viernes, 16 de noviembre de 2018

Como un mundo aparte


«El comercio, en sus infinitas facetas, sigue siendo el motor del mundo,... »  ̶ pensó Norte a medida que se acercaba al mercado y percibía como el ajetreo y la animación de las calles aledañas iba en aumento.


Y es que, no en vano, el comercio posiblemente es una de las actividades más antiguas de la humanidad… 


... y a pesar de ello, o quizás por esa misma razón, todos los mercados se parecen. En todos ellos se mantiene ese vínculo entre el comerciante y el cliente,… esa confianza tácita que todo pacto  necesita. 


Pero también cada mercado conserva el distintivo que lo caracteriza… esa etiqueta que lo identifica, la peculiaridad que diferencia a cada uno de los mercados del mundo y que está impregnada de la personalidad y la esencia del lugar y de sus gentes.





En Mindelo, en la isla de San Vicente, en el archipiélago de Cabo Verde, el colorido, los sonidos y sus gentes le proporcionan a sus mercados esa pincelada amable y sencilla que los hace singulares.



Se dejó arrastrar por las sensaciones y deambuló entre los puestos repletos de mercancías y de sueños de prosperidad reflejados en los rostros de muchas de aquellas mujeres que, como en tantos otros lugares de la tierra, llevan sobre sus espaldas la pesada carga de la precaria economía familiar.




Mirase hacia donde mirase, Norte comprobó que aquel universo no se detenía en la venta de productos. Por todas partes, en torno al mercado, prosperan actividades económicas que le reafirmaron en la idea de que, en efecto, el comercio es el motor del mundo.




Pero si algo le maravilló una vez más es que los mercados, en cualquier lugar, son además lugares de evasión, de relaciones sociales,…




… era como si se tratase de un mundo aparte, ajeno a todo lo que ocurre en el resto del universo.

sábado, 28 de marzo de 2015

Morabezza


A medida que la tarde transcurría y el sol comenzaba su precipitada carrera para zambullirse en el Océano Atlántico, la temperatura descendía hasta alcanzar ese estado que invita a pasear, a sentir la brisa del atardecer sobre la piel después de un caluroso día. Esa sensación de relajación y bienestar que, la mayoría de las veces, no es más que un burdo plagio de la felicidad, pero que en dosis adecuadas sirve para sobrellevar nuestra, a veces, inexplicable existencia.

A esas horas de la tarde, los caboverdianos comenzaban a componer su particular final del día. Un partido de fútbol en la playa, una charla pausada en el paseo marítimo, saborear una cerveza fresca o la simple contemplación de la mole rocosa de “Monte cara”, una elevación montañosa que se levanta al nordeste de la isla que debe su nombre al perfil que presenta. 


Norte caminaba lentamente, sin prisas,  disfrutando de la refrescante brisa marina en su rostro a lo largo del paseo que bordea la playa. Atrás quedaban las preocupaciones del día, los horarios incumplidos, los retrasos injustificados, … todo indicaba que tras unos días en la isla de San Vicente había comenzado a comprender lo que significaba la “morabezza”, esa forma de ser de los caboverdianos expresada en idioma “criole”. Tranquilidad, hospitalidad, amabilidad se podrían traducir en ese eslogan más moderno y menos preciso que los habitantes de la isla emplean ahora para pedir a los turistas occidentales un poco de paciencia: ”Cabo Verde no stress”.


A pesar de los evidentes signos de abandono y  de la suciedad acumulada en algunos lugares de la ciudad, Mindelo no lo había decepcionado. Conservaba ese aire colonial que le daba un carácter propio y singular; esa mezcla de cultura africana y brasileira, herencia quizás de la época portuguesa y de la proximidad al continente africano. En fin,  ese exotismo que a los europeos nos hace soñar con aventuras en lejanos y desconocidos países.

La música que provenía de uno de los locales que daban al paseo le hizo detenerse. Hasta él llegaban los compases de una melodía fresca, natural y cautivadora que de inmediato lo invitó a entrar. Se sentó en una de las mesas libres desde la que podía disfrutar del grupo musical y pidió una cerveza “Coral”, suave y refrescante que llevaba tomando desde que había llegado. Justo en ese momento subió al escenario una hermosa joven. A pesar de su fuerte acento caboverdiano y de emplear muchos términos en "criole", Norte comprendió la práctica totalidad de su presentación pero, sobre todo,  percibió la textura aterciopelada y cálida de su voz.


Tan pronto comenzó a cantar, acompañada de su guitarra, inundó con una voz poderosa hasta el último rincón del local. Temas propios que fusionaban estilos muy próximos a la música negra americana sin huir de sus raíces e influencias musicales, sedujeron de inmediato a Norte.

- ¿Ta bon?  –le preguntó de pronto el camarero que le había servido la cerveza hacía tan solo unos instantes– ¿Gosta da música de Daisy Pinto?

- ¡Moito! –contestó Norte, que ya no se sorprendía de la afabilidad de los caboverdianos y que, sobre todo, comprendía que su gente era lo mejor de Cabo Verde.