"Con las buenas ideas, y a veces también con las malas, pasa lo mismo que con los átomos de Demócrito o con las cerezas de la cesta, vienen enganchadas unas a otras" (José Saramago)

sábado, 24 de mayo de 2014

Rosalila (I)


El brusco frenazo de la desvencijada furgoneta lo despertó del profundo sueño en el que se  había sumido. El calor agobiante y el traqueteo por las infernales carreteras de la geografía guatemalteca, en las que los baches se parecían excesivamente a pequeños cráteres volcánicos, habían logrado lo imposible. Sobresaltado y un poco confundido, se incorporó en su asiento y, tras unos segundos de vacilación, Norte recordó que se encontraba en ruta de La Antigua, en Guatemala, a Copán, en Honduras. Sonrió al pensar en los más de 300 Km que separaban ambas poblaciones y comprobó en su reloj que estaban a punto de cumplirse 5 horas de viaje.


A su lado, el joven canadiense seguía durmiendo placenteramente en una postura imposible y Norte envidió una más de las muchas prerrogativas de la juventud, esa que te permite dormir, y además descansar, aunque sea sobre una piedra. Miró hacia el asiento trasero y la pareja de norteamericanos que completaban el exiguo pasaje le devolvieron una risita de compromiso, nerviosos quizás por el pequeño destacamento de soldados fuertemente armados y mirada desconfiada,  que intentaban poner un poco de orden e el atestado puesto fronterizo.

Enormes camiones Mack con pesados cargamentos, infinidad de pequeñas furgonetas  atestadas de turistas ávidos de aventuras, destartalados y coloridos autobuses con tantos animales domésticos en su interior como pasajeros, y un sin fin de camionetas pick up  repletas de familias y enseres domésticos, hacían cola pacientemente para cruzar la frontera a Honduras.

̶  Denme los pasaportes por favor –indicó de pronto Quintanilla, el conductor  del vehículo; un amable y simpático salvadoreño afincado en Guatemala que pronto hizo buenas migas con Norte, especialmente desde que este le invitó al generoso desayuno que se tomaron durante la ruta.

Despertó de un pequeño codazo al joven compañero de viaje y le indicó que fuese preparando su pasaporte. Campbell era uno de los cientos de jóvenes mochileros que recorrían Centroamérica con la excusa de aprender el español, en ese intervalo de tiempo que transcurre entre su graduación y el comienzo de sus estudios superiores. Durante los primeros 50 Km del viaje resumió a Norte su vida hasta que, poco a poco, fue dejándose vencer por el cansancio hasta sumirse en un profundo sueño.

El precio del viaje ya incluía las tasas correspondientes al cruce de la frontera así que Quintanilla, conocedor de los contactos necesarios para evitar a los turistas las molestias de unos soldados deseosos de complementar su salario, se acercó al oficial y, tras una corta conversación y un aún más breve intercambio de papeles, volvió al coche con una sonrisa en su rostro.

̶  ¡Arreglado!, continuamos camino –dijo haciéndoles un guiño a los pasajeros a la vez que le devolvía los pasaportes.

Un rosario de puestos en los que se ofrecía todo tipo de comida jalonaban la carretera. De pronto, Norte lamentó no disponer de un poco de tiempo para probar una de aquellas delicias, en especial las baleadas, un taco con tortilla de harina con frijoles, yuca y papa.

Ahora que el sol se encontraba bien alto, pudo disfrutar de una ruta que serpenteaba por un paisaje montañoso, rodeada de una vegetación exuberante y de un verde rabioso que quitaba el sentido. Cuadrillas de muchachos con el torso al sol y cubiertos con el inefable sombrero de palma, intentaban tapar los baches paleando tierra de los campos vecinos por unas pocas lempiras de los agradecidos conductores, felices de haber llegado hasta allí sin haberse precipitado en una de aquellas simas insondables.


