lunes, 1 de marzo de 2021

La emotiva belleza de lo inesperado

 

A veces es necesario dejarse llevar, desentenderse de la racionalidad que todo lo preside, en fin, … consentir un poco de improvisación en nuestras vidas y que la espontaneidad tome el timón de nuestras decisiones,… y es que cuanto más analizamos, menos espacio dejamos a la intuición,… a la emoción,…

Y Norte solía hacerlo con bastante frecuencia. Así, enfrascado en sus pensamientos y disfrutando de la austera belleza del paisaje por el que circulaba, le llamó la atención un pequeño edificio. No tenía nada de especial, apenas un pequeño rectángulo de mampostería en medio de la nada, junto a una carretera secundaria que une Herrera con Cervera de Pisuerga, camino de la montaña palentina.

Aún así detuvo su vehículo. La sombra de un árbol dibujaba su perfil en la fachada gracias al tibio sol de invierno que ya se ponía por el horizonte, dándole cierta gracia a aquella austera fachada en la que sólo destacaba una puerta con un arco de medio punto, dovelada y flanqueada por dos columnas de desgastados capiteles.

Estos elementos arcaicos, quizás reutilizados y seguramente de factura mozárabe, despertaron un repentino interés en Norte. Así que decidió rodear la nave de la pequeña ermita hasta llegar a su cabecera y, de pronto, percibió la emotiva belleza de lo inesperado. 

Ante él apareció un hermoso ábside semicircular decorado con un friso especialmente bello, compuesto por esquinillas talladas en bloques de piedra y un ajedrezado que se superponía a una serie de arquillos ciegos que enseguida le recordaron a los de estilo lombardo; toda una rareza en la zona donde se encontraba.


Se trataba, sin duda, de la parte mas antigua del edificio, posiblemente levantada en el año 1076 y dedicada a San Pelayo, tal y como rezaba la lápida de consagración del templo.


Volvió sobre sus pasos con la esperanza de acceder a su interior para comprobar que, lamentablemente, la puerta estaba cerrada, aunque sí disponía de una pequeña pieza de vidrio a través de la cual, Norte podía disfrutar de unas buenas vistas del interior de la nave.

Asombrado comprobó los restos de decoración pictórica cubrían el interior del ábside, con los vestigios de un hermoso pantocrátor en su parte central, flanqueado por bellas imágenes de los apóstoles. Una cautivadora muestra de pinturas románicas del siglo XII.





martes, 1 de septiembre de 2020

Deliciosa, hermosa, modesta, refinada...


… y quizás se le pudiesen atribuir cientos de adjetivos más, pero es que cuando vio por primera vez la pequeña ermita encaramada en unas peñas en la aldea de Vallespinoso de Aguilar, enseguida se percató de ese halo especial que rodea a las cosas bellas,… con vida propia, y este era el caso de Santa Cecilia, un hermoso ejemplo de románico palentino de finales del siglo XII.

En algún lugar había oído que el arte se expresaba a través de la capacidad de manejar la materia por parte del artista, y en este caso Norte no podía estar mas de acuerdo. Los maestros canteros habían construido un pequeño templo que se mimetizaba con el entorno que lo rodeaba; era como una excrecencia de la propia madre tierra que los elementos habían modelado de forma caprichosa hasta obtener como resultado una deliciosa, hermosa, modesta y refinada ermita.


Una obra sencillamente deliciosa… en la que los creadores de Santa Cecilia habían concebido con su trabajo un universo iconográfico en el que se representan formas fitomórficas y geométricas que conviven con escenas bíblicas, animales fantásticos, arpías y labores cotidianas. Tanto era así que durante un buen rato Norte se detuvo a observar con detalle la puerta de grandes proporciones que se abría en una profunda bocina compuesta de siete arquivoltas, alguna de ellas decorada con un hermoso catálogo vegetal.


