"Con las buenas ideas, y a veces también con las malas, pasa lo mismo que con los átomos de Demócrito o con las cerezas de la cesta, vienen enganchadas unas a otras" (José Saramago)

sábado, 31 de octubre de 2015

Una fascinación que incita a soñar


Caminó sigilosamente, casi de puntillas, procurando no romper la atmósfera sorprendente, casi mágica, que se encontró nada más perderse en el bosque de columnas de mármol, jaspe y granito en las que, como un denso follaje, se asentaban cientos de arcos de herradura bicolores.

En unos instantes, Norte relegó a un segundo término toda la información que sobre la mezquita tenía, e intentó dejar su mente en blanco y que las sensaciones fluyeran. Había sido el primero en entrar esa mañana cuando, ni siquiera los bien organizados grupos de asiáticos, habían tomado por asalto aquel bello lugar. Y, de pronto, las etapas constructivas dejaron de tener importancia y Abderramán, Hisham o Al-Hakan pasaron, de ser los responsables de las sucesivas ampliaciones, a convertirse en elementos inmateriales enraizados en la esencia misma del edificio.

Desde el lugar donde él se encontraba, la perspectiva cartesiana de la construcción se difuminaba, humanizándose quizás por el reciclado de cientos de columnas y capiteles, con una maestría y simplicidad que le pareció que rayaban la perfección.


Continuó caminando, tratando de aprovechar al máximo aquellos instantes en los que se encontraba prácticamente solo en la aljama cordobesa hasta que, como si se tratase de un faro en la niebla destacando sobre la armoniosa y cadenciosa sencillez del entramado de columnas, Norte descubrió el mirhab, produciéndole una fascinación que de inmediato le incitó a soñar y que, de alguna manera, le ayudó a soslayar las oscuridades del alma.


Y cubriendo este espacio la cúpula califal, divinamente terrenal en honor de Alah.