sábado, 13 de diciembre de 2014

La noche mágica


Levantó la vista de la pantalla de su ordenador unos instantes mientras el explorador de internet ejecutaba la búsqueda que le había programado. A través de la ventanilla, como si se tratara de fotogramas de una película, discurrían los campos de Castilla; resecos y polvorientos, anhelantes de aplacar su sed con la lluvia vivificadora de la tormenta que se estaba formando en el horizonte.

Justo frente a él, a unos pocos metros, el indicador de velocidad que presidía el vagón rozaba los 300 Km por hora y Norte sonrió socarronamente en un acto involuntario muy propio de él. La verdad, no entendía muy bien el porqué de aquel aparato. El jactarse de que el tren en el que viajaban circulaba a altas velocidades le parecía un tanto presuntuoso, más propio de jóvenes quinceañeros que de personas adultas. Es más, pensó que en cierta medida se daba un mensaje contradictorio, desacreditando las campañas informativas de la Dirección General de Tráfico en las cuales se recomendaban prudencia y moderación con la velocidad y se invocaba constantemente a la responsabilidad y el compromiso de los conductores.


Una sintonía familiar le advirtió que en su teléfono acababa de recibir un wasap. De una rápida ojeada  comprobó que se trataba de Francesca, informándolo de que el avión en que viajaba acababa de tomar tierra en Sevilla y que se iba directamente al hotel, que lo esperaría allí.

Después de responderle, Norte se recostó en la butaca y recordó el día que la conoció. Hacía ya más de cinco años, precisamente muy cerca de allí. De hecho el tren en el que viajaba pasaría en apenas cuarenta y cinco minutos por Córdoba. En realidad, para ser estrictos con la verdad, no se habían conocido en esa ciudad pero fue allí donde se rencontraron de nuevo y donde comenzó a fabricarse su especial amistad.

No podría calificar la relación de ningún modo, simplemente estaban a gusto juntos. Las mismas aficiones, parecidos gustos y una enorme compatibilidad intelectual, habían ido forjando un vínculo complejo entre ellos que se mantenía en el tiempo a pesar de la enorme distancia que los separaba.

Recordaba aquel día en Córdoba. El calor asfixiante, que durante todo el día había impedido cualquier actividad que no estuviese respaldada por un aparato de aire acondicionado, dio paso, en cuanto el sol desapareció tras el horizonte, a la noche mágica.

La temperatura descendió al mismo ritmo que la luna ascendía en el horizonte y la ciudad se llenó de gente que disfrutaba, con su caminar lento y apacible, de cada rincón de las calles cordobesas. 


Presidida por la luna, el juego de luces y sombras, acentuada por la luz trémula de los faroles descubría nuevas facetas de aquellas piedras milenarias. Y, de cuando en cuando, una ligera brisa dispersaba de forma caprichosa el aroma a jazmín por cada esquina de la judería.  


Y desde el Puente Romano, el Arcángel San Rafael, arropado por un manto de velas rojas, custodia desde hacía siglos a los habitantes de aquella ciudad y pone bajo su protección a quienes, como Francesca y Norte, disfrutaban al frescor del río Guadalquivir la noche mágica cordobesa.