"Con las buenas ideas, y a veces también con las malas, pasa lo mismo que con los átomos de Demócrito o con las cerezas de la cesta, vienen enganchadas unas a otras" (José Saramago)

sábado, 31 de octubre de 2015

Una fascinación que incita a soñar


Caminó sigilosamente, casi de puntillas, procurando no romper la atmósfera sorprendente, casi mágica, que se encontró nada más perderse en el bosque de columnas de mármol, jaspe y granito en las que, como un denso follaje, se asentaban cientos de arcos de herradura bicolores.

En unos instantes, Norte relegó a un segundo término toda la información que sobre la mezquita tenía, e intentó dejar su mente en blanco y que las sensaciones fluyeran. Había sido el primero en entrar esa mañana cuando, ni siquiera los bien organizados grupos de asiáticos, habían tomado por asalto aquel bello lugar. Y, de pronto, las etapas constructivas dejaron de tener importancia y Abderramán, Hisham o Al-Hakan pasaron, de ser los responsables de las sucesivas ampliaciones, a convertirse en elementos inmateriales enraizados en la esencia misma del edificio.

Desde el lugar donde él se encontraba, la perspectiva cartesiana de la construcción se difuminaba, humanizándose quizás por el reciclado de cientos de columnas y capiteles, con una maestría y simplicidad que le pareció que rayaban la perfección.


Continuó caminando, tratando de aprovechar al máximo aquellos instantes en los que se encontraba prácticamente solo en la aljama cordobesa hasta que, como si se tratase de un faro en la niebla destacando sobre la armoniosa y cadenciosa sencillez del entramado de columnas, Norte descubrió el mirhab, produciéndole una fascinación que de inmediato le incitó a soñar y que, de alguna manera, le ayudó a soslayar las oscuridades del alma.


Y cubriendo este espacio la cúpula califal, divinamente terrenal en honor de Alah.


sábado, 17 de octubre de 2015

El sueño incumplido


Mientras esperaba a que Cecilio volviese a recogerlo, Norte caminaba por la angosta y serpenteante carretera disfrutando del paisaje volcánico y apocalíptico de las montañas que comprimían las escasas, pero fértiles tierras del Valle de Paúl en la isla de Santo Antao en el archipiélago de Cabo Verde.

En las cumbres, la niebla se deshacía en girones ocultando el azul del cielo y la vegetación exuberante y profusa tapizaba las laderas casi verticales de las montañas, proporcionando un hermoso telón de fondo a la caña de azúcar que florecía en los exiguos retazos de parcelas agrícolas, en terrazas que los caboverdianos habían logrado levantar en una lucha inmisericorde e inquebrantable contra la ley de la gravedad.


Al borde mismo de los cauces de los torrentes, un puñado de casas construidas con piedra volcánica y cubiertas por la paja seca de la caña de azúcar que crecía a su alrededor daban una pincelada humana a aquel lugar donde la naturaleza desbordaba con una exuberancia de la que solo ella era capaz de mostrar.


Al fondo, sentado sobre el muro de piedra que delimitaba la ondulante carretera, Norte descubrió por fin el elemento humano, el componente que le faltaba para conformar la escena de una comunidad rural dedicada a la agricultura.

Cuando el todoterreno de Cecilio se detuvo a su lado para recogerlo, Norte se encontró con el rostro sereno de su guía observándolo a través de la ventanilla del automóvil. Su carácter afable y hospitalario hizo que enseguida se estableciese entre ambos un clima de cordialidad y confianza.

- Conoces a ese hombre que está sentado ahí delante –preguntó Norte nada acomodarse en el asiento delantero.

- No, no lo conozco –respondió Cecilio tras unos instantes de observación- con toda seguridad se trata de un agricultor de la zona que está pasando el tiempo. Mucha gente de estos lugares siente, como dice el poeta Jorge Barbosa, una “nostalgia resignada de países lejanos


- ¿A qué te refieres?  

- La vida aquí es extremadamente dura –continuó Cecilio en una especie de monólogo reflexivo al que Norte ya se había acostumbrado- y la mayoría de los caboverdianos piensan obsesivamente en emigrar. Todos tienen algún familiar que vive en países lejanos y en ellos tienen depositadas todas sus esperanzas.

Nada más decir estas palabras, Norte rememoró a alguno de los compatriotas de Cecilio que había llegado a conocer. Sonrió al recordar al taxista que lo había llevado al aeropuerto en Boston, o a la extensa comunidad de caboverdianos que vivía en Burela, una localidad de Galicia.

- Pero para otros muchos –continuó Cecilio tras una pequeña pausa- esta añoranza se transforma en un sueño incumplido. La falta de dinero para iniciar una nueva vida o simplemente de carecer de la valentía para hacer las maletas y emigrar se transforma en un muro infranqueable más difícil de saltar que el océano que nos rodea.

sábado, 3 de octubre de 2015

Nostalgia


Llevaba casi media hora sentado a los pies de la estatua ecuestre de D. José I admirando el espectáculo que le proporcionaba la visión del estuario del río Tajo al amanecer. A esas horas apenas unos pocos lisboetas cruzaban con paso apresurado, la Plaza del Comercio para dirigirse a sus trabajos.

Había decidido levantarse temprano para disfrutar de Lisboa antes de que, el todavía ardiente sol de septiembre, comenzase a abrasar las calles en un día más de calor que se anunciaba. A intervalos, una brisa fresca y refrescante le llegaba desde el mar haciéndolo olvidar las calurosas jornadas que estaba viviendo desde que había llegado a aquella ciudad. 
     
Al fondo, apenas difuminada por una delicada y casi imperceptible bruma, Norte observaba fascinado una escena en la que había reparado ya hacía algunos minutos. Frente a él, enmarcado por las escaleras y las dos columnas de mármol, justo en el lugar por donde antaño los embajadores y la realeza hacían su entrada en la ciudad, un hombre observaba con nostalgia hacía las aguas del estuario. A pesar de encontrarse de espaldas a él, Norte no se pudo resistir a imaginar las circunstancias personales que podrían rodear a aquel hombre.

Quizás sentía nostalgia de su tierra, de su hogar o de sus seres queridos, quizás trataba de visualizar los amaneceres  del lugar donde nació. Norte sabía por experiencia que esos sentimientos solían ser poco realistas, un anhelo idealizado. Aun así, se recreaba con demasiada frecuencia en emociones pasadas, rememorándolas una y otra vez.


Y, de pronto, como una pompa de jabón que estalla desvaneciéndose repentinamente en el aire, la magia desapareció. Un rosario de corredores, modernos penitentes del culto al cuerpo, comenzaron a pasar a intervalos y aquel lugar, especial y sorprendente hasta ese momento, se convirtió solo en uno más de los hermosos rincones de Lisboa.