viernes, 21 de septiembre de 2018

Como una naturaleza sagrada


La pequeña cabina del teleférico se transformó en la cápsula que, como si se tratase de un ritual iniciático, lo trasladó desde el nivel del mar hasta Ngong Ping, la parte más alta de la isla de Lantau en Hong Kong, a casi 600 metros de altura.

Ascendió, surcando los cielos acompañado de una familia de asiáticos que observaban quizás un poco sorprendidos, a un Norte que admiraba fascinado la  desembocadura del río Pearl  mientras comenzaban el remonte sobre una exuberante selva subtropical que, como un inmenso e interminable tapiz verde, se extendía a sus pies.


Durante casi media hora, el teleférico recorrió los más de 5 Km que lo separaban de su destino. Donde quiera que mirase, las vistas desde la cabina lo hechizaron. Allá abajo, pequeños riachuelos se precipitaban en extraordinarias cascadas desgarrando la continuidad verde de la vegetación. Mientras tanto, en la lejanía, el mar de China  adornado de un rosario de pequeñas islas que parecían levitar sobre sus aguas, rompía la tiranía de la espesura vegetal con su tenue color azulado.


A medida que ascendía su expectación aumentaba, hasta que de pronto un pequeño revuelo de la familia que lo acompañaba lo alertó. Giró sobre sí mismo y allá a lo lejos, destacando sobre el horizonte, un imponente Buda sobresalía por encima de la vegetación.  Era su destino final, era el Buda de Tian Tan y el Monasterio de Po Lin que se levantaba a sus pies, uno de los centros de peregrinación budista más importantes de China.


Era su primera vez. Nunca antes había visitado un templo budista y sus conocimientos sobre esta religión, o quizás filosofía, eran prácticamente nulos. Cuando visitaba un templo cristiano, Norte disponía de herramientas para encuadrarlo en el momento histórico, comprender sus elementos iconográficos o intuir las fases constructivas por las que había pasado. Pero allí se sentía inseguro. Desconocía los rudimentos más básicos del budismo; sin embargo no podía inhibirse a esa extraña fascinación que le producía esa otra forma de espiritualidad.

Así que, no sin cierto sentimiento de culpabilidad, nada más descender del teleférico se dirigió a la base del Gran Buda y, a medida que se acercaba, fue tomando consciencia de sus dimensiones reales, una enorme estatua de más de 34 metros de altura y 250 toneladas de peso que emergía de la vegetación como un enorme faro.


A pesar del sol abrasador y la alta humedad ambiental, Norte se dirigió hacia la escalinata que le conduciría hasta él. Le esperaban 268 escalones que, como una penitencia, le harían sudar; aun así en ningún momento le desanimaron. No había viajado hasta allí para quedarse a sus pies. 

Allí arriba lo esperaba el Gran Buda, sentado sobre una flor de loto con la mirada fija en el horizonte, mostrando con la postura de sus manos generosidad y alegría.


Todavía resoplando por el esfuerzo, llegó a la plataforma sobre la que se elevaba la enorme figura. En torno a ella se disponían, haciendo sus ofrendas al Gran Buda, las seis deidades que representan la generosidad, la paciencia, la reflexión, el conocimiento, el entusiasmo y la moralidad. Es la hermosa representación de “la Ofrenda de los seis Devas”, las cualidades necesarias para la iluminación según la religión budista.

Desde aquella atalaya Norte se encontró con unas asombrosas vistas de la selva y el mar. Era sin duda la representación simbólica de la armonía entre el hombre, la religión y el medio natural, … la fusión de lo físico con lo espiritual.


Y allá abajo, a sus pies, oculto tras la exuberante vegetación y envuelto en las brumas permanentes de las varillas de incienso dejadas por los peregrinos en señal de agradecimiento, el Monasterio de Po Lin o el “Loto Precioso”.


Se dejó llevar y comenzó a deambular sin un rumbo fijo entre el conjunto de hermosos y coloridos edificios conformaban el monasterio. Y de nuevo la sensación de desazón volvió a asaltarle. Acostumbrado como estaba a la sobriedad, y en muchas ocasiones austeridad, de los templos cristianos, a Norte le costaba comprender esa riqueza cromática y ornamental que se encontraba en cada uno de los templos en los que entraba.


Se acercó despacio al templo principal tratando de no molestar a los fieles que oraban en su interior. En el altar repleto de ofrendas, destacaban tres enormes figuras de Buda que representan el pasado el presente y el futuro.  


Y un poco más allá el templo de los 10.000 budas presidido por los Cinco Budas Dhyani: Vairochana, Akshobhyda, Ratnasambhava, Amitabha y Amoghasiddhi, ... Budas celestiales que se visualizan mediante la meditación.


Fue entonces cuando guardó su cámara y se refugió bajo la sombra de uno de los muchos árboles que crecían en el complejo. Desde aquel lugar trató de empatizar con todo aquello que estaba viviendo. Seres vivos y universo conformando una red viva en la que ninguna parte puede dominar la otra,… como si se tratase de una naturaleza sagrada.