíamos aprender a ser felices con lo que tenemos.


Y Norte no pudo menos que parafrasear a Agustín de Hipona y también al refranero popular, y  recordó que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita.



viernes, 27 de octubre de 2017

Las aguas de la felicidad


Por fin el cielo pareció aclararse y pequeños retazos azules asomaron aquí y allá entre las nubes todavía amenazantes tras la tormenta. Sobre ese hermoso telón de fondo, los restos de las termas de Caracalla, con sus grandes bóvedas desplomadas y enormes muros derruidos de ladrillo, destacaban sobre el horizonte.


Norte elevó su ceja izquierda mientras pensaba que no podía haber elegido mejor momento para visitarlas. Apenas había turistas y el otoño se hacía notar, coloreando las hojas de las frondosas que salpicaban el recinto de hermosas tonalidades rojizas y amarillentas. Y dominando el paisaje, con sus formas rotundas y su intenso color verde, los Pinus pinea y los Cupressus sempervirens, los mismos que se podían encontrar bordeando la Via Appia Antica.


Norte aspiró profundamente el aire límpido tras la tormenta, cargado de los aromas acres y penetrantes de las coníferas y el inconfundible olor a tierra mojada. Si algo le había gustado siempre de la “ciudad eterna” era precisamente esa “conexión” de la vegetación con el patrimonio arqueológico y en las Termas de Caracalla, más que en ningún otro lugar, se daba esa circunstancia.


Cerró los ojos para visualizar aquellos muros, ahora devastados por el paso del tiempo, y revestidos en tiempos pasados por hermosos mármoles blancos de Carrara; para deleitarse con los fascinantes mosaicos de formas geométricas del que antaño fue el gimnasio o para asombrarse con el lujoso decorado de estatuas, columnas y mosaicos; unas termas donde más de 1.600 romanos podían disfrutar a un tiempo de las aguas de la felicidad.


Fue la expresión máxima de la búsqueda del bienestar, de la paz física e interior que estaba al alcance de cualquier ciudadano. Allí se citaban los romanos para hablar y relajarse. Era un placentero paseo por las aguas de la felicidad. Baños que alternaban agua caliente en el caldarium, tibia en el tepidiarum y fría en el frigidarium, para más tarde pasarse por el gimnasio antes de abandonarse al ritual del masaje.


viernes, 13 de octubre de 2017

Entre el cielo y la tierra


«Quizás no sea lo más cerca del cielo que uno pueda estar pero sí lo más cerca del cielo que uno se puede sentir»   ̶ pensó Norte nada más traspasar el dintel de la puerta en la que remataban las tortuosas escaleras de caracol que lo condujeron a los techos de la catedral de Milán.


Allá abajo, cientos de liliputienses transitan atareados en torno a ella. Y allá arriba, meciéndose con suavidad sobre el abismo, …un bosque de agujas, gárgolas, contrafuertes y estatuas surgió ante él.





A medida que Norte ascendía, sintió una sensación cercana a volar,... era como si pudiese elevarse sobre aquellos pináculos que parecían sostener el firmamento y sobrevolarlo surcando los cielos.








Desde aquella majestuosa maraña tejida en piedra, la ciudad continua latiendo a su alrededor, rendida a sus pies.




Todo a la sombra de la representación hermosamente bella de la Madonnina, reinando entre el cielo y la tierra.


martes, 26 de septiembre de 2017

Oteando el horizonte


La subida se hacía más pronunciada por momentos y, a medida que ganaba altura, aquí y allá, en los tramos en los que la vegetación lo permitía, como retazos de una película, comenzaba a vislumbrar el espectáculo que se descubría a sus pies. Hacia el Oeste, tras un telón de eucaliptos, el Océano Atlántico en estado puro, difuminando su color azul hasta fundirse con el cielo en el horizonte infinito. Y un poco más hacia el Sur, el lugar donde el río Miño se pierde en las aguas del océano para diluirse poco a poco. Un lugar especial, lleno de magia, tradición e historia. Un lugar donde las aguas dulces y las saladas, del río y del océano, libran un pulso diario que se decanta a favor de uno o de otro… al ritmo de las mareas.


Redujo la marcha de su automóvil para poder superar la fuerte pendiente y, de pronto tras una cerrada curva, una nueva panorámica se abrió ante sus ojos. Esta vez hacia el Este, pudo disfrutar de unas hermosas vistas del tramo final del río. Hasta donde alcanzaba la vista, el enorme curso de agua serpenteaba entre las tierras de A Guarda en España y las de Viana do Castelo en Portugal… y lo que en otros tiempos sirvió de frontera entre dos países que se miraban con recelo, constituye hoy en día un lugar de encuentro entre las gentes de ambas riberas. 


Continuó la ascensión al Monte de Santa Tegra, disfrutando de las hermosas vistas que a cada cambio de dirección le proporcionaba la sinuosa carretera cuando de nuevo, tras una pronunciada curva, a ambos lados de la vía, surgieron los restos pétreos de un castro celta.  Un sinfín de muros circulares pugnaban por el espacio, constreñidos por la muralla que hacía de linde, de límite exterior de una ciudad que lo fue entre los siglos I antes de Cristo y I después de Cristo, y que llegó a contar con más de 3.000 habitantes.

Norte sonrió al pensar que ya en las ciudades de la Prehistoria y en concreto en la cultura castreña, el urbanismo también era una asignatura pendiente. No obstante, tenía que reconocer que en cuestión de la belleza de los emplazamientos que elegían eran alumnos aventajados,… aunque sus preferencias viniesen determinadas más por cuestiones estratégicas o de defensa que por aspectos estéticos.


Se detuvo unos durante unos instantes, disfrutando de aquel bellísimo y desordenado conjunto de construcciones y recordó de inmediato que las formas circulares de los castros celtas tenían un motivo mitológico,… y hermoso, ya que todo el mundo sabía que al carecer de esquinas, los espíritus no podían quedar retenidos en ellas.


No podía ser de otro modo –pensó Norte- en una tierra de meigas, seres mitológicos y leyendas.