sábado, 2 de febrero de 2019

El desierto rayado


Como si de un inmenso zoom se tratara y a medida que la pequeña avioneta CESSNA se elevaba y ganaba altura, Norte comenzó a mejorar la perspectiva del terreno que sobrevolaban. La intensidad del cielo azul contrastaba con el desierto reseco, pedregoso y sin resto alguno de vegetación que se mostraba a sus pies. Mientras tanto, el sol incidía con ira sobre los cristales del aeroplano creando miles de pequeños destellos que, como un caleidoscopio gigantesco, cegaban por momentos su visión.

En esos instantes se sentía como un aventurero que por fin ve cumplido uno de sus anhelos más deseados. No en vano había tenido que conducir desde Lima durante casi 500 km por la carretera Panamericana; un recorrido que lo había llevado a conocer la Reserva de Paracas, Pisco y otros muchos lugares del país Andino.

Mientras ganaban altura Norte observaba con cierta ansiedad a través de las ventanillas intentando inhibirse de los bruscos movimientos del aparato y deseando descubrir en el relieve los geoglifos de las Pampas de Jumana que habían dado fama mundial a Nazca, en el Departamento de Ica (Perú).


Lo primero que le llamó la atención fueron los cauces resecos de antiguos torrentes y los profundos cañones labrados por las aguas en tiempos pretéritos, en uno de los lugares más secos de la Tierra, con una pluviometría que no supera los 4 mm al año. Hasta que, de pronto, un chasquido en sus auriculares dio paso a un mensaje del piloto, al tiempo que la avioneta se ladeaba ligeramente hacia ese lado para facilitar la visión.

̶ Fíjese a su derecha,… ¿ve la línea?

Norte dirigió su mirada hacia donde le indicaba el piloto y no tardó en reconocer una enorme figura trapezoidal perfectamente definida sobre las arenas del desierto. La nitidez de sus bordes y el color amarillento que contrastaba con el color rojizo del desierto resaltaba de tal manera que a él le recordó de inmediato a una pista de aterrizaje.


Tras unos instantes sobrevolando el enorme geoglifo el aeroplano volvió a recuperar la horizontalidad y un chasquido le alertó de nuevo. Casi al instante volvió a oír la voz metálica a través de sus auriculares.

̶ Fíjese ahora a su izquierda,… 

Tras contener una arcada provocada por la repentina maniobra del piloto para mantener la estabilidad del aparato, Norte divisó una enorme figura antropomorfa dibujada en la ladera de una colina.

̶ Es el Hombre Búho,… al que algunos denominan el astronauta.

En el rostro de Norte se dibujó una leve sonrisa al pensar que esa figura que recordaba vagamente a un astronauta con su escafandra, junto con el hecho de que los dibujos tan solo se pudiesen distinguir con claridad desde el cielo, alimentasen las teorías pseudoarqueológicas que explicaban esos dibujos como mensajes para seres extraterrestres.

Y de nuevo, tras un brusco cambio de rumbo, volvió a oír un nuevo aviso.

̶ Allá abajo se puede distinguir la araña. Es uno de los más conocidos dibujos de Nasca tiene unas dimensiones de caso 50 m y está dibujado de un solo trazo. Se cree que fue realizado como ofrenda a los dioses para evitar las sequías.


Norte observó con detenimiento un confuso conjunto de líneas hasta que, de pronto, distinguió con claridad la hermosa figura de una araña bellamente trazada sobre la superficie del desierto. 

Desde allí arriba le parecía imposible que esos armónicos dibujos fuesen simples surcos en el suelo que la ausencia de lluvias ayudaron a a conservar durante cientos de años. Pero lo cierto era que, gracias a las características geológicas de la región, los nazcas solo tuvieron que apartar la capa superior de guijarros de color rojizo para dejar al descubierto la capa amarillenta que subyace bajo ella, empleando simples estacas y cordeles. Y el resultado era ese hermoso conjunto de figuras geométricas, zoomórficas y de vegetales, trazados hace más de 1.500 años, que se distribuían sobre una extensión de más de 450 Km2


Tras otro repentino cambio de dirección el aeroplano puso rumbo hacia un nuevo geoglifo. Esta vez se trataba del cóndor, una figura de más de 135 metros que representa una de las principales divinidades de la cultura nazca. Allá abajo la enorme figura destacaba como si se tratase de la sombra proyectada del enorme ave sobre la superficie del desierto. 

«Algunos artistas deciden pintar sobre tela, o sobre madera, otros prefieren hacerlo en cartones, muros o sobre la piel en el caso de los tatuajes,…pero rayar el desierto de un modo tan hermoso y armónico solo puede tener sentido si se trata de una ofrenda a los Dioses» ̶ pensó Norte mientras el aeroplano describía un enorme arco para visualizarlo con detalle.

Y para Norte, esa era la interpretación que más le convencía para explicar las Líneas de Nazca, esa que atribuye esos dibujos a ritos ceremoniales de los nazcas relacionados con la gestión del agua, el preciado líquido que les permitió vivir y prosperar en ese desierto.


Y de nuevo el familiar chasquido en un sus auriculares le advirtió que se encontraba sobre otra hermosa formación. Y esta vez se adelantó a las explicaciones del piloto. La avioneta comenzó a describir un amplio viraje hacia la derecha y pudo distinguir con toda claridad un hermoso colibrí dibujado sobre las arenas del desierto. De nuevo las dimensiones armónicas de esas rayas sobre el desierto, … quizás una ofrenda a un Dios de la lluvia.

sábado, 26 de abril de 2014

Soñando con Shangri-La


Esperó pacientemente observando desde su butaca como el pasaje salía del avión.  El momento de levantarse se acercaba a medida que las filas se desalojaban con ordenada cadencia. Sabía que aún tardaría unos minutos en tocarle su turno así que cerró los ojos intentando desconectar unos instantes antes de iniciar la última etapa de su viaje. Por fin, los pasajeros de la fila inmediatamente anterior a la suya comenzaron a moverse por el largo pasillo que los conducía directamente hasta uno de los dos fingers acoplados al costado del enorme avión que, lentamente, vomitaban al exterior a más de doscientos cincuenta almas que, durante más de doce horas, habían atravesado el Atlántico en su interior.