Si la carretera de Guatemala había sido desastrosa, los últimos 15 Km que separaban la frontera del destino final se convirtieron en un verdadero infierno. Por fin, tras un corto callejeo, el vehículo se detuvo y Quintanilla apagó el motor. Durante unos instantes nadie dijo una palabra, como queriendo disfrutar de un apacible silencio solo interrumpido por misteriosos y esporádicos ruidos del motor.

El destino era Copán Ruinas, una pequeña población  de calles empedradas, casas post-coloniales, museos de arqueología maya, hoteles, hospedajes, locutorios y tiendas de artesanía, construida a escasa distancia del lugar arqueológico de Copán.

Tardó apenas unos minutos en registrarse en un sencillo albergue que le habían reservado, así que, tras comprobar que todavía eran las 11 de la mañana, dejó su mochila en la habitación y salió dispuesto a disfrutar de una de las grandes ciudades mayas: Copán.

Un vertiginoso Tuc Tuc que contrató nada más salir de su alojamiento, cubrió en poco tiempo la distancia que lo separaba del sitio arqueológico.  ¡Por fin había llegado!, y a primera vista a Norte le agradó lo que se encontró, especialmente el escaso número de turistas, muy lejos de las multitudes que se había encontrado en otras ciudades mayas de la región centroamericana.

Sin un plan predeterminado, se dispuso a disfrutar de unos restos arqueológicos únicos, cuyo principal atractivo estaba en la Pirámide de los Jeroglíficos. Aun así dominó su curiosidad y decidió dejarse llevar por su intuición y descubrirla poco a poco, dejando que la sorpresa fuese el elemento principal de su visita.

En la era de la comunicación global por medio de la red, es difícil llegar a un lugar desconocido del cual no hayas visto con anterioridad fotos o vídeos. Esa circunstancia hace perder al viajero la sorpresa, uno de los factores más valiosos para Norte.

A pesar de la fuerza del sol a esa hora y el agobiante calor, se dirigió hacia La Gran Plaza, una gran extensión famosa por las estelas y los altares que se encuentran en ella. Se imaginó la determinación de aquella gente para levantar todo aquello con herramientas muy básicas y se sorprendió de la riqueza estética de las estelas profusamente labradas, muchas de ellas con enigmáticos glifos. 


Se refugió bajo la sombra de una enorme ceiba y de inmediato dejó de sentir la fuerza del sol implacable sobre su piel. Para los mayas este árbol era símbolo de bondad, belleza, unión y vida. Sus ramas unían todos los niveles del universo desde el inframundo hasta el cielo y en cierta medida él se sintió reconfortado también espiritualmente bajo su denso follaje.

Al fondo, Norte divisó una enorme lona blanca que cubría una gran estructura. Bajó ella, una gran escalinata que enseguida relacionó con la Pirámide de los Jeroglíficos, así que tras descansar unos instantes se dirigió hacia allí. Antes un campo de pelota maya con sus marcadores en forma de cabeza de guacamayo llamó su atención. Era un juego sagrado que se realizaba durante los rituales agrarios pero  también tenía un significado religioso y astronómico.


Finalmente, llegó a la archiconocida Pirámide de los Jeroglíficos con casi 30 metros de altura. En su escalinata principal, la inscripción pétrea con más de 2.500 glifos en los 62 peldaños  cuentan historias relacionadas a sus antiguos gobernantes, especialmente el décimo quinto, Humo-Caracol.



En ella un grupo de personas se afanaba tomando notas de los glifos de la escalinata. Se trataba de arqueólogos que  estaban trabajando en el descifrado de los jeroglíficos. Norte se encontraba ciertamente impresionado. A pesar de conocer muchas de las ciudades mayas, ver aquellas inscripciones, su belleza y la determinación para conocer su significado lo fascinó.

Durante un buen rato se mantuvo inmóvil, bajo la sombra del enorme toldo, en el más absoluto de los silencios, observando como aquellas personas tomaban pacientemente anotaciones sobre los glifos.  


