viernes, 21 de abril de 2017

La plaza más bonita


Desde luego no era una plaza al uso, una plaza donde las madres llevan a sus hijos a jugar a media tarde mientras intentan que merienden. Tampoco era una de esas plazas  en las que el ayuntamiento organiza actividades festivas y lúdicas. Ni siquiera era un lugar en dónde se reúne la gente entrada en años para dejar correr plácidamente los días de su jubilación.

En torno a ella no se levantan las edificaciones que uno se puede encontrar en la inmensa mayoría de las plazas públicas, normalmente símbolos del poder civil o religioso. Allí no había ninguna grandiosa catedral ni siquiera un sencillo ayuntamiento que le arrebatase el protagonismo a aquel remanso de paz en medio de la ciudad.


Tampoco era una plaza propiamente dicha, o por lo menos no correspondía a la “foto” que Norte tenía de un lugar como ese. En realidad tenía mucho de jardín, era como si fuese un parque privado de una enorme urbanización en el que la entrada está restringida y del que solo sus vecinos y, ocasionalmente, sus invitados pueden disfrutar. Y ahí radicaba precisamente para él su singularidad y su atractivo.

Era como una inmensa casa sin paredes. Habitaciones en las no había tabiques que ampararan a sus moradores. Y sin embargo, a él le gustaba pasear por aquel parque, sentarse en sus bancos y sentirse como un vecino más. Por esa razón, cuando visitaba la ciudad, intentaba alojarse en alguno de los muchos apartamentos de alquiler del Marais, quizás en un vano intento de formar parte de aquella comunidad.

Así que, una vez más caminó hacia una zona abrigada de la plaza. Allí, el sol del otoño le proporcionaba la calidez que buscaba. Era su zona preferida del parque y la había elegido como quién se decide por una casa, por su orientación, por sus vistas, por sus vecinos…, en fin esos criterios que todo el mundo suele valorar cuando busca un lugar donde vivir.

Y justo en una “estancia” próxima al banco hacia donde se dirigía, una joven pareja de novios posaban para su fotógrafo, ajenos al mundo que los rodeaba, solo pendientes de su propia felicidad.

̶  Félicitations aux jeunes mariés pour leur heureuse union ̶  les saludó Norte al pasar justo por su lado.

La pareja le devolvió el saludo con una leve inclinación de cabeza y con una enorme sonrisa dibujada en su rostro. Era como si un vecino del piso de arriba les acabase de felicitar por su compromiso.


Mientras tanto, al otro lado del “rellano”, en un parterre próximo, otro inquilino con apariencia de rastafari se relajaba fumando un pitillo mientras escuchaba quizás su música favorita. En realidad era como si estuviese en la sala de su apartamento, rodeado por todo aquello que le importaba.


Aquí y allá, repartidos por todo el parque, los inquilinos de la plaza descansaban al sol, charlaban o simplemente observaban a los viandantes como si se asomaran a las ventanas de los elegantes pabellones simétricos de ladrillo rojo que la rodean.


Porqué la Place des Vosges, es para Norte la plaza más bonita de todo Paris. Una elegante plaza renacentista, construida bajo el reinado de Enrique IV que atesora entre las verjas que la rodean, una buena parte de la historia de Paris y en donde residieron personajes ilustres como el Cardenal Richelieu o Victor Hugo.

Además también se ha convertido en el centro neurálgico de El Marais; uno de los barrios más interesantes de la ciudad, con sus calles adoquinadas, pequeños y escondidos patios, sus elegantes hotêls que son en realidad hermosas mansiones que conservan todo su encanto, sus seductoras galerías de arte, además de tiendas, restaurantes y cafeterías de cuidada estética.


Bajo los tilos, amparado por las paredes transparentes de su apartamento, Norte se dispuso para su pic-nic urbano, una solución muy parisina pero que en aquella bonita plaza tenía cierto aire de pueblo.