sábado, 13 de enero de 2018

Voluntad divina



Aspiró profundamente el aire límpido, fresco, vigorizante... y comenzó a caminar por la estrecha senda que serpenteaba junto al río Eume. El rumor de las aguas y el susurro de la brisa enroscándose en los brotes tiernos de los árboles sonaba como el primer movimiento de una sinfonía en la que el ritmo y la melodía se acompasaban de una manera armónica con el silencio atronador que se disfrutaba en la fraga.


No era la primera vez que caminaba entre los robles, castaños, helechos, fresnos, avellanos, abedules y acebos que componen parte de la rica diversidad de un bosque atlántico, pero es que en Las Fragas do Eume se daba la mágica conjunción de la naturaleza desbordante de un bosque autóctono junto con el fascinante hechizo de las piedras, que hace más de diez siglos, dieron cobijo y amparo a los monjes eremitas del Monasterio de San Xoan de Caaveiro, un lugar mágico escondido en pleno corazón del parque natural.


A lo largo de la senda de los Encomendeiros, integrados en la naturaleza como si de un elemento más de ella se tratara, Norte fue encontrando los restos de un universo que antaño hizo un poco más amable la existencia de los peregrinos que se acercaban al cenobio. Viejas piedras que, como el lienzo de una hermosa pintura, mostraban orgullosas las pinceladas de antiguos relatos que siguen alimentando todavía hoy las leyendas populares y que se mantienen en pie a pesar del abandono y del paso de los siglos.


Y, por fin, oculto por el espeso follaje de los árboles, el puente sobre el río anunció que el monasterio se hallaba muy cerca. Tras un repecho final, sobre un hermoso promontorio rocoso, abrazado por los ríos Eume y Sesín, el complejo monástico de San Xoan de Caaveiro asomaba suspendido como espectro sobre el bosque que lo amparaba.


Fue entonces cuando Norte recordó la hermosa leyenda en la que San Rosendo, el fundador del monasterio ocurrida allá por el año 934, cuando se levantó contrariado por el mal tiempo que reinaba siempre en aquel lugar. Tras reflexionar unos instantes, se dio cuenta de su pecado, al fin y al cabo ¿quién era él para dudar de la voluntad divina?, así que en un acto de penitencia y arrepentimiento, decidió tirar el río Eume su anillo episcopal.

Siete años más tarde, mientras el cocinero del monasterio preparaba un salmón capturado en el río, para almuerzo de los monjes, se encontró con el anillo en las vísceras del animal. Ni que decir tiene que el hallazgo fue interpretado como la redención del pecado del santo.


Norte, observó el hermoso cielo azul que en aquel momento lucía sobre la comarca y, levantando su ceja izquierda, pensó que quizás San Rosendo había intercedido para que el buen tiempo lo acompañase aquel día.

lunes, 1 de enero de 2018

El Baile de Norte 2017



2017: Nuevos destinos, nuevos lugares,... nuevas formas de ver las cosas

viernes, 22 de diciembre de 2017

Felices Fiestas!


viernes, 15 de diciembre de 2017

Quizás la más bella librería del mundo


A pesar de haberlo visto con anterioridad en varias publicaciones, Norte se quedó sencillamente impresionado. Nada más atravesar las puertas de El Ateneo, el ruidoso y molesto caos del tráfico de la Avenida Santa Fe cesó repentinamente y, ante él se abrió una escena que lo impactó. Por todas partes, distribuidas en lo que en su día fueron el patio de butacas y los palcos de un teatro, se disponían cientos de estanterías con sus anaqueles repletos de libros que harían las delicias del más exigente de los bibliófilos.


Había estado en muchas librerías hermosas a lo largo de su vida. Había disfrutado, admirando las más bellas encuadernaciones, había buscado primeras ediciones, se había deleitado con el olor a libro nuevo o simplemente se había recreado pasando las páginas de aquel libro con el tacto y el grosor de papel perfecto. Y es que Norte conocía y sufría esa bendita obsesión que le obligaba a pasearse como un poseso entre las estanterías de las librerías y a recorrer los interminables estantes repletos de libros.


Pero es que además, visitar El Ateneo, puso a Norte en la disyuntiva de disfrutar de una librería con más de 120.000 volúmenes a la venta o adentrarse en un hermoso edificio que te obliga a admirar su belleza. Porque la Librería El Ateneo está construida en lo que un día fue el teatro Grand Splendid, conservando todo el esplendor de la decoración original que allá por 1919 fascinó a los bonaerenses. Los frescos de su enorme cúpula, las barandillas de los palcos con una rica ornamentación de dorados y rojos que siguen conservando la elegancia innata de los grandes teatros. Todo se asociaba para integrar ambos conceptos y mostrarnos, quizás la más bella librería del mundo.