Norte se incorporó tratando de desoír las dolorosas protestas de su espalda después de un largo período de inactividad y se preparó para hacer frente a la fresca temperatura reinante en la pista de Madrid-Barajas a esas horas de la mañana. El comandante lo había  advertido justo antes de comenzar la maniobra de aterrizaje. Calculó mentalmente la diferencia de temperatura entre el origen y el destino y, aun conociendo sobradamente esa sensación, no dejaron de sorprenderle los más de veinte grados de diferencia.

Tomó su mochila de mano y se dirigió a la salida, agradeciendo el esfuerzo de la azafata por mostrar una cálida sonrisa con la que despedía a cada uno de los pasajeros en la puerta del avión, a pesar de que su rostro también mostraba los efectos de una larga y accidentada travesía transoceánica. Todavía recordaba los gestos de preocupación de la tripulación de cabina y el pequeño revuelo que se montó cuando el comandante, en pleno vuelo y con casi todo el mundo durmiendo, preguntó por megafonía si entre el pasaje había algún médico que pudiese atender una emergencia.

Recorrió con calma los largos pasillos del aeropuerto mientras en su mente se materializaban algunos de los momentos vividos en su viaje. Los lugares que había visitado, las personas que había conocido, los momentos que había compartido y no pudo menos que esbozar una tímida sonrisa de satisfacción.

Necesitaba desconectar y lo había conseguido. Cuando hacía casi quince días se había subido al avión que lo condujo a Lima, Norte era un hombre diferente. Su estado de ánimo casi había llegado al borde de la depresión y la rutina del trabajo, en la que sin darse cuenta se había sumido, acrecentaba todavía más esa sensación. Por eso, cuando se encontró el anuncio en el periódico no lo dudó y se decidió a tomar unas cortas vacaciones.



Llegó al área de control de los pasaportes y comprobó que, a pesar de que su desembarque había coincidido con más vuelos internacionales, las filas destinadas a los viajeros con pasaporte comunitario se movían a buen ritmo.

De pronto recordó a Yesica y a Luis, la joven pareja  de Arequipa con los había coincidido en la avioneta en la que sobrevolaron los milenarios geoglifos de Nazca para comprobar desde los cielos que aquellas enormes líneas, las figuras antropomorfas y las numerosas representaciones de animales, existían de verdad. A pesar de haber estado apenas unas horas con ellos y compartido una ligera cena en el hotel de Ica donde hicieron noche, pudo percibir con total claridad su anhelo por iniciar su proyecto vital en Europa.



Y no pudo menos que esbozar una sonrisa pícara al recordar la noche en Pisco al compartir una generosa cantidad de aguardiente de pisco e historias hasta altas horas de la madrugada con Don Guillermo, de apellido Huyhua, el barman del hotel de origen aymara. También él intentó cuando era joven, cuando le sobraban ilusiones y energía, iniciar una nueva vida en el lado “afortunado” del mundo.

De igual forma le vino a la mente William el guía que le acompañó a la Reserva de Paracas, un biólogo enamorado de su profesión que también le confesó su deseo de venir a España a completar sus estudios de Ecología.  A todos ellos trató de contestarles con objetividad la larga lista de preguntas que le hicieron y los imaginó esperando pacientemente en fila de “no comunitarios” en busca de un futuro mejor.



Se dirigió rápidamente a la T4 y comprobó que su vuelo de enlace a Santiago de Compostela tenía, como estaba previsto, su salida anunciada para las diez de la mañana, así que compró la prensa nacional y buscó una cafetería tranquila  para leer con calma las noticias y saborear su primer café expreso en muchas horas.

Se acomodó en una zona de la cafetería provista de mullidos sillones, deleitándose con el intenso aroma a café antes de darle el primer sorbo. A esas horas de la mañana, después del largo vuelo, sintió como la bebida caliente y estimulante le activaba poco a poco las neuronas y como su mente comenzaba a funcionar de nuevo a pleno rendimiento.

Comenzó a leer el periódico por la última página. Era una manía que había adquirido, quizás en un intento de iniciar la lectura con las noticias más amables del día, antes de sumergirse en las desgracias que con seguridad los titulares la proporcionarían.

Y no se equivocó. A grandes titulares en la portada la prensa informaba de un gran terremoto en Perú, en concreto en la zona de Pisco. Leyó con atención la noticia que hacía hincapié en la violencia del mismo y al que se le atribuían 8,0 grados de intensidad, miles de damnificados, una destrucción casi total de la ciudad y un gran número de muertos. 

El semblante de Norte se transformó para pasar de un gesto de sorpresa en primer lugar a uno de incredulidad a medida que leía la noticia. Poco a poco fue consciente de que había podido ocurrir mientras él se encontraba allí pero, sobre todo recordó a Yesica y a Luis, a Don Guillermo y a William y de tantas otras personas con la durante esos días había compartido unos momentos.

Se preguntó que habría sido de ellos, si estarían bien, si habrían salido indemnes de la desgracia pero, sobre todo, si lograrían llegar al lado amable del mundo y cumplir sus sueños para vivir en un lugar en el que ellos creían que los problemas estaban prohibidos por Ley.