"Con las buenas ideas, y a veces también con las malas, pasa lo mismo que con los átomos de Demócrito o con las cerezas de la cesta, vienen enganchadas unas a otras" (José Saramago)

sábado, 5 de marzo de 2016

Una ciudad de cuento


Mientras esperaba a que su explorador le devolviese la consulta que había hecho, dejó su teléfono móvil sobre la mesa y dio un largo trago a la magnífica cerveza que le habían servido. El camarero no se había equivocado al recomendarle una de las antiguas de la región, Braunschweiger Mumme.

Cuando, en su viaje a Hamburgo, le hablaron de Buxtehude, una cercana y pequeña ciudad de la Baja Sajonia de la que él jamás había oído hablar, Norte no lo dudó un instante y, en cuanto dispuso de unas horas libres, se acercó hasta allí, quizás para buscar ese aislamiento social en el que tanto gustaba recrearse.

Contrariamente a lo que la mayoría de la gente hacía, Norte trataba de llegar a los lugares que visitaba con la menor información posible. Simplemente deambulaba sin un rumbo fijo dejándose llevar por su intuición. Eso le permitía sorprenderse a cada paso que daba. Era como cuando todavía mandaba a revelar sus fotos. La espera le generaba una mezcla de ansiedad e incertidumbre por el resultado, pero también una buena dosis de curiosidad e intriga que solo cesaba cuando le entregaban las copias en papel.

Volvió a consultar por enésima vez su teléfono y, por fin, en su pantalla apareció una página de cuentos infantiles.

No sin cierta curiosidad Norte comenzó su lectura. Se trataba del archiconocido cuento de los hermanos Grimm, La libre y el erizo y que él había confundido en un primer momento con la no menos conocida fábula de Esopo, “La liebre y la tortuga”.

“Sucedió un domingo de otoño por la mañana, precisamente cuando florecía el alforfón. El sol brillaba en el cielo, el viento mañanero soplaba cálido sobre los rastrojos, las alondras cantaban en los campos, las abejas zumbaban sobre la alfalfa y la gente iba a oír misa vestida con el traje de los domingos. Todas las criaturas se sentían gozosas y también, por supuesto, el erizo...”


Frente a él, a escasa distancia de la terraza en la que se encontraba, discurría el Fleth, antiguo muelle central que recordaba el floreciente pasado portuario de la ciudad, rodeado por casas históricas de ladrillo rojo, todo ello ahora convertido en una parte más del «attrezzo» en un intento de recreación del escenario de una película de época.


Tan pronto el grupo de personas que ocupaba la mesa de al lado se fueron y la tranquilidad retornó, continuó con la lectura:   “…El erizo estaba en la puerta de su casa, mirando al cielo distraídamente mientras tarareaba una cancioncilla, tan bien o tan mal como suele hacerlo cualquier erizo un domingo por la mañana, cuando se le ocurrió de repente que, mientras su mujer vestía a los niños, podía dar un pequeño paseo por los sembrados, para ver cómo iban sus nabos. El sembrado estaba muy cerca de su casa y toda la familia comía de sus nabos con frecuencia; por eso los consideraba de su propiedad…"

Nada más llegar había dado un largo y tranquilo paseo por su centro histórico que le valió para percatarse de que se encontraba ante una ciudad “decorativa”, un parque temático con el enorme campanario la Iglesia de San Pedro, su Ayuntamiento y sus casas de madera con fachadas entramadas y con una antigüedad de más de 500 años, verdaderos tesoros arquitectónicos pero, para Norte, carentes de alma... con los bajos ocupados por tiendas y negocios para turistas. 


“…Pero, a la septuagésima cuarta vuelta la liebre no pudo llegar hasta el final. En medio del campo se desplomó, la sangre fluyó de su garganta y quedó muerta en el suelo. Y el erizo tomó la moneda de oro y la botella de aguardiente que había ganado, llamó a su mujer desde su surco y ambos se fueron contentos a casa; y si todavía no se han muerto, seguirán con vida.

Así fue cómo sucedió que en las campiñas de Buxtehude el erizo hizo correr a la liebre hasta la muerte, y desde ese día no se le ha vuelto a ocurrir a ninguna liebre apostar en una carrera con un erizo de Buxtehude.”

Norte, que curiosamente no recordaba el final del cuento, se sorprendió y enseguida comprendió que los hermanos Grimm no lo habían escrito para niños. Ni siquiera la moraleja final estaba destinada a ellos. Y sonrió al pensar que recordaría aquella bonita ciudad, no por su bonita arquitectura, sino por ser el escenario del cuento del erizo y la liebre de los hermanos Grimm, un cuento que ni le habían contado ni había leído cuando era pequeño.