Hermosa,… y no solo por por la armonía que destilaba el conjunto, sino por esa vida propia que la ermita emanaba desde su interior, en una suerte de goce estético en el que Norte se vio atrapado desde el primer instante.


Modesta… por sus pequeñas dimensiones y el entorno austero en el que se encontraba. Y es que Norte no dejaba de asombrarse que con tan solo dos espacios, una nave rectangular y un ábside semicircular adosado a su cabecera, sus creadores hubiesen podido levantar un templo tan sencillo y a la vez tan hermoso.


Y refinada,… con unos sillares perfectamente trabajados, en donde sus creadores han cincelado formas imposibles; tal vez en un intento de estimular nuestra sensibilidad y sentimiento quizás más que a nuestra comprensión y razonamiento.

viernes, 14 de febrero de 2020

Como una refinada y placentera existencia


«¿En qué lugar había leído que quizás ese placentero estado de bienestar que muchos asocian a la felicidad es provocada por el éxito o por la congruencia personal entre lo anhelado y lo alcanzado?» ̶ se preguntaba Norte mientras recorría aquellas maravillosas estancias y trataba de imaginar como fue  el día a día de los señores que residieron en esa villa romana.

Y es que durante el Bajo Imperio se produjo una etapa de decadencia de la vida urbana que hizo que los aristócratas romanos se trasladasen a sus haciendas agrícolas y ganaderas y las transformaran en hermosas villas con todo el lujo y ostentación dignos de la mejor “domus” de la ciudad.

La Hispania no fue una excepción y por todo su territorio se crearon grandes latifundios en los que levantaron hermosas villas hispanorromanas en las que los nobles y sus familias llevaban una refinada y placentera existencia rodeados de lujo y suntuosidad.

Así que, cuando Norte se perdió en el enorme yacimiento arqueológico de La Olmeda, quedó fascinado por los bellos mosaicos que cubrían los suelos de la villa y que servían para facilitar la vida de sus moradores allá por los siglos III y IV de nuestra era.

Interminables cenefas, imposibles geometrías y hermosas escenas de caza y de mitología, conformadas por miles de teselas de hermosos colores, ornamentaban muchas de las estancias con un único propósito: mostrar el éxito y la riqueza de su propietario, quizás con el vano pero bello propósito de representar la felicidad.









viernes, 19 de agosto de 2016

El románico perfecto


No hacía mucho tiempo, alguien le había dicho “que el cansancio del camino no te impida pensar” y sin embargo cuando partió de Hontanas no pensó en los más de treinta quilómetros que ese día le quedaban por delante. Treinta quilómetros de caminos polvorientos, de interminables y monótonas pistas agrícolas y de rectilíneas carreteras secundarias que atravesaban el ondulado paisaje de Tierra de Campos. Treinta quilómetros de un horizonte jalonado por palomares de barro y paja cocidos al sol, de castillos y de hermosas iglesias románicas que despuntan en la lejanía. Treinta quilómetros de sol; de un sol abrasador e insoportable. El mismo sol que llevaba castigando impenitentemente a Norte desde hacía varios días y que, muy a su pesar, le acompañaría durante varios días más.

Tampoco pensó en los más de cuatrocientos cincuenta quilómetros que había de recorrer en los próximos días hasta alcanzar su meta. Y tampoco le sirvió de mucho recordar los  trescientos cincuenta y cuatro quilómetros que llevaba caminado desde que ya hacía casi quince días había partido de Saint Jean Pied de Port.

Se acercaba al meridiano de su viaje. En realidad se acercaba a la mitad desde el punto de vista matemático; porque desde el punto de vista emocional, si pudiese denominarse así, esa sensación de que finalmente alcanzaría la meta a pesar del calor, del frío o de la lluvia; de las ampollas en sus pies o del dolor de espalda que a veces le obligaba a parar y apretar los dientes, ese reto lo había superado hacía ya varios días. Ahora sentía que estaba plenamente resuelto a terminar “su camino” que, en su caso, no era otro que llegar a Santiago de Compostela.