Finalmente consultó la hora y decidió volver al lugar dónde había convenido con el conductor del Tuc Tuc. Estaba agotado por el madrugón y, al día siguiente, tendría oportunidad para completar su visita. 

Continuará...

sábado, 10 de mayo de 2014

Rock y rosas (II)… y final


Con media hora de retraso, salieron precipitadamente de su habitación hacia la puerta del hotel donde ya hacía un buen rato que un taxi los esperaba. Francesca había logrado superar la prueba con nota. Como si de la chistera de un mago se tratara, de su maleta comenzaron a salir las prendas y los complementos que dieron como resultado una mujer fantástica.

̶  La Chiesa di San Rocco all'Augusteo in Largo San Rocco, per favore.

Norte sonrió al percatarse de la mirada que, a través del espejo retrovisor, el joven taxista  dedicó a Francesca. De pronto un sentimiento insólito y desconocido asomó en él. Una mezcla de algo parecido a los celos y, a la vez, de halago por la muestra de admiración/deseo hacia su acompañante. Sorprendido por esa inédita sensación, se acercó más a ella hasta sentir sus rizos en su rostro y aspirar ese aroma que disolvía literalmente  su médula; tanto que no pudo resistir el deseo de acariciar sus muslos y sentir la calidez de su piel a través de la seda del vestido.

El vehículo recorrió a buen ritmo las estrechas y atestadas calles del centro de Roma hasta alcanzar Lungotevere, la vía que acompaña al río Tíber en buena parte de su recorrido por la capital romana y apenas quince minutos más tarde se encontraban estacionados frente a la iglesia de San Rocco, a escasos metros de su destino final.



̶  ¿Me dirás por fin a dónde vamos? ̶  preguntó sorprendida Francesca al bajar del taxi mientras se ponía sus gafas de sol.

̶  Un poco de paciencia ̶  sonrió irónico mientras buscaba un número en la agenda de su teléfono.

Tras una corta conversación telefónica, en la que Norte apenas intercambió un par de  monosílabos con su interlocutor, la tomó de la cintura y se dirigieron caminando hacia el Ara Pacis Augustae, situado a un centenar de metros más adelante.

̶  ¿Y eso? ̶  preguntó ella en referencia a un enorme cubo de color rojo que se levantaba justo al lado de la entrada del monumento y en torno al cual había un pequeño revuelo de gente.

̶  Un poco de paciencia  ̶ le contestó sonriendo a la vez que no perdía de vista la puerta de entrada.

Por fin, tras apenas un minuto de espera, Norte encontró a quién buscaba.

̶  Ciao Marcelo. Come va?

̶  Bène, gràzie, e tu? come stai?

̶  Bien, muy bien. Te presento a Francesca. Francesca, este es Marcelo, un buen amigo.

De inmediato, tras un breve saludo, los condujo al interior del edificio de líneas minimalistas diseñado por Richard Meier para acoger el monumento y protegerlo de la contaminación que lo estaba dañando.

Un numeroso y ocupado equipo de personas estaba dando los últimos toques a una espectacular puesta en escena. En el centro el Ara Pacis y rodeándolo, a diferentes alturas, numerosos grupos de maniquíes con trajes de fiesta rojos y blancos.



̶  Mamma mia!, pero… ¿qué pasa hoy aquí?  ̶ Francesca se sacó las gafas de sol entusiasmada.

̶  Es parte de la sorpresa, pero creo que todavía tenemos un rato. Es en realidad la materialización del testamento espiritual del emperador Augusto - le aclaró Norte, a quién la serenidad del monumento siempre lo había fascinado-. Ven, acércate  ̶  y tomándola de la mano se dirigieron a uno de los laterales del altar.

La luz del atardecer incidía sobre el mármol de Carrara destacando todavía más la decoración escultórica que recubre el edificio.



̶  Fíjate en este cuadro procesional, el flaminius lictor, con la cabeza cubierta y el hacha sagrada sobre la espalda, después Agripa seguido por el pequeño Cayo César, Julia la Mayor, Tiberio, … esculpidos en diferentes planos.