Para él, deambular entre aquellas estanterías, era como convertirse en el protagonista de alguna de las novelas que descansaban pacientemente en los estantes, transformarse en el personaje de un cuento o, simplemente, quedarse atrapado en una de las innumerables historias que atesoraban aquellos volúmenes. Esa hermosa conjunción de continente y contenido era para Norte el puro placer por la belleza.


Pero por si todo eso no fuese suficiente, allí al fondo, presidiéndolo todo, destacaba el escenario. El mismo escenario en el que actuaron galanes y actrices de la época y que conserva todavía el telón de terciopelo original. Es el mismo escenario que acoge la cafetería donde se puede disfrutar de un mate o un café,… quizás los mejores compañeros para una tarde de lectura.


Fue entonces cuando Norte se fijó en un libro que alguien había dejado sobre uno de los sillones que, repartidos por toda la sala, permiten disfrutar de la lectura. Y de inmediato una sonrisa se le dibujó en su rostro. Se trataba de “El libro de arena”, de Jorge Luis Borges, y recordó que “ni el libro ni la arena tienen principio ni fin”. Añoranza y belleza a partes iguales para una librería de una ciudad, Buenos Aires, que destila amor por la cultura y los libros.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Horadando las olas


Nada más cerrar la puerta y posar su maleta, Norte descorrió las cortinas que cubrían el enorme ventanal de su habitación. A pesar de ser tan solo las tres de la tarde, las nubes y el viento que azotaban la costa portuguesa producían una enorme y hermosa sensación de dramatismo que acrecentaba la agreste belleza de los acantilados sufriendo las embestidas del mar.

Y, de pronto, todo su malestar se esfumó como por arte de magia. Su monumental enfado con la compañía aérea por el retraso en el vuelo y la consiguiente pérdida de su enlace fue atenuándose a medida que el viento húmedo y cargado de salitre que entraba por el ventanal abierto de par en par, inundaba sus pulmones.

Sin casi explicaciones lo habían alojado en Ericeira, una pequeña población situada a más de 50 Km de Lisboa, a la espera de las más de 24 horas que tendrían que pasar hasta su próximo vuelo. Finalmente, resignado, comprendió que era inútil rebelarse y que solo conseguiría aumentar su mal humor; así que, sin perder un instante, se enfundó la única prenda de abrigo que llevaba y salió del hotel dispuesto a disfrutar de la pequeña población pesquera.


Sin pensárselo dos veces se dirigió hacia el puerto pesquero situado en la base de los acantilados. Desde la playa que se abría al abrigo del espigón podía contemplar allá arriba, la fachada marítima del pueblo con sus casas ribeteadas de azul, un azul desdibujado por la fría y gris luz invernal y la fina lluvia que caía en eses instantes.


Mientras tanto, frente a la playa, un grupo de surfers esperaba pacientemente para coger las olas más grandes y Norte se quedó un buen rato contemplándolos. Para un amante del mar como él, ardiente entusiasta de la navegación a vela, el surf siempre le había parecido un deporte apasionante, y que posiblemente, para muchos de ellos, trascienda de una simple afición a un modo de vida.


Y es que Norte tenía algunos amigos surfers que se movían como nómadas de playa en playa, en una búsqueda incesante de la ola perfecta, pero compartiendo, respetando, aprendiendo y, sobre todo, sintiendo, unos valores que él había visto encarnados muchas veces en ellos y que en cierta medida envidiaba.


Viendo a aquellos chicos flotando en sus tablas sobre el mar, esperando pacientemente las olas, sin ningún ánimo de competir, Norte podía sentir su pasión por el mar, su búsqueda constante de sensaciones, horadando las olas con sus tablas para atrapar la magia que existe en el mar y que transmite el surf.


Poco a poco, al caer la tarde, los surfers comienzan a retirarse. Con sus tablas a cuestas vuelven a tierra, posiblemente recordando el último impulso para ponerse en pie sobre la tabla y deslizarse por la ola; y que Norte imaginaba como algo muy semejante a una danza que hace aflorar de nuevo sensaciones que recorren cada centímetro de sus cuerpos.


Para cuando llegan a Ericeira, la noche se ha precipitado sobre las estrechas calles del pequeño pueblo de pescadores que ahora comparte espacio con esta nueva forma de ver y entender la vida.

sábado, 25 de noviembre de 2017

El secreto mejor guardado


A medida que ascendía por la carretera que discurría como una serpiente, retorciéndose entre los socalcos de piedra, Norte recordó que hacía ya varios meses que había leído la noticia en la prensa y, a pesar de ello, todavía guardaba en su memoria la asombrosa imagen de las paredes de la pequeña iglesia totalmente recubiertas de unas extraordinarias pinturas murales.


Y ahora había llegado el momento de visitarla. Durante meses había hecho un gran esfuerzo para no caer en la tentación de conocer la iglesia Santa María de Nogueira de Miño nada más fue abierta al público; cuando docenas de autobuses acercaban a los turistas a contemplar aquellas pinturas como una escala más en su apresurado tour por la Ribeira Sacra. Ahora que se habían acabado las aglomeraciones del verano, que la vendimia había terminado y que la soledad más absoluta se había apoderado de aquel rincón de Galicia. Era, por fin, el momento para disfrutar de aquel lugar donde el río, el vino y la piedra son los protagonistas.