Los últimos quilómetros del día, ya con Frómista a la vista, habían transcurrido apaciblemente, acompañado por el leve murmullo de las aguas reposadas y sosegadas del Canal de Castilla. Un silencio solo interrumpido por el cadencioso sonido del caminar de un par de peregrinos con los que, en un juego interminable de silencios y miradas dibujó, sin decirlo, una constelación de palabras.

Por qué si algo había aprendido Norte durante el camino fue a caminar en silencio, acompañado de una deliciosa soledad que le hacía sentir una seductora sensación de libertad. Por qué si algo recordó Norte durante el camino fue todo lo que ya sabía pero la vida le había hecho olvidar. Y por qué si algo Norte experimentó durante el camino fue la solidaridad, ese apoyo incondicional a los semejantes con una ilimitada capacidad de entrega que pudo comprobar a diario a lo largo de su viaje.

Se detuvo unos instantes para admirar el conjunto de cuatro esclusas consecutivas que se encuentra a las puertas de Frómista, un punto excepcional donde se cruzan el Canal de Castilla y el Camino de Santiago, un lugar de encuentro de caminos: el camino de sirga y el camino francés.


Norte no dejó de pensar en la huella indeleble que ambos caminos habían dejado y continúan dejando. Por un lado, el singular trazado fluvial del Canal de Castilla que recorre las provincias de Burgos, Palencia y Valladolid, diseñado como vía fluvial para el transporte de mercancías y como medio de comunicación que lleva influyendo en el paisaje y en las costumbres de sus vecinos (canaleros) desde que se construyó a mediados del siglo XVIII. Y, por otro, el Camino de Santiago, convertido en un notorio fenómeno cultural y espiritual,… en una verdadera autovía del conocimiento, desde que, allá por el siglo IX se comenzara a transitar.

Y por fin Norte se encontró con una de las joyas del camino: la Iglesia deSan Martín de Tours en Frómista. Para él, el románico perfecto. Porque, a pesar de la drástica y muchas veces cuestionada restauración que se hizo a finales del siglo XIX, al contemplar este templo de formas serenas y equilibradas, de una gran hermosura ornamental, se podía comprender el objetivo de sus constructores como un medio de alabanza a Dios. 


Paseó por el exterior, disfrutando de los más de trescientos canecillos que ocupan todo el contorno exterior del tejado del templo con un gran número de figuras con diseños vegetales, geométricos, seres humanos y animales, también monstruos mitológicos y personajes con representaciones eróticas y obscenas. A diferentes alturas y recorriendo todo el perímetro de la iglesia, un sencillo pero hermoso ajedrezado que complementaba a la perfección con las sobria ornamentación románica, contribuía a esa sensación de serenidad que transmitía nada más verla. 


Porque, a pesar de que el arte románico no es refinado, a Norte no dejaba de sorprenderle su sensibilidad primitiva y rural, el empleo de formas y volúmenes muy sencillos que no tenían como objetivo la estética del edificio sino la exaltación religiosa y la ofrenda a Dios.

Y fue precisamente en el interior de San Martín cuando Norte comprendió que en ese mundo rural, con un pueblo inculto y analfabeto al que era necesario instruir, se hacía una enseñanza en muchas ocasiones con un mensaje más centrado en el temor a Dios que en la comprensión de su doctrina. Y sus cincuenta capiteles eran una buena prueba de ello y además de la representación de pasajes bíblicos o mensajes moralistas también estaban presentes el miedo, el castigo y monstruos mitológicos para asustar a las gentes. 


Pero, a pesar del cansancio, Norte no pudo dejar de saborear su embrujo, el hechizo de un templo fascinante que nos muestra la belleza de sus proporciones y sus formas serenas y equilibradas, que hacen de San Martín de Tours el románico perfecto.