Un pequeño revuelo les anunció que algo estaba a punto de suceder. Marcelo se acercó a ellos con un paquete en sus manos.

̶  Valentino está a punto de llegar, hoy presenta su nueva fragancia: “Rock`n`RoseCouture” ̶  les aclaró, entregándole a Francesca el pequeño paquete elegantemente envuelto en un brillante papel de color rojo intenso ̶ . Mi jefe quiere que seas una de las primeras mujeres en tenerlo.

Y en ese momento, una mezcla de aroma de grosella, bergamota, rosas, gardenias y azahar inundó el ambiente. Los aplausos arreciaron cuando, iluminados por los flashes de las cámaras, Valentino rodeado de un grupo de bellas mujeres hizo entrada en la sala.

sábado, 3 de mayo de 2014

Rock y rosas (I)


La brisa matinal mecía suavemente las cortinas de la estancia. Tras ellas, un diminuto jardín amortiguaba el ruido producido por el anárquico tráfico de la ciudad, contribuyendo todavía más a proporcionar esa atmósfera de tranquilidad que lo envolvía todo, especialmente ahora que los huéspedes del hotel habían partido a explorar la ciudad y en la estancia ya no quedaba nadie más.

Saboreó con deleite su segundo espresso mientras ojeaba Il Messaggero y sonrió al comprobar que las noticias con las que desayunaban los romanos apenas habían cambiado desde los tiempos en los que él había vivido en aquella ciudad. Como de costumbre, un confuso conjunto de noticias de ámbito internacional, relacionadas con la política, la economía y el deporte se entremezclaban, aderezadas con noticias locales del más amplio espectro. Entre ellas una reseña que de inmediato llamó su atención:

Valentino tra Ara Pacis e Tempio di Venere Veltroni:
«Gli dedicheremo un museo a S.Teodoro»

Norte leyó con avidez la crónica de la celebración de la exposición “Valentino en Roma: 45 Años de Estilo”, que se había celebrado el día anterior en uno de los monumentos, para él, más fascinantes de la Roma Imperial: el Ara Pacis Augustae. Al parecer el famoso diseñador de moda había estado arropado por el mismísimo alcalde Walter Veltroni y su esposa, además de una pléyade de artistas famosos del celuloide e incluso por alguna princesa de la realeza europea, incondicional del papel couché. Además, en apenas unas horas, estaba previsto un nuevo acto.


Si alguien lo hubiese estado observando con detenimiento, habría apreciado como, poco a poco, el rostro de Norte se transformaba y su gesto de interés y concentración en la lectura, se convertía en una sonrisa irónica, apenas imperceptible, mientras buscaba un número en la agenda de su teléfono móvil.

Regresó a su habitación y en la penumbra de la estancia reconoció el cuerpo de Francesca bajo las sábanas. Se acercó despacio para no sobresaltarla y se sentó en el borde de la cama. Desde esa distancia y con la escasa luz que se colaba por las rendijas de la contraventana, la contempló detenidamente. Sus rizos esparcidos sobre la almohada, su acompasada respiración y la serenidad que reflejaba su rostro hicieron que, durante unos instantes, Norte dudase si debía despertarla.

La tarde anterior se habían encontrado en el aeropuerto después de varios meses sin verse. A pesar de intentarlo, no habían conseguido que sus vuelos coincidieran. Ella, procedente de Londres, había tenido que esperar más de dos horas hasta que el avión procedente de Madrid, en el que viajaba Norte, tomase tierra en Fiumicino. Después, el atasco que padecieron en el taxi que los llevó a la ciudad, la cena en un pequeño restaurante cercano al hotel y el regreso precipitado a la habitación con la urgencia de una espera contenida.

̶ ¿Qué miras? –preguntó de pronto ella cubriéndose el rostro, en un intento de aminorar la intensidad de la luz que castigaba sus ojos.

̶  Nada, simplemente estaba contemplándote –le contestó a la vez que apartaba dulcemente los rizos que caían desordenados sobre su frente para besarla.

̶  No me mires, ¡menuda pinta debo tener! –respondió al tiempo que lo rodeaba con sus brazos.

̶  Estás preciosa y si por mí fuera, me metería ahora mismo contigo en cama, pero tengo una sorpresa… y creo que no te la puedo traer aquí  ̶ le aclaró, adoptando ese gesto pícaro que desarmaba a Francesca.

Al momento, como impulsada por un resorte Francesca se incorporó reclamándole un adelanto, una pequeña pista que le permitiese adivinar el plan que le había preparado.

̶  No vas a conseguir nada y te advierto –dijo mirando divertido el reloj ̶  que ya son más de las once de la mañana.

Finalmente, casi a la una de la tarde con un cielo totalmente despejado y una temperatura de más de veinticuatro grados en la ciudad, salieron del hotel, directos a Sant Eustachio, con la esperanza de encontrar un hueco en el diminuto café para que Francesca tomara su primer capucchino del día.



̶ ¿Sabes una cosa?  ̶preguntó Norte socarronamente, tomándola por la cintura, mientras esperaban pacientemente en la entrada del café a que se abriera un hueco por donde acceder hasta la barra ̶ . Si un día me pides en matrimonio te propondré que nos casemos  en la iglesia de Sant'Eustachio.

̶  Pero bueno  ̶ respondió entre enojada y divertida volviendo la vista a la fachada del templo que tenían justo a sus espaldas, al otro lado de la calle ̶  ¿Crees acaso que seré yo quién te lo pida? De eso nada,… además jamás me casaría ahí  ̶ en clara referencia a la cabeza de ciervo con grandes cuernos de los que emerge la Cruz de Cristo que preside el tímpano de la iglesia y que con seguridad era la razón por la cual los romanos no celebran allí las ceremonias de matrimonio.

Deambularon sin rumbo por las calles de Roma, justo como lo habían hecho en tantas ocasiones, buscando el frescor de las zonas menos soleadas hasta llegar a la Piazza della Rotonda. Allí, presidiendo la populosa plaza, se levantaba Il Pantheon y, tras una mirada cómplice en un intento de refugiarse del calor sofocante que estaban padeciendo, se dirigieron a su interior.

̶  ¡Es sobrecogedora! ¡Es mágica!  ̶ exclamó Francesca nada más situarse en el centro, bajo la cúpula ̶ .Todavía no me explico cómo, después de haber estado aquí tantas veces, me sigue atrapando de ese modo.

̶  Es la iluminación que proporciona el óculo central  ̶ le respondió Norte tomándola por la cintura y sintiendo al instante la calidez de su piel a través de la delicada tela de su vestido ̶ . Produce un efecto tranquilizante; creo que es por la luz pero también por la armonía de las proporciones. ¿Sabes?, la mayoría de la gente lo percibe, aún sin saber que el diámetro de la cúpula es igual al de su altura.


̶  Creo que tienes razón. Fíjate en toda esa gente; están absolutamente fascinados con el espacio. No se centran en nada concreto, simplemente miran para todas partes, extasiados por lo que los rodea.

̶  Por cierto,…  ̶ advirtió de pronto Norte ̶  ¿sabes qué hora es?,  ¡casi las seis! Si quieres ver de qué se trata la sorpresa debemos volver al hotel. En una hora deberíamos estar listos para salir.

̶  ¿Cómo listos para salir? ¿A dónde vamos?

̶  Eso forma parte del juego. Solo te puedo decir que debes arreglarte un poco. ¿Trajiste algo?

Hizo la pregunta sabedor de que Francesca, a buen seguro, habría dispuesto en su equipaje algún conjunto que le permitiese salir airosa de una situación como la que acababan de proponerle.

̶  Pero ¿qué me dices?, me estoy empezando a poner nerviosa. ¿Me quieres decir a dónde vamos?

̶  Ya lo verás. Es una sorpresa. Y ahora, ¿ por qué no volvemos al hotel?