A Norte, conducir a ritmo pausado por aquellas carreteras colgadas sobre los cañones del río Miño, le producía una sensación extraordinaria. Los viñedos, ahora teñidos de amarillo, junto con el agua, la piedra y el silencio constituyen la esencia misma de un paisaje único,… casi mágico. En pocos lugares como aquel se podía admirar una conjunción tan armónica entre el medio natural y la impronta dejada por el hombre.


Por fin, vigilando un gran meandro de río Miño, un hermosísimo lugar denominado O Cabo do Mundo, Norte se encontró con una de las joyas artísticas de la Ribeira Sacra. Una pequeña iglesia que destaca sobre un puñado de casas.


Exteriormente nada hacía pensar que aquel templo acogiera en su interior nada excepcional. Como otras muchas iglesias de la zona, conservaba bellos elementos que recordaban sus orígenes románicos, piedras de duro granito cincelado, allá por el siglo XII, a golpe de fe y férrea convicción. Su rosetón, su magnífica portada sur, muchos de sus capiteles… destacan todavía hoy a pesar de la profunda reforma de su fachada barroca realizada en el siglo XVIII.


Es el románico rural, el complemento ineludible de este paisaje agreste y fascinante de aldeas perdidas, pazos centenarios, socalcos de piedra, bosques interminables y caminos encantados. 

Por fin, las puertas se abrieron y Norte, impaciente, entró en el templo. La penumbra que reinaba en su interior apenas dejaba vislumbrar unas sombras aquí y allá, avivando su curiosidad y expectación.


Y, de pronto, las luces se encendieron y ante Norte apareció uno de los mejores conjuntos murales del Renacimiento en Galicia. Por todas partes los frescos de mediados del siglo XVI y de intensos y todavía vivos colores, se acomodan a cada uno de los espacios, dando lugar a lo que muchos autores han dado en denominar la Capilla Sixtina de Galicia.

Bajo varias capas de cal, al reguardo del tiempo, las pinturas permanecieron ocultas durante años,… tantos que ya nadie del lugar recordaba que la iglesia tuviese sus muros recubiertos de frescos. Así que cuando unas obras de consolidación los descubrieron,… se puso de evidencia el secreto mejor guardado.


Por todas partes, bellas escenas bíblicas de la Resurrección de Cristo, de la Coronación de Santa María, de la Anunciación, un Pantocrátor, un Juicio final o el Martirio de San Sebastián, llamaban la atención de Norte. Una profusión de imágenes que deja sin aliento.

En ellas se podía apreciar el ciclo temporal de su realización, unos cambios estilísticos perfectamente perceptibles y que comienzan en las pinturas góticas del presbiterio, las más primitivas, hasta las más elaboradas y recientes que se encuadran en el manierismo gallego.


Y es que Santa María de Nogueira de Miño es el secreto mejor guardado.


domingo, 5 de noviembre de 2017

Entre el cielo y el mar


Entre el cielo y el mar, un puñado de islas emerge en medio de la inmensidad del Océano Atlántico; roca, arena y viento con una rara y hermosa mezcla de raíces africanas y la herencia europea. Es el archipiélago de las Islas de Cabo Verde, un lugar para vivir la naturaleza...







Pero para Norte viajar es algo más que ver simples escenarios, por asombrosos que sean. Para Norte conectar con las personas, con la esencia local, es quizás la razón de ser de sus viajes. 


Apoyado en un precario muro, Norte no pudo menos que sonreír al ver jugar a aquellos niños con una enorme y maravillosa sonrisa dibujada en sus labios mientras quizás soñaban con emular algún día a sus ídolos del universo “Champions league”.

En aquellos momentos eran los Ronaldos y los Mesis que se enfrentaban en una final épica en el campo de arena y piedras situado en Salamansa, una pequeña aldea de pescadores en la Isla de Sa͂o Vicente. Era sin duda el Bernabeu o el Nou Camp, dependiendo de los sueños y predilecciones de cada uno de ellos.

Lo había visto muchas veces a lo largo de su vida y una vez más Norte comprobó que, afortunadamente, los niños jugaban felices ajenos a la realidad que los rodea.



Era domingo, ese día de la semana en el que las comunidades pesqueras de la isla aprovechan para descansar, ese día placentero y relajante en el que también en Sa͂o Pedro, Calhau o en la Baía das Gatas se ralentizan las labores diarias…



Una vez más, Norte reparó en que vivimos en un mundo lleno de cosas prescindibles,… y que sin duda deberíamos aprender a ser felices con lo que tenemos.


Y Norte no pudo menos que parafrasear a Agustín de Hipona y también al refranero popular, y  recordó que